Echa un chorro de vinagre en la regadera y mide: el pH baja de 8,0 a 6,5 en el momento. Vuelve a medir la misma agua cuatro horas después, con el medidor recién calibrado, y estará otra vez en 7,6. No se ha evaporado nada ni se ha estropeado el aparato. Lo que ha pasado es que el agua dura tiene un mecanismo químico dedicado a deshacer justo eso, y entenderlo es lo que separa acidificar el riego de fingir que se acidifica.
Qué es exactamente un agua dura
La dureza es la suma de calcio y magnesio disueltos. Se expresa en miligramos por litro de carbonato cálcico equivalente (mg/l de CaCO3) o en grados franceses, donde 1 °fH equivale a 10 mg/l de CaCO3. La escala habitual: por debajo de 7 °fH el agua es muy blanda; de 7 a 14, blanda; de 14 a 22, semidura; de 22 a 32, dura; por encima de 32 °fH, muy dura.
En España la geología manda. El agua del Lozoya que bebe Madrid viene de granito y sale entre 3 y 6 °fH, tan blanda que no da problemas de cal. En el arco mediterráneo, el valle del Ebro, La Mancha o el bajo Guadalquivir, sobre acuíferos calizos, lo normal son 30-45 °fH, y en algunos pozos del sureste se pasa de 60. La cifra concreta de cada municipio está publicada en el informe anual de calidad del agua de la empresa suministradora, con el calcio, el magnesio, la conductividad y —lo que aquí interesa— los bicarbonatos.
Porque hay un segundo parámetro que casi siempre se confunde con la dureza y que es el que de verdad decide la historia: la alcalinidad, es decir, el contenido en bicarbonatos (HCO3-) y carbonatos. También se expresa en mg/l de CaCO3. En las aguas españolas de origen calizo dureza y alcalinidad van casi de la mano, porque las dos proceden de la misma roca disolviéndose, pero no son lo mismo: la dureza es la que incrusta la cafetera, la alcalinidad es la que resiste a la acidificación.
El sistema tampón de los bicarbonatos
Un tampón, o solución amortiguadora, es una mezcla que absorbe los ácidos que se le echan sin que el pH se mueva apenas. El agua dura es un tampón excelente, y el par que lo forma es el dióxido de carbono disuelto y el bicarbonato.
Cuando se añade un ácido, los protones no se quedan libres bajando el pH: se los come el bicarbonato, que se convierte en ácido carbónico y este en dióxido de carbono y agua. La reacción es HCO3- + H+ → CO2 + H2O. Mientras quede bicarbonato sin consumir, el pH baja muy despacio, porque cada dosis de ácido se gasta en destruir bicarbonato en vez de en acidificar. El punto de máxima capacidad de amortiguación de este sistema está en torno a pH 6,3, que es la primera constante de disociación del ácido carbónico, y por eso resulta tan trabajoso llevar un agua caliza justo a la franja de 6,0-6,5 que interesa para el riego.
Hay una unidad que simplifica las cuentas: el miliequivalente por litro (meq/l). Un meq/l de alcalinidad son 50 mg/l de CaCO3, o 61 mg/l de bicarbonato. Un agua de 300 mg/l de CaCO3, que es un agua dura corriente de Levante o del Ebro, contiene por tanto 6 meq/l, unos 366 mg/l de bicarbonato. Esa es la cantidad de ácido que hay que neutralizar por cada litro, y no depende de lo que marque el pH: dos aguas pueden salir las dos a pH 8,0 y necesitar una el triple de ácido que la otra porque tienen distinta alcalinidad. Medir solo el pH para decidir la dosis es medir el parámetro equivocado.
Por qué el pH baja y luego vuelve a subir
El rebote tiene dos causas, y conviene separarlas.
La primera es el dióxido de carbono. Al reaccionar el ácido con el bicarbonato se genera CO2, que al principio queda disuelto en el agua formando ácido carbónico y contribuyendo a esa lectura baja del medidor. Ese gas está sobresaturado respecto a la atmósfera y se escapa, más deprisa si el agua se mueve, se airea o se calienta. A medida que se pierde el CO2, el equilibrio se desplaza y el pH sube solo, sin que nadie añada nada. Si además la dosis de ácido no ha llegado a consumir todo el bicarbonato, el que sobra vuelve a imponer su pH de equilibrio, entre 7,5 y 8,3.
La segunda es biológica y es específica del vinagre. El ácido acético neutralizado se queda en el agua como acetato, que es materia orgánica: una molécula pequeña, soluble y de una asimilación inmediata para cualquier bacteria. En un depósito de riego, en un bidón de agua reposada o en el propio sustrato, ese acetato se consume en días. Y al consumirse desaparece también el efecto acidificante que quedaba. Se ha acidificado el agua un rato, no el suelo.
El resultado en la maceta es peor que neutro. El acetato dispara la población microbiana del depósito: aparecen turbidez, biopelícula en las paredes, olor agrio y obturaciones en goteros y difusores. En el sustrato, ese carbono fácil provoca un pico de actividad microbiana que consume oxígeno precisamente en la zona de raíces. Nada de eso pasa con un acidificante mineral.
Cuánto vinagre haría falta de verdad
La cuenta es sencilla y bastante demoledora. El ácido acético es monoprótico: cada milimol aporta un protón, y su masa molar es de 60 g/mol. Para neutralizar los 6 meq/l del agua del ejemplo hacen falta 6 mmol/l de ácido acético, es decir, 360 mg de ácido acético puro por litro de agua.
El vinagre de mesa es una disolución al 5 %, o sea unos 50 gramos de ácido acético por litro de vinagre. Dividiendo: 7,2 ml de vinagre por cada litro de agua de riego. En una regadera de 10 litros son 72 ml, casi un vaso pequeño. En un depósito de 1.000 litros, 7 litros de vinagre. Y eso solo para llegar al punto en el que el tampón se agota; con una garrafa de cinco litros de vinagre a cuatro o cinco euros, el agua sale más cara que el abono.
Compárese con lo que se hace en la práctica. Un chorro generoso son unos 10 ml en una regadera de 10 litros, esto es 1 ml por litro: 50 mg de ácido acético, 0,83 meq. Neutraliza el 14 % del bicarbonato. El resto sigue ahí, y por eso el pH vuelve a su sitio.
Hay un segundo problema, más fino, que arruina la idea aunque uno esté dispuesto a gastar los siete litros. El ácido acético es débil, con un pKa de 4,76. Mientras hay bicarbonato de sobra, el pH se mueve poco; en cuanto se agota, el propio par acético-acetato toma el mando y fija el pH entre 4 y 5,5. Es decir, el sistema pasa de no bajar a bajar demasiado con muy poco margen entre medias, justo alrededor de la dosis exacta. Ajustar un agua caliza a 6,2 estables con vinagre exige acertar en una franja estrechísima, y cualquier variación de la alcalinidad del agua —que cambia con la época del año y con la fuente de captación— tira el ajuste al suelo.
Añádase el acetato residual: 6 mmol/l son 354 mg/l, unos 140 mg de carbono orgánico por litro entrando en el sustrato en cada riego. En un cultivo en maceta eso es un problema por sí solo.
Lo que sí se usa para bajar el pH del riego
Antes de nada, conviene decidir si hace falta. Un agua de 30 °fH riega sin ningún problema un jardín mediterráneo, un césped, un olivo o un rosal. La acidificación tiene sentido en tres situaciones: plantas acidófilas (azalea, camelia, gardenia, arándano, hortensia azul, Erica), cultivo en maceta a largo plazo, donde no hay lluvia que lave el sustrato y las sales se acumulan, y fertirriego con goteo, donde el bicarbonato precipita cal en los emisores.
- Ácido cítrico. Es un ácido orgánico también, pero mucho más fuerte que el acético y triprótico: cada molécula aporta tres protones y además quela el calcio, lo que ayuda a que no vuelva a precipitar. Funciona bien para desincrustar goteros, filtros y micronebulizadores haciendo circular una disolución y dejándola actuar. Como acidificante de rutina comparte el defecto de fondo del vinagre: es materia orgánica y alimenta a la microbiota del depósito, así que se prepara y se usa en el día.
- Acidificantes formulados de jardinería. Los correctores de pH del riego se basan en ácido nítrico o fosfórico tamponado, a veces con ácido sulfúrico en el ámbito agrícola. Aportan además nitrógeno nítrico o fósforo, no se degradan en el depósito y —lo importante— vienen con una tabla de dosificación por litro y por grado de dureza o por meq/l de alcalinidad, que es la única forma seria de dosificar. Son ácidos concentrados: se manejan con guantes y gafas, se guardan cerrados y lejos de cualquier producto clorado, y se sigue la etiqueta sin improvisar mezclas.
- Agua de lluvia. La solución más limpia y más barata a medio plazo. Su alcalinidad es prácticamente nula y su pH ronda 5,6-6,5 sin hacer nada. Un tejado de 100 m² recoge 100 litros por cada milímetro de lluvia; con 400 mm anuales y un depósito de 1.000 litros se cubre el riego de una colección entera de acidófilas en maceta. Basta con desviar los primeros litros de cada tormenta, que arrastran la suciedad del tejado, y tapar el depósito para que no críe mosquito.
- Mezclar. Cuando no hay lluvia suficiente, mezclar agua de lluvia con agua de red en proporción 1:1 baja la alcalinidad a la mitad, que a veces es todo lo que se necesita.
Y en el sustrato, no en el agua: turba rubia ácida en la mezcla de plantación, azufre elemental en el suelo con meses de antelación, quelato de hierro EDDHA cuando ya hay clorosis, y acolchado de corteza de pino. El agua ajusta; el sustrato sostiene.
Medir en vez de calcular a ojo
Un medidor de pH de bolsillo cuesta entre 15 y 30 euros y cambia por completo la forma de trabajar. Tres advertencias para que dure y sirva de algo:
- Se calibra con las soluciones patrón de pH 4,01 y 7,01 antes de cada tanda seria de trabajo, y como mínimo una vez al mes. Un medidor sin calibrar da lecturas plausibles y falsas, que es lo peor que puede pasar.
- El electrodo no se guarda seco: se conserva con su capuchón y unas gotas de solución de almacenamiento o, en su defecto, de tampón pH 4. Un electrodo que se ha secado responde lento y termina inservible. La vida útil normal está entre uno y dos años de uso.
- Se mide el agua ya mezclada, removida y reposada unos minutos, y se vuelve a medir al día siguiente. Esa segunda lectura es la que dice si la acidificación aguanta o si solo era el CO2 de paso.
Para la alcalinidad, que es el dato realmente útil, hay dos vías baratas. La primera, el informe de calidad del agua del ayuntamiento o de la empresa suministradora, que da los bicarbonatos en mg/l; se dividen entre 61 y se tienen los meq/l. La segunda, un test de KH de acuariofilia, de esos de gotas, que cuesta unos diez euros: cada gota hasta el viraje equivale a 1 grado alemán de dureza de carbonatos, es decir 17,9 mg/l de CaCO3. Multiplicando las gotas por 17,9 se sabe contra qué se está peleando, y con ese número la etiqueta del acidificante da la dosis exacta.
En resumen
Lo que resiste a la acidificación en un agua dura no es el calcio, es la alcalinidad: los bicarbonatos, que forman un tampón que se traga el ácido convirtiéndolo en dióxido de carbono. Por eso el pH baja al momento y a las horas ha vuelto: el CO2 se escapa y el bicarbonato que no se llegó a neutralizar recupera el mando.
Con 300 mg/l de CaCO3 —6 meq/l— harían falta unos 7 ml de vinagre por litro, siete litros por cada metro cúbico de riego, y aun así el ajuste sería inestable porque el ácido acético es débil y el margen entre no bajar y bajar de más es mínimo. Encima el acetato es materia orgánica y alimenta la microbiota del depósito y del sustrato.
Lo razonable: agua de lluvia cuando se pueda, mezcla con agua de red, ácido cítrico para desincrustar goteros, acidificantes formulados con su tabla de dosis por meq/l, y un medidor de pH de 20 euros calibrado para saber dónde se ha aterrizado. Y comprobar el pH al día siguiente, no en el momento.