El jardín de la casa que Joaquín Sorolla construyó en Madrid en 1911 no es un fondo decorativo de sus cuadros: es el motivo de muchos de ellos. El pintor lo diseñó, lo plantó y lo modificó durante años, y luego lo pintó una y otra vez, con y sin figuras. Pocas veces se puede recorrer a pie el escenario exacto de una serie de lienzos y comprobar que las plantas siguen ahí.

Además de su interés como visita, es un jardín del que se aprende. Está resuelto en un solar urbano estrecho, con el clima seco y los veranos duros de Madrid, y funciona mediante recursos que siguen siendo válidos hoy para cualquier jardín pequeño: compartimentar, ordenar en torno al agua, y montar una estructura perenne sobre la que va cambiando el color.

Interior del pórtico de la fachada del actual Museo Sorolla, cien años después de la muerte del pintor. A la derecha, en un lienzo de 1918 en la que destaca el célebre rosal amarillo. La pintura pertenece al Museo Sorolla (inv. 01140).

Tres jardines en un solo solar

Sorolla no hizo un jardín, sino tres, y esa es la primera decisión importante. En lugar de tratar la parcela como una superficie continua, la dividió en tres ámbitos sucesivos, cada uno con su carácter y cada uno organizado alrededor de una fuente.

El efecto es el que buscan hoy los paisajistas cuando trabajan en espacios reducidos: al no poderse abarcar todo de una vez, el recorrido se alarga y el conjunto parece mayor de lo que mide. Es exactamente el recurso que se explica en Aprovechar el espacio en un jardín pequeño, aplicado aquí con un siglo de antelación.

La fuente en el centro de cada ámbito no es solo un elemento andaluz de referencia. Cumple una función climática muy concreta en Madrid: el agua en movimiento refresca por evaporación y añade el sonido que enmascara el ruido de la ciudad. En un jardín urbano de clima continental, eso es tan funcional como decorativo.

El primer jardín: Sevilla en Madrid

El que recibe al visitante se inspira en los Reales Alcázares de Sevilla. Su estructura es un entramado de setos bajos de boj (Buxus sempervirens) que dibujan los parterres, y dentro de ellos rosales (Rosa cv.) de pie alto.

La combinación es más inteligente de lo que parece a simple vista. El rosal de pie alto, injertado a cerca de un metro del suelo, deja libre todo el espacio de debajo, y ahí caben las flores de temporada que cambian el color del parterre varias veces al año. Se consigue así una plantación de tres estratos (seto perenne, flor de temporada, rosal en altura) en la misma superficie que ocuparía uno solo.

Quien quiera reproducir hoy este esquema debe contar con dos cosas. El rosal de pie alto necesita tutor permanente y hay que vigilar los chupones que salen del patrón por debajo del injerto. Y el boj arrastra en España, desde hace años, el ataque de la oruga Cydalima perspectalis, que puede defoliar un seto en pocos días; mantener boj hoy implica revisarlo con frecuencia de primavera a otoño.

El segundo jardín: la Alhambra y la columnata

El segundo ámbito remite a la Alhambra, y en concreto al patio de la Acequia del Generalife: geometría estricta, agua longitudinal y arrayán. Todavía sobrevive allí uno de los arrayanes (Myrtus communis) plantados en tiempos del pintor, lo que da una idea de la longevidad y la resistencia de esta especie mediterránea, capaz de soportar más de un siglo de veranos madrileños.

Sobre ese esquema nazarí, Sorolla superpuso una columnata y varias esculturas de referencia clásica, entre ellas una copia del fauno pompeyano. Esa mezcla de fuentes (lo andalusí, lo italiano) es característica del gusto de la época y no resulta forzada: el jardín mediterráneo, en cualquiera de sus variantes, comparte los mismos elementos de agua, sombra y estructura vegetal recortada.

La vegetación de este ámbito era en buena medida móvil: macetas de terracota repartidas por el espacio, con geranios (Pelargonium × hortorum) de flor roja y rosada, y gitanillas (Pelargonium peltatum) en el arranque de la escalera de acceso a la casa. Es la tradición del patio andaluz llevada al jardín, y sigue siendo la mejor forma de tener color intenso donde no se puede plantar en tierra.

El tercer jardín: la umbría

El más íntimo de los tres queda bajo la copa de los árboles, junto a una lámina de agua donde crecían nenúfares (Nymphaea cv.) y calas (Zantedeschia aethiopica). En la sombra se plantaron azaleas (Rhododendron cv.) y camelias (Camellia japonica).

Esa elección merece un comentario técnico, porque explica muchos fracasos actuales. Las azaleas y las camelias son acidófilas estrictas, y tanto el suelo como el agua de red de Madrid son calizos. Cultivarlas allí exige sustrato ácido específico, acolchado de corteza de pino, riego con la mejor agua disponible y aceptar que hay que renovar el sustrato cada pocos años. No es imposible, pero no es una plantación que se deje sola.

Hay además un fenómeno que este jardín ilustra bien: un jardín envejece hacia la sombra. Los árboles que en 1915 eran ejemplares jóvenes hoy son copas hechas, y el espacio que Sorolla pintaba inundado de luz recibe hoy bastante menos. Cualquier jardín plantado con árboles cambia de condiciones a los treinta o cuarenta años, y la plantación baja que se hizo pensando en el sol termina necesitando un recambio hacia especies de sombra.

El rosal amarillo

En el pórtico de la fachada creció un vigoroso rosal trepador de flores amarillas que fue el favorito de Clotilde García del Castillo, mujer del pintor y responsable de que la casa acabara convertida en museo. Sorolla lo pintó y, cuando estaba de viaje, preguntaba por carta si ya había florecido.

La historia que se cuenta en la familia es que el rosal enfermó tras la muerte de Sorolla, en 1923, y acabó muriendo poco después que Clotilde. Es un dato que se transmite por vía familiar y que no puede comprobarse, pero explica bien la relación que se establece con una planta concreta de un jardín, que rara vez tiene que ver con su valor botánico.

Qué se puede llevar uno de aquí

Cuatro ideas del jardín de Sorolla que funcionan igual en un patio de cuarenta metros cuadrados:

  • Dividir en ámbitos. Aunque el espacio sea mínimo, dos o tres zonas con carácter distinto rinden más que una sola superficie abierta.
  • Un elemento de agua por ámbito. No hace falta una fuente monumental: un pilón bajo o una pila de piedra con recirculación cumplen la función de sonido y frescor.
  • Estructura perenne y color encima. Un armazón de setos bajos o de arbustos recortados sostiene el jardín los doce meses; el color de temporada va dentro y se cambia sin tocar el esqueleto. Si el boj preocupa, hay alternativas como Ilex crenata, Teucrium × lucidrys o el propio mirto de hoja pequeña.
  • Macetas de barro para el color fuerte. Geranios y gitanillas al sol, agrupados y en recipientes iguales. Repetir el mismo tiesto ordena tanto como un seto.

La visita

El Museo Sorolla ocupa la casa del pintor en el paseo del General Martínez Campos, en Madrid. El jardín se recorre antes de entrar al edificio y, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las casas museo, no es un añadido: en las salas cuelgan los cuadros pintados en ese mismo espacio, con los mismos rosales, la misma fuente y las mismas macetas.

La mejor época para verlo es la primavera, con los rosales en flor, aunque el jardín se sostiene todo el año gracias a la estructura de perennes. Conviene comprobar horarios y condiciones de acceso antes de ir, porque cambian según la temporada.

En resumen

Los tres jardines de la casa de Sorolla son una lección de jardinería urbana mediterránea: compartimentar un solar estrecho, organizar cada parte alrededor del agua, construir un armazón de perennes recortadas y dejar el color en manos de los rosales, la flor de temporada y las macetas de geranios.

La parte más delicada de aquel jardín, la umbría con camelias y azaleas, es también la que mejor advierte de sus propias exigencias: en un suelo y con un agua calizos como los de Madrid, las acidófilas piden un cuidado permanente. Y el conjunto recuerda algo que se olvida al plantar, que es que un jardín con árboles acaba siendo, treinta años después, un jardín de sombra.


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