La hoja quemada por el borde, el tomate podrido por la punta, las manchas corchosas del envés del geranio y la caída repentina de hojas del ficus recién comprado tienen algo en común: ningún organismo las ha causado. Son respuestas de la planta a las condiciones en que vive, y contra ellas un fungicida no consigue nada salvo gastar dinero y castigar a los insectos que conviene tener cerca. Tratar una fisiopatía como si fuera una plaga deja la planta igual de enferma y la causa intacta.

Qué es una fisiopatía

Una fisiopatía o trastorno fisiológico es un daño causado por un factor abiótico: agua, temperatura, luz, oxígeno en la raíz, sales, pH, un producto químico. La planta responde con síntomas que se parecen mucho a los de una enfermedad —manchas, necrosis, amarilleos, deformaciones—, pero no hay virus, ni bacteria, ni hongo, ni insecto detrás.

La distinción no es académica. Un hongo se propaga y hay que frenarlo; una fisiopatía se detiene sola en cuanto se corrige la causa, y tratarla con un fungicida solo añade un estrés más a una planta que ya lo está pasando mal. Además, varias fisiopatías abren la puerta a patógenos oportunistas, así que retrasar el diagnóstico correcto acaba costando también la infección que al principio no había.

Cuatro criterios para distinguirla de una enfermedad

Antes de comprar nada, aplica esta lista sobre la planta afectada.

El patrón de distribución. Los daños abióticos suelen aparecer a la vez y de forma uniforme en todas las plantas de una zona, incluso en especies distintas, y siguen el trazado de algo físico: la cara sur, el borde del arriate, la fila junto al camino, todos los frutos del mismo racimo. Una enfermedad empieza en un foco, en una planta o dos, y se extiende desde ahí en manchas irregulares. Si el daño respeta una línea recta o el límite exacto de una sombra, no es biológico.

La ausencia de progresión. Una lesión fisiológica se produce en un momento concreto, se delimita y se queda. Al cabo de dos semanas ocupa lo mismo. Una lesión infecciosa crece, tiene un borde activo y aparecen lesiones nuevas alrededor.

La ausencia de signos del patógeno. Mira la lesión con una lupa de diez aumentos, a contraluz y con la hoja húmeda: los hongos dejan micelio, picnidios, polvo de esporas o pústulas; las bacterias, exudado y halos acuosos; los ácaros, telarañas finísimas y puntos móviles en el envés. Si no hay nada de eso, y solo se ve tejido muerto limpio, la causa es ambiental.

La coincidencia con un evento. Reconstruye los siete a quince días anteriores: la ola de calor, la helada tardía, el día que se abonó, el trasplante, el cambio de sitio, el tratamiento del césped del vecino, las vacaciones sin riego, la tormenta después de tres semanas secas. La mayoría de las fisiopatías se explican por algo que ocurrió, aunque el síntoma tarde una o dos semanas en manifestarse.

Hoja con clorosis internervial, con los nervios todavía verdes

Podredumbre apical del tomate

Mancha parda oscura, deprimida y correosa en el extremo opuesto al pedúnculo del fruto, seca al tacto, con el borde bien definido. Afecta a tomate, pimiento, berenjena, sandía y calabacín.

La causa es una falta de calcio en el tejido en crecimiento del ápice del fruto, y aquí está la clave que suele malinterpretarse: no es falta de calcio en el suelo. En España, con suelos calizos y agua de riego dura, el calcio disponible sobra prácticamente en todas partes. El problema es de transporte. El calcio se mueve solo hacia arriba, por el xilema, arrastrado por la corriente de transpiración, y el fruto transpira muy poco comparado con las hojas. Cuando el riego es irregular —el sustrato se seca y después se inunda—, el flujo se interrumpe y el ápice del fruto, que es el punto más alejado de la entrada, se queda sin suministro justo en la fase de crecimiento rápido.

Agravan el cuadro la salinidad alta, el exceso de nitrógeno en forma amoniacal, el abonado excesivo con potasio o magnesio, que compiten con el calcio en la absorción, y cualquier daño radicular, incluido el escardado profundo junto a la planta.

Qué hacer: riego regular y frecuente, acolchado para amortiguar la oscilación de humedad, maceta de volumen suficiente —en tomate, menos de 25 litros es garantía de problemas—, y contención con el nitrógeno. Los frutos ya afectados no se recuperan y conviene retirarlos. Los pulverizadores de calcio foliares tienen efecto limitado, porque el calcio no se traslada bien desde la hoja hasta el fruto. No se contagia entre plantas.

Rajado del fruto

Grietas radiales que salen del pedúnculo, o concéntricas alrededor de él, en tomate; grietas superficiales en cereza, ciruela, higo, granada y col. Se abren en cuestión de horas.

Ocurre cuando entra agua de golpe en un fruto que ya tiene la piel formada: la pulpa aumenta de volumen deprisa y la epidermis, menos elástica y ya endurecida, no acompaña y se rompe. El desencadenante típico es una lluvia o un riego abundante después de un periodo seco, o una tormenta de agosto sobre frutos a punto de madurar. En cerezo, además, el agua que queda sobre la piel se absorbe directamente y basta una lluvia de veinte minutos para perder la cosecha.

Qué hacer: riego constante en vez de abundante y espaciado, acolchado, cosechar antes de una lluvia anunciada cuando el fruto ya está cercano a la madurez, y elegir variedades tolerantes al rajado, que existen tanto en tomate como en cereza. El fruto rajado se consume enseguida: la grieta es la vía de entrada de Botrytis y de bacterias.

Edema en pelargonio y en crasas

Pequeños abultamientos en el envés de la hoja, primero acuosos y translúcidos, luego corchosos y pardos, que no se desprenden al rascar. En geranios, en Peperomia, en camelia, en eucalipto joven y en varias crasas. Se confunde con cochinilla o con roña, y ahí empiezan los tratamientos inútiles.

El edema o intumescencia aparece cuando la raíz absorbe más agua de la que la hoja puede transpirar. Las células de la epidermis se hinchan hasta reventar y la planta cicatriza la rotura con tejido suberificado. La combinación que lo provoca es característica: sustrato húmedo y templado, aire fresco y muy húmedo, y poca luz. Es decir, invierno bajo plástico, o una ventana orientada al norte con calefacción y riego de verano.

Qué hacer: regar por la mañana y solo cuando el sustrato lo pida, espaciar mucho el riego en días nublados, ventilar y aumentar la luz. Las hojas afectadas no se curan; las nuevas salen limpias. No se transmite a otras plantas.

Golpe de sol

Mancha decolorada, blanquecina o amarillenta, después apergaminada y hundida, siempre en la cara orientada al sol de la tarde. En frutos de tomate, pimiento, manzana y uva; en la corteza de troncos jóvenes por el lado suroeste; en cactus y crasas recién sacados al exterior.

Es una quemadura por exceso de radiación combinada con temperatura alta del tejido, que puede superar los 45 °C en la superficie expuesta. Casi siempre hay un cambio brusco detrás: una poda que dejó desnudo un fruto que estaba sombreado, un deshojado de tomatera, varios días nublados seguidos de un día despejado, o una planta de interior sacada de golpe a pleno sol de junio.

Qué hacer: aclimatar siempre de forma progresiva, en diez o quince días, cualquier planta que cambie de nivel de luz; no deshojar las hortalizas en pleno verano; instalar malla de sombreo del 30-50 % durante las olas de calor; y proteger el tronco de los frutales jóvenes con encalado o protector en las plantaciones expuestas. El tejido quemado no se regenera y se infecta con facilidad.

Quemadura por sal y por abono

Puntas y bordes de las hojas secos, de color marrón claro, a menudo con un halo amarillo entre la zona muerta y la sana. Empieza por las hojas más viejas. En maceta se acompaña de una costra blanquecina en la superficie del sustrato y en el borde del tiesto. Un signo que confirma el diagnóstico: la planta se marchita con el sustrato húmedo.

La causa es un exceso de sales solubles en la solución del suelo, ya vengan del abono, del agua de riego dura, de un sustrato mal lavado o de la falta de drenaje que las concentra por evaporación. Con la concentración salina alta, el gradiente osmótico se invierte y la raíz, en vez de absorber agua, la pierde. También quema el pelo radicular por contacto directo.

Qué hacer: lavar el sustrato haciendo pasar tres o cuatro veces el volumen de la maceta en agua, lentamente, con el agua saliendo por el drenaje. En suelo, riegos abundantes que arrastren las sales por debajo de la zona de raíces si el drenaje lo permite. Y prevenir: no abonar nunca sobre sustrato seco ni sobre planta estresada, respetar la dosis de la etiqueta sin redondear al alza, no sumar abono líquido a uno de liberación lenta ya incorporado, y retirar el agua del plato a los diez minutos del riego.

Sistema radicular de una planta extraída de la maceta

Asfixia radicular

La planta se marchita, amarillea y pierde hojas, y el sustrato está empapado. Es el trastorno que con más frecuencia se malinterpreta, porque el síntoma visible —marchitez— es idéntico al de la sed y la reacción instintiva es regar más.

La raíz respira y necesita oxígeno. En un suelo encharcado o en un sustrato compactado, el agua ocupa los poros que debería ocupar el aire; a temperatura alta, el oxígeno disuelto se consume en pocas horas y las raíces finas empiezan a morir. En verano bastan de dos a tres días. A partir de ahí la planta no puede absorber agua aunque le sobre, y se marchita.

Se confirma sacando el cepellón: raíces pardas o negras, blandas, cuya corteza se desprende al tirar dejando el cilindro central, y olor agrio o a cieno en el sustrato. Las raíces sanas son claras, firmes y elásticas.

Qué hacer: dejar de regar, mejorar el drenaje, sacar el plato, y si es una maceta, trasplantar retirando el sustrato empapado y las raíces muertas. Prevenir es más eficaz: sustrato con estructura, macetas con agujeros, y en suelo arcilloso no plantar en un hoyo mullido rodeado de arcilla compacta, que se comporta como una bañera. Importante: la asfixia es la antesala de Phytophthora y Pythium, que sí son patógenos reales. Corregida a tiempo, no se llega ahí.

Clorosis inducida

Amarilleo del limbo con los nervios todavía verdes, en las hojas jóvenes y en los brotes terminales. En casos avanzados la hoja llega a blanca con el borde necrosado.

Se llama inducida porque el nutriente está en el suelo pero la planta no puede tomarlo. El caso típico es el hierro en suelo calizo: por encima de pH 7,5, y con el bicarbonato del agua de riego dura, el hierro pasa a formas insolubles. También la induce el encharcamiento, que altera el pH de la rizosfera y daña la raíz, y un exceso de fósforo o de cobre.

Para no equivocarse conviene fijarse en qué hojas amarillean. En las jóvenes y con nervios verdes, hierro o manganeso. En las viejas, con amarilleo internervial, magnesio. En las viejas, con amarilleo uniforme y planta pequeña, nitrógeno. Los elementos móviles se retiran de las hojas viejas para alimentar a las nuevas; los inmóviles, como el hierro y el calcio, faltan primero arriba.

Qué hacer: quelato de hierro EDDHA si el pH del suelo pasa de 7,5, porque los quelatos de EDTA se descomponen por encima de pH 6,5-7 y no sirven; acidificar el agua de riego; aportar materia orgánica; y sobre todo elegir especies acordes con el suelo que se tiene, porque una hortensia azul o un arándano en suelo calizo van a exigir corrección durante toda su vida.

Corrimiento de flor por calor

La planta florece con normalidad y las flores se desprenden por la articulación del pedicelo sin cuajar fruto. En tomate, pimiento, berenjena y judía.

El polen deja de ser viable fuera de un rango estrecho de temperatura. Por encima de 32-35 °C diurnos, o cuando la temperatura nocturna se mantiene por encima de 22-24 °C, el grano de polen se degenera y no fecunda. En el extremo contrario, por debajo de 12-13 °C nocturnos tampoco cuaja. La humedad relativa también interviene: por debajo del 30 % el polen se deseca y por encima del 85 % se apelmaza y no se libera.

Qué hacer: sombrear con malla durante la ola de calor, mantener el riego para que la planta no sume estrés hídrico, ajustar la fecha de plantación al calendario de la zona y usar variedades seleccionadas para cuajado en calor si el verano local es duro. En cuanto bajan las temperaturas, la planta vuelve a cuajar sola.

Caída de hoja por cambio de ubicación

Una planta de interior recién comprada pierde hojas verdes y aparentemente sanas una o dos semanas después de llegar a casa, a veces en cantidad alarmante. Ficus benjamina es el ejemplo clásico; también ocurre en Schefflera, Dracaena y cítricos en maceta.

No está enferma: está ajustando su superficie foliar al nuevo presupuesto de luz. En el vivero recibía varios miles de lux; en el interior de una vivienda, a dos metros de la ventana, puede estar recibiendo menos de mil. Cada hoja tiene un coste de mantenimiento, y la planta elimina por abscisión las que ya no se pagan solas. Es una respuesta programada, no un fallo.

Qué hacer: colocarla en el punto más iluminado disponible y, a partir de ahí, no cambiar nada más durante seis u ocho semanas: ni trasplante, ni abono, ni cambio de sitio, ni aumento del riego, que es la reacción habitual y la que remata a la planta añadiendo asfixia radicular a la aclimatación. Rebrota adaptada en uno o dos meses. Antes de dar el diagnóstico por bueno, revisa el envés con lupa para descartar araña roja, que produce una caída parecida con punteado fino y telaraña.

Encrespado por herbicida hormonal

Las hojas nuevas salen acopadas en forma de cuchara, retorcidas, con la nervadura anormalmente paralela y los peciolos girados en espiral; los tallos se curvan. La planta no tiene manchas ni signos de ningún organismo, y las hojas viejas están perfectas.

Es el efecto de un herbicida hormonal —del grupo de las auxinas sintéticas: 2,4-D, MCPA, dicamba, aminopiralida— que ha llegado a dosis mínimas. Las tres vías habituales son la deriva de un tratamiento de césped o de una parcela cercana en día con viento, el uso de un pulverizador que antes contuvo herbicida y no quedó bien limpio, y el estiércol, la paja o el compost procedentes de pastos tratados con aminopiralida, que permanece activa en la materia orgánica durante meses. Tomate, vid, leguminosas y dalias son especialmente sensibles y actúan como indicadores.

Se distingue de un virus porque el virus da mosaicos, moteados o anillos de color con poca deformación torsional, y suele afectar a una planta y no a toda la fila; y del daño de pulgón porque el pulgón está a la vista en el envés y en los brotes.

Qué hacer: identificar y eliminar la fuente, sobre todo si es un aporte de compost o estiércol contaminado, y no volver a usarlo. No existe antídoto. Con exposiciones bajas, la planta emite tejido nuevo normal en varias semanas; con dosis altas, no se recupera y los frutos de una hortaliza afectada no deben consumirse. En el pulverizador, dedicar un equipo exclusivo a herbicidas evita el problema por completo.

En resumen

Hay daños que no causa ningún organismo, y confundirlos con una plaga lleva a tratar sin necesidad. Cuatro señales identifican una fisiopatía: aparece de golpe y de manera uniforme siguiendo un trazado físico, no progresa con el tiempo, no muestra signos del patógeno bajo la lupa, y coincide con algo que ocurrió una o dos semanas antes. La podredumbre apical del tomate es riego irregular, no falta de calcio en el suelo; el rajado, una entrada brusca de agua; el edema, más absorción que transpiración; el golpe de sol, un cambio de exposición sin aclimatar; la quemadura de bordes, exceso de sales; la marchitez con el sustrato mojado, asfixia radicular; el amarilleo internervial de las hojas jóvenes, hierro bloqueado por el pH; la flor que cae, calor sobre el polen; la hoja que suelta el ficus, ajuste a la nueva luz; y el encrespado en cuchara, un herbicida hormonal a la deriva. Ninguno se arregla con un tratamiento fitosanitario: todos se arreglan cambiando la condición que los produjo.


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