El otoño es la mejor época del año para plantar en casi toda España, y con las especies de clima mediterráneo la diferencia respecto a plantar en primavera no es de grado, es de resultado. Una planta que entra en el suelo en octubre dispone de seis o siete meses de temperaturas suaves y lluvias para desarrollar raíz antes de enfrentarse a su primer verano. La misma planta puesta en abril llega a julio con el sistema radicular a medio hacer y depende del riego para no morirse.
El motivo es su ciclo. Estas plantas no descansan en invierno como las de clima templado frío: descansan en verano, cuando el calor y la sequía las obligan a reducir la actividad al mínimo, y vuelven a crecer con las primeras lluvias de otoño. Plantar cuando ellas están arrancando su periodo de crecimiento es plantar a favor.
En este jardín en la isla de Ibiza, el paisajista Juan Masedo plantó una selección corta de plantas que casan bien entre sí y con el lugar. Foto: Masedo Jardines
Qué se entiende por planta mediterránea
No solo las de la cuenca del Mediterráneo. El clima mediterráneo, con veranos secos y calurosos e inviernos suaves y lluviosos, se da en cinco regiones del planeta: la cuenca mediterránea, California y el norte de México, el centro de Chile, la región del Cabo en Sudáfrica y el suroeste y el sur de Australia. Las plantas de las cinco han desarrollado por evolución convergente estrategias parecidas, hoja pequeña o coriácea, follaje gris o plateado, aceites esenciales, bulbos y raíces profundas, y por eso funcionan en nuestros jardines.
Eso amplía enormemente la paleta disponible. Junto al lentisco, el mirto, el romero, el tomillo, las jaras, las lavandas, la santolina o el Phlomis, entran las westringias y los callistemon australianos, los aloes y los agapantos sudafricanos, las salvias mexicanas o el Ceanothus californiano.
Hay una salvedad importante con las proteáceas australianas y sudafricanas, como Grevillea, Banksia, Protea o Leucadendron: necesitan suelos ácidos y son muy sensibles al fósforo, de modo que en los suelos calizos del este y el sur peninsular fracasan y, además, se resienten con los abonos habituales. En suelo con cal, mejor no intentarlo salvo en maceta con sustrato específico.
Cuándo plantar exactamente
La ventana se abre cuando bajan las temperaturas extremas y se cierra cuando aprieta el frío. En la mitad norte y en la meseta, donde los inviernos son duros, conviene plantar pronto, de septiembre a noviembre, para que la planta tenga tiempo de asentarse antes de las heladas fuertes. En el litoral mediterráneo, en Andalucía y en las islas, se puede plantar cómodamente hasta diciembre o incluso enero.
Lo que no funciona es plantar en pleno verano. Y lo que funciona a medias es plantar en primavera: sale bien si se asume que ese primer verano habrá que regar de verdad.
La preparación del suelo, que es casi todo
Las plantas mediterráneas mueren mucho más por asfixia radicular que por sed. El drenaje es la condición innegociable, y en el este peninsular hay que pensarlo con las tormentas de otoño en mente: una planta de garriga aguanta perfectamente doscientos litros por metro cuadrado en dos días si el agua se va, y se pudre en una semana si se queda.
La preparación razonable consiste en descompactar bien el terreno en una superficie amplia, no solo en el hoyo de plantación. Un hoyo mullido dentro de un suelo compactado se comporta como una maceta sin agujeros: recoge el agua de todo el entorno y la retiene.
Si el suelo es arcilloso y pesado, la solución más fiable no es enmendarlo sino elevar la plantación: caballones o montículos de veinte a treinta centímetros con sustrato permeable, de manera que el cuello de la planta quede por encima del nivel del agua. Añadir arena a una arcilla solo mejora las cosas en proporciones muy altas; en dosis pequeñas puede empeorarlas.
El abono, en cambio, sobra. Estas especies vienen de suelos pobres y responden al exceso de nutrientes con un crecimiento blando, largo y frágil, que se hiela en invierno y se seca en verano. Un aporte moderado de materia orgánica bien hecha en el momento de plantar, para mejorar la estructura, y poco más. Después, nada.
El riego, año por año
En la plantación, riego abundante y de una sola vez, para que el cepellón entre en contacto con el suelo y desaparezcan las bolsas de aire. Es el riego más importante de la vida de la planta.
Durante el primer año el riego es obligatorio, incluso con especies que después no lo necesitarán. La forma correcta es abundante y espaciada, no poca y a diario. Un riego generoso cada siete, diez o quince días según el clima y el suelo empuja las raíces hacia abajo; un goteo diario de pocos minutos crea un sistema radicular superficial y una planta dependiente del riego para siempre.
El alcorque, esa vieja práctica del olivar, sigue siendo la mejor herramienta manual: una corona de tierra alrededor de la planta, de unos sesenta centímetros de diámetro y veinte de altura, que retiene el agua y la obliga a infiltrarse en profundidad en lugar de escurrirse.
A partir del segundo o tercer año, muchas especies pueden pasar el verano con muy poco o ningún riego. Conviene ser realista con ese objetivo: la idea del jardín sin riego se formuló en el sur de Francia, con inviernos más lluviosos y veranos menos extremos que los de buena parte de la Península. En el interior de España, con amplitud térmica alta y humedad ambiental baja, un jardín absolutamente sin riego en agosto es un jardín marrón. Un par de riegos profundos en el verano mantienen el aspecto sin comprometer la rusticidad de las plantas.
Y una advertencia que se paga cara: bastantes especies de este grupo, sobre todo las de follaje plateado como lavandas, santolinas, helicrisos o Ballota, no toleran el riego frecuente en verano y mueren por hongos de suelo. Cuando aparecen ramas secas en agosto, la causa suele ser el agua, no la falta de ella.
El acolchado
Acolchar con grava, gravilla, picón volcánico o triturado de poda reduce notablemente la evaporación, protege las raíces del calor y del frío, evita la costra superficial y limita la germinación de malas hierbas. En jardín mediterráneo, el acolchado mineral tiene una ventaja añadida sobre el orgánico: mantiene seco el cuello de la planta, que es exactamente donde empiezan las podredumbres.
La capa útil está en torno a cinco centímetros, y siempre separada un par de dedos del tronco.
Diseñar con estas plantas
Tres criterios funcionan mejor que cualquier lista de especies.
El primero es agrupar por necesidades. Se hace un plano de las distintas zonas del jardín, con su exposición, su suelo y su viento, y se destina cada grupo de plantas a la zona que le corresponde. Mezclar en un mismo arriate especies que necesitan riego con otras que no lo toleran garantiza perder unas u otras.
El segundo es la selección corta. Los jardines mediterráneos que funcionan visualmente suelen usar pocas especies repetidas muchas veces, no una colección. Cinco o seis arbustos estructurales, tres o cuatro tapizantes, dos o tres gramíneas y unas cuantas vivaces de floración escalonada bastan para dos mil metros cuadrados.
El tercero es pensar en el verano. En agosto, la floración se acaba y lo que sostiene el jardín es la estructura: volúmenes recortados en bola o en nube de Teucrium fruticans, mirto, pitósporo o westringia, la textura de las gramíneas, y el contraste entre follajes verde oscuro, grises y plateados. Un jardín diseñado solo para la primavera es un jardín feo cuatro meses al año.
Lo que no se debe plantar
Varias plantas de aspecto mediterráneo que se han usado durante décadas en jardinería figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, lo que prohíbe con carácter general su posesión, transporte y comercio. Entre ellas están la uña de gato (Carpobrotus edulis), que ha arrasado el sistema dunar y los acantilados de buena parte del litoral; el plumero de la pampa (Cortaderia selloana); y el Pennisetum setaceum, especialmente problemático en Canarias.
Hay sustitutos para todas. Donde se ponía uña de gato funcionan las Lampranthus, el Frankenia o el romero rastrero; donde se ponía plumero, un Miscanthus o un Muhlenbergia.
Y una nota de seguridad sobre una de las plantas más socorridas del jardín mediterráneo: la adelfa (Nerium oleander) es tóxica por ingestión en todas sus partes, hojas incluidas, y su humo también lo es al quemar restos de poda. Sigue siendo una planta excelente para un talud o una medianera, pero conviene saberlo si hay niños o animales.
En resumen
Plantar mediterráneas en otoño es aprovechar el momento en que estas especies arrancan su ciclo de crecimiento, y da una planta mucho mejor enraizada al llegar el primer verano. De septiembre a noviembre en el interior y en el norte, hasta diciembre o enero en el litoral y las islas.
Lo que decide el éxito es el drenaje antes que el riego: descompactar en superficie amplia, elevar la plantación en suelos arcillosos, no abonar, acolchar con material mineral separado del cuello y regar abundante y espaciado durante el primer año para forzar la raíz hacia abajo. Después, riegos profundos y contados en verano, sabiendo que las especies de follaje plateado se pudren con el agua frecuente. Y descartar de la lista lo que esté recogido en el Catálogo de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, que en este grupo son varias de las plantas más vendidas históricamente.