Giverny es un pueblo de Normandía, a unos setenta y cinco kilómetros al noroeste de París, donde Claude Monet vivió los últimos cuarenta y tres años de su vida y construyó, plantó y replantó el jardín que acabó siendo su principal motivo de pintura. No es un jardín ilustre por haber sido pintado: es un jardín que existe porque el pintor necesitaba pintarlo.

Son en realidad dos jardines muy distintos, separados por una carretera y una antigua vía de tren que hoy se cruzan por un paso subterráneo. Delante de la casa, el Clos Normand, un jardín de flor denso, ordenado en bandas de color, absolutamente artificial en su composición. Al otro lado, el jardín de agua, asimétrico, curvo y sombrío, inspirado en las estampas japonesas que Monet coleccionaba. Entender esa doble naturaleza es la clave para llevarse algo aplicable de Giverny.

El puente japonés, los sauces y los nenúfares en el agua del jardín de Giverny, en Normandía, que tantas veces pintó Monet.

Cómo se hizo

Monet llegó a Giverny en 1883, de alquiler, con cuarenta y tres años, y compró la finca en 1890, cuando ya podía permitírselo. Lo que había delante de la casa era un huerto con una avenida central de pinos y setos de boj. Hizo talar casi todos los pinos, arrancar el boj y convertir el huerto en un jardín de flor.

En 1893 compró la parcela contigua, al otro lado del camino, y obtuvo permiso de la prefectura, contra la oposición de algunos vecinos, para desviar agua de un brazo del río Epte y formar un estanque. Lo justificó ante la administración como un capricho ornamental, y añadió, con más sinceridad, que también era un motivo para pintar. Años después amplió el estanque hasta su tamaño actual.

Monet llegó a tener seis jardineros a su servicio, encabezados por Félix Breuil, y una parte notable de sus ingresos se iba en el jardín. Compraba plantas raras, encargaba semillas y adquirió sus nenúfares al viverista Joseph Bory Latour-Marliac, que en esos años había conseguido en el suroeste de Francia los primeros híbridos rústicos de Nymphaea con flores de color, hasta entonces inexistentes en Europa. Sin ese trabajo de mejora, la serie de las ninfeas no habría sido posible.

El Clos Normand: pintar con bandas de color

El jardín de delante de la casa es un rectángulo en pendiente suave, atravesado por la Grande Allée, hoy cubierta de arcos metálicos con rosales trepadores y flanqueada por capuchinas que en verano avanzan desde los bordes hasta casi cerrar el paso.

Su lógica es la de una paleta. Los arriates son largos y estrechos, dispuestos en bandas paralelas, y cada banda se planta con una gama cromática concreta, de manera que desde ciertos puntos de vista los colores se leen como pinceladas yuxtapuestas. Monet trabajaba además con alturas: plantas altas al fondo, escalonadas hacia delante, y trepadoras en la fachada rosada de la casa, para que la vista tuviera profundidad y no una única superficie.

La sucesión estacional está pensada para que no haya un solo momento vacío. En primavera, bulbos, tulipanes, narcisos, aubrietas, pensamientos, no me olvides, seguidos de lirios, peonías, amapolas orientales, aguileñas y clemátides. En verano y otoño, rosales, dalias, ásteres, girasoles, capuchinas, campánulas, salvias, gladiolos y guisantes de olor.

Conviene subrayar que este jardín es todo lo contrario a un jardín silvestre: exige plantación, replantación y sustitución constantes a lo largo de la temporada. La aparente espontaneidad es el resultado de un trabajo intensivo.

El jardín de agua

El otro jardín funciona con reglas opuestas. Formas curvas, ninguna simetría, mucha sombra, agua quieta y una paleta reducida a verdes y a los reflejos de la superficie. El puente japonés, más tarde cubierto por una pérgola de glicinias, los sauces llorones que caen sobre la orilla, los bambúes, los helechos y los nenúfares componen un espacio pensado no para recorrerse, sino para mirarse.

Ese es el punto que suele pasar desapercibido: el jardín de agua es un jardín de superficie reflectante. Monet acabó pintando no las plantas, sino lo que ocurría en el agua, las nubes, la luz cambiante, los reflejos de los sauces, hasta el punto de que en las telas tardías desaparecen el horizonte y la orilla.

De ahí salieron primero las series del puente japonés, en torno a 1899, y después las ninfeas, en las que trabajó durante casi treinta años. Los grandes paneles que donó al Estado francés se instalaron en la Orangerie de París y se abrieron al público en 1927, unos meses después de su muerte, ocurrida en diciembre de 1926, cuando su vista ya estaba muy deteriorada por las cataratas.

Qué se puede llevar uno a un jardín español

Aquí conviene ser honesto: la lista de plantas de Giverny no se traslada. Normandía tiene clima atlántico, con lluvias repartidas todo el año, veranos frescos y humedad ambiental alta. Buena parte de las herbáceas que allí crecen solas (delfinios, aguileñas, campánulas de pradera) se agostan en julio en Madrid, Zaragoza o Sevilla. Lo que sí se traslada son los recursos de composición, que son cuatro y todos aplicables.

El arriate largo en bandas de color. Se puede reproducir con material mediterráneo: bandas de lavanda, salvias arbustivas, gauras, Perovskia (hoy Salvia yangii), aquileas, eryngiums y gramíneas, escalonadas en altura y agrupadas por gama cromática en lugar de mezcladas al azar.

El eje cubierto de arcos. La Grande Allée funciona porque crea un túnel que enmarca la vista y obliga a caminar por dentro. En clima seco se resuelve con rosales trepadores rústicos, con parra, con jazmín de estrella (Trachelospermum jasminoides) o con una glicinia, teniendo en cuenta que la glicinia necesita una estructura robusta y que sus semillas y vainas son tóxicas por ingestión.

Las anuales que se resiembran y desbordan los bordes. Las capuchinas de Giverny se pueden sustituir por amapolas, nigelas, calendulas, cosmos o Eschscholzia, que en el interior peninsular se siembran en otoño y florecen antes del calor.

El agua quieta. Es el recurso más potente y el peor entendido. Un estanque de nenúfares no lleva fuente ni chorro: la Nymphaea necesita agua en calma, sol directo la mayor parte del día, una profundidad razonable sobre la cesta, sustrato pesado y arcilloso (nunca sustrato ligero, que flota) y ningún salpicado sobre las hojas. Si además se quiere el efecto espejo de Giverny, hay que plantar algo alto en la orilla que se refleje y dejar libre al menos la mitad de la lámina.

Y una última lección, quizá la principal: Giverny es un jardín hecho para verse desde puntos concretos. Monet plantaba pensando en el encuadre, no en el recorrido. Elegir dos o tres vistas, desde una ventana, desde una silla, desde la puerta, y componer para ellas, ordena un jardín mucho más que cualquier plano.

El jardín hoy

Tras la muerte del pintor, la finca pasó a su hijo Michel y el jardín se fue degradando durante décadas. Michel Monet la legó a la Académie des Beaux-Arts en 1966, y la restauración se emprendió a partir de los años setenta bajo la dirección de Gérald van der Kemp, con una investigación documental que permitió reconstruir la plantación original. La casa y los jardines se abrieron al público en 1980.

Abren cada año aproximadamente de finales de marzo a comienzos de noviembre, y conviene comprobar fechas y horarios antes de organizar el viaje. Cada momento enseña un jardín distinto: en abril y mayo mandan los bulbos y los lirios en el Clos Normand; los nenúfares florecen en pleno verano; y el final del verano es el momento de las dalias, los ásteres y las capuchinas desbordadas sobre la avenida.

En resumen

Giverny son dos jardines con lógicas contrarias: un jardín de flor compuesto por bandas de color, escalonado en altura y de mantenimiento intensivo, y un jardín de agua asimétrico, umbrío y concebido como una superficie de reflejos. Monet lo construyó a lo largo de cuarenta años, desviando agua del Epte para el estanque y comprando a Latour-Marliac los primeros nenúfares rústicos de color.

Lo que se puede llevar un jardinero español no son las especies, que responden a un clima atlántico muy distinto del peninsular, sino los recursos: agrupar por gamas de color en bandas largas, crear un eje cubierto de arcos que enmarque la vista, dejar que las anuales se resiembren y desborden los bordes, y tratar el agua como un espejo quieto, sin chorros, con los nenúfares plantados en sustrato pesado y a pleno sol. Y componer el jardín pensando en dos o tres vistas concretas, que es exactamente lo que hacía Monet.


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