Antes de elegir materiales conviene decidir para qué va a servir el agua, porque un estanque de peces, uno de plantas y uno pensado para que venga la fauna del entorno se construyen distinto y no se pueden intercambiar después. La profundidad, la forma de la orilla, el filtro y hasta la orientación dependen de esa decisión inicial. Este artículo recorre las dos clasificaciones que importan —por construcción y por función— y luego lo que hay debajo de cualquiera de ellas: el equilibrio biológico, las plantas y dos avisos de seguridad.

Estanque ornamental integrado en un jardín con plantas acuáticas

Por construcción: prefabricado, lámina u obra

Estanque prefabricado rígido. Una cubeta de polietileno o de fibra de vidrio que se entierra en un hoyo con su forma. Volúmenes habituales entre 150 y 1.500 litros.

A favor: rapidez —una tarde de trabajo—, paredes definidas y repisas ya moldeadas para las plantas de orilla. En contra: la forma es la que viene, los tamaños grandes son caros, y el borde superior queda casi siempre a la vista y hay que disimularlo con piedra o césped. El fallo típico es el asentamiento: si el fondo del hoyo no se compacta y se nivela con arena antes de apoyar la cubeta, esta se descuelga por un lado y el nivel del agua queda torcido para siempre. Se rellenan los huecos laterales con arena a la vez que se va llenando de agua, para que las presiones se compensen.

La fibra de vidrio dura décadas; el polietileno barato se vuelve quebradizo con los años de sol en los bordes expuestos.

Lámina impermeable (EPDM o PVC). El sistema más versátil. Se excava la forma que se quiera, se retiran piedras y raíces, se pone un geotextil de protección y encima la lámina, que se adapta a los pliegues.

El EPDM es caucho sintético, muy elástico, resistente a los rayos ultravioleta y con una vida útil real de 30 a 50 años. Es lo que hay que usar si el estanque va a quedarse. El PVC cuesta la mitad y dura entre 8 y 15 años según el espesor y la exposición: sirve para probar, para algo provisional o para un estanque pequeño.

A favor: cualquier forma, cualquier tamaño, orillas en pendiente suave, coste razonable por metro cuadrado. En contra: la lámina se puede pinchar —de ahí el geotextil, obligatorio, y también por debajo si el terreno tiene grava—, y el remate del borde exige cuidado para que no quede plástico negro a la vista ni se forme un puente por el que el agua se escape por capilaridad hacia el jardín.

Regla para calcular la lámina: largo total = largo del estanque + 2 × profundidad + 60 cm de solape, y lo mismo para el ancho.

Obra de hormigón. Vaso armado con mallazo, hormigonado y después impermeabilizado con mortero elástico o lámina líquida de poliuretano.

A favor: es lo único que aguanta paredes verticales, aristas rectas, bordes pisables y estanques integrados en una terraza o en un muro. Estéticamente permite lo que ningún otro sistema. En contra: coste alto, obra de verdad, y sobre todo tendencia a fisurar con los movimientos del terreno y los ciclos de hielo; una fisura en hormigón es cara de encontrar y cara de reparar. Además el hormigón fresco libera cal y sube el pH del agua durante meses: hay que neutralizarlo o llenar, vaciar y volver a llenar varias veces antes de meter un solo pez.

Una solución mixta que funciona bien: vaso de obra por resistencia, lámina de EPDM por dentro por estanqueidad.

Por función: qué se quiere del agua

Ornamental. El agua como elemento de diseño: lámina limpia, quizá un surtidor o una cascada, pocas plantas o ninguna. Profundidad escasa, 40-50 cm, y dependencia total del filtro y del movimiento del agua, porque sin plantas ni fauna no hay quien consuma los nutrientes. Es el que más mantenimiento pide en proporción a lo que ofrece de vida.

De peces. Con carpas doradas (Carassius auratus) o con kois (Cyprinus rubrofuscus var. koi). Aquí manda el volumen: un pez produce residuos que hay que procesar. Para carpas doradas, contar con un mínimo de 50 litros por ejemplar adulto; para koi, que llegan a 60-70 cm, se habla de 1.000 litros por pez y profundidades de 1,2 m como mínimo. Un estanque de koi mal dimensionado se convierte en un problema permanente de agua turbia y peces enfermos.

De plantas. El vaso está al servicio de nenúfares, iris y juncos. Necesita sol —seis horas para que florezcan los nenúfares— y profundidades escalonadas. Con buena densidad de plantas puede funcionar sin filtro.

Naturalizado o de fauna. Diseñado para que lo colonicen ranas, sapos, tritones, libélulas y aves. Sin peces, porque los peces se comen las puestas de anfibios y las larvas de insecto: es la decisión que más condiciona el resultado. Orillas en pendiente muy suave, vegetación densa alrededor y ninguna bomba. Es el que menos trabajo da y el que más vida trae a un jardín.

Biopiscina o piscina naturalizada. Un vaso de baño y una zona de regeneración plantada, separadas físicamente pero con el agua circulando entre ambas. La zona vegetada debe ocupar entre el 30 y el 50 % de la superficie total. No lleva cloro: la depuración es biológica, mediante grava y raíces. Funciona bien, pero exige diseño técnico, obra de cierta entidad y aceptar que el agua no será cristalina como la de una piscina clorada, sino de un verde claro con algo de biofilm en las paredes.

Profundidad: por qué importa y cuánta hace falta

La profundidad no es un capricho estético, resuelve dos cosas.

La zona profunda es refugio térmico. El agua tiene una inercia enorme, y por debajo de cierta cota no se hiela ni se calienta en exceso. En el interior peninsular, con heladas de -5 a -8 °C, una zona de 80 cm a 1 m garantiza que quede agua líquida bajo la capa de hielo, y ahí es donde inverna todo lo que vive dentro. En verano, esa misma masa profunda amortigua las subidas de temperatura: por encima de 28 °C el agua retiene muy poco oxígeno disuelto y los peces se asfixian.

Como referencias: un estanque solo de plantas puede quedarse en 50-60 cm; uno con carpas doradas necesita 80 cm; uno con koi, 1,2 m o más; uno naturalizado sin peces funciona con 60-70 cm en su punto más hondo.

La orilla en pendiente suave es una cuestión de seguridad para la fauna. Este es el detalle que se olvida y tiene consecuencias. Un estanque con paredes verticales es una trampa: un erizo (Erinaceus europaeus) que se acerca a beber y cae al agua nada bien, pero no puede salir de un muro liso y acaba ahogándose por agotamiento. Lo mismo les pasa a lirones, musarañas, crías de ave y también a los anfibios recién metamorfoseados, que necesitan salir del agua y no pueden trepar una pared vertical de plástico.

La solución es tener al menos un tramo de orilla con pendiente máxima de 1:3 —un metro de avance horizontal por cada 30 cm de bajada—, rematado con grava o piedras que den agarre. En un prefabricado de paredes rectas, se resuelve apoyando una tabla rugosa o una rampa de piedra desde el fondo hasta el borde. Cuesta nada y evita ahogamientos.

El equilibrio biológico y el estanque verde

Un estanque recién llenado se pone verde a las dos o tres semanas, sin excepción, y no es señal de que algo esté mal hecho. Es lo que se llama bloom de algas unicelulares y ocurre porque en un agua nueva hay nutrientes disueltos —nitratos y fosfatos del agua de red y del sustrato—, hay luz, y todavía no hay nada que compita por ellos.

El proceso que lo resuelve es la instalación del ciclo del nitrógeno. Las bacterias del género Nitrosomonas transforman el amonio en nitrito, y las Nitrospira convierten el nitrito en nitrato; ese nitrato lo consumen las plantas. Colonizar las superficies del estanque y del filtro lleva entre cuatro y ocho semanas, con más lentitud si el agua está fría. Hasta entonces el agua fluctúa.

Lo que acelera y estabiliza el equilibrio:

Plantas, muchas y pronto. Cubrir entre el 40 y el 60 % de la lámina con vegetación —flotante y sumergida— quita luz y compite por los nutrientes que alimentan al alga. Las oxigenadoras sumergidas como Ceratophyllum demersum o Myriophyllum spicatum son las que más rápido consumen.

Sombra parcial. Un estanque a pleno sol todo el día calienta y produce algas; entre 4 y 6 horas de sol directo es el punto razonable. Lo que no interesa es ponerlo bajo un árbol de hoja caduca, porque la hojarasca que cae al fondo se descompone, consume oxígeno y libera nutrientes: exactamente lo contrario de lo que se busca.

Paciencia y no vaciar. Vaciar el estanque para "limpiarlo" reinicia el ciclo y devuelve el agua verde. Los cambios parciales, de un 10-20 % cada pocas semanas, sí ayudan.

Contra las algas filamentosas —esas madejas verdes que se enredan en las plantas— lo eficaz es retirarlas a mano con un palo, enrollándolas, y corregir el exceso de nutrientes. Los alguicidas químicos matan también las bacterias del filtro y el problema vuelve peor.

Filtración y bombeo, o el estanque sin bomba

Un sistema de filtración tiene dos partes que hacen cosas distintas. El filtro mecánico —esponjas, cepillos— retiene partículas y hay que limpiarlo con frecuencia. El filtro biológico es un volumen de material poroso donde viven las bacterias nitrificantes, y ese no se limpia nunca con agua del grifo: el cloro las mata. Se aclara con agua del propio estanque y solo cuando esté colmatado.

A eso se le añade a veces un clarificador UV-C, una lámpara ultravioleta en línea que revienta las algas unicelulares en suspensión y aclara el agua verde en pocos días. No actúa sobre las filamentosas ni sustituye al filtro biológico, y la lámpara pierde eficacia y hay que cambiarla cada temporada o dos.

La bomba se dimensiona para mover el volumen completo del estanque una vez cada una o dos horas si hay peces. Un estanque de 3.000 litros con carpas pide una bomba de 1.500 a 3.000 l/h. Si además hay cascada, hay que sumar la altura de elevación, porque el caudal real de una bomba cae mucho con la altura.

El estanque sin bomba es perfectamente viable, y es la opción del estanque naturalizado. Requiere tres condiciones: nada de peces o muy pocos y pequeños, mucha planta —incluidas oxigenadoras sumergidas—, y aceptar que el agua no será transparente en todo momento. A cambio no hay consumo eléctrico, no hay ruido, no hay mantenimiento de filtro y la fauna lo agradece: las larvas de libélula y los renacuajos no llevan bien la succión de una bomba. Para ayudarle, viene bien un poco de movimiento superficial —una pequeña cascada solar, o simplemente el viento sobre una lámina abierta— que favorezca el intercambio de oxígeno.

Plantas por franja de profundidad

Plantas acuáticas dispuestas en las distintas franjas de un estanque de jardín

Franja de orilla, 0 a 10 cm (zona húmeda y encharcada). Caltha palustris, Mentha aquatica, Myosotis scorpioides, Lythrum salicaria. Es la franja que da naturalidad y la que usan los anfibios para entrar y salir.

Franja palustre, 10 a 40 cm. Iris pseudacorus —vigoroso, conviene contenerlo en cesta—, Typha minima (la espadaña pequeña; la Typha latifolia se come un estanque doméstico en dos temporadas), Butomus umbellatus, Cyperus longus, Juncus effusus. Estas son las grandes depuradoras: sus raíces procesan nutrientes a buen ritmo.

Franja profunda, 40 a 100 cm. Nenúfares (Nymphaea), plantados en cesta con sustrato pesado y un dedo de grava por encima para que no enturbie. Cada variedad tiene su profundidad: las enanas quieren 25-40 cm y las grandes 60-100 cm. También Nuphar lutea y Aponogeton distachyos.

Sumergidas, en cualquier cota. Ceratophyllum demersum, Myriophyllum verticillatum, Callitriche. Invisibles y decisivas para la calidad del agua.

Flotantes. Con cuidado. La Azolla y las lentejas de agua (Lemna) tapan la lámina en semanas y hay que retirarlas. Y una advertencia legal: el jacinto de agua (Eichhornia crassipes) y la Ludwigia grandiflora están incluidos en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras; su tenencia y comercio están prohibidos en España, y no deben plantarse bajo ningún concepto.

Dos avisos

Niños pequeños. Un niño de corta edad puede ahogarse en muy poca agua y en muy poco tiempo, en silencio y sin salpicar. Un estanque de jardín es un riesgo real mientras haya menores de cuatro o cinco años en la casa o de visita. Las medidas que funcionan: vallado perimetral con puerta de cierre automático, o una rejilla metálica sumergida unos centímetros bajo la superficie, capaz de aguantar un peso y prácticamente invisible una vez colonizada por las plantas. Una tapa ligera o una barrera decorativa no es una medida de seguridad. Si el jardín es de uso familiar y los niños son muy pequeños, la opción sensata es aplazar el estanque o hacerlo tipo fuente sin lámina accesible, con el agua en depósito bajo grava.

Mosquitos. Un estanque bien planteado no genera mosquitos; los genera el agua estancada y sin vida, como el plato de una maceta o un bidón olvidado. En un estanque con fauna, las larvas de mosquito son alimento: se las comen los notonéctidos, los escarabajos acuáticos, las larvas de libélula, los tritones y, si hay peces, cualquier carpita. Basta un poco de movimiento superficial para que las hembras dejen de encontrarlo atractivo para la puesta.

Lo que no hay que hacer es echar insecticida al agua: mata al depredador antes que a la larva y deja el estanque estéril, es decir, convertido justamente en el criadero que se quería evitar. Si hace falta intervenir en un punto concreto —un abrevadero, un depósito—, existe Bacillus thuringiensis var. israelensis, un larvicida biológico específico de dípteros que no afecta al resto de la fauna. En el estanque del jardín, con vegetación y sin peces excesivos, no suele hacer falta nada.

En resumen

El prefabricado es rápido pero impone su forma; la lámina de EPDM es la opción versátil y duradera, y el PVC la barata y de vida corta; la obra permite geometrías imposibles a cambio de coste y riesgo de fisura. Por función, decidir pronto entre ornamental, de peces, de plantas, naturalizado o biopiscina, porque condiciona la profundidad —de 50 cm para plantas a 1,2 m para koi— y todo lo demás. Una zona honda que no se hiela y una orilla en pendiente suave por la que puedan salir erizos y anfibios son los dos rasgos que separan un estanque bien hecho de uno mal hecho. El agua verde de las primeras semanas es normal y se corrige con plantas y tiempo, no vaciando. Y dos cosas que no se negocian: seguridad física si hay niños pequeños, y control del mosquito por fauna y movimiento del agua, nunca por veneno.


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