Clavar una varilla en la maceta y leer una aguja que se mueve entre dry y wet parece una respuesta definitiva a la pregunta de cuándo regar. No lo es, y conviene entender por qué antes de fiarse del número. Un sensor de humedad de sustrato no mide humedad directamente: mide una propiedad física del medio que se relaciona con el agua presente, y esa relación depende del sensor, del sustrato y de las sales que haya disueltas. Saber qué está midiendo el aparato que tienes en la mano es la diferencia entre una herramienta útil y un adorno que induce a error.
Los dos tipos que existen
En el mercado doméstico conviven dos tecnologías que se parecen mucho por fuera y no tienen nada que ver por dentro.
El sensor resistivo es el de dos varillas metálicas separadas, el que aparece en los kits de electrónica de bajo coste y en los medidores de tres funciones que prometen leer humedad, pH y luz con el mismo par de puntas. Funciona haciendo pasar una corriente pequeña entre las dos puntas y midiendo la resistencia del sustrato. El agua conduce, así que a más agua, menos resistencia. El problema es que no conduce el agua, conducen las sales disueltas en ella. Un sustrato recién abonado con una solución nutritiva conduce mucho más que el mismo sustrato con la misma humedad y sin abonar, y el sensor lo leerá como si estuviera más mojado. En una maceta que se fertirriga con regularidad, las sales se van acumulando y la lectura se desplaza de forma progresiva, sin que nada avise.
El segundo defecto del resistivo es mecánico. Al circular corriente entre dos electrodos metálicos enterrados en un medio húmedo y salino se produce electrólisis: las puntas se oxidan y se van comiendo. Un sensor resistivo barato dejado permanentemente en la maceta se degrada en unos meses, y antes de dejar de funcionar del todo empieza a mentir. Los modelos que alimentan el sensor solo durante la lectura y con corriente alterna alargan bastante la vida, pero no eliminan el problema de la conductividad.
El sensor capacitivo mide otra cosa: la constante dieléctrica del medio. El agua tiene una constante dieléctrica muy alta, en torno a 80, frente a valores de 3 a 5 en la parte sólida del sustrato y 1 en el aire. Al variar el contenido de agua varía mucho la capacidad eléctrica medida entre los electrodos, que en estos sensores van recubiertos y no entran en contacto directo con el sustrato. De ahí las dos ventajas: no hay corrosión electrolítica, porque no circula corriente por el medio, y la influencia de las sales es mucho menor, aunque no llega a ser nula en aguas muy salinas. Los sensores capacitivos de gama profesional, los que usan las sondas de tipo FDR o TDR de las instalaciones agrícolas, trabajan con este mismo principio.
La regla práctica es sencilla: si el sensor tiene dos varillas metálicas desnudas y separadas, es resistivo. Si es una pieza plana de circuito impreso con una cubierta continua, casi siempre es capacitivo. Los capacitivos cuestan algo más y compensan la diferencia.
Qué miden de verdad y qué no
Un sensor de humedad estima el contenido volumétrico de agua: qué fracción del volumen del sustrato ocupa el agua. Eso es un dato físico útil, pero no es lo que la planta experimenta.
Lo que la raíz percibe es la tensión de agua, es decir, la fuerza con la que el sustrato retiene esa agua, que se mide en kilopascales o en centibares con un tensiómetro. Un sustrato puede estar al 30 % de contenido volumétrico y tener el agua muy disponible, o estar al mismo 30 % y retenerla con tanta fuerza que la planta no pueda extraerla. La diferencia la marca la curva de retención hídrica del medio, que es distinta para cada mezcla.
Por eso un mismo porcentaje no significa lo mismo en turba que en un sustrato mineral. Una turba rubia bien humedecida puede retener el 60 % de su volumen en agua y seguir teniendo aire suficiente en los poros gruesos; una mezcla con mucha perlita o con arena, con ese mismo 60 %, estaría encharcada y sin oxígeno. Los sustratos de fibra de coco, la lana de roca y la turba negra tienen curvas de retención completamente distintas entre sí. Un sensor calibrado de fábrica sobre suelo mineral agrícola dará lecturas erróneas en un sustrato hortícola de maceta, sencillamente porque su ecuación de conversión se hizo para otro material.
Tampoco miden nada de lo demás. Los medidores de tres agujas que anuncian pH y luz no llevan un electrodo de pH: deducen algo a partir de la misma medida eléctrica de las varillas, y esa escala de pH no tiene valor. Para saber el pH de un sustrato hace falta un electrodo de vidrio y un extracto de la muestra.
Calibrar, aunque sea de forma aproximada
La calibración correcta de un sensor capacitivo para un sustrato concreto se hace en laboratorio: se prepara el medio a distintos contenidos de agua conocidos por gravimetría, se anota la lectura del sensor en cada uno y se ajusta una curva. Es lo que hacen los fabricantes de sondas profesionales, que ofrecen ecuaciones distintas para suelo mineral, para turba y para coco.
En casa basta con una versión mucho más tosca y sigue siendo mejor que nada. Se toman dos referencias con el sensor en el mismo sustrato y en la misma maceta: la lectura en seco de riego, cuando la planta ya pide agua, y la lectura a capacidad de contenedor, media hora después de un riego abundante y con el drenaje terminado. Esos dos números definen el rango de trabajo real de esa maceta, y a partir de ahí se decide en qué punto intermedio se riega. El valor absoluto deja de importar; lo que importa es la posición dentro del intervalo propio.
La profundidad y la posición también cuentan. La lectura cambia si la punta está a dos centímetros o a diez, y cambia si está pegada a la pared de la maceta o en el centro del cepellón. Para que las medidas sean comparables entre días hay que clavar siempre en el mismo sitio y a la misma profundidad, cosa que en un tiesto pequeño es difícil sin destrozar raíces.
Medidores de aguja de vivero y sistemas con riego automático
El medidor de aguja analógico, sin pilas, que se vende en cualquier centro de jardinería es un resistivo alimentado por el propio par galvánico de dos metales distintos. Es barato, robusto y sirve para lo que sirve: distinguir «claramente seco» de «claramente mojado» en una maceta grande, con lecturas puntuales y sin dejarlo enterrado. Como indicador cualitativo tiene su hueco, sobre todo en macetas de más de treinta centímetros donde la superficie seca no informa de lo que ocurre abajo. Como fuente de números, no.
Los sistemas que enlazan un sensor con una electroválvula o una bomba son otra categoría. Aquí el sensor deja de ser un consejo y pasa a ejecutar riegos, así que sus defectos se amplifican. Un resistivo que se desplaza por acumulación de sales acabará creyendo que el sustrato está mojado y dejará de regar hasta que la planta se seque; o al revés, si se corroe y pierde contacto, regará sin parar. En una instalación que va a funcionar sola durante semanas, el sensor tiene que ser capacitivo, hay que dejar el set point con margen y conviene añadir un límite de tiempo máximo de riego que corte la válvula pase lo que pase.
En invernadero profesional el criterio de referencia es la tensión de agua, medida con tensiómetros o con sensores de matriz granular. Los umbrales de riego se expresan en centibares y son bastante transferibles entre sustratos, precisamente porque miden la disponibilidad y no la cantidad: en cultivos hortícolas en suelo se suele regar entre 20 y 40 cb según especie y textura, mientras que en contenedor con sustrato orgánico se trabaja con valores mucho más bajos, del orden de 5 a 10 cb, porque esos medios liberan casi toda su agua útil en un rango de tensión muy estrecho. Un porcentaje de humedad no se puede trasladar así de una instalación a otra; una tensión, casi.
Lo que no cuesta nada y sigue funcionando
Para una casa con veinte macetas, tres métodos gratuitos superan a cualquier sensor de veinte euros.
El dedo: introducirlo dos o tres centímetros en el sustrato, o hasta la primera falange en macetas medianas. Informa de humedad y de temperatura al mismo tiempo, y no se descalibra. Para macetas hondas, una varilla de madera clavada hasta el fondo y sacada al momento hace lo mismo a cualquier profundidad; la madera se oscurece donde hay agua.
El peso: levantar la maceta. La diferencia entre un cepellón a capacidad de contenedor y el mismo cepellón seco es enorme, mucho mayor de lo que se intuye, porque el agua pesa. Basta con levantar la maceta justo después de regar y volver a levantarla a los días para tener la referencia en la mano. Es el método que usan los cultivadores de bonsái y de plantas en maceta pequeña, donde un sensor no cabe sin dañar raíces. Con una báscula de cocina se convierte en un dato numérico y repetible.
Mirar la planta: el brillo de la hoja, el ángulo de los pecíolos, la firmeza del tallo joven al final del día. Muchas especies avisan con una pérdida de turgencia leve antes de sufrir daño real, y aprender ese aviso en las plantas concretas que uno tiene vale más que cualquier lectura. Conviene añadir la información del calendario y del tiempo: una semana de poniente seco en meseta o de levante caliente en el sur vacía una maceta al doble de velocidad que una semana nublada, y eso se sabe sin clavar nada.
Los sensores tienen sentido cuando hay muchas unidades iguales, cuando el riego está automatizado, cuando se lleva un registro para ajustar un cultivo o cuando alguien no puede fiarse de su propia mano por falta de experiencia o por ausencias largas. Como apoyo son razonables. Como sustituto del criterio propio, no.
En resumen
Los sensores resistivos de dos varillas miden conductividad, los falsea la sal del abono y se corroen con el uso continuado; los capacitivos miden constante dieléctrica, aguantan mucho más y son los únicos que tienen sentido en un sistema automatizado. Ninguno de los dos mide lo que la planta nota, que es la tensión de agua, y por eso un mismo porcentaje significa cosas distintas en turba, en coco o en un sustrato mineral. Una calibración casera de dos puntos (seco de riego y capacidad de contenedor) convierte la lectura en algo utilizable dentro de esa maceta concreta. Y para un jardín doméstico, el dedo, el peso de la maceta y la observación de la planta siguen siendo el sistema más fiable, sin pilas y sin deriva.