Un estanque de jardín deja de ser una bañera con agua y se convierte en un ecosistema cuando se cumplen tres condiciones: hay vegetación acuática, hay orillas de poca profundidad por las que se pueda entrar y salir, y no hay peces. Con eso, en una o dos temporadas se instala sola una comunidad de invertebrados y anfibios que ninguna intervención humana puede replicar.
Que llegue esa fauna no depende de soltar nada. Los insectos acuáticos vuelan, los huevos de caracol viajan pegados a las patas de las aves y los anfibios recorren distancias notables buscando charcas donde reproducirse. Lo único que hace falta es que el estanque les resulte habitable, y en un jardín normal la razón principal por la que no lo es suele ser el pez.
Los estanques naturales dan pie a una rica biodiversidad, formada por numerosas clases de insectos, anfibios, pequeños reptiles y minúsculos microorganismos. Además, contribuyen al control biológico de las plagas. Foto: M. dOrazio.
Anfibios: los primeros en llegar y los primeros en desaparecer
En la Península, las especies que con más frecuencia colonizan un estanque de jardín son la rana común (Pelophylax perezi), el sapo común (Bufo spinosus), el sapo partero (Alytes obstetricans), que es el que emite ese silbido metálico y monótono de las noches de primavera, y en zonas frescas los tritones y el gallipato (Pleurodeles waltl).
Todos ellos necesitan agua sin depredadores para completar la fase larvaria, y ahí está el conflicto: los peces se comen las puestas y los renacuajos. Un estanque con carpas o con peces rojos puede ser bonito, pero no tendrá anfibios. Hay que elegir.
El diseño también decide. Un vaso de paredes verticales es una trampa: los adultos entran y no pueden salir. Una orilla en rampa suave, con al menos un tramo de playa de grava de pendiente muy tendida, resuelve el problema y además crea la franja somera y templada donde se desarrollan los renacuajos.
Dos cosas más que conviene saber. La primera es que no se traen anfibios del campo. Los anfibios españoles están incluidos en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial regulado por el Real Decreto 139/2011, lo que prohíbe su captura y su traslado; además, mover ejemplares entre poblaciones es una vía conocida de dispersión de enfermedades como la quitridiomicosis. La segunda es que los adultos, fuera del agua, se comen una cantidad considerable de babosas, caracoles y larvas de insecto, de modo que su presencia se nota en el huerto.
Libélulas y caballitos del diablo
Los odonatos son la fauna más vistosa de un estanque y la que antes aparece, a veces el primer verano. Pasan la mayor parte de su vida bajo el agua en forma de larva depredadora, que caza otros invertebrados y a veces renacuajos, y solo al final trepan por un tallo emergente, rompen la piel y emergen como adultos alados. La muda vacía que queda agarrada al junco, la exuvia, es la señal más fiable de que el estanque funciona.
Para que puedan completar el ciclo hace falta vegetación emergente que sobresalga del agua: eneas, juncos, lirio amarillo. Sin tallos verticales por los que trepar, las larvas no emergen.
Los adultos cazan mosquitos en vuelo. Es uno de los motivos por los que un estanque bien planteado tiene menos mosquitos alrededor que un jardín sin agua, no más.
El resto de la comunidad
Los zapateros (Gerris) patinan sobre la película superficial gracias a los pelos hidrófobos de sus patas y capturan lo que cae al agua. Son de los primeros colonizadores.
Las pulgas de agua (Daphnia) son crustáceos filtradores diminutos que se alimentan de algas microscópicas y constituyen el alimento de casi todo lo demás. Su población es el mejor indicador del equilibrio del estanque: cuando hay muchas dafnias, el agua está clara.
Los canutillos son larvas de frigáneas o tricópteros que se fabrican un estuche protector con granos de arena, trocitos de hoja o fragmentos de concha unidos con seda, y lo arrastran por el fondo mientras ramonean.
Los caracoles acuáticos de los géneros Radix y Planorbarius llegan como puestas adheridas a las plantas o a las patas de las aves y consumen algas filamentosas y materia vegetal en descomposición.
Los ditiscos son escarabajos buceadores y grandes depredadores, tanto de adultos como de larvas; almacenan aire bajo los élitros y suben periódicamente a la superficie a renovarlo. Entre las chinches acuáticas destacan la notonecta (Notonecta), que nada boca arriba, y el escorpión de agua (Nepa cinerea), cuyo aparente aguijón caudal es en realidad un tubo respiratorio.
Alrededor del agua acaban apareciendo otros visitantes: la culebra viperina (Natrix maura), inofensiva para las personas y especializada en anfibios y peces; aves que bajan a beber y a bañarse; murciélagos que cazan insectos sobre la lámina de agua al anochecer; y erizos.
La vegetación, que es el motor
Un estanque equilibrado necesita cuatro estratos vegetales. Plantas oxigenadoras sumergidas, como Ceratophyllum demersum o Ranunculus aquatilis, que producen oxígeno y compiten con las algas por los nutrientes. Plantas de hoja flotante, como el nenúfar blanco (Nymphaea alba), que dan sombra y limitan el calentamiento del agua; conviene que cubran alrededor de un tercio de la superficie, no más. Plantas emergentes en la franja somera: lirio amarillo (Iris pseudacorus), eneas (Typha), juncos (Juncus), menta de agua (Mentha aquatica), llantén de agua (Alisma plantago-aquatica). Y vegetación de ribera en el borde exterior, que es donde se refugian los anfibios adultos y los odonatos recién emergidos.
Hay un capítulo que exige atención especial. Varias plantas acuáticas que se han vendido durante décadas para estanques figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, entre ellas el jacinto de agua (Eichhornia crassipes) y el helecho de agua (Azolla filiculoides). Estar en el Catálogo implica la prohibición genérica de su posesión, transporte, tráfico y comercio, y en la práctica significa que no deben plantarse ni, mucho menos, tirarse los excedentes a un cauce o a una cuneta, que es como colonizaron ríos enteros de la Península.
Lo mismo vale para dos animales que aparecen a menudo en estanques domésticos: el galápago de Florida (Trachemys scripta) y el cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii), ambos incluidos en el mismo Catálogo. El galápago devora anfibios e invertebrados y desplaza a los galápagos autóctonos; el cangrejo arrasa la vegetación sumergida y enturbia el agua de forma permanente. Ninguno de los dos debe soltarse jamás en el medio natural.
Cómo se estropea un estanque
Casi siempre por exceso de nutrientes. El pienso de los peces que no se consume, las hojas de otoño que se pudren en el fondo, el abono del césped que llega con la escorrentía y el agua de relleno rica en sales acaban produciendo la sopa verde de algas unicelulares o las madejas de algas filamentosas.
Las medidas que funcionan son preventivas: no abonar el césped que drena hacia el estanque, retirar la hoja caída en otoño con una malla, no sobrealimentar si hay peces, mantener sombra parcial sobre el agua y no vaciar y rellenar el estanque cada primavera, que reinicia el ciclo entero y elimina la fauna.
Los fitosanitarios son el otro gran riesgo. Los invertebrados acuáticos son extremadamente sensibles a los insecticidas, y una deriva de tratamiento en el rosal de al lado puede vaciar el estanque de vida en una tarde. En un jardín con estanque, el tratamiento con productos de amplio espectro deja de ser una opción.
Y una precaución elemental en el primer llenado: el agua de red contiene cloro, así que conviene dejarla reposar unos días antes de introducir plantas, y esperar unas semanas más antes de que el sistema funcione por sí solo.
En resumen
La biodiversidad de un estanque no se compra, se propicia. Orillas en rampa con playa de grava, cuatro estratos de vegetación acuática, un tercio de la superficie con hoja flotante, sombra parcial, cero fitosanitarios cerca y, si el objetivo son los anfibios, cero peces. La fauna llega sola: primero zapateros y libélulas, luego caracoles, ditiscos y frigáneas, después los anfibios.
Dos reglas que no admiten matices. No se traen anfibios del campo: están incluidos en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial del Real Decreto 139/2011. Y no se introducen ni se sueltan especies exóticas invasoras recogidas en el Catálogo del Real Decreto 630/2013, como el jacinto de agua, la azolla, el galápago de Florida o el cangrejo rojo americano, cuya presencia arruina el ecosistema del estanque y, si escapan, el de los cauces del entorno.