Elegir el abono es la parte fácil. Lo que decide el resultado es cuándo se aplica, en qué cantidad y por qué vía, y ahí es donde la etiqueta ayuda menos de lo que parece. Este artículo trata la práctica del abonado: el momento, el cálculo de la dosis, la frecuencia, la forma de aplicarlo y la lectura de los síntomas cuando algo se ha hecho de más o de menos.

Para qué significan las cifras NPK, qué diferencia hay entre un abono mineral y uno orgánico o qué hace cada nutriente dentro de la planta, hay artículos específicos en esta misma sección. Aquí se da por sabido y se va directamente al manejo.

Petunias en flor en una jardinera

Cuándo abonar y, sobre todo, cuándo no

La regla general es corta: se abona cuando la planta está creciendo activamente y tiene raíces sanas para absorber. Fuera de eso, el abono no se aprovecha y se acumula en el sustrato como sal.

Planta recién trasplantada. Un trasplante rompe raicillas absorbentes y deja el sistema radicular temporalmente incapaz de tomar sales en cantidad. Además, los sustratos comerciales de calidad llevan una carga de arranque que cubre las primeras cuatro o seis semanas. Abonar en ese momento suma sal a un sistema que no la puede usar. Lo razonable es esperar de tres a seis semanas, o hasta ver crecimiento nuevo evidente.

Planta enferma o con la raíz dañada. Una podredumbre radicular, un ataque fuerte de cochinilla o araña roja, un encharcamiento reciente: en todos esos casos la planta tiene menos superficie absorbente y menos capacidad fotosintética. El abono no repara nada y aumenta la concentración salina alrededor de una raíz que ya sufre. Primero se corrige la causa; el abono viene después, cuando rebrota.

Planta en reposo. Un caducifolio sin hojas no tiene demanda. Una planta de interior a 14 °C y con poca luz de diciembre tampoco: sin luz no hay fotosíntesis, y sin fotosíntesis el nitrógeno absorbido no se convierte en tejido. Los bulbos de floración primaveral, una vez seca la hoja, están cerrados a cualquier aporte.

Pleno verano en exterior. Por encima de 32-35 °C muchas especies cierran estomas, reducen la transpiración y frenan el crecimiento. A la vez, el agua de riego se evapora deprisa y las sales del sustrato se concentran. En el interior peninsular, julio y buena parte de agosto son meses para reducir a la mitad o suspender el abonado de macetas expuestas, y retomarlo cuando las noches bajen de 20 °C.

Un caso más, transversal a todos: nunca se abona un cepellón seco. Con el sustrato deshidratado, la solución nutritiva entra concentrada en contacto directo con raíces ya estresadas y las quema. Se riega antes con agua sola, se espera media hora y luego se aplica el abono.

De la etiqueta al tiesto: calcular la dosis

Las etiquetas dan la dosis de dos maneras y conviene no confundirlas.

Abonos líquidos. La dosis va en mililitros por litro de agua de riego, típicamente 1-3 ml/l. Lo que hay que calcular no es cuánto abono lleva la planta, sino cuánta agua se va a aplicar. Un tiesto necesita en cada riego entre el 20 % y el 30 % de su volumen para mojar el cepellón entero y drenar algo: una maceta de 5 litros pide alrededor de 1-1,5 litros. Con 2 ml/l eso son 2-3 ml de producto. Si se riega con menos agua de la que pide el cepellón, la parte baja no recibe nada y la sal se queda arriba.

Abonos sólidos. Aquí la dosis va por volumen de sustrato o por metro cuadrado. Los abonos de liberación controlada recubiertos se aplican a razón de 2-5 gramos por litro de sustrato según la duración de la formulación; una maceta de 10 litros lleva entre 20 y 50 gramos, una sola vez. En suelo, la referencia suele ser gramos de producto por metro cuadrado, y se puede afinar partiendo del nutriente: si se quiere aportar 5 g de nitrógeno por metro cuadrado y el saco es un 15 % de N, hacen falta 33 g de producto por metro cuadrado (5 dividido entre 0,15).

Dos advertencias sobre las dosis de catálogo. La primera es que están pensadas para condiciones favorables de luz y temperatura; en interior, con luz de ventana, media dosis se aproxima más a lo real. La segunda es que doblar la dosis no dobla el efecto: a partir de cierto punto la curva de respuesta se aplana y lo único que sube es la conductividad del sustrato.

Cada abono tiene su frecuencia

La frecuencia no se elige, la impone la velocidad a la que el producto libera.

Soluble o líquido. Disponible de inmediato y lavable con el riego. Se repite cada 7-15 días en plena temporada. En cultivo intensivo en maceta se puede pasar a dosis baja en cada riego, que es más estable que un pico quincenal.

Liberación controlada recubierto. Las cápsulas liberan por difusión y la velocidad depende de la temperatura, no del riego. Se aplican una vez por ciclo: 3-4 meses, 5-6 meses o 12 meses según la formulación. No se repite antes de que se agote el anterior.

Granulado orgánico. Guano, gallinaza peletizada, harinas: dependen de la mineralización microbiana, que necesita suelo templado y húmedo. Se aportan cada 6-8 semanas en temporada, y en invierno prácticamente no funcionan aunque estén ahí.

Enmiendas y abonos de fondo. Compost, estiércol maduro, humus: una o dos veces al año, en otoño o a final de invierno, incorporados.

En el riego o en superficie

Abonar disuelto en el agua reparte el nutriente por todo el volumen radicular, permite dosis pequeñas y frecuentes y da una respuesta rápida. Es la vía natural en maceta y en cualquier instalación con riego localizado. Su punto débil es que lava con facilidad: en suelos arenosos y con riegos abundantes, el nitrato se va por debajo de la zona de raíces.

Abonar en superficie —el clásico voleo alrededor de la planta— depende de que el agua mueva el nutriente hacia abajo, y no todos se mueven igual. El nitrógeno nítrico viaja con el agua sin dificultad, así que en cobertera funciona. El fósforo, en cambio, es prácticamente inmóvil: se fija en los primeros centímetros y no baja, por lo que tiene poco sentido esparcirlo en superficie sobre un cultivo ya plantado. Con el potasio ocurre algo parecido, aunque menos acusado. De ahí la regla clásica: el fósforo y el potasio, enterrados antes de plantar; el nitrógeno, en cobertera durante el cultivo.

Si se aplica un granulado en superficie, hay que regar inmediatamente después. Un granulado seco sobre hoja húmeda o sobre césped sin regar quema por contacto.

Manzano cargado de fruta

El abonado foliar y cuándo tiene sentido

La hoja absorbe nutrientes, pero en cantidades pequeñas y a través de una cutícula cerosa que está diseñada precisamente para impedir intercambios. Eso marca sus límites: el abonado foliar sirve para corregir deprisa una carencia de micronutrientes —hierro, manganeso, zinc, boro—, que se necesitan en cantidades ínfimas, y no sirve para sostener la demanda de nitrógeno, fósforo y potasio de una planta en crecimiento, que es de otro orden de magnitud.

Los casos en que gana claramente son dos. Uno, cuando el nutriente está en el suelo pero bloqueado: la clorosis férrica sobre suelo calizo responde en días a una pulverización, aunque el efecto sea temporal. Dos, cuando la raíz no puede absorber por frío, encharcamiento o daño, y hace falta un puente mientras se recupera.

Se aplica a primera hora de la mañana o al atardecer, con la hoja fresca y el aire por debajo de 25 °C, mojando también el envés, que es donde la absorción es mayor. La hoja debe quedar húmeda un rato: si se seca en dos minutos no ha entrado nada. Las concentraciones son bajas, muy por debajo de las de un abono de riego, y sobre hojas cerosas o muy pilosas conviene un mojante. Y no se pulveriza a pleno sol ni sobre flor abierta.

Exceso y defecto no se parecen tanto

Ambas cosas dan una planta con mal aspecto, pero el patrón del daño las separa.

Defecto. El síntoma empieza por las hojas viejas cuando el nutriente es móvil dentro de la planta —nitrógeno, fósforo, potasio, magnesio—, porque la planta lo retira de lo antiguo para alimentar lo nuevo. Es un amarilleo o decoloración progresiva y bastante uniforme, con crecimiento corto y hojas pequeñas. Si el síntoma aparece en las hojas jóvenes, el nutriente implicado es inmóvil (hierro, calcio, boro) y casi siempre hay un problema de pH o de riego detrás, no de dosis.

Exceso. El daño es osmótico y salino, y se ve en los bordes y las puntas: necrosis marginal seca y bien delimitada, primero en las hojas más viejas y más expuestas. El follaje puede estar de un verde oscuro anormal, con tallos blandos y entrenudos largos, y la planta marchita a pesar de tener el sustrato húmedo, porque la raíz no puede tomar agua contra una solución concentrada. En maceta aparece además una costra blanquecina en el borde del tiesto y en la superficie del sustrato, y las puntas de las raíces se ven pardas al desenmacetar.

El exceso se corrige lavando: se riega con agua sola un volumen equivalente a tres o cuatro veces el de la maceta, dejando drenar libremente, y se repite a los pocos días. Si el sustrato está muy degradado o la costra es gruesa, sale más a cuenta trasplantar a sustrato nuevo retirando con cuidado el viejo. Y después, un mes sin abonar.

Calendario por tipo de planta

Interior. De marzo a octubre, líquido cada 15 días a media dosis de etiqueta. De noviembre a febrero, nada, salvo que la planta esté con iluminación artificial y por encima de 18 °C y siga creciendo. Las de follaje agradecen equilibrios con más nitrógeno; las de flor, más potasio.

Maceta de exterior. Flor de temporada, aromáticas y arbustos en contenedor tienen un volumen de sustrato pequeño y un lavado alto: liberación controlada al plantar más líquido semanal en plena temporada. Reducir en las quincenas más calurosas.

Arbolado. Un árbol establecido en un jardín con césped abonado no suele necesitar nada. Donde sí compensa es en los dos o tres primeros años tras la plantación: un aporte nitrogenado a final de invierno, entre febrero y marzo, esparcido en la proyección de la copa y no junto al tronco, porque las raíces absorbentes están en la periferia. En frutales, el nitrógeno se reparte entre la prebrotación y el cuajado, y se corta a partir de agosto para que la madera agoste bien antes del frío.

Huerto. Abonado de fondo en otoño o invierno con compost o estiércol maduro incorporado, del orden de 3-5 kg/m². Después, cobertera nitrogenada en los momentos de demanda: en tomate, tras cuajar el primer ramillete y cada dos o tres semanas; en cucurbitáceas, al empezar a emitir guías. Las hortalizas de hoja piden nitrógeno constante; las de raíz, poco nitrógeno y buen potasio.

Césped. Tres o cuatro aplicaciones al año de un abono específico, del orden de 20-30 g/m² cada una, repartidas entre marzo-abril, mayo-junio y septiembre-octubre. En julio y agosto se evita el nitrógeno de choque, que fuerza crecimiento tierno justo cuando el calor y los hongos aprietan. Siempre con reparto uniforme y riego inmediato.

Acidófilas. Camelia, azalea, rododendro, arándano, hortensia azul y brezos necesitan abono específico, con nitrógeno amoniacal y hierro quelatado. De marzo a agosto, y en zonas de agua dura el quelato debe ser EDDHA, que es el único que aguanta pH altos. En estas plantas, la calidad del agua de riego pesa más que el abono: con agua muy caliza, la clorosis vuelve por mucho que se abone.

En resumen

Abonar bien es una cuestión de sincronía: aportar cuando hay raíz sana, luz y temperatura para usar el nutriente, y no aportar cuando falta cualquiera de las tres cosas. La dosis se calcula a partir del volumen de agua en los líquidos y del volumen de sustrato o la superficie en los sólidos, sin subirla nunca por encima de la etiqueta. El riego reparte mejor, la superficie sirve sobre todo para el nitrógeno, y la vía foliar es un recurso para micronutrientes y urgencias, no un sistema de nutrición. Y ante una planta con mal aspecto, antes de echar más conviene mirar el patrón del daño: si el borde de la hoja está quemado y hay costra blanca en el tiesto, el problema es justo el contrario.


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