Durante décadas, el jardín que se copiaba en media Europa era el mismo: césped en el centro, flor de temporada, especies traídas de climas húmedos y un riego que sostenía todo el invento. En España ese modelo nunca encajó, y con veranos más largos y restricciones de agua cada vez más frecuentes ha dejado de encajar en ninguna parte. Lo que lo está sustituyendo no es un estilo, sino un método: elegir las plantas por el sitio donde van a vivir y no por la foto del catálogo.
Ese enfoque tiene nombre técnico, diseño de plantación, y consiste en decidir la paleta vegetal a partir del suelo, la exposición, la lluvia real de la zona y el mantenimiento previsto. No es jardinería de renuncia: un jardín proyectado así puede tener flor nueve meses, sombra y volumen. Lo que no tiene es una factura de agua que crezca cada año.
El parque del Centro Cultural de la Fundación Stavros Niarchos, en Atenas, obra de Deborah Nevins & Associates y Helli Pangalou, lleva la plantación mediterránea a un espacio público de primer orden. Foto: Claire Takacs
De dónde viene este método
No es una moda reciente. En Inglaterra, Beth Chatto llevó al jardín la idea de la planta adecuada en el sitio adecuado y en 1991 plantó sobre un antiguo aparcamiento un jardín de grava que desde entonces no se riega. En Alemania, la escuela de plantación por hábitats agrupó las vivaces según el ambiente del que proceden (bosque, pradera, roquedo) y con esa clasificación se componen hoy las plantaciones públicas de bajo mantenimiento.
En el arco mediterráneo, el trabajo de referencia es el de Olivier Filippi, viverista en el Languedoc, que lleva años ensayando en campo especies del matorral mediterráneo de todo el mundo y publicando el resultado como una escala de resistencia a la sequía. Su aportación es doble: una lista larga de plantas que pasan el verano sin agua y una manera de plantarlas casi contraria a la que se enseñaba antes.
El arquitecto paisajista Giacomo Guzzon, responsable de diseño de plantación en el estudio británico Gillespies, reunió con la fotógrafa Claire Takacs jardines de los cinco continentes proyectados con estos criterios en el libro Visionary: Gardens and Landscapes for our Future. Varios de los que lo abren son españoles, obra de Miguel Urquijo y Renate Kastner, Fernando Martos o Juan Masedo.
Elegir por hábitat, no por ficha
La etiqueta del vivero suele decir sol, semisombra o sombra, y poco más. El criterio útil es otro: de qué paisaje viene la planta y en qué se parece al sitio donde va a ir. Una vivaz de pradera húmeda centroeuropea colocada en un talud de Murcia no falla por falta de riego, falla porque su raíz está hecha para otra cosa.
Traducido a decisiones concretas, hay tres preguntas que resuelven casi todo:
- ¿Cuánta agua cae al año y cuándo cae? El reparto importa tanto como el total: dos meses de sequía absoluta en verano marcan la paleta mucho más que la media anual.
- ¿Cómo drena el suelo? La mayoría de las plantas mediterráneas mueren de asfixia radicular en invierno, no de sed en agosto. En suelo pesado hay que plantar sobre caballón o con árido grueso en el fondo del hoyo.
- ¿Qué mínimas soporta el sitio? Muchas especies de gran resistencia a la sequía proceden de zonas sin heladas fuertes. En el interior peninsular ese filtro elimina buena parte de la paleta canaria y australiana.
Entre los árboles, el cambio se nota en la lista de los que se plantan en calle y en jardín pequeño. El arce de Montpellier (Acer monspessulanum), autóctono de buena parte de la Península, aguanta calor, sequía y suelo calizo mejor que cualquier arce de importación. El jabonero de la China (Koelreuteria paniculata) soporta el ambiente urbano y florece en pleno julio. El almez (Celtis australis), el algarrobo (Ceratonia siliqua), el árbol del amor (Cercis siliquastrum) o la encina (Quercus ilex) dan sombra sin depender del riego una vez establecidos.
Plantar en otoño y plantar pequeño
Es donde más se separa este método de la costumbre. En clima mediterráneo la ventana buena es el otoño, de octubre a diciembre según la zona: el suelo conserva calor, llegan las lluvias y la planta tiene el invierno y la primavera para enraizar antes del primer verano. Plantar en abril, que es cuando se llenan los centros de jardinería, deja seis semanas de margen para julio.
El segundo cambio cuesta más de aceptar: conviene plantar ejemplares pequeños. Un contenedor de dos o tres litros arraiga mejor que el de veinte de la misma especie, emite raíces al terreno natural con más facilidad y en dos o tres años ha superado al grande, que se queda con el cepellón enrollado y dependiendo del gotero.
Durante los dos primeros veranos hace falta riego de establecimiento, poco frecuente y muy abundante cada vez, para obligar a la raíz a bajar. Un jardín seco no lo es el primer día: lo es cuando se le cierra el agua al tercer año y sigue vivo.
Acolchado mineral en vez de compost
La costumbre de enmendar con compost todo lo que se planta viene de la horticultura y del jardín de clima atlántico, donde tiene sentido. En un jardín seco mediterráneo suele ser contraproducente: la materia orgánica retiene humedad en superficie, invita a la raíz a quedarse arriba, favorece un crecimiento blando que luego sufre y alimenta a las hierbas anuales.
La alternativa es el acolchado mineral: grava, gravilla de machaqueo, albero o picón, en capa de 5 a 8 cm sobre el terreno natural sin enmendar. Mantiene el suelo fresco, corta la evaporación, impide que se forme costra, evita el encharcamiento en el cuello de la planta y reduce muchísimo la germinación de hierbas. Además deja pasar el agua de una lluvia corta, que en la corteza de pino se queda retenida sin llegar a la raíz.
La regla práctica: orgánico en umbría, macizos de sombra y huerto; mineral en la plantación seca a pleno sol. En los dos casos, sin arrimarlo al tronco.
Aceptar el agosto
Buena parte de la flora mediterránea entra en reposo en verano. La jara, el tomillo, la salvia o muchas gramíneas pierden turgencia, amarillean y paran el crecimiento entre julio y septiembre, y rebrotan con las primeras lluvias de otoño. No están enfermas ni mal regadas: es su ciclo, igual que el reposo invernal de un caduco en el norte.
Diseñar contando con eso cambia la composición. Supone concentrar el interés en primavera y otoño, dejar en pie las inflorescencias secas en vez de recortarlas (aguantan la estructura y alimentan a los pájaros) y reducir la zona verde permanente a una superficie pequeña junto a la casa. Y apoyarse en la hoja gris o glauca, que sostiene el conjunto cuando lo demás está agostado: santolina, lavanda, Teucrium, Phlomis, Ballota, olivo y romero.
Que la lluvia se quede en el jardín
El otro frente es el reverso de la sequía: lluvias concentradas en episodios cortos e intensos. Un jardín que evacua toda esa agua al alcantarillado desperdicia el recurso que le faltará en agosto y ayuda a saturar la red aguas abajo.
Las soluciones son de obra sencilla. Modelar el terreno con depresiones suaves donde el agua se quede unas horas e infiltre, en vez de nivelarlo todo hacia un sumidero. Cambiar el pavimento continuo por solera drenante o adoquín sobre lecho de arena. Llevar las bajantes a un depósito o aljibe, que se llena con las lluvias de otoño y cubre buena parte del riego de apoyo del verano siguiente. En un jardín pequeño basta un área de infiltración de pocos metros cuadrados con especies que toleren el encharcamiento puntual y la sequía posterior, como Iris o juncos.
Qué se traduce y qué no
Muchas de estas ideas se difunden desde el Reino Unido y el norte de Europa, donde el problema es reciente. Un estudio de analogías climáticas publicado en 2019 estimaba que hacia 2050 el clima de Londres se parecerá al que hoy tiene Barcelona, y con esa perspectiva los estudios británicos están metiendo especies mediterráneas en proyectos urbanos. Lo que allí es anticipación, aquí es el punto de partida.
Se traduce bien lo estructural: selección por hábitat, plantación de otoño, ejemplar pequeño, acolchado mineral, lluvia gestionada en el propio terreno y reposo estival aceptado. No se traduce la paleta concreta. Una plantación naturalista de vivaces pensada para lluvia de verano necesita en Madrid o en Sevilla un riego que anula la ventaja. Dentro de España el matiz también cuenta: en Galicia y la cornisa cantábrica el limitante no es el agua sino el exceso de humedad y el suelo ácido; en el interior manda la helada, que descarta gran parte de la paleta subtropical; en el litoral y en Canarias el margen es amplio, con el añadido del suelo salino y del viento.
Especies que conviene descartar
Resistir la sequía sin ayuda es justo la cualidad que convierte a una planta en invasora cuando se escapa del jardín, así que las listas antiguas hay que revisarlas.
La uña de gato (Carpobrotus edulis) figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013, que prohíbe su plantación, comercio y transporte. Tapiza sistemas dunares enteros y desplaza a la flora costera autóctona.
El rabo de gato (Pennisetum setaceum), muy usado como gramínea ornamental de bajo riego, está en el mismo catálogo. Es una de las invasoras más agresivas de Canarias y ya se ha extendido por el litoral peninsular.
La mimosa (Acacia dealbata) también aparece en el Real Decreto 630/2013. Coloniza a gran velocidad el noroeste peninsular tras los incendios y rebrota de raíz, así que eliminarla una vez instalada es trabajo de años.
En resumen
El diseño de plantación para un clima más seco se resume en unas pocas decisiones que se toman antes de comprar una sola planta: escoger las especies por el hábitat del que proceden y por el suelo y las mínimas del sitio, plantar en otoño y con ejemplar pequeño, acolchar con árido mineral sobre terreno sin enmendar, regar dos veranos para el establecimiento y luego retirar el riego, y modelar el terreno para que la lluvia se infiltre en vez de irse por el sumidero.
La parte que más cuesta no es técnica sino de mirada: aceptar que en agosto el jardín esté agostado y que eso no es un fallo de mantenimiento. A cambio queda un jardín que se parece al paisaje que lo rodea, sostiene fauna y no depende de un programador. Conviene revisar la paleta antes de plantar: tres especies que se recomendaban mucho por su resistencia (uña de gato, rabo de gato y mimosa) están en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras del Real Decreto 630/2013 y no pueden plantarse.