Sembrar apretado en un espacio pequeño y bien vigilado, y llevar después las plantas al sitio definitivo, es un sistema con siglos de uso y con una lógica que sigue vigente. El almácigo no es solo una bandeja con tierra: es una manera de organizar las primeras semanas del cultivo, y tiene sus reglas de densidad, de riego y de momento de salida.

Almácigo con plántulas jóvenes

Qué es un almácigo y en qué se diferencia

Un almácigo es una siembra densa sobre un volumen de sustrato común, del que las plántulas se extraen después una a una para plantarlas en su sitio. La palabra se usa tanto en España como en América; en algunas zonas se dice almáciga, y conviene no confundirla con el almácigo botánico, que es el lentisco (Pistacia lentiscus).

Frente a la bandeja de alvéolos, la diferencia es el reparto de la raíz. En el alvéolo cada planta tiene su celda y forma un cepellón propio que sale entero, sin que la raíz se entere del cambio; en el almácigo las raíces comparten el mismo volumen y se entrelazan, de modo que sacarlas implica romper algo. A cambio, el almácigo cabe en menos superficie, permite sembrar sin contar la semilla y no obliga a comprar bandejas ni a llenar celdas.

Frente a la siembra directa, la diferencia es el control. En siembra directa la semilla germina donde va a vivir, sin ninguna manipulación de la raíz, pero expuesta desde el primer día a la lluvia, a la costra del suelo, a los pájaros, a las babosas y a la competencia de las adventicias, y ocupando el terreno desde el minuto uno.

Por qué se sigue usando

Control de las primeras semanas. La fase crítica de una hortaliza va de la siembra a las tres o cuatro hojas verdaderas. En un metro cuadrado de almácigo se pueden mantener la temperatura, la humedad y la protección que serían imposibles en veinte metros de bancal.

Ahorro de semilla y de espacio. Semillas menudas como las de lechuga, cebolla, puerro o col se siembran a voleo o en líneas muy juntas, y un cuadrado pequeño da plantas para toda la parcela. Mientras tanto, el bancal sigue ocupado por el cultivo anterior: el almácigo adelanta el calendario sin robar terreno.

Selección. Al trasplantar se elige. Las plántulas endebles, torcidas, con la hoja deformada o retrasadas se descartan, y al terreno solo pasa lo que promete. En siembra directa hay que quedarse con lo que salga.

Escalonamiento. Sembrar en almácigo cada dos o tres semanas y trasplantar según se libera el terreno permite cosechas escalonadas con un manejo mucho más cómodo.

Cómo se prepara el almácigo

En bandeja o cajón. La opción doméstica. Un recipiente de cinco a ocho centímetros de profundidad, con drenaje suficiente, lleno de un sustrato específico de semillero: turba rubia o fibra de coco con perlita o vermiculita, fino, tamizado y con muy poca carga de abono. No se usa tierra de jardín, porque aporta esporas de los hongos de la caída de plántulas y se apelmaza con los riegos. El sustrato se humedece antes de sembrar, hasta que al apretarlo en la mano se compacte sin soltar agua.

En cama caliente. El sistema tradicional para adelantar solanáceas en zonas frías. Se excava un hoyo de unos cuarenta centímetros, se rellena con estiércol fresco de caballo con paja bien pisado, y encima se ponen quince o veinte centímetros de sustrato de siembra. La fermentación del estiércol libera calor durante varias semanas y mantiene el sustrato entre 18 y 25 °C, que es lo que necesitan tomate, pimiento y berenjena para germinar en febrero. Se cubre con un marco acristalado o un túnel, y se airea a diario para que no se dispare la temperatura ni la condensación.

En era. Un bancal en el suelo, mullido y refinado, de un metro a un metro veinte de ancho, que es la anchura que permite llegar al centro desde los dos lados sin pisar. Se despedrega, se rastrilla fino y se nivela, porque una superficie irregular hace charcos y siembras desiguales. Encima, un túnel bajo o una manta térmica según la época.

La densidad, que es donde se decide el lote

La referencia razonable es sembrar en líneas separadas cuatro o cinco centímetros, con las semillas a uno o dos centímetros dentro de la línea. La profundidad, dos o tres veces el diámetro de la semilla; las semillas muy finas se espolvorean en superficie, se cubren con una capa fina de vermiculita y se presionan ligeramente, sin enterrar.

Sembrar más apretado de eso estropea el almácigo entero por tres vías que se refuerzan entre sí. La primera es la competencia por la luz: las plántulas se ahílan, alargan el hipocótilo, adelgazan y no vuelven a recuperar el porte, por mucho que después se les dé sitio. La segunda es el enredo de raíces, que convierte el descalce en un arrancado y deja cada planta con la mitad de su sistema radicular. La tercera es la humedad retenida entre las plantas, que crea el ambiente exacto que necesitan Pythium, Rhizoctonia y Fusarium para la caída de plántulas: un foco aparece por la mañana y por la tarde es un calvero.

Aclarar después no arregla lo primero ni lo segundo. Sale más a cuenta sembrar claro desde el principio, aunque parezca que se desaprovecha superficie.

Riego, luz y temperatura

El riego se hace con pulverizador o con regadera de alcachofa muy fina, o mejor por inmersión: se apoya la bandeja en un recipiente con dos centímetros de agua y se retira cuando la superficie del sustrato oscurece. Así no se descolocan las semillas ni se compacta la superficie. El objetivo es un sustrato uniformemente húmedo, nunca encharcado, y el riego a primera hora de la mañana, para que la superficie llegue seca a la noche.

La temperatura de germinación manda más que la fecha del calendario. Solanáceas y cucurbitáceas piden 20-25 °C; brásicas, lechuga, cebolla y puerro germinan bien entre 15 y 20 °C, y la lechuga entra en termodormancia por encima de 25-28 °C, así que los almácigos de verano se hacen a la sombra. Una vez emergidas las plántulas, conviene bajar unos grados la temperatura y dar toda la luz posible: mantener el calor de germinación después de la nascencia es la receta directa del ahilado.

Hasta la emergencia se puede tapar para conservar humedad; en cuanto asoma la primera plántula, se destapa y se lleva al sitio más luminoso disponible. Con luz insuficiente ningún manejo posterior salva el lote.

Del almácigo al terreno: el momento

Trasplante de plántulas de almácigo al terreno

El indicador no es la fecha, es el número de hojas verdaderas, que resume el desarrollo real de la planta con independencia de cómo haya ido el tiempo. Las cotiledóneas no cuentan.

Lechuga y escarola salen con cuatro o cinco hojas y unos ocho centímetros. Coles, brócoli y coliflor, con cuatro o cinco hojas y unos quince centímetros. Tomate, pimiento y berenjena, con cinco o seis hojas y de quince a veinte centímetros de altura, con el tallo grueso y los entrenudos cortos. Cebolla y puerro, cuando la base alcanza el grosor de un lápiz y la planta mide entre quince y veinte centímetros, lo que suele suponer unas ocho semanas. Apio, con cuatro hojas.

Pasarse tiene coste. Una plántula que se queda de más en el almácigo agota el volumen de raíz disponible, se estanca, y al trasplantarla arranca con retraso o se pasa directamente a flor sin haber hecho planta. Si el terreno no está listo a tiempo, la solución no es esperar sino repicar a maceta individual, que es una operación con entidad propia y tiene artículo aparte en esta sección.

El endurecimiento

Una planta criada bajo cubierta tiene la cutícula fina, los estomas poco reactivos y los tejidos tiernos. Sacarla de golpe al viento y al sol del bancal la deshidrata en horas. El endurecimiento es el proceso de aclimatación previo, y dura de siete a diez días.

Consiste en tres cosas a la vez: exposición progresiva —dos horas al exterior el primer día, aumentando cada jornada hasta dejarla toda la noche fuera al final del periodo—, reducción del riego, regando algo menos y algo más espaciado sin llegar a marchitar, y suspensión de cualquier abonado. La planta responde engrosando la cutícula, acumulando solutos y frenando el crecimiento en favor de la raíz. Sale más compacta, más oscura y aparentemente más pequeña, y arranca mucho mejor.

El descalce: cepellón o raíz desnuda

Unas horas antes de sacar las plantas se riega el almácigo abundantemente: el sustrato húmedo se desprende sin desgarrar y las raíces salen enteras. Descalzar en seco parte raicillas.

Las plantas se levantan haciendo palanca por debajo con un plantador, una paleta estrecha o un palo plano, empujando el bloque hacia arriba en lugar de tirar de la planta. Se sujetan por una hoja, nunca por el tallo: una hoja rota se sustituye, un tallo aplastado no.

Con cepellón —llevándose el terrón de sustrato que rodea la raíz— van las especies que no toleran la manipulación radicular: solanáceas, cucurbitáceas, apio, y en general todo lo que tenga la raíz frágil o el ciclo apretado.

A raíz desnuda se pueden mover sin problema lechuga, coles, cebolla, puerro y ajo tierno. En cebolla y puerro es además práctica corriente recortar las raíces y la parte alta de las hojas dejando alrededor de un tercio: reduce la transpiración mientras la raíz no funciona y facilita colocar la planta en el hoyo. En el resto de especies, ese recorte no aporta nada.

Entre el descalce y la plantación deben pasar minutos, no horas. Si hay que esperar, las plantas van en un recipiente con el fondo húmedo y a la sombra; una raíz desnuda expuesta al sol y al viento veinte minutos ya ha perdido buena parte de su capacidad de absorción.

La hora del día y el riego de asiento

En primavera y verano se trasplanta al atardecer o en un día cubierto: la planta tiene toda la noche por delante, con humedad alta y sin demanda de transpiración, para restablecer el contacto de la raíz con el suelo. Al mediodía de un día soleado, la misma planta pierde agua por la hoja mucho antes de poder reponerla. En otoño e invierno, cuando el riesgo es la helada y no la deshidratación, se invierte el criterio y se trasplanta a media mañana, para que el suelo tenga el día entero para templarse.

El hoyo se hace del tamaño del cepellón, se coloca la planta a la misma profundidad a la que estaba —con dos excepciones conocidas: el tomate admite y agradece enterrar parte del tallo, del que emitirá raíces adventicias, y el puerro se planta hondo para blanquear el fuste— y se aprieta la tierra alrededor con las manos, sin machacarla.

Inmediatamente después va el riego de asiento, que es abundante y tiene una función mecánica antes que hídrica: el agua arrastra las partículas finas contra las raíces, elimina las bolsas de aire y establece el contacto suelo-raíz sin el cual la planta no absorbe aunque el terreno esté húmedo. Se riega al pie, sin mojar la hoja. Y después conviene espaciar los riegos unos días, para que la raíz baje a buscar el agua en lugar de quedarse en superficie.

Las especies que no se llevan bien con el almácigo

Las de raíz pivotante, que forman desde el principio una raíz principal profunda cuyo ápice, si se rompe, se sustituye por varias raíces secundarias: eso deforma el órgano de cosecha y detiene el crecimiento. Zanahoria (Daucus carota), chirivía, nabo, rábano y salsifí van siempre a siembra directa. La remolacha lo tolera si se mueve muy joven y con cepellón intacto.

Las de semilla grande, que germinan con vigor, atraviesan la costra sin ayuda y no ganan nada pasando por almácigo: judía, guisante, haba, maíz. La espinaca sube a flor con facilidad tras un trasplante, y el perejil, de germinación lenta y raíz pivotante, se resiente.

Las cucurbitáceas —calabacín, pepino, melón, sandía, calabaza— son un caso intermedio: no admiten el almácigo tradicional con descalce, porque su raíz no perdona la rotura, pero sí se crían muy bien en alvéolo o maceta individual y se plantan con cepellón entero a las dos o tres hojas verdaderas, sin dejar que se pasen.

Y entre las ornamentales, se siembran en su sitio las anuales de raíz pivotante: Papaver, Eschscholzia, Consolida, Lupinus y Nigella.

En resumen

El almácigo concentra en poco espacio la fase más delicada del cultivo y permite controlarla, ahorrar semilla y seleccionar antes de plantar, a cambio de una manipulación de la raíz que hay que hacer bien. Se siembra claro, en líneas a cuatro o cinco centímetros, con sustrato específico y riego suave; después de la nascencia se baja la temperatura y se da toda la luz posible. La salida al terreno se decide por hojas verdaderas y no por fecha, precedida de siete a diez días de endurecimiento, con descalce sobre sustrato bien regado, cepellón para las especies sensibles y raíz desnuda para lechuga, coles, cebolla y puerro. Se planta al atardecer y se riega de asiento a fondo. Y hay cultivos que sencillamente no pasan por aquí: los de raíz pivotante y los de semilla grande van directos al bancal.


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