El Jardín Majorelle ocupa poco menos de una hectárea en pleno Marraquech y es, con diferencia, el jardín más copiado del norte de África. Lo creó el pintor francés Jacques Majorelle a partir de 1923, lo rescató del abandono Yves Saint Laurent con Pierre Bergé en 1980, y su marca reconocible es un azul cobalto intenso aplicado a muros, macetas, celosías y pérgolas.
Más allá de la visita, el jardín interesa porque resuelve con recursos sencillos un problema que también existe en el sur y el este de España: cómo hacer habitable un espacio pequeño en un clima de calor seco. La respuesta es sombra en capas, agua a la vista y color en el soporte construido en lugar de en la flor.
En la mejor tradición hispanoárabe, en el Jardín Majorelle el agua está presente en estanques y fuentes. Entre buganvillas, cactus y plantas tropicales, las macetas pintadas de azul Majorelle aportan una identidad propia.
Un pintor que hizo un jardín para pintarlo
Jacques Majorelle (1886-1962) era hijo de Louis Majorelle, uno de los grandes ebanistas del Art Nouveau francés. Llegó a Marruecos por motivos de salud y se quedó. Compró el terreno en los años veinte y fue plantándolo durante cuatro décadas, con material traído de sus viajes por África, América y Asia. En 1931 el arquitecto Paul Sinoir le construyó el taller, un volumen de líneas art déco que hoy es el edificio central del recinto.
El jardín no era un capricho decorativo: era su modelo. Majorelle pintaba lo que iba plantando, y decía que el jardín le daba los colores de su obra. Lo abrió al público en 1947, en parte para financiar su mantenimiento, que siempre fue caro. Tras su muerte la finca se degradó y estuvo a punto de perderse ante la presión inmobiliaria.
El azul
El color que define el jardín es un azul ultramar muy saturado, casi eléctrico, que Majorelle empezó a aplicar a los muros y las carpinterías en los años treinta y que se conoce como azul Majorelle. No es un añil suave: es un cobalto de máxima intensidad.
Funciona por dos razones técnicas que se pueden aprovechar en cualquier sitio. La primera es que el azul y el amarillo anaranjado son colores complementarios, de modo que ese azul hace saltar el ocre de la tierra y los muros de barro, y viceversa. La segunda es que un azul frío y oscuro retrocede visualmente, mientras el verde de las hojas avanza sobre él; el resultado es que la vegetación parece más densa y más cercana de lo que está. Un muro blanco no hace eso: refleja luz, pero aplana.
Los contrapuntos también están medidos: amarillos vivos en ventanas y maceteros, algún verde turquesa, y el rojo ocre del barro. Son tres o cuatro colores en todo el recinto, repetidos. Esa es la clave, y es lo contrario de pintar cada maceta de un color.
Cómo está organizado
Todo parte del taller central. De ahí salen senderos hacia áreas botánicas distintas, cada una organizada alrededor de una fuente geométrica o de un estanque de aspecto más silvestre. No se ve el conjunto desde ningún punto: cada camino desemboca en una escena cerrada que sorprende.
Hay un jardín de cactus sobre grava, un rincón de bambúes de aire japonés, un palmeral con especies de cuatro continentes que nunca coincidirían en la naturaleza, y un estanque con nenúfares junto a un quiosco déco. Las palmeras y los cactus tienen el papel protagonista, por su asociación directa con el oasis: sombra, agua y refugio en medio del calor.
El agua está presente en canales, albercas y fuentes, con el planteamiento hispanoárabe que se ve en los patios andalusíes: láminas estrechas, poca profundidad, movimiento mínimo y sonido constante. Y hay una colonia de pájaros considerable, que es consecuencia directa de tener agua permanente y vegetación densa en medio de una ciudad seca.
El rescate
Yves Saint Laurent y Pierre Bergé compraron la finca en 1980, cuando estaba en venta para promoción inmobiliaria, y emprendieron una restauración larga. Rebautizaron la casa como Villa Oasis y llegaron a revisar la correspondencia privada de Majorelle para reconstruir sus criterios de plantación y su intención en cada zona.
El taller alberga hoy el Museo Bereber, con la colección de arte amazigh reunida por Saint Laurent y Bergé; anteriormente expuso su colección de arte islámico. Tras la muerte del modisto en 2008, sus cenizas se esparcieron en el jardín, donde hay un memorial.
La lección del oasis: sombra en capas
Lo que hace habitable el Majorelle en agosto no es el agua, es la estructura vegetal en tres alturas. Arriba, las palmeras y los árboles altos filtran el sol pero dejan pasar el aire. En medio, una capa de arbustos y bambúes corta la radiación lateral y la reflejada por el suelo. Abajo, el suelo va cubierto de vegetación, grava o agua, nunca de pavimento claro al sol, que es lo que devuelve el calor hacia arriba.
Esa es la diferencia entre un patio fresco y un patio que es un horno, y se puede reproducir en cualquier casa del sur peninsular. La sombra de una pérgola con trepadora caduca funciona mejor que un toldo, porque además de sombra da evapotranspiración, es decir, enfría el aire al evaporar agua por las hojas.
Trasladarlo a un patio español
La receta se resume en cuatro decisiones, y ninguna exige una parcela grande.
El color va en la obra, no en la flor. Elige dos o tres colores y aplícalos a muros, macetas y carpinterías, repitiéndolos. Una colección de macetas iguales pintadas del mismo tono hace más por el conjunto que veinte plantas distintas.
Agua a la vista, aunque sea poca. Una alberca estrecha, un pilón o incluso una tinaja llena. En clima seco el sonido y el reflejo valen tanto como el volumen. Con muy poca agua conviene un mínimo de movimiento para que no se estanque.
Plantas por hoja, no por flor. En un patio pequeño la flor dura semanas y la hoja está todo el año. Palmeras y cícadas, bambúes en contenedor o con barrera antirrizoma, aspidistras y helechos en la sombra, buganvilla sobre un muro soleado.
Cubrir el suelo. Grava, tapizantes o pavimento en sombra. Un suelo claro a pleno sol convierte el patio en un reflector.
Tres avisos concretos para España. La buganvilla aguanta mal las heladas y solo se comporta como trepadora permanente en el litoral sur y este y en Canarias; tierra adentro necesita muro muy protegido o cultivo en maceta con resguardo invernal. Las palmeras del género Phoenix, y en menor medida Washingtonia, están sometidas al ataque del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), que en muchas comunidades autónomas obliga a declarar el ejemplar afectado y a seguir un protocolo de tratamiento; antes de plantar una conviene informarse de la situación de la zona. Y la adelfa (Nerium oleander), que es la planta de floración estival por excelencia en este tipo de jardín, es tóxica en todas sus partes por ingestión, incluida el agua donde hayan reposado sus hojas, algo que importa si hay niños o animales.
En resumen
El Jardín Majorelle es una hectárea organizada en escenas cerradas alrededor de un taller art déco, con palmeras y cactus como protagonistas, agua de tradición hispanoárabe repartida por todo el recinto y un azul cobalto saturado aplicado a muros y macetas que hace de fondo para toda la vegetación. Lo creó un pintor para pintarlo y lo salvó de la piqueta un modisto.
Lo aprovechable en un patio del sur o el este de España son cuatro cosas: poner el color en la obra y repetirlo, tener agua a la vista aunque sea poca, montar la sombra en tres capas de vegetación y no dejar suelo claro expuesto al sol. Con las precauciones de rigor sobre la buganvilla y las heladas, el picudo rojo en las palmeras y la toxicidad de la adelfa.