Basta una gota de salfumán rebajado sobre un terrón seco para saberlo: si burbujea, hay carbonatos, y con ellos viene todo lo demás —pH por encima de 7,5, hojas amarillas en las plantas equivocadas y una lista de especies que ahí no van a prosperar por mucho abono que se eche. El suelo calizo es el sustrato de buena parte del territorio español y, más que ningún otro rasgo del terreno, condiciona qué se puede plantar y qué no.

Suelo calizo con fragmentos de roca blanca

Qué es un suelo calizo

Un suelo calizo es el que contiene carbonato cálcico (CaCO3) libre en cantidad apreciable, heredado de la roca madre: calizas, dolomías, margas, costras calcáreas o depósitos aluviales procedentes de ellas. Ese carbonato puede estar como grava y piedra visible, como nódulos blancos, como una capa cementada a media profundidad —la tosca o caliche, que además es una barrera para la raíz y para el agua— o, lo que más importa, como polvo fino repartido por toda la masa del suelo.

Geográficamente cubren las dos mesetas, el valle del Ebro, La Mancha, buena parte de Levante y del prelitoral catalán, las cordilleras béticas, el valle del Guadalquivir y las Baleares. La excepción son las zonas de sustrato silíceo: Galicia y la cornisa cantábrica, Sierra Morena, Extremadura occidental, el Sistema Central y buena parte de las montañas del noroeste, donde los suelos son ácidos y las reglas se invierten.

El carbonato tampona el pH del suelo entre 7,5 y 8,5. Ese tamponamiento es la clave de todo lo que sigue: mientras quede carbonato, el pH vuelve siempre ahí.

Caliza total y caliza activa: el número que importa

Un boletín de análisis de suelo trae dos cifras distintas, y confundirlas lleva a decisiones equivocadas.

La caliza total es todo el carbonato presente, incluida la grava y la piedra. Se mide atacando la muestra con ácido clorhídrico y midiendo el CO2 liberado en un calcímetro de Bernard. Un suelo puede dar un 40 % de caliza total y comportarse razonablemente bien, porque la mayor parte de ese carbonato son piedras que reaccionan muy poco.

La caliza activa es la fracción de carbonato de tamaño muy fino, la que tiene superficie específica suficiente para disolverse y reaccionar en el plazo en que vive una raíz. Se determina por el método de Drouineau-Galet, con oxalato amónico, y es la que de verdad tampona el suelo y provoca la clorosis. Sobre esa cifra se decide todo.

Los viveros de frutal y de vid van un paso más allá y usan el índice de poder clorosante (IPC), que combina la caliza activa con el hierro extraíble del suelo, porque un suelo calizo con hierro abundante clorosa menos que otro con la misma caliza y poco hierro. La escala habitual: por debajo de 20 el riesgo es bajo; entre 20 y 30, moderado; entre 30 y 60, alto; por encima de 60, muy alto.

De ahí salen las recomendaciones de patrón, que son datos concretos y comprobables:

  • En frutal de hueso, el franco de melocotonero aguanta poca caliza activa, del orden de un 5-8 %; el patrón híbrido melocotonero × almendro GF-677 resiste en torno al 12-15 % y es el que ha permitido plantar melocotón y nectarina en suelos donde antes no se podía; el ciruelo Mariana 2624 tolera valores altos y además aguanta mejor la asfixia.
  • En peral, el franco de peral (Pyrus communis) tolera alrededor de un 8-10 %, mientras que el membrillero, que enaniza y adelanta la entrada en producción, clorosa antes y necesita suelos con menos caliza activa.
  • En vid, la escala de patrones es la más detallada que existe: el 41B soporta hasta un 40 % de caliza activa con IPC en torno a 60; el 110R y el SO4 se quedan alrededor del 17 %; el Rupestris du Lot, en un 14 %; y el Riparia Gloire clorosa con apenas un 6 %.
  • En cítricos, el citrange Carrizo es sensible a la caliza y amarillea con facilidad, mientras que el mandarino Cleopatra y Citrus macrophylla la toleran mucho mejor.

Por encima de un 9-10 % de caliza activa, las plantas acidófilas quedan descartadas en pleno suelo. No es una cuestión de cuidados: es que no pueden absorber hierro.

La cadena de bloqueos

El pH alto no daña a la raíz directamente. Lo que hace es cambiar la solubilidad de los nutrientes, y lo hace en un orden bastante predecible.

Hierro, el primero. La solubilidad del hierro férrico cae aproximadamente mil veces por cada unidad de pH que se sube. A pH 8 el hierro precipita como hidróxido férrico y queda indisponible: puede haber un 3 % de hierro total en el suelo y no llegar nada a la hoja. Pero en un suelo calizo hay un segundo mecanismo, y es el que explica que a veces ni el hierro aplicado funcione: el bicarbonato de la disolución del suelo mantiene el pH alto en el apoplasto de la raíz e inhibe la enzima reductasa férrica, que es la que convierte el hierro en la forma que la raíz puede absorber. El resultado es la clorosis férrica: hoja joven amarilla con los nervios dibujados en verde formando un retículo fino, porque el hierro no se redistribuye desde las hojas viejas. En casos graves la hoja se vuelve casi blanca, el brote se seca de la punta hacia atrás y el árbol muere por ramas.

Manganeso. Mismo mecanismo, síntoma parecido pero con el retículo verde más grueso y difuso, y en hojas de edad intermedia más que en las del extremo.

Zinc. Se bloquea por pH alto y todavía más si hay mucho fósforo. Da hojas pequeñas y entrenudos cortísimos —la roseta característica en frutales y en cítricos—, con un moteado clorótico entre los nervios.

Fósforo. No se bloquea por precipitación de hidróxidos sino por reacción con el calcio: los fosfatos solubles pasan a fosfatos cálcicos cada vez más insolubles hasta llegar a formas de tipo apatito. Un suelo calizo inmoviliza buena parte del fósforo que se le añade en pocas semanas, y por eso ahí el fósforo se aplica localizado, cerca de la raíz, y no a voleo.

También bajan el boro y el cobre disponibles. En el otro platillo de la balanza, el suelo calizo no tiene toxicidad por aluminio ni por manganeso, que son los problemas serios de los suelos ácidos, va sobrado de calcio y de magnesio, suele tener buena estructura porque el calcio flocula la arcilla, y su alta saturación de bases lo hace fértil para todo lo que tolere el pH.

Reconocerlo en campo

La prueba de la efervescencia es inmediata y no necesita laboratorio. Se toma un terrón seco, se coloca en un plato viejo y se le echan unas gotas de salfumán rebajado (ácido clorhídrico diluido) o, en su defecto, de vinagre fuerte, que detecta bastante menos. Con gafas y guantes, al aire libre, y sin acercar la cara a la reacción.

  • Sin burbujas: carbonatos por debajo del 1-2 %. Suelo no calizo.
  • Burbujeo débil y breve, que hay que mirar de cerca: en torno al 2-5 %.
  • Efervescencia clara y audible durante unos segundos: 5-15 %.
  • Espuma abundante y sostenida, con el terrón deshaciéndose: por encima del 20 %.

La prueba dice si hay carbonatos y cuántos, más o menos, pero no distingue caliza total de caliza activa. Para eso hace falta el análisis de laboratorio, que cuesta entre 40 y 80 euros y es dinero bien gastado antes de plantar un frutal, una viña o un seto largo. Se toman de diez a quince submuestras de los primeros 30 cm repartidas en zigzag por la parcela, se mezclan en un cubo y se manda medio kilo de esa mezcla.

Otras señales sin tocar nada: agua de red que deja cal en los grifos y en las hojas regadas por aspersión; costra blanquecina en la superficie tras el secado; grava blanca en el perfil; y la flora espontánea, que es un indicador excelente. Donde crecen solos el romero (Salvia rosmarinus), el tomillo (Thymus vulgaris), la aliaga (Genista scorpius), la salvia de hoja de espliego (Salvia lavandulifolia), el quejigo (Quercus faginea) o la coscoja (Quercus coccifera), el suelo es calizo. Donde aparecen brezos de la mayoría de especies, castaño (Castanea sativa), alcornoque (Quercus suber) o jara pringosa (Cistus ladanifer), el suelo es ácido.

Por qué acidificar un suelo calizo es tirar el dinero

La cuenta se hace en un minuto y es concluyente. Los primeros 20 cm de un metro cuadrado de suelo, a una densidad aparente de 1,4 t/m³, pesan 280 kg. Si ese suelo tiene un 1 % de carbonato, contiene 2,8 kg de CaCO3 por metro cuadrado.

El azufre elemental se oxida en el suelo, por acción de bacterias del género Acidithiobacillus, hasta ácido sulfúrico, y este neutraliza el carbonato en una relación de 32 g de azufre por cada 100 g de CaCO3. Es decir, hacen falta unos 0,9 kg de azufre por metro cuadrado y por cada 1 % de carbonato a eliminar. En un suelo con un 20 % de caliza —perfectamente normal en La Mancha o en el Ebro— serían 18 kg de azufre por metro cuadrado, y solo para los primeros 20 cm. Multiplíquese por la superficie de un jardín.

Y aun pagándolo, no funcionaría. Por debajo de esos 20 cm sigue habiendo carbonato que se disuelve y vuelve a tamponar; el agua de riego, que en zona caliza es dura, aporta bicarbonato en cada riego; y la oxidación del azufre necesita meses, suelo caliente y húmedo, y se para en invierno. El pH baja unas décimas, se mantiene una temporada y regresa.

Lo que sí cabe es una acidificación local y transitoria: acidificar el agua de riego con un corrector formulado mantiene una bolsa de pH algo más bajo en el bulbo húmedo del gotero, y eso mejora la absorción de hierro mientras se riega así. Es una técnica de fertirriego, no una enmienda del suelo, y hay que sostenerla indefinidamente.

Qué se hace en su lugar

1. Elegir especies calcícolas. Es la decisión que más rendimiento da y la única gratis. La flora mediterránea lleva milenios sobre caliza:

  • Árboles: almez (Celtis australis), encina (Quercus ilex), quejigo (Quercus faginea), pino carrasco (Pinus halepensis), ciprés (Cupressus sempervirens), árbol del amor (Cercis siliquastrum), jabonero de la China (Koelreuteria paniculata), fresno de flor (Fraxinus ornus), sófora (Styphnolobium japonicum), morera (Morus alba), olivo (Olea europaea) y algarrobo (Ceratonia siliqua).
  • Arbustos: lentisco (Pistacia lentiscus), durillo (Viburnum tinus), adelfa (Nerium oleander), olivilla (Teucrium fruticans), matagallo (Phlomis purpurea), santolina (Santolina chamaecyparissus), salvia (Salvia officinalis), espliego (Lavandula latifolia) y las jaras calcícolas, que las hay: Cistus albidus y Cistus clusii viven sobre caliza mientras que Cistus ladanifer y Cistus populifolius son estrictamente silicícolas.
  • Vivaces y bulbos: lirio (Iris germanica), Nepeta, milenrama (Achillea millefolium), Euphorbia characias, Limonium, Salvia yangii, Gaura lindheimeri, azucena (Lilium candidum).
  • Frutales: higuera, granado, almendro, olivo, algarrobo, pistachero, membrillero y vid, todos ellos con el patrón adecuado cuando lo llevan.

Y la lista de lo que no hay que empeñarse: rododendro y azalea, camelia, gardenia, arándano (Vaccinium), Pieris, Skimmia, hortensia azul, arce japonés (Acer palmatum), liquidámbar, magnolio de hoja caduca, castaño y roble americano. Hay dos brezos que son la excepción y sí toleran caliza, Erica multiflora y Erica terminalis, útiles cuando se quiere el aire de un brezal en suelo alcalino.

2. Quelato de hierro donde haga falta. Un quelato es una molécula que envuelve el ion de hierro y lo mantiene soluble pese al pH. La distinción importante está en el agente quelante: el EDDHA es estable hasta pH 9 y es el único que funciona de verdad en suelo calizo; el DTPA aguanta hasta 7-7,5; el EDTA es inútil por encima de 6,5, aunque sea el más barato del estante. Al comprar EDDHA conviene mirar el porcentaje de isómero orto-orto, que es la fracción realmente eficaz: un producto con 6 % de hierro y 4,8 % de o-o EDDHA rinde mucho más que otro con el mismo 6 % y la mitad de orto-orto.

Se aplica disuelto en agua y al suelo, en el bulbo húmedo, a la salida del invierno y coincidiendo con el inicio de la brotación, que es cuando la planta empieza a demandar hierro. Dosis orientativas: 5-10 g por arbusto o rosal, 20-50 g por árbol adulto, repetidos si hace falta a las seis u ocho semanas. Se guarda en oscuridad, porque la luz degrada el quelato. El sulfato de hierro aplicado al suelo calizo precipita en días y apenas sirve; en pulverización foliar al 0,5 % con mojante da un reverdecimiento parcial y pasajero, útil como parche mientras el quelato hace efecto.

3. Materia orgánica. No cambia el pH de forma apreciable, pero mejora la disponibilidad del hierro por tres vías: los ácidos húmicos y fúlvicos forman complejos naturales con el hierro que lo mantienen móvil, la respiración de las raíces y de la microbiota eleva el CO2 del suelo y baja localmente el pH de la rizosfera, y algunos microorganismos producen sideróforos que capturan hierro. En la práctica: 3-5 kg/m² de compost maduro en superficie cada otoño y acolchado permanente. Es la medida más rentable después de elegir bien las especies.

4. Sustrato aparte para las acidófilas. Si se quiere una camelia, un arándano o unas hortensias azules en zona caliza, la vía es cultivarlas en recipiente con su propio sustrato: turba rubia ácida, corteza de pino compostada y perlita, con riego de agua de lluvia o acidificada. Un arriate elevado relleno de sustrato ácido pero apoyado directamente sobre el suelo calizo no aguanta: el agua sube por capilaridad desde abajo y aporta carbonatos, y en dos o tres años el pH del arriate se ha igualado con el del terreno. Si se hace, tiene que llevar lámina separadora y drenaje propio con salida.

Y lo que no se hace nunca: encalar. Ni cal, ni dolomita, ni cenizas de leña, ni conchas trituradas. Para el abonado nitrogenado conviene elegir formas de reacción ácida, como el sulfato amónico, en lugar de nitrato cálcico, y aplicar el fósforo localizado en el hoyo o por goteo en vez de a voleo.

Jardín mediterráneo sobre suelo calizo

En resumen

Un suelo calizo contiene carbonato cálcico libre, que tampona el pH entre 7,5 y 8,5. El dato que decide qué se puede plantar no es la caliza total, que incluye piedra y grava, sino la caliza activa: la fracción fina que reacciona, y sobre la que se eligen los patrones de frutal y de vid. Por encima de un 9-10 % de caliza activa, las acidófilas quedan fuera.

El pH alto no ataca a la raíz: bloquea nutrientes en cadena. Primero el hierro, que precipita y además ve inhibida su absorción por el bicarbonato, lo que da la clorosis férrica de hoja joven amarilla con nervios verdes; después el manganeso, el zinc y el fósforo, que precipita como fosfato cálcico.

Se reconoce con unas gotas de salfumán sobre un terrón: si espuma con fuerza, hay más de un 20 % de carbonatos. Acidificarlo de forma permanente no es viable —harían falta del orden de 0,9 kg de azufre por metro cuadrado y por cada 1 % de carbonato, y el suelo se vuelve a tamponar desde abajo y desde el agua de riego—, así que el camino es otro: especies calcícolas, quelato de hierro EDDHA aplicado al suelo en primavera, materia orgánica todos los años y, para las acidófilas, sustrato propio en recipiente.


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