Una piscina natural o biopiscina es una piscina cuya agua se mantiene limpia por medios biológicos, sin cloro ni ningún otro desinfectante químico. En lugar de matar la vida del agua, se cultiva: una zona plantada con vegetación acuática y grava alberga las bacterias y los microorganismos que consumen los nutrientes de los que viven las algas, y el agua circula continuamente entre esa zona y el vaso de baño.
El resultado es un baño en agua sin olor ni escozor de cloro, en un elemento que el resto del año funciona como estanque ornamental con libélulas y ranas. A cambio, exige más superficie que una piscina convencional, un mantenimiento distinto (no menor, distinto) y aceptar que el agua no va a tener el azul turquesa de un vaso alicatado.
Las biopiscinas convierten la piscina habitual en un entorno acuático más natural, donde la depuración se realiza biológicamente, sin necesidad de productos químicos.
Cómo funciona
Hay dos zonas separadas físicamente, normalmente por un muro sumergido que llega casi hasta la superficie para que el agua pase por encima pero la grava y las raíces no invadan el vaso.
La zona de baño es el vaso propiamente dicho, de paredes lisas, sin plantas y con la profundidad que se quiera, habitualmente entre 1,4 y 2 metros.
La zona de regeneración es somera, entre veinte y sesenta centímetros, y está rellena de grava lavada de granulometría creciente, plantada con especies acuáticas. Ahí es donde ocurre todo: la grava ofrece una superficie enorme para que se desarrolle la película bacteriana, y las plantas absorben los nitratos y fosfatos que, de otro modo, alimentarían a las algas.
Una bomba de bajo consumo mueve el agua en circuito cerrado entre las dos zonas, y un skimmer recoge lo que flota. Muchos sistemas añaden un filtro de fondo, un pequeño arroyo o una cascada que oxigena y, opcionalmente, un tratamiento ultravioleta para el arranque.
La proporción entre ambas zonas es la clave del dimensionado. En los sistemas clásicos, la zona de regeneración ocupa aproximadamente la mitad de la superficie total; en los sistemas híbridos, con más filtración mecánica y bombeo, puede bajar hasta un tercio. Por debajo de eso, el sistema no se sostiene solo. Como orden de magnitud, una biopiscina razonable parte de unos cincuenta metros cuadrados de superficie total, de los que la mitad no se puede usar para nadar.
Las plantas de la zona de regeneración
Se trabaja por franjas de profundidad, con especies de ribera en el borde exterior, emergentes en la parte somera y sumergidas oxigenadoras en la más profunda.
Funcionan bien el lirio amarillo (Iris pseudacorus), los juncos (Juncus), la menta de agua (Mentha aquatica), el llantén de agua (Alisma plantago-aquatica), el Cyperus longus, la Butomus umbellatus y, como oxigenadoras sumergidas, el Ceratophyllum demersum o el Myriophyllum spicatum. Los nenúfares (Nymphaea) se reservan para las zonas más profundas de regeneración y nunca para el vaso de baño.
La espadaña (Typha) depura muy bien, pero es agresiva: sus rizomas perforan láminas y colonizan toda la superficie disponible, así que solo se planta confinada en cestas y sabiendo lo que se hace.
Y hay una lista que no entra bajo ningún concepto: las plantas acuáticas incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, entre ellas el jacinto de agua (Eichhornia crassipes) y el helecho de agua (Azolla filiculoides). Su posesión y comercio están prohibidos con carácter general, y de los excedentes de estanques particulares vienen buena parte de las invasiones de los ríos peninsulares.
El primer año
Conviene saberlo de antemano para no asustarse: durante los primeros meses el agua suele ponerse verde. El sistema biológico todavía no está maduro, las plantas no han desarrollado raíz suficiente y las algas aprovechan los nutrientes libres. Es un proceso normal que se resuelve solo cuando la vegetación arranca, normalmente a lo largo de la primera o la segunda temporada.
Lo que acelera el arranque es plantar en cantidad desde el principio (mucha más planta de la que parece necesaria), llenar con agua de baja carga de nutrientes y no tener prisa. Lo que lo retrasa es echar productos.
Mantenimiento real
La idea de que una biopiscina no da trabajo es falsa. Da un trabajo distinto:
- La bomba funciona muchas horas al día, y en verano prácticamente en continuo. Es el principal gasto corriente, y una bomba mal dimensionada dispara la factura.
- Hay que aspirar el fondo del vaso periódicamente, igual que en una piscina convencional, porque el sedimento que se acumula es materia orgánica que alimenta a las algas.
- El skimmer y los prefiltros se limpian cada pocos días en temporada.
- En otoño hay que retirar la hoja caída antes de que se pudra en el fondo. Una malla sobre la lámina durante las semanas de caída ahorra mucho trabajo.
- Las plantas se recortan al final del invierno, y cada dos o tres años se aclaran o se dividen las que han crecido en exceso.
- El agua no se cambia. Solo se repone la que se evapora, que en un verano del interior peninsular no es poca: hablamos de varios centímetros de lámina por semana en los meses secos.
El agua de una biopiscina se calienta más que la de una piscina convencional, porque la zona somera de regeneración actúa como colector solar. En julio y agosto eso significa un baño mucho más agradable y, a la vez, más presión sobre el equilibrio biológico. La sombra parcial sobre la zona de regeneración ayuda.
Peces, no
Es la pregunta habitual y la respuesta es clara: en una piscina natural no se ponen peces. Sus excrementos y el pienso no consumido aportan justo los nutrientes que el sistema entero está diseñado para eliminar, y además se comen las larvas de los invertebrados que ayudan a mantener el agua limpia.
La fauna que sí llega sola, y que conviene, son libélulas, zapateros, caracoles acuáticos y, en zonas rurales, ranas. Al contrario de lo que se teme, un agua en movimiento y con depredadores produce menos mosquitos que un jardín con platos de maceta llenos. Lo que no debe hacerse jamás es soltar galápagos de Florida (Trachemys scripta) ni cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii), ambos incluidos en el Catálogo de especies invasoras del Real Decreto 630/2013.
Trámites y seguridad
Una piscina natural es obra, y como tal está sujeta a licencia municipal y a lo que fije el planeamiento urbanístico local en cuanto a ocupación de parcela, distancias a linderos y vallado. Eso se consulta en el ayuntamiento antes de proyectar nada.
Si el llenado va a hacerse desde un pozo o una captación propia, hay un segundo trámite: el uso privativo de las aguas está regulado por el texto refundido de la Ley de Aguas, aprobado por el Real Decreto Legislativo 1/2001, y requiere la correspondiente concesión o autorización del organismo de cuenca.
En cuanto a sanidad, el Real Decreto 742/2013, que establece los criterios técnico-sanitarios de las piscinas, excluye expresamente de su ámbito las piscinas unifamiliares de uso particular, de modo que una biopiscina doméstica no está sujeta a esos parámetros. Eso no exime de lo evidente: el riesgo de ahogamiento es exactamente el mismo que en cualquier piscina, y con niños pequeños el vallado y la vigilancia son igual de necesarios aunque el agua parezca un estanque.
Convertir una piscina existente
Es una operación cada vez más frecuente y bastante razonable, sobre todo con piscinas de obra antiguas que ya piden reforma. Consiste en ganar una zona de regeneración, o bien anexa al vaso existente ampliando la excavación, o bien sacrificando una parte del propio vaso mediante un muro sumergido.
Hay que hacer números antes: si el vaso original es pequeño, después de reservar la mitad para la regeneración puede quedar una zona de baño demasiado justa. Y hay que retirar el equipo de cloración y purgar bien el sistema, porque el desinfectante residual mata la flora bacteriana que se quiere establecer.
En resumen
Una biopiscina cambia productos químicos por superficie y por plantas: un vaso de baño de 1,4 a 2 metros y una zona de regeneración somera con grava y vegetación que ocupa entre un tercio y la mitad del total, con el agua circulando entre ambas de forma continua. Hace falta espacio, paciencia durante el primer año mientras el sistema madura, y aceptar un agua de aspecto natural en lugar de turquesa.
El mantenimiento existe: bomba en marcha muchas horas, aspirado del fondo, limpieza de skimmer, retirada de la hoja en otoño, poda de las plantas al final del invierno y reposición del agua evaporada. Nada de peces y nada de plantas ni animales incluidos en el Catálogo del Real Decreto 630/2013. Y antes de excavar, dos consultas: la licencia de obra en el ayuntamiento y, si el agua viene de un pozo, la autorización del organismo de cuenca.