Un kilo de sales de Epsom cuesta poco, se disuelve en agua fría y promete hojas más verdes, más flores y tomates más dulces. La primera de esas tres promesas es cierta a veces; las otras dos no lo son nunca. Y en buena parte del suelo español, echarlas no cambia absolutamente nada, porque el magnesio ya sobra.
Qué es exactamente
En droguería el envase pone sales de Epsom. Químicamente se trata de sulfato de magnesio heptahidratado (MgSO4·7H2O), mineralmente conocido como epsomita. Debe el nombre al manantial de Epsom, en Surrey, donde se obtenía por evaporación desde el siglo XVII.
Su composición aporta en torno a un 9,8 % de magnesio y un 13 % de azufre, ambos en forma de sulfato y por tanto inmediatamente solubles y disponibles para la planta. Se disuelve muy bien incluso en agua fría, hasta unos 35 g por cada 100 ml a 20 °C, y no modifica de forma apreciable el pH del suelo: es una sal neutra.
Existe una variante que conviene conocer, la kieserita (MgSO4·H2O), monohidratada. Contiene más magnesio por kilo, alrededor del 17 %, se disuelve más despacio y resulta más económica cuando hay que tratar superficies grandes. Y hay una tercera opción, la dolomita (carbonato doble de calcio y magnesio), que aporta magnesio y además sube el pH; solo interesa si el suelo es ácido y hay que encalarlo de todos modos.
Para qué le sirve el magnesio a la planta
El magnesio no es un nutriente accesorio. Es el átomo central de la molécula de clorofila: sin magnesio no hay pigmento verde y no hay fotosíntesis. Entre el 15 y el 20 % del magnesio de una planta está encerrado ahí.
El resto tiene funciones igual de básicas. El magnesio activa la RuBisCO, la enzima que fija el CO2; forma el complejo Mg-ATP, sin el cual ninguna reacción que consuma energía puede ocurrir; estabiliza la estructura de los ribosomas; e interviene en la carga de sacarosa en el floema, es decir, en el transporte de los azúcares desde la hoja hasta el fruto y la raíz. Este último punto explica un síntoma característico: con carencia de magnesio, el azúcar se queda atascado en la hoja vieja y esa acumulación acelera su degradación.
El azufre que aporta la sal también cuenta: forma parte de los aminoácidos cisteína y metionina y de los compuestos azufrados típicos de las liliáceas y las crucíferas.
Cuándo hace falta de verdad
El síntoma inequívoco de carencia de magnesio es la clorosis internervial en la hoja vieja: el limbo amarillea entre los nervios mientras los nervios permanecen verdes y bien marcados, dibujando un esqueleto o una espina de pez sobre fondo amarillo. Empieza por la parte baja de la planta y avanza hacia arriba.
Que empiece abajo no es un detalle: es el diagnóstico. El magnesio es móvil en el floema, así que cuando escasea la planta lo retira de las hojas viejas y lo manda a las nuevas, que se mantienen verdes mientras las de abajo se sacrifican. Si el cuadro avanza, aparecen tonos rojizos o purpúreos entre los nervios —muy típico en vid, tomate y patata— y luego necrosis marginal y caída prematura de esas hojas.
Las situaciones en las que esa carencia es real y no imaginaria son cuatro:
Suelos arenosos y ácidos, con lluvia abundante. El magnesio se lava con facilidad del complejo de cambio. Es el escenario de Galicia, la cornisa cantábrica, las zonas graníticas del oeste peninsular y los arenales de Huelva. Ahí la carencia de magnesio es frecuente y el sulfato funciona.
Exceso de potasio. El potasio y el magnesio compiten por los mismos transportadores de la raíz, y el potasio gana. Un abonado repetido rico en potasa —lo típico en tomatera, en cítricos o en abonos «de floración»— puede inducir una carencia de magnesio en un suelo que tiene magnesio suficiente. Es una carencia inducida, y la solución de fondo es dejar de sobreabonar con potasio.
Sustratos de maceta agotados. Una turba con dos o tres años de riegos y de abono NPK sin magnesio se queda sin reservas. Aquí el sulfato de magnesio tiene un papel claro, aunque un abono completo con micronutrientes lo resuelve igual.
Encalado excesivo con caliza no dolomítica, o exceso de amonio, que también compiten por la absorción.
Cómo se distingue de la clorosis férrica
Esta es la parte que más errores evita, porque en España la clorosis que se ve en un jardín es, con mucha diferencia, la férrica, y el sulfato de magnesio no la cura.
La diferencia es de posición y de dibujo:
Carencia de magnesio. Hoja vieja, en la parte baja. Amarillo entre nervios con los nervios gruesos bien verdes. Nervadura de trazo ancho. Suele ir acompañada de defoliación basal.
Carencia de hierro. Hoja nueva, en las puntas de los brotes. La hoja entera se vuelve amarilla pálida o casi blanca y solo queda una retícula fina de nervios verdes, como una malla. En casos severos, la hoja nueva sale blanca por completo y con necrosis en el borde.
El hierro es inmóvil en la planta: no se puede retirar de las hojas viejas para socorrer a las nuevas, por eso el síntoma sale arriba. Y su causa habitual no es que falte hierro en el suelo, sino que el pH alto y la caliza activa lo dejan insoluble. En un suelo con pH 8 y un 10 % de caliza activa, el hierro está presente pero la raíz no lo puede tomar.
Le pasa sobre todo a los cítricos, al melocotonero sobre patrón inadecuado, a la hortensia, a la gardenia, a la camelia, al arce japonés y al rosal en suelo calizo. La corrección eficaz es un quelato de hierro EDDHA con isómero orto-orto declarado (4,8 % es el estándar de calidad), regado al pie, no pulverizado, y con corrección de fondo del riego y del drenaje. El sulfato de hierro simple es prácticamente inútil en suelo calizo: se insolubiliza en cuestión de días.
La parte honesta: en suelo calizo español no sirve
Gran parte del territorio español tiene suelos desarrollados sobre materiales calizos y dolomíticos, con pH entre 7,5 y 8,5 y contenidos de magnesio de sobra: la roca madre lo suministra sin descanso. En el arco mediterráneo, en el valle del Ebro, en La Mancha y en buena parte de Andalucía, un análisis de suelo devuelve casi siempre magnesio asimilable por encima del umbral de suficiencia.
En ese contexto, aportar sales de Epsom tiene tres efectos, ninguno bueno:
No corrige nada, porque no había carencia. La hoja amarilla que motivó el tratamiento seguirá amarilla, porque casi siempre era hierro, o encharcamiento, o exceso de sal en el riego.
Desequilibra la relación entre cationes. Calcio, magnesio y potasio compiten entre sí en el complejo de cambio. Un exceso de magnesio deprime la absorción de potasio y de calcio, y una relación calcio/magnesio demasiado estrecha empeora la estructura del suelo: el magnesio dispersa los agregados donde el calcio los flocula, con lo que el suelo tiende a apelmazarse y drenar peor.
Añade sales. El sulfato de magnesio es una sal muy soluble que sube la conductividad eléctrica. En una maceta, o en un suelo pesado con mal drenaje y riego con agua ya dura, la aplicación repetida acumula sulfatos y sodio residual, y el resultado es una quemadura de puntas de raíz que se parece bastante a la carencia que se pretendía curar.
La conclusión práctica es sencilla: antes de aplicar magnesio hay que tener una razón. Esa razón es un análisis de suelo —el magnesio asimilable por debajo de 0,5-1 meq/100 g, o una relación K/Mg superior a 0,5, apuntan a carencia—, un análisis foliar con magnesio por debajo del 0,15-0,20 % sobre materia seca, o al menos un cuadro de clorosis internervial en hoja vieja sobre un suelo arenoso y ácido. Sin ninguna de las tres, no procede.
Dosis, cuando sí procede
Vía radicular. En suelo, de 15 a 30 g por metro cuadrado de sulfato de magnesio heptahidratado, repartidos sobre la superficie húmeda y regados a continuación, o disueltos previamente en el agua de riego. En carencias marcadas se puede llegar a 50 g/m², pero mejor repartidos en dos aplicaciones separadas un mes que de golpe. La época adecuada es el arranque de la vegetación, de febrero a abril.
En árboles, de 50 a 200 g por ejemplar según el porte, aplicados en la proyección de la copa y no junto al tronco, que es donde no hay raíces absorbentes.
En maceta, de 1 a 2 g por litro de agua de riego, una vez al mes durante el periodo de crecimiento. Una cucharadita rasa de café pesa unos 5 g, así que da para unos tres litros de agua. No se aplica en invierno ni sobre sustrato seco.
Vía foliar. Es la forma más rápida de ver respuesta, en cinco o diez días, y también la más limitada: corrige la hoja tratada pero no arregla el suelo. Se prepara una disolución al 1-2 % (10 a 20 g por litro de agua) y se pulveriza hasta mojar bien el envés, que es por donde entra. Se repite dos o tres veces con 10-15 días de intervalo.
Tres cautelas con el foliar: se aplica a última hora de la tarde o muy temprano, nunca con sol directo ni por encima de 28 °C, porque la evaporación concentra la sal en la superficie de la hoja y la quema; no se sube de esa concentración «para ir más rápido»; y conviene probar en una rama antes de tratar un ejemplar entero, sobre todo en hojas finas y en plantas jóvenes.
El sulfato de magnesio es compatible con la mayoría de tratamientos foliares, pero no debe mezclarse con productos de reacción alcalina como el caldo bordelés o los polisulfuros, porque precipita.
Usos que se le atribuyen sin fundamento
Alrededor de las sales de Epsom circula una lista de aplicaciones que no resisten la comprobación:
«Endulza los tomates.» El contenido en azúcar del fruto depende de la variedad, de la radiación acumulada y del manejo del riego en maduración. El magnesio solo influye si había carencia previa, y entonces lo que mejora es la planta entera, no el sabor por una vía específica.
«Cura la podredumbre apical del tomate.» Esa lesión negra en la base del fruto es un problema de calcio, y casi nunca de calcio en el suelo, sino de transporte de calcio por riego irregular y golpes de calor. Añadir magnesio en ese momento es contraproducente: compite con el calcio en la absorción y puede empeorar el cuadro. La corrección es regar de forma regular y acolchar.
«Da más flores» o «hace crecer más rápido». Ningún nutriente aumenta la floración por encima del potencial de la planta si no había una carencia que corregir.
«Mejora la germinación» o «revive una planta moribunda». No hay base para ninguna de las dos. Una planta en declive suele tener un problema de raíz, de riego o de patógeno, y la sal añadida en ese estado agrava el estrés.
«Repele babosas y plagas» o «acidifica el suelo para hortensias». Ni una cosa ni la otra: no es un plaguicida y es una sal neutra que no baja el pH. Para azulear una hortensia se emplea sulfato de aluminio, que es un producto distinto.
«Sirve como abono general para el césped.» Aporta magnesio y azufre, nada más. Sin nitrógeno no hay respuesta de un césped, y si el suelo es calizo tampoco la habrá con el magnesio.
En resumen
Las sales de Epsom son sulfato de magnesio heptahidratado, con un 9,8 % de magnesio y un 13 % de azufre, ambos solubles y de acción rápida. El magnesio es el centro de la clorofila, y su carencia se reconoce por clorosis internervial en hoja vieja, con los nervios gruesos verdes, en suelos arenosos y ácidos o donde un exceso de potasio la ha inducido. No debe confundirse con la clorosis férrica, que sale en hoja nueva como una malla fina de nervios verdes sobre limbo pálido, es mucho más común en España por el pH alto y se corrige con quelato de hierro EDDHA. En suelo calizo, rico en magnesio de origen, aplicar sulfato de magnesio no aporta nada y sí puede desequilibrar la relación calcio-magnesio-potasio y sumar salinidad. Cuando procede, 15-30 g/m² al suelo o una disolución al 1-2 % en foliar a última hora de la tarde. Y no endulza el tomate, no cura la podredumbre apical, no acidifica ni repele nada.