El Jardín de Aclimatación de La Orotava, en Puerto de la Cruz (Tenerife), se creó por orden de Carlos III en 1788 y empezó a plantarse en 1792. Es el segundo jardín botánico más antiguo de España, solo por detrás del Real Jardín Botánico de Madrid, y ocupa apenas dos hectáreas amuralladas con paseos rectilíneos, varios estanques y unos miles de ejemplares catalogados.

Lo curioso es que casi nada de lo que crece dentro es flora canaria. La colección es tropical y subtropical de los cinco continentes, y la razón está en el encargo original: el jardín se concibió como estación intermedia para aclimatar plantas de las colonias antes de llevarlas a Madrid y a Aranjuez. Aquel plan fracasó, y de ese fracaso salió uno de los jardines más interesantes de España.

El extraordinario pie del gran Ficus macrophylla, un endemismo de la isla de Lord Howe, en el Pacífico sur, que atesora el jardín de La Orotava. Este ejemplar pertenece a la subespecie columnaris.

Para qué se creó

Estamos a finales del siglo XVIII, en plena Ilustración y con las colonias españolas repartidas por medio mundo. La orden de creación establece que la Corona quiere un lugar donde sembrar las plantas de mayor interés de Filipinas y América, buscando aclimatarlas a condiciones más frías que permitieran su traslado posterior a Madrid y a los Jardines Reales de Aranjuez.

Canarias era escala obligada en las rutas hacia América, de modo que el emplazamiento tenía toda la lógica logística. Ese mismo año 1788 llegó la primera remesa de semillas exóticas, que se sembraron en distintos puntos de Tenerife bajo la supervisión del primer director, Alonso de Nava y Grimón, sexto marqués de Villanueva del Prado, para determinar qué zona ofrecía el mejor clima. Las plantaciones en el punto elegido empezaron cuatro años después.

Por el valle de La Orotava pasaron buena parte de los naturalistas de la época. Humboldt lo visitó en 1799 y dejó escrito un elogio célebre del paisaje. Darwin, en cambio, no llegó a pisar las islas: en enero de 1832 el Beagle no pudo desembarcar en Tenerife por una cuarentena impuesta a causa del cólera.

El fracaso, que es la parte instructiva

Las plantas tropicales nunca se adaptaron a la meseta castellana, y el proyecto no cumplió su objetivo. Merece la pena entender por qué, porque el error de fondo sigue repitiéndose hoy en cualquier jardín.

La idea ilustrada de aclimatación suponía que una planta podía acostumbrarse progresivamente al frío si se la iba exponiendo a inviernos cada vez más duros, y que ese hábito se transmitiría. No funciona así. La resistencia al frío de una especie es un rasgo genético: depende de mecanismos fisiológicos concretos, como la capacidad de acumular azúcares en los tejidos o de evitar la formación de cristales de hielo dentro de las células. Un mango o un árbol del pan no tienen esos mecanismos y no los adquieren por costumbre.

Lo que sí existe es la aclimatación en sentido estricto, que es la preparación estacional de una planta que ya posee esos mecanismos: un rosal endurece sus tejidos en otoño y aguanta en enero heladas que lo matarían en junio. Y lo que también existe, y es la vía real por la que se han extendido especies sensibles, es la selección de individuos más resistentes dentro de una población variable, generación tras generación. Eso es mejora genética, lleva décadas y no era lo que se intentó en La Orotava.

La conclusión práctica para cualquiera con un jardín es simple: antes de comprar una planta hay que mirar hasta qué temperatura mínima resiste y compararla con las heladas reales de la zona. Ninguna planta se acostumbra. Lo que puede hacerse es buscarle un microclima, que es exactamente lo que hace el propio jardín con sus muros altos.

Qué hay dentro

El recinto es rectangular, amurallado y de trazado regular. Los muros altos no son solo un cierre: crean un microclima protegido del viento y de la brisa marina cargada de sal, retienen calor y permiten que crezcan especies que fuera no aguantarían. Es el mismo principio que hace posible un limonero en un patio interior de Madrid.

Las colecciones principales son estas:

  • Palmeras. Más de 150 especies, la colección más importante del jardín.
  • Bromeliáceas, incluida la piña tropical y las Aechmea, tan conocidas como planta de interior.
  • Aráceas y moráceas. Entre estas últimas, el árbol del pan (Artocarpus altilis), cultivo básico en muchas islas del Pacífico, de fruto muy llamativo.
  • Helechos, con el helecho arborescente Dicksonia antarctica, de crecimiento lentísimo, y numerosas especies instaladas sobre las paredes de roca volcánica.
  • Especies de interés económico: alcanfor, palmera de aceite, palmera del marfil, árbol del caucho, mango, aguacate, papaya.

De la entrada merece atención un ciprés calvo (Taxodium distichum) cubierto de musgo español (Tillandsia usneoides), que no es un musgo sino una bromeliácea epífita que vive del aire y de la humedad, sin parasitar al árbol que la sostiene.

El ficus de Lord Howe

La pieza más fotografiada es un Ficus macrophylla subespecie columnaris, endémico de la isla australiana de Lord Howe, cuyo pie es una maraña de raíces aéreas soldadas entre sí que forman un volumen recorrible. Generaciones de vecinos jugaron entre esas raíces; hoy el acceso al pie del árbol está restringido para protegerlo.

El mecanismo es característico de muchos ficus tropicales: emiten raíces desde las ramas que descienden hasta el suelo, se anclan y engrosan hasta convertirse en troncos secundarios que sostienen la copa. Es lo que permite a un solo ejemplar cubrir superficies enormes.

Y de ahí sale un aviso para jardines particulares: los ficus de este tipo, incluido el Ficus macrophylla y el común Ficus elastica plantado en tierra, tienen raíces agresivas que levantan pavimentos y dañan cimentaciones y conducciones. Son árboles de parque, no de parcela pequeña, y ese error se paga caro veinte años después.

De estación de paso a centro de conservación

El jardín depende hoy del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias y funciona como institución científica, no solo como recinto visitable. Mantiene un herbario dedicado a la flora canaria con decenas de miles de pliegos, intercambia germoplasma con otras instituciones y desarrolla programas de investigación sobre la vegetación de Canarias y la conservación de endemismos.

El giro es completo: nació para sacar plantas de los trópicos y llevarlas a Europa, y hoy trabaja sobre todo para conservar la flora propia de la Macaronesia, la región biogeográfica que forman Azores, Madeira, Salvajes, Canarias y Cabo Verde. Esa flora tiene una tasa de endemismo altísima y una parte importante está amenazada, así que el trabajo de banco de semillas y de propagación es tan valioso como la colección visible.

De los ejemplares antiguos no se sabe todo lo que se querría, porque faltan registros históricos completos, pero hay varias especies que superan los 150 años: el mamey de Santo Domingo (Mammea americana), algunas araucarias y un viejo pino canario (Pinus canariensis) solitario.

Cómo visitarlo

Es un jardín para recorrer despacio y sentarse. El estanque del fondo, con lagartos canarios del género Gallotia, libélulas, peces y tortugas acuáticas, suele ser lo único que se mueve en toda la escena. Al estar en el norte de Tenerife, el cielo se cubre con frecuencia, y esa nubosidad es precisamente lo que mantiene la humedad que la colección necesita: un día gris no estropea la visita, la explica.

En resumen

La Orotava nació en 1788 como intento de aclimatar especies coloniales para trasplantarlas a Madrid y Aranjuez, y ese plan fracasó porque la resistencia al frío no se adquiere por costumbre: es un rasgo genético. Lo que quedó fue una colección tropical y subtropical de dos hectáreas, con más de 150 especies de palmeras, bromeliáceas, helechos arborescentes y el Ficus macrophylla subsp. columnaris de raíces aéreas que es su emblema.

Hoy el jardín depende del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias y ha invertido su función original: en lugar de exportar flora tropical, conserva y estudia los endemismos de la Macaronesia. Para el visitante con jardín propio deja dos lecciones aprovechables: comprobar la resistencia al frío antes de comprar una planta, y aprovechar los muros para crear microclimas, que es exactamente lo que hace este recinto amurallado.


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