Los jardines de la Alhambra y el Generalife son el mejor manual disponible sobre cómo hacer habitable un sitio caluroso y seco con muy poca agua. Los nazaríes levantaron el conjunto en la colina de la Sabika, en Granada, entre los siglos XIII y XV, y lo hicieron con una idea que hoy vuelve a interesar: superficie regada pequeña y muy delimitada, agua conducida por gravedad y reutilizada, y sombra construida en vez de sombra plantada.

No es un jardín contemplativo ni un parque. Es arquitectura con vegetación dentro, donde el patio, el agua y las plantas cumplen una función térmica concreta y medible, además de una función estética. Entender cómo funciona sirve para cualquier patio del sur peninsular.

El Patio de la Acequia del Generalife es la perfecta síntesis del jardín nazarí, con la Acequia Real como canal central, el juego cruzado de los surtidores, y los parterres de flores a los lados. / Sabye

Todo empieza en la acequia

Nada de esto existiría sin la Acequia Real, también llamada Acequia del Sultán. Toma el agua del río Darro varios kilómetros aguas arriba, en una presa situada a cota suficiente, y la conduce por gravedad hasta la colina siguiendo la curva de nivel. Sin bombas, sin más energía que la pendiente calculada.

Esa agua no se usa una vez y se tira. Riega primero las huertas del Generalife, alimenta después las albercas y los surtidores de los palacios, y sigue bajando. Los aljibes almacenan para los meses secos y las norias elevan donde hace falta. Es un sistema en cascada, con turnos y reparto, y es la razón por la que un complejo palaciego entero funcionaba en un clima con cuatro meses sin lluvia.

La segunda función del agua es térmica. Una lámina de agua en un patio cerrado enfría el aire por evaporación, y esa evaporación es más eficaz cuanto más seco está el ambiente, es decir, justo cuando más falta hace. Los surtidores multiplican el efecto al aumentar la superficie de contacto entre agua y aire. Un patio con alberca puede estar varios grados por debajo de la calle en una tarde de agosto en Granada, y eso no es poesía, es física.

La estructura del jardín nazarí

El esquema básico es el patio de crucero: un rectángulo dividido en cuatro cuadros por dos andenes que se cruzan, con agua en el eje. Es un modelo que llega de Persia y que se repite por todo el Mediterráneo islámico. La geometría es estricta y el eje central lo ocupa casi siempre una fuente, un canal o una alberca que refleja la arquitectura.

El detalle constructivo más interesante lo revelaron las excavaciones: los cuadros de plantación estaban hundidos más de medio metro por debajo del nivel de los andenes. Eso tenía tres consecuencias. Facilitaba el riego por inundación, porque el agua entraba por gravedad y se quedaba dentro del cuadro. Ponía las copas de arbustos y flores a la altura de la vista del que camina, de modo que se paseaba entre las flores y no por encima de ellas. Y mantenía la raíz en tierra más fresca y profunda.

Lo que no había era césped. Los espacios de paso son mármol, empedrado, ladrillo y azulejo, materiales que reflejan luz, se limpian con agua y no consumen. Toda la superficie vegetal está concentrada en los cuadros, que son la parte pequeña del conjunto. Es exactamente el criterio que hoy se llama zonificación por necesidad hídrica, seis siglos antes de que existiera el término.

Los espacios, uno a uno

El Patio de los Arrayanes, en el Palacio de Comares, es el ejemplo minimalista: una gran alberca que ocupa casi todo el patio y funciona como espejo de la fachada, flanqueada por dos setos largos de mirto recortado. Dos materiales, agua y mirto, y nada más.

El Patio de la Acequia, en el Generalife, es el arquetipo completo, y probablemente el jardín de Occidente que más tiempo lleva conservando ese uso desde su origen. Patio de crucero con cuatro cuadros bajos, la Acequia Real como eje longitudinal, setos de arrayán junto a la línea de agua, un tapiz de herbáceas anuales y vivaces con matas de aromáticas y rosales, y cuatro granados junto a los andenes menores. Conviene saber que los chorros cruzados que hoy lo caracterizan no son medievales: son una incorporación posterior, del siglo XIX.

El Patio de Lindaraja empezó siendo un jardín abierto al paisaje del valle y quedó cerrado como claustro en el siglo XVI, al construirse las Habitaciones del Emperador. Es el patio que describe Washington Irving en sus Cuentos de la Alhambra, citando la inscripción árabe según la cual las flores de la tierra rivalizan allí con las estrellas del cielo.

El Partal, con su pórtico ante una gran alberca y sus jardines aterrazados alrededor, debe buena parte de su aspecto actual a intervenciones del siglo XX. Y en el Generalife está la Escalera del Agua, donde el agua corre por canalillos labrados en los pasamanos de la propia escalera, bajo una bóveda de laureles: sonido, frescor y sombra en el mismo elemento.

Las plantas y quién las trajo

Buena parte de la paleta llegó a la península con los árabes. Los jazmines, de los que hoy hay varias especies distintas en el conjunto, floreciendo escalonadamente desde el verano hasta el invierno sobre pérgolas y muros, entre ellas el robusto Jasminum grandiflorum. Los naranjos y limoneros, que dan azahar en primavera y fruto después. Y las rosas de Damasco (Rosa x damascena), rosal antiguo de perfume intenso del que se obtenía el agua de rosas usada para perfumar cabello y textiles.

Otras son mediterráneas de siempre, pero fueron los agrónomos andalusíes quienes las llevaron al jardín ornamental: los lirios, que siguen floreciendo en los cuadros del Patio de la Acequia, y la adelfa, la diflà de los tratados agronómicos, que forma el túnel vegetal del Paseo de las Adelfas del Generalife. El granado estaba considerado uno de los árboles del Paraíso, y el ciprés (Cupressus sempervirens) ponía la vertical oscura y el olor a resina.

El resto lo componían plantas escogidas por color y por olor: alhelíes, claveles y violetas para lo primero; lavanda, romero, menta, toronjil, orégano y albahaca para lo segundo. El catálogo vegetal actual del conjunto ronda las seiscientas treinta estirpes ornamentales y hortícolas, de las cuales cerca de un centenar ya se cultivaban en época medieval. Las incorporaciones posteriores, como la buganvilla, el árbol de Júpiter (Lagerstroemia indica) o el rosal de Banks (Rosa banksiae), entraron siempre con el mismo criterio: que se adaptaran al suelo y al clima del sitio.

Una advertencia sobre la adelfa, que es la planta más presente en el conjunto después del mirto: Nerium oleander es tóxica en todas sus partes por ingestión, hojas secas incluidas. Es un arbusto magnífico para clima seco y no hay motivo para evitarlo en un jardín, pero sí para saber dónde se planta si hay niños pequeños o animales.

Qué se puede aplicar hoy

El modelo se traslada casi entero a un patio del sur o el este peninsular, y mejor cuanto más pequeño sea el espacio.

Reducir la superficie plantada y concentrarla. Un cuadro de plantación de dos por dos metros bien resuelto vale más que veinte metros repartidos. Todo lo demás, pavimento fresco en sombra.

Agua a la vista, quieta y poco profunda. Una alberca estrecha refleja, enfría por evaporación y suena. No hace falta profundidad ni gran volumen; hace falta superficie y algo de movimiento para que no se estanque.

Sombra construida antes que sombra plantada. Un pórtico, una pérgola o un simple toldo dan sombra desde el primer día y no consumen agua. El arbolado se reserva para donde de verdad puede crecer.

Cuadros hundidos. Bajar el parterre unos centímetros respecto al paso hace que el agua de riego y la de lluvia se queden dentro en lugar de escurrir al pavimento. Es un detalle mínimo con un efecto notable.

En resumen

La Alhambra y el Generalife resuelven la habitabilidad en clima seco con un sistema de agua conducida por gravedad desde el Darro y reutilizada en cascada, una superficie vegetal reducida y concentrada en cuadros hundidos, y todo el resto en materiales minerales que no consumen. El agua cumple una función térmica real, enfriando el aire por evaporación en los patios cerrados.

Su paleta la forman especies traídas por los árabes (jazmines, cítricos, rosas de Damasco) y mediterráneas de toda la vida llevadas al jardín ornamental (mirto, granado, ciprés, adelfa, lirios y aromáticas). De todo ello, lo aprovechable hoy es el método: menos superficie plantada y mejor, agua a la vista, sombra construida y parterres por debajo del nivel de paso.


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