Un plástico transparente extendido sobre tierra mojada durante las seis semanas más duras del verano convierte los primeros veinte centímetros de suelo en algo parecido a una olla a presión de baja intensidad. La técnica se llama solarización, se describió en Israel a mediados de los años setenta y en España funciona particularmente bien: julio y agosto en la mitad sur peninsular ofrecen unas condiciones de radiación que en buena parte de Europa no existen.
Cómo funciona de verdad
La solarización no es simplemente calentar el suelo. Es calor húmedo, y la palabra húmedo hace la mitad del trabajo.
El agua transmite el calor mucho mejor que el aire, así que un suelo mojado conduce la temperatura hacia abajo en lugar de quedarse tostado en la superficie. Además, el vapor que se genera bajo el plástico y condensa en su cara interior mantiene una atmósfera saturada. Y hay una razón biológica de fondo: los organismos resisten muchísimo menos el calor húmedo que el seco. Una espora que aguanta 70 grados en aire seco muere a 45 en vapor, porque el agua desnaturaliza las proteínas a temperaturas mucho más bajas. Un suelo seco puesto al sol bajo plástico puede llegar a temperaturas altas y no desinfectar prácticamente nada.
A esto se suma un proceso químico y biológico paralelo. El calentamiento libera compuestos volátiles de la materia orgánica del suelo, se acumulan gases en la atmósfera confinada bajo la lámina y se produce un debilitamiento de los patógenos que los deja expuestos a los microorganismos antagonistas que sí sobreviven. Por eso el efecto de la solarización dura más de lo que explicaría solo la temperatura alcanzada.
Por qué transparente y no negro
El plástico negro absorbe la radiación solar y se calienta él mismo. Su superficie puede alcanzar temperaturas altísimas, pero ese calor se disipa en gran parte hacia el aire, y el suelo que hay debajo queda a la sombra, sin recibir radiación directa.
El plástico transparente hace lo contrario: deja pasar la radiación solar de onda corta hasta el suelo, que la absorbe y se calienta. El suelo caliente reemite en infrarrojo de onda larga, para el cual el polietileno es bastante opaco, y esa energía queda atrapada bajo la lámina. Es un efecto invernadero a escala de unos centímetros. La diferencia entre uno y otro no es sutil: bajo lámina transparente el suelo llega varios grados por encima de lo que consigue el negro a la misma profundidad.
El negro tiene su sitio, pero es otro: acolchado para impedir que germine la hierba durante el cultivo, no desinfección.
Las condiciones que la hacen efectiva
Suelo bien labrado y sin restos gruesos. Los terrones y los rastrojos crean bolsas de aire que aíslan y dejan refugios donde la temperatura no sube. Se labra, se desterrona y se deja la superficie fina y lisa. Los restos vegetales grandes, fuera.
Suelo mojado hasta abajo. Se riega a fondo justo antes de cubrir, hasta capacidad de campo en los primeros 30 o 40 centímetros. Un riego superficial no vale. Si el terreno tiene riego por goteo, la mejor solución es dejar las líneas instaladas bajo el plástico y poder volver a regar a mitad del proceso sin destapar.
Plástico fino y bien pegado. Contra la intuición, el polietileno transparente delgado —de 25 a 50 micras— calienta más que uno grueso, porque deja pasar más radiación. El inconveniente es que se rompe con facilidad, así que en una parcela pequeña y accesible compensa lo fino, y donde hay tránsito o viento conviene subir a 100 micras aceptando algo menos de eficacia. Las láminas específicas para solarización, con aditivos antigoteo y anti-UV, mantienen la condensación en película continua en lugar de en gotas gruesas, y transmiten mejor.
Bordes sellados. Es el punto donde más solarizaciones fracasan. La lámina se entierra en una zanja perimetral de unos 20 centímetros y se pisa la tierra encima. Si el aire caliente y el vapor se escapan por los laterales, el sistema se ventila y no se alcanza la temperatura. La lámina debe quedar en contacto con el suelo, no formando una cámara de aire alta.
Seis semanas de julio y agosto. El calendario no es negociable: hay que solarizar en el periodo de máxima radiación. En Andalucía, Extremadura, Murcia o el valle del Ebro, de finales de junio a mediados de septiembre; en el interior de la meseta, julio y agosto completos; en la cornisa cantábrica y en zonas de montaña, la técnica es poco fiable por insuficiente insolación. El mínimo razonable son cuatro semanas y lo habitual son de seis a ocho. El proceso no depende de un pico de calor puntual, sino de la acumulación de horas por encima del umbral letal, que es un concepto de tiempo por temperatura: cuanto más baja la temperatura, más horas hacen falta.
Qué temperaturas se alcanzan
En condiciones correctas y en pleno verano español, a 5 centímetros de profundidad se llega a picos de 50 a 55 grados en las horas centrales del día. A 15 o 20 centímetros, entre 40 y 45. A 30 centímetros, en torno a 35 o 38, y ahí ya se está en el límite de lo que resulta letal para muchos organismos.
Esa curva descendente explica la principal limitación de la técnica: la solarización desinfecta bien la capa superficial y cada vez peor conforme se baja. Es suficiente para la zona donde se siembra, se trasplanta y donde se concentran la mayor parte de los propágulos, y es insuficiente para lo que vive a medio metro.
Qué controla y qué no
Controla bien:
Hongos de suelo. Verticillium dahliae, Fusarium oxysporum, Rhizoctonia solani, Sclerotinia sclerotiorum, Sclerotium rolfsii, Pythium y Phytophthora reducen notablemente su inóculo en la capa solarizada. Los oomicetos son de los más sensibles.
Nematodos. Meloidogyne y otros fitoparásitos son muy sensibles al calor húmedo, sobre todo los estadios juveniles. La limitación es su movilidad: los que están más abajo pueden recolonizar el perfil superior después.
Semillas de malas hierbas anuales. Es donde el efecto es más visible y más agradecido. Las semillas de Portulaca oleracea, Amaranthus, Chenopodium album, Solanum nigrum o Stellaria media mueren o pierden viabilidad en gran proporción, y la parcela sale del verano con una presión de hierba muy baja durante el cultivo siguiente.
Algunas bacterias fitopatógenas y una parte del inóculo de Agrobacterium.
No controla, o controla mal:
Perennes rizomatosas profundas. La grama (Cynodon dactylon), la juncia o castañuela (Cyperus rotundus), la corregüela (Convolvulus arvensis) o el cardo cundidor (Cirsium arvense) tienen rizomas, estolones y tubérculos por debajo de la capa que se calienta lo suficiente. Rebrotan. La juncia, además, es capaz de perforar el plástico fino con sus brotes.
Estructuras de resistencia especialmente duras. Los microesclerocios de algunos hongos a profundidad, las esporas de resistencia de Plasmodiophora brassicae o los quistes de Globodera resisten mucho mejor que las formas vegetativas. La solarización reduce el inóculo, no lo esteriliza.
Semillas de cubierta dura. Las leguminosas silvestres con testa impermeable soportan bastante mejor el tratamiento que las de tegumento fino.
Conviene tener claro que la solarización es una reducción de inóculo, no una esterilización. Baja la presión a un nivel manejable durante una o dos campañas y hay que repetirla con periodicidad si el problema persiste.
El efecto sobre la fauna útil
El calor no distingue. Lombrices, colémbolos, ácaros del suelo, micorrizas y bacterias beneficiosas también sufren en la capa solarizada. Sería deshonesto presentar la técnica como inocua para la vida del suelo.
Dicho eso, la recuperación es notablemente rápida, y por dos motivos. El primero es que el tratamiento no llega a esterilizar: los organismos termotolerantes sobreviven, y entre ellos hay géneros claramente beneficiosos como Bacillus, Trichoderma, Aspergillus o los actinomicetos, que además encuentran un medio con menos competencia y colonizan rápido. El segundo es la recolonización desde abajo y desde los márgenes no tratados: las lombrices vuelven a subir, y los artrópodos entran desde el perímetro.
Ese vacío parcial seguido de recolonización por organismos antagonistas es una de las razones por las que un suelo solarizado suele mostrar cierta supresividad frente a patógenos en las semanas siguientes, en lugar de quedar como una tabla rasa. Aun así, la recuperación completa de la comunidad edáfica lleva meses, y no tiene sentido solarizar todos los años una parcela que no lo necesita.
Biosolarización: mejorar el resultado con materia orgánica
La variante que recogen hoy los manuales técnicos españoles consiste en incorporar materia orgánica fresca al suelo antes de cubrirlo. Estiércol, gallinaza, restos de crucíferas, subproductos de la industria agroalimentaria, en dosis del orden de 3 a 6 kilos por metro cuadrado, enterrados en la labor previa.
El mecanismo tiene tres patas. La descomposición anaerobia bajo el plástico genera ácidos orgánicos volátiles —acético, butírico, propiónico— y amoniaco, que son tóxicos para hongos y nematodos. Se consume oxígeno y se crean condiciones de anaerobiosis que muchos patógenos aerobios no soportan. Y la propia fermentación libera calor, que se suma al solar y ayuda a alcanzar el umbral letal a mayor profundidad.
Con crucíferas —mostaza, brásica, restos de coliflor o brócoli— se añade un cuarto mecanismo: la hidrólisis de sus glucosinolatos libera isotiocianatos, compuestos con actividad biocida. Es el fundamento de la biofumigación, que combinada con el plástico transparente da la biosolarización propiamente dicha.
El resultado práctico es que se consiguen efectos comparables a los de la solarización clásica con menos semanas de cubierta, o efectos mejores con las mismas, y además se aporta materia orgánica al suelo. Las precauciones son dos: la materia orgánica debe estar bien enterrada y homogénea, y hay que dejar airear el suelo entre siete y quince días después de retirar el plástico antes de sembrar o trasplantar, para que se disipen el amoniaco y los ácidos residuales, que a la planta joven también la queman.
Cómo se hace, en orden
Retirar restos de cultivo y hierba. Incorporar la materia orgánica si se opta por biosolarizar. Labrar y desterronar hasta dejar una superficie fina. Regar a fondo hasta empapar 30-40 centímetros. Extender el polietileno transparente sin arrugas, en contacto con el suelo. Enterrar todo el perímetro en zanja y pisarlo. Dejar de cuatro a ocho semanas en el periodo de máxima insolación, revisando y parcheando cualquier rotura con cinta adhesiva. Retirar el plástico, airear una o dos semanas y trabajar el suelo lo mínimo imprescindible: una labor profunda después del tratamiento sube tierra sin tratar a la superficie y deshace buena parte del trabajo.
En resumen
La solarización desinfecta el suelo por calor húmedo bajo plástico transparente, que deja pasar la radiación y atrapa el infrarrojo; el negro no sirve porque da sombra al suelo. Requiere terreno labrado fino, mojado a fondo, lámina delgada bien sellada en los bordes y de cuatro a ocho semanas de julio y agosto, condiciones que en buena parte de España se cumplen sin dificultad. Alcanza 50-55 grados a 5 centímetros y 35-38 a 30, así que actúa sobre la capa superficial: reduce mucho hongos de suelo, nematodos y semillas de anuales, y no acaba con perennes rizomatosas profundas ni con las esporas más resistentes. La fauna útil también sufre, pero se recupera desde abajo y desde los márgenes, y a menudo el suelo queda más supresivo que antes. Incorporar materia orgánica antes de cubrir —biosolarización— mejora el resultado y aporta fertilidad, siempre que se airee el suelo una o dos semanas antes de plantar.