En enero de 2014 se subastaron unos veinte ejemplares de una planta que brillaba en la oscuridad. Se llamaba Starlight Avatar, la vendía una empresa estadounidense llamada Bioglow y las fotografías que circularon prometían una habitación iluminada por macetas. Doce años después no se puede comprar, la empresa ya no existe y la planta nunca pasó de prototipo. Merece la pena contar el caso entero, porque explica bastante bien la distancia que hay entre un experimento que funciona en el laboratorio y un producto que se puede tener en casa.
Qué era Starlight Avatar
Era una Arabidopsis thaliana transgénica. Conviene empezar por ahí, porque la elección de especie ya dice mucho: Arabidopsis es la planta modelo de la biología vegetal, una pequeña crucífera de ciclo cortísimo que se usa en laboratorio precisamente porque es fácil de transformar y de estudiar. No es, ni pretendía ser, una planta ornamental. Su porte es una roseta discreta con un tallo floral fino y su vida completa dura unas pocas semanas.
El trabajo lo dirigió Alexander Krichevsky, que había desarrollado la técnica durante su etapa investigadora en la Universidad de Stony Brook. La estrategia consistía en introducir el operón lux de bacterias bioluminiscentes marinas —el conjunto de genes que producen la luciferasa bacteriana y también el sustrato que esa enzima consume— en el genoma del cloroplasto, no en el del núcleo. Meterlo en el cloroplasto tenía dos ventajas: hay muchas copias del genoma plastidial por célula, con lo que se multiplica la expresión, y ese genoma no viaja en el polen en la mayoría de las plantas, lo que reduce el riesgo de dispersión.
La diferencia con las plantas bioluminiscentes anteriores no era menor. Desde 1986 se sabía introducir el gen de la luciferasa de luciérnaga en tabaco, pero aquella luz solo aparecía si se regaba la planta con luciferina, el sustrato, que había que comprar y aplicar. El sistema bacteriano lo produce todo por sí mismo: la planta emitía luz de forma autónoma y continua, sin aditivos. Eso sí era nuevo.
Lo que pasó después
Bioglow presentó los resultados en 2013 y en enero de 2014 subastó una veintena de ejemplares. Las pujas se movieron en el entorno de unos pocos cientos de dólares por planta. La empresa hablaba de generaciones sucesivas más brillantes y de un futuro producto doméstico.
No llegó. Los problemas eran tres y los tres eran de fondo.
La luz era muy tenue. Las imágenes que se difundieron se obtuvieron con exposiciones largas de varios minutos en oscuridad total. A ojo desnudo, y después de un buen rato de adaptación a la oscuridad, se percibía un resplandor verdoso débil, comparable al de una estrella poco brillante. Nada que sirviera para iluminar ni para decorar una habitación con luz encendida en algún momento del día.
La planta vivía poco y mal. Producir luz cuesta energía metabólica, y esa energía sale del mismo sitio que el crecimiento. Los ejemplares eran frágiles y de vida breve, en parte por la propia carga que suponía la ruta bioluminiscente y en parte porque Arabidopsis es de por sí una planta anual diminuta y efímera.
La empresa desapareció. Bioglow dejó de comunicar poco después de la subasta y su actividad se apagó sin anuncio formal. No hubo producto comercial, ni segunda generación, ni continuidad.
El proyecto paralelo: Glowing Plant
Casi al mismo tiempo, en 2013, un equipo de San Francisco lanzó en Kickstarter una campaña llamada Glowing Plant, dirigida por Antony Evans. Recaudó unos 484.000 dólares de más de ocho mil aportaciones y prometía enviar semillas de una Arabidopsis luminosa a quien las financiara.
La campaña tuvo un efecto colateral notable: Kickstarter prohibió a partir de entonces la entrega de organismos modificados genéticamente como recompensa, y el proyecto sirvió de detonante para un debate regulatorio en Estados Unidos sobre la liberación de plantas transgénicas fuera de un marco agrícola.
Técnicamente, el resultado fue el mismo que el de Bioglow: una luz que en la práctica era casi imperceptible. En 2017 el responsable comunicó que el dinero se había agotado y que el proyecto se cerraba sin haber entregado la planta prometida. La empresa había derivado hacia otro producto, un musgo aromático, y esa segunda campaña sí acabó con devolución de las aportaciones a sus mecenas. Los de la campaña original de la planta luminosa se quedaron sin producto.
La vía que sí ha funcionado: genes de hongo en petunia
El salto real llegó por un camino distinto y bastante posterior. En 2020 un equipo internacional publicó en Nature Biotechnology la reconstrucción completa de la ruta bioluminiscente del hongo Neonothopanus nambi en plantas de tabaco.
La clave está en la bioquímica. Los hongos bioluminiscentes fabrican su luciferina a partir del ácido cafeico, un compuesto que las plantas ya producen en cantidad porque es un intermediario de la ruta de los fenilpropanoides, la misma que da la lignina. Cuatro genes fúngicos bastan para convertir ácido cafeico en luciferina, oxidarla emitiendo luz y devolver el producto al punto de partida, cerrando un ciclo que se autoabastece del metabolismo normal de la planta. Frente al sistema bacteriano, que hay que alimentar con recursos que la planta no tiene de sobra, este encaja con lo que la planta ya hace.
La diferencia de resultado es de órdenes de magnitud: las plantas fúngicas emiten una luz verde claramente visible a simple vista en una habitación a oscuras, sin exposiciones fotográficas largas, y lo hacen de forma continua durante toda su vida. La emisión es más intensa en las flores y en los tejidos jóvenes, y varía a lo largo del día siguiendo el metabolismo de la planta.
La empresa estadounidense Light Bio llevó esa tecnología a una petunia (Petunia × hybrida), una especie ornamental de verdad, comercializada como Firefly Petunia. El Departamento de Agricultura de Estados Unidos concluyó en 2023 que no planteaba un riesgo fitosanitario mayor que una petunia convencional, y la venta al público empezó en febrero de 2024, a unas decenas de dólares por planta. Es, hasta la fecha, la única planta ornamental bioluminiscente que se ha vendido de forma legal y abierta a particulares.
Con matices. La luz sigue siendo tenue en términos absolutos: se ve bien en oscuridad, no ilumina nada. Y es una petunia, con las exigencias de una petunia: sol, riego regular y un ciclo que en clima frío no pasa del año.
Por qué en la Unión Europea no se puede comprar
La respuesta es puramente regulatoria y no tiene que ver con la petunia en particular.
En la Unión Europea, la liberación intencionada en el medio ambiente de un organismo modificado genéticamente está regulada por la Directiva 2001/18/CE, y su comercialización requiere una autorización previa que evalúa el riesgo ambiental y sanitario caso por caso. El procedimiento implica una notificación a la autoridad competente del Estado miembro, la evaluación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, el pronunciamiento de los demás Estados miembros y una decisión final de la Comisión. Es largo, caro y está diseñado pensando sobre todo en cultivos agrícolas.
Una planta ornamental viva que se vende en maceta cuenta como liberación en el medio ambiente, porque acaba en un balcón, en un jardín y eventualmente en la basura orgánica. Sin esa autorización, importarla, venderla o cultivarla no es legal, y comprarla por internet desde fuera de la Unión tampoco: la mercancía se retiene en la aduana. En España la competencia corresponde al Consejo Interministerial de OMG, con la Ley 9/2003 y su reglamento como marco nacional.
El único precedente de ornamental transgénico autorizado en Europa es el clavel azul de Florigene y Suntory (Dianthus caryophyllus con genes de petunia para la ruta de la delfinidina), y su autorización cubre la importación y distribución de flor cortada, no el cultivo. Es decir: se permite el tallo cortado, no la planta viva capaz de crecer y reproducirse. Ese es el nivel de detalle con el que trabaja la normativa, y da una idea de cuánto camino habría que recorrer para que una petunia luminosa llegara a un centro de jardinería español.
No hay ninguna solicitud avanzada en ese sentido, y para una empresa pequeña el coste del expediente europeo es difícil de justificar frente al tamaño del mercado.
En resumen
Starlight Avatar fue una Arabidopsis thaliana con el operón lux bacteriano insertado en el cloroplasto, presentada por Bioglow entre 2013 y 2014. Se subastaron unos pocos ejemplares y ahí terminó: la luz era demasiado débil para verse sin exposición fotográfica, la planta vivía poco y la empresa se disolvió sin sacar producto. El proyecto paralelo Glowing Plant, financiado en Kickstarter, se cerró en 2017 sin entregar nada. La vía que sí ha funcionado es otra: cuatro genes del hongo Neonothopanus nambi que fabrican luciferina a partir del ácido cafeico que la planta ya produce, publicada en 2020 y llevada a petunia por Light Bio, con venta al público en Estados Unidos desde febrero de 2024 y una luz esta vez visible a simple vista. En la Unión Europea no se puede comprar porque la Directiva 2001/18/CE exige una autorización previa para liberar cualquier organismo modificado genéticamente, y ninguna planta ornamental transgénica viva la tiene; el clavel azul, único ornamental autorizado, lo está solo como flor cortada.