La etiqueta de un fertilizante responde a dos preguntas que conviene separar: qué lleva dentro el producto y a qué velocidad lo entrega. Un mismo nutriente puede llegar a la raíz en tres días o en ocho meses según cómo se haya formulado, y esa diferencia decide más cosas en el jardín que la cifra impresa en la bolsa. Esta es la clasificación general de los abonos, ordenada por los criterios que de verdad cambian el modo de usarlos.
Orgánico, mineral y organomineral
Es la primera división y la que marca el comportamiento del producto en el suelo.
Un abono orgánico tiene los nutrientes ligados a moléculas de carbono procedentes de restos vegetales o animales. La raíz no puede absorberlos en esa forma: hacen falta bacterias y hongos del suelo que los mineralicen, es decir, que rompan la materia orgánica y liberen el nitrógeno como amonio y nitrato. Ese proceso depende de la temperatura y de la humedad, y prácticamente se detiene por debajo de 8-10 °C de temperatura de suelo. De ahí dos rasgos prácticos: la riqueza es baja —rara vez pasa del 4-5 % de nitrógeno, y en un compost casero anda por el 1 %— y el efecto es progresivo y largo, con una fracción del nitrógeno que sigue apareciendo el segundo y el tercer año. A cambio, aporta carbono: mejora la estructura, la capacidad de retener agua y la vida microbiana, cosas que ningún abono mineral hace.
Un abono mineral lleva los nutrientes ya en forma de sales solubles o de compuestos que se solubilizan enseguida. La concentración es alta —diez, quince, veinte veces la de un orgánico— y el efecto se ve en días. Su contrapartida es que no aporta materia orgánica, que el sobrante se lava con facilidad en suelos arenosos y en macetas, y que aumenta la conductividad de la solución del suelo, con el riesgo de quemar raíces si se pasa la dosis. Sirve para corregir una carencia concreta y para sostener cultivos exigentes, no para construir suelo.
Los organominerales combinan ambos: una matriz orgánica —estiércol compostado, harinas, leonardita— a la que se le incorpora una fracción mineral. La idea es que la parte soluble responda pronto y la orgánica prolongue el efecto, además de tamponar la salinidad. Son los granulados que se venden para huerto y frutales; funcionan bien como abonado de fondo en suelos ya razonablemente vivos, y su inconveniente es el precio por unidad de nutriente.
Sólido o líquido
La presentación física no es un detalle comercial: determina cómo y cuándo se aplica.
Los sólidos —granulados, peletizados, en polvo o cristalinos solubles— se distribuyen sobre el suelo y necesitan agua para entrar en solución. El granulado se entierra o se riega inmediatamente después de aplicarlo; si se queda en superficie y hace calor, la fracción de urea o de amonio se pierde a la atmósfera. Su ventaja es la comodidad de una sola aplicación que dura semanas, y que se dosifica por superficie, en gramos por metro cuadrado.
Los líquidos —soluciones y suspensiones concentradas que se diluyen en el agua de riego— entregan el nutriente ya disponible. Es la forma habitual en macetas, en cultivos en sustrato y en cualquier instalación de riego por goteo, donde permite fertirrigar en cada riego con dosis pequeñas. También es la vía de la aplicación foliar, que no sustituye al abonado del suelo pero resuelve rápido una carencia visible de microelementos, sobre todo hierro, manganeso o zinc. Se pulveriza a primera hora o al atardecer, nunca con sol fuerte, y con dosis bajas: la hoja se quema con mucha menos concentración que la raíz.
Abonado de fondo y abonado de cobertera
Esta división es de calendario, y organiza el trabajo de la temporada.
El abonado de fondo se hace antes de plantar o de sembrar, incorporando el producto a los primeros 15-25 cm del suelo. Es el momento de todo lo que se mueve poco: la materia orgánica, el fósforo —que en el suelo se desplaza unos milímetros al año y hay que dejarlo donde estarán las raíces—, el potasio y las correcciones de pH. En huerto anual se hace en otoño o invierno; en árboles y arbustos, en el hoyo de plantación y en su entorno, sin concentrar el abono al fondo del hoyo en contacto directo con las raíces.
El abonado de cobertera se aplica con el cultivo ya en marcha, repartido en varias veces a lo largo del ciclo. Se reserva para lo que sí es móvil, básicamente el nitrógeno y, en menor medida, el potasio: aportarlo todo de una vez es tirar la mitad, porque el nitrato no queda retenido por el complejo de cambio y baja con el agua de lluvia o de riego. Fraccionar en tres o cuatro aportaciones coincidiendo con los momentos de mayor demanda —arranque de la brotación, engorde del fruto, rebrote del césped tras el verano— aprovecha mucho más el mismo kilo de producto.
Liberación rápida, lenta y controlada
Tres velocidades de entrega distintas que resuelven problemas distintos.
La liberación rápida corresponde a las sales solubles convencionales: disponibles en cuanto se disuelven, efecto en tres o cuatro días, duración de dos a cuatro semanas. Es lo que se quiere para corregir una carencia manifiesta o para empujar un cultivo en un momento puntual. Obliga a repetir y a no pasarse.
La liberación lenta depende de que algo transforme el producto antes de que sea absorbible: la actividad microbiana en el caso de los abonos orgánicos y de las harinas animales, o una hidrólisis química lenta en los productos de síntesis diseñados para ello. Al depender de la biología del suelo, la velocidad sube con el calor y la humedad, que es justo cuando la planta demanda más. Su limitación es la falta de precisión: no se sabe con exactitud cuánto se está liberando en un momento dado.
La liberación controlada es otra cosa: gránulos de abono soluble encapsulados en una membrana que regula la salida por difusión. La duración viene marcada en el envase —tres, seis, nueve, doce meses— y se cumple aproximadamente, con la advertencia de que esa cifra está calculada para una temperatura de referencia y en un verano de meseta la entrega se acelera. Es la solución de referencia en macetas, jardineras y contenedores, donde el volumen de sustrato es pequeño, el lavado por riego es constante y no hay reserva de suelo que amortigüe.
Bioestimulantes y micorrizas: no son abonos
Conviene decirlo con claridad porque se venden en el mismo estante y la confusión sale cara: ninguno de estos productos aporta nutrientes en cantidad relevante. El propio Reglamento (UE) 2019/1009 los clasifica en una categoría aparte de los abonos.
Un bioestimulante actúa sobre la fisiología de la planta o sobre la disponibilidad de lo que ya hay en el suelo, no sobre el aporte. En este grupo entran los ácidos húmicos y fúlvicos obtenidos de leonardita, que mejoran la capacidad de intercambio y la estructura; los extractos de algas, casi siempre de Ascophyllum nodosum, asociados a mayor tolerancia a estrés hídrico y térmico; los aminoácidos e hidrolizados proteicos, útiles en trasplantes y tras un golpe de calor o de granizo; y microorganismos como Trichoderma harzianum o bacterias promotoras del crecimiento. Su efecto es real pero condicionado: sobre una planta bien nutrida y sin estrés, apenas se nota. En una planta con hambre, un bioestimulante no la alimenta.
Las micorrizas tampoco son un abono: son un hongo que establece simbiosis con la raíz. El micelio explora un volumen de suelo muy superior al que alcanzan los pelos radicales y cede a la planta agua y nutrientes poco móviles —sobre todo fósforo— a cambio de azúcares. Las micorrizas arbusculares (Rhizophagus irregularis, Funneliformis mosseae) colonizan la mayoría de herbáceas, hortícolas, frutales y ornamentales; las ectomicorrizas son las de Pinus, Quercus, Fagus, Betula y Cistus, y son otro producto distinto. Hay familias que no micorrizan: las crucíferas —coles, rábanos, rúcula— y las quenopodiáceas como remolacha y espinaca.
Para que la inoculación funcione hay dos condiciones. La primera, contacto físico con la raíz: se aplica en el hoyo de plantación o en el cepellón durante el trasplante, no esparcida por encima ni disuelta en un riego sobre suelo asentado. La segunda, y la que explica la mayoría de los fracasos, es que el exceso de fósforo soluble inhibe la colonización. En un suelo bien abonado con fosfatos, la planta no necesita al hongo y la simbiosis no se establece. Las micorrizas rinden donde el suelo es pobre, en repoblaciones, en plantaciones de leñosas y en terrenos degradados o removidos por obra.
Cómo se decide cuál usar
Tres preguntas, en este orden.
Qué se cultiva. Las hortalizas de hoja —lechuga, acelga, espinaca, col— y el césped viven del nitrógeno y agradecen el fraccionamiento. Las de fruto —tomate, pimiento, calabacín— arrancan con nitrógeno y a partir de la floración piden potasio, que es el que sostiene el llenado y el sabor. Las de raíz y bulbo —zanahoria, cebolla, patata— quieren potasio y fósforo y responden mal al exceso de nitrógeno, que les da hoja a costa del órgano de reserva. Los frutales y los arbustos ornamentales de flor se llevan bien con un fondo orgánico anual más un complemento potásico. Las plantas de suelo ácido —camelias, azaleas, arándanos, hortensias azules— necesitan formulaciones específicas de reacción ácida. Y las mediterráneas de secano —lavanda, romero, jara, adelfa— no necesitan abonado prácticamente ninguno: el exceso las ahíla y las hace vulnerables al frío y a los hongos.
En qué momento. Lo que tarda en actuar se pone antes: materia orgánica y fósforo, de fondo en otoño o invierno. Lo que actúa rápido se pone cuando hay demanda: nitrógeno en cobertera durante el crecimiento activo. A partir de finales de agosto se suspende el nitrógeno en leñosas, porque provoca brotación tardía que llega tierna a las primeras heladas. Y en las plantas de interior, el abonado se reduce o se detiene en invierno, cuando la luz escasea y el crecimiento se para.
Qué suelo hay debajo. En suelo arenoso, de retención escasa, todo se lava: hay que fraccionar mucho, apostar por materia orgánica y por liberación lenta, y olvidarse de aportes grandes de una vez. En suelo arcilloso, con buena capacidad de retención, el abonado de fondo rinde y el riesgo está en el exceso, que se acumula. En suelo calizo, muy común en buena parte de España, el pH alto bloquea la disponibilidad del hierro y del resto de micronutrientes metálicos, así que el problema no suele ser la falta de abono sino la imposibilidad de absorber lo que ya hay. Y en cualquier suelo con menos de un 2 % de materia orgánica —la situación normal en secanos del interior y en tierras de obra alrededor de una casa nueva—, la prioridad es la enmienda orgánica: sin ella, el abono mineral se aprovecha mal y se pierde el resto.
Un análisis de suelo básico cuesta poco, se hace en un laboratorio agronómico con una muestra compuesta de varios puntos a 20-25 cm de profundidad, y devuelve pH, materia orgánica, caliza activa, conductividad y los tres macronutrientes. Con esos datos, la elección deja de ser una apuesta.
En resumen
Los abonos se clasifican por origen —orgánico, que aporta carbono y libera despacio mediante mineralización microbiana; mineral, concentrado y de efecto inmediato; y organomineral, que combina ambos—; por presentación, sólido para repartir sobre el suelo y líquido para fertirriego y aplicación foliar; por momento, de fondo para lo poco móvil y de cobertera fraccionada para el nitrógeno; y por velocidad de entrega, rápida, lenta y controlada, esta última la adecuada en macetas. Los bioestimulantes y las micorrizas van aparte porque no aportan nutrientes: los primeros actúan sobre la fisiología y solo se notan bajo estrés, y las segundas son una simbiosis que exige contacto con la raíz y que el exceso de fósforo bloquea. La elección se resuelve mirando el cultivo, el momento del ciclo y el suelo, y un análisis básico ahorra años de tanteo.