Isamu Noguchi fue escultor antes que jardinero, y esa es la clave de todo lo que hizo con el paisaje. Sus jardines no se organizan alrededor de las plantas sino de unas pocas piezas de piedra colocadas como esculturas, con el vacío entre ellas trabajado con el mismo cuidado que la materia. El Jardín de la Paz que construyó en la sede de la Unesco en París, entre 1956 y 1958, fue el primer jardín de tradición zen proyectado por un artista y no por un jardinero, y cambió la manera en que el paisajismo occidental entiende el espacio abierto.

Lo que sigue explica qué hizo Noguchi exactamente, en qué se apartó de la ortodoxia japonesa, dónde se pueden ver hoy sus jardines y qué de todo aquello sirve en una parcela normal.

En el Jardín de la Paz que Noguchi creó en la sede de la Unesco, en París, el paso de las estaciones tiene un gran protagonismo. Resulta tan bello cuando florecen los cerezos como lleno de verde en verano o cubierto de nieve en invierno.

Un artista a caballo entre dos culturas

Noguchi (1904-1988) nació en Los Ángeles, hijo del poeta japonés Yone Noguchi y de la escritora estadounidense Leonie Gilmour, y se crió entre Japón y Estados Unidos sin pertenecer del todo a ninguno de los dos sitios. Ese desarraigo lo acompañó siempre y explica en parte su obsesión con el equilibrio y con los espacios que producen sosiego.

Trabajó sin jerarquías entre las artes. Hizo escenografías para las coreografías de Martha Graham durante décadas, diseñó las lámparas de papel Akari a partir de 1951 en Gifu, firmó una mesa de salón que sigue fabricándose y esculpió en piedra, madera y metal. En 1942, durante la guerra, ingresó voluntariamente en el campo de internamiento de Poston, en Arizona, con la idea de mejorar las condiciones de los japoneses-estadounidenses recluidos allí; propuso parques y áreas recreativas que nunca se construyeron y tardó meses en conseguir que le dejaran salir.

Su definición de trabajo era amplia hasta el límite: cualquier cosa que ordene el espacio es escultura, y un jardín es una escultura en la que se puede entrar. De ahí que en sus proyectos la piedra funcione como estructura, lo que él llamaba los huesos del jardín, y la vegetación como acompañamiento medido.

El Jardín de la Paz de la Unesco

El jardín ocupa unos 1.700 metros cuadrados repartidos en dos niveles, en la sede parisina de la Unesco. Noguchi viajó a Japón a escoger personalmente la piedra, y se trajeron cerca de ochenta toneladas de roca para tallar las piezas y componer el conjunto. La vegetación es corta y calculada: césped, coníferas, magnolios, cerezos y plantas acuáticas, elegidas de modo que el jardín cambie de aspecto con cada estación y funcione igual en flor, en verde o bajo la nieve.

En la entrada está Wa no taki, la Cascada de la Paz. Noguchi talló en una de sus rocas el ideograma Wa invertido, para que el reflejo sobre la lámina de agua lo devolviera en el sentido correcto. Detrás se colocó el llamado Ángel de Nagasaki, una talla de piedra procedente de la catedral de Urakami que sobrevivió a la bomba atómica y que Nagasaki donó a la Unesco.

Conviene deshacer una confusión frecuente: el espacio cilíndrico de hormigón que hay en el recinto de la Unesco, el Espacio de Meditación, no es de Noguchi. Lo proyectó Tadao Ando y se inauguró en 1995, por el cincuentenario de la organización, con granito procedente de Hiroshima en el pavimento. Son dos obras distintas de dos autores distintos, separadas por casi cuarenta años.

Dónde se apartó de la tradición

El jardín zen clásico no se deja ver entero. Se revela paso a paso, escondiendo lo que viene y obligando al visitante a descubrirlo. Noguchi hizo lo contrario: colocó al principio del recorrido una plataforma elevada, un butai, desde la que se leen de golpe los tres ejes del jardín. Para él, la panorámica anticipaba el sentido de cada detalle, y cada detalle encontraba luego su sentido dentro del conjunto.

La segunda ruptura es la de los límites. En el jardín japonés tradicional la frontera entre lo vegetal y lo mineral es difusa, y las plantas la van desdibujando con los años. Noguchi los separó con nitidez, trazando bordes claros entre las masas de césped, las capas de guijarros de distintos tonos y los parterres. Ese recurso, el borde limpio entre materiales, es hoy común en el paisajismo contemporáneo y viene en buena medida de aquí.

La tercera es la más discutible. La ortodoxia zen acepta que el jardín evolucione, que las plantas crezcan y que el paisaje siga con el tiempo sus propios designios. Noguchi quería que el Jardín de la Paz no cambiara de forma, para que produjera siempre la misma sensación de equilibrio. Eso convierte el mantenimiento en una tarea de conservación permanente, y de ella se ha ocupado el jardinero kiotense Toemon Sano, heredero de una casa con dieciséis generaciones en el oficio.

Otros jardines suyos

  • Jardín hundido de la Beinecke Library, Universidad de Yale, terminado en 1964. Un patio de mármol blanco con tres formas geométricas puras, un cubo, una pirámide y un disco, sin una sola planta.
  • Jardín hundido del Chase Manhattan Plaza, Nueva York, de los mismos años. Un círculo excavado bajo el nivel de la calle con rocas traídas del río japonés Uji sobre un pavimento ondulado, que se inunda de agua en verano.
  • California Scenario, Costa Mesa, de comienzos de los ochenta. Un patio entre edificios que resume los paisajes de California, del desierto al bosque, en una secuencia de escenas.
  • Parque Moerenuma, Sapporo. Su último gran proyecto, iniciado poco antes de morir sobre un antiguo vertedero y terminado en 2005: colinas artificiales, una pirámide de cristal y un parque entero concebido como una sola escultura.
  • Noguchi Museum, Long Island City, Nueva York, abierto en 1985. El museo que él mismo organizó en su taller, con un jardín de esculturas que es su testamento como paisajista.

Qué sirve en un jardín normal

El planteamiento de Noguchi es más aplicable a una parcela pequeña de lo que parece, porque no depende de tener muchas plantas ni mucha agua. Tres ideas concretas.

La piedra primero. Decidir dónde van las dos o tres piezas grandes antes de pensar en plantar. Se colocan enterradas en parte, con una cara principal orientada hacia el punto desde el que más se mira el jardín, y a partir de ellas se organiza el resto. Una roca bien puesta ordena un patio entero.

El vacío como material. Una superficie sin plantar no es un hueco pendiente. Es lo que da escala a lo demás. En un jardín de cien metros cuadrados, dejar treinta sin nada, en césped bajo, grava o pavimento continuo, hace que el resto se vea mejor que si se llena todo.

El borde nítido. Separar los materiales con una línea clara, una pletina de acero, un bordillo de piedra, un cambio de nivel de dos escalones. Cuesta poco y es lo que distingue un espacio proyectado de uno que ha ido creciendo.

La cuarta idea, la de congelar el jardín para que no cambie, es la que no conviene copiar. En un clima con veranos como los peninsulares, un jardín que no puede evolucionar es un jardín que exige riego, poda y reposición constantes. Noguchi podía permitírselo porque detrás había una institución internacional y un jardinero de dieciséis generaciones. En una casa, lo sensato es fijar la estructura mineral y dejar que la parte vegetal se mueva.

En resumen

Noguchi trasladó al jardín su forma de trabajar como escultor: pocas piezas, colocadas con precisión, y el espacio vacío entre ellas tratado como parte de la obra. El Jardín de la Paz de la Unesco, con su piedra traída de Japón y su cascada con el ideograma tallado del revés, es el proyecto que abrió esa vía y el que más se ha imitado desde entonces.

De su método se aprovechan tres cosas en cualquier jardín: colocar la piedra antes que la planta, tratar el vacío como material y rematar los encuentros entre materiales con un borde limpio. Lo que no conviene importar es su idea de un jardín inmóvil, que solo se sostiene con un mantenimiento que casi ningún jardín particular puede permitirse.


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