Aquí llueve cuando la planta no lo necesita y deja de llover justo cuando más falta le hace. Ese desajuste, y no la temperatura, es lo que define al clima mediterráneo y lo que decide qué sobrevive en un jardín del sur y del este de la Península. Una lista de especies ordenada alfabéticamente no sirve de nada si antes no se entiende el problema que esas especies han resuelto.
Lo que hace raro al clima mediterráneo
En la mayor parte del planeta, la lluvia y el calor van juntos: los monzones, las tormentas de verano continentales, la estación húmeda tropical. El clima mediterráneo hace lo contrario. Concentra las precipitaciones en otoño e invierno, cuando la temperatura es baja y la radiación escasa, y las retira entre junio y septiembre, que es exactamente cuando la evapotranspiración se dispara. En Murcia o en Almería pueden pasar cuatro meses sin una lluvia útil mientras la demanda atmosférica supera los 6 mm diarios.
Esa sequía estival coincidiendo con el máximo de calor y de radiación es una rareza climática: ocupa alrededor del 2 % de la superficie terrestre. Y explica por qué una hortensia, un arce o un rododendro, que vienen de climas donde el verano es la estación húmeda, se arruinan en agosto por mucho que se rieguen. No es solo sed: es que su fisiología está calibrada para otro calendario.
El calendario mediterráneo tiene, en realidad, dos periodos de parón y no uno. El invierno frena por temperatura, como en cualquier clima templado. El verano frena por falta de agua. Entre ambos quedan dos ventanas de crecimiento reales, el otoño y la primavera, y esa es la razón de que la plantación en España deba hacerse en otoño, entre octubre y noviembre, y no en marzo. Una planta puesta en otoño dispone de seis meses de suelo húmedo y templado para hacer raíz antes de su primer verano. Una puesta en primavera llega a junio con el cepellón todavía sin explorar.
Las cinco estrategias con las que las plantas resuelven el verano
Cuando se conoce el mecanismo, la selección deja de ser una lista y pasa a ser una decisión. Estas son las soluciones que la evolución ha repetido, por separado, en las cinco regiones mediterráneas del mundo.
Esclerofilia. Hoja dura, pequeña, perenne, con cutícula gruesa, alto contenido en lignina y estomas hundidos en criptas. La hoja cuesta cara de fabricar, así que la planta la amortiza durante dos o tres años en lugar de renovarla cada temporada. Cierra estomas al mediodía y aguanta. Es la estrategia de la encina (Quercus ilex), el olivo (Olea europaea), el lentisco (Pistacia lentiscus), el madroño (Arbutus unedo), el aladierno (Rhamnus alaternus), la coscoja (Quercus coccifera) y el mirto (Myrtus communis). Son las plantas de estructura del jardín: lentas, longevas y prácticamente indestructibles una vez arraigadas.
Hoja gris, pelos y ceras. El tomento blanquecino no es decorativo por casualidad. Una capa de pelos muertos refleja parte de la radiación, retiene una lámina de aire húmedo pegada al estoma y baja la temperatura foliar varios grados. Lo mismo hacen las ceras epicuticulares azuladas. Aquí entran la santolina (Santolina chamaecyparissus), el olivilla o teucrio (Teucrium fruticans), el matagallo (Phlomis purpurea), Convolvulus cneorum, Ballota pseudodictamnus, el orzaga (Atriplex halimus), las artemisias y el jaguarzo blanco (Cistus albidus). El color plateado de un jardín mediterráneo en julio es un dato fisiológico, no un capricho de paisajista.
Aromáticas con aceites esenciales. Los terpenos volátiles que dan olor al romero (Salvia rosmarinus, antes Rosmarinus officinalis), al tomillo (Thymus vulgaris), a la lavanda (Lavandula dentata, L. stoechas, L. angustifolia), a la salvia (Salvia officinalis), al orégano (Origanum vulgare) y a la ajedrea (Satureja montana) cumplen dos funciones: disuaden a los herbívoros y crean una atmósfera densa alrededor de la hoja que reduce algo la pérdida de vapor. Tienen una contrapartida que conviene tener presente: son plantas inflamables, y masificarlas pegadas a la fachada en zona de interfaz urbano-forestal es una mala idea.
Geófitas: desaparecer. La solución más radical es no estar. Los bulbos, cormos y rizomas mediterráneos brotan con las primeras lluvias de otoño, vegetan todo el invierno, florecen en primavera, cargan la reserva y se secan por completo en mayo o junio. Pasan el verano bajo tierra, sin hoja y sin gasto. Narcisos (Narcissus spp.), Muscari, Scilla peruviana, la azucena amarilla de otoño (Sternbergia lutea), la cebolla albarrana (Drimia maritima), los lirios de bulbo (Iris xiphium), Allium ornamentales y Cyclamen hederifolium. Regarlas en agosto porque «parecen muertas» las pudre: están haciendo justo lo que deben.
Marcescencia y dimorfismo estival. Varias matas mediterráneas producen dos tipos de hoja al año. En invierno y primavera, hojas grandes y baratas para aprovechar el agua. En junio, cuando el suelo se seca, tiran buena parte de esa hoja y conservan solo unas pocas, más pequeñas y coriáceas, apretadas en el extremo del brote. Las jaras (Cistus spp.), los Phlomis, las salvias arbustivas y el propio tomillo lo hacen. Un ejemplar de jara que en agosto se ve ralo y pardusco no está enfermo ni falto de riego: está en su versión de verano.
Las otras cuatro regiones mediterráneas como cantera
El mismo clima aparece en la cuenca mediterránea, en California, en Chile central, en la región de El Cabo sudafricana y en el sur y suroeste de Australia. Son floras sin parentesco entre sí que han llegado a soluciones idénticas, y eso las convierte en una despensa enorme para el jardín español, con dos advertencias serias.
Cabo (Sudáfrica). Es la fuente más productiva para jardinería ornamental: Plumbago auriculata, Polygala myrtifolia, Agapanthus praecox, Melianthus major, Coleonema pulchellum, geranios de especie (Pelargonium spp.), Osteospermum y Dimorphotheca, gazanias, Watsonia, Chasmanthe y freesias. Casi todo tolera bien la caliza salvo las proteáceas.
Australia. Callistemon, Melaleuca, Westringia fruticosa, Eremophila, Acacia de porte pequeño y Anigozanthos. Aquí llega la primera advertencia: las proteáceas australianas y sudafricanas (Grevillea, Hakea, Banksia, Protea, Leucadendron) evolucionaron en suelos antiquísimos, ácidos y pobrísimos en fósforo. En un suelo calizo español con pH 8 se clorosan sin remedio, y un abono normal de jardín les resulta tóxico por exceso de fósforo. Solo funcionan en suelo ácido, arenoso y sin abonar, o directamente no se plantan.
California. Arctostaphylos, Ceanothus, Romneya coulteri, Heteromeles arbutifolia, Salvia clevelandii y la amapola de California (Eschscholzia californica). Segunda advertencia: buena parte de este material es intolerante al riego de verano. Un Ceanothus regado en agosto con el suelo caliente muere de podredumbre radicular por Phytophthora, no de sed.
Chile central. Menos explotada y muy interesante: Quillaja saponaria, Escallonia rubra, Azara, Fabiana imbricata y las alstroemerias de especie.
Árboles: la estructura que decide el resto
El árbol es la única inversión del jardín que no se puede rectificar en un par de años, y además es el que crea sombra, es decir, el que reduce la demanda de agua de todo lo que hay debajo. Para porte grande y sombra densa: encina (Quercus ilex), almez (Celtis australis), pino piñonero (Pinus pinea) y algarrobo (Ceratonia siliqua), este último de crecimiento lento pero prácticamente exento de riego una vez hecho. Para porte medio: olivo, árbol del amor (Cercis siliquastrum), madroño, Koelreuteria paniculata, jabonero de la China, y el pimentero (Schinus molle) en zonas sin heladas fuertes. El ciprés (Cupressus sempervirens) aporta la vertical y ocupa casi nada de suelo.
Entre los frutales, los que están adaptados al secano dan producción sin riego estival organizado: higuera (Ficus carica), almendro (Prunus dulcis), granado (Punica granatum), azufaifo (Ziziphus jujuba), membrillero (Cydonia oblonga) y la vid (Vitis vinifera). El níspero japonés (Eriobotrya japonica) funciona bien y florece en otoño, lo que le da fruta muy temprana.
Una nota sobre el cinamomo (Melia azedarach), muy usado por su rusticidad: sus frutos son tóxicos por ingestión, con casos documentados en niños y en perros. No es motivo para prohibirlo, sí para no plantarlo en un jardín con niños pequeños ni junto a una zona de juego.
Arbustos, trepadoras y flor
La masa arbustiva es donde se juega el aspecto del jardín en verano. Combinando esclerófilas y hoja gris se obtiene volumen sin riego: lentisco, mirto, Teucrium fruticans, Phillyrea angustifolia, adelfa (Nerium oleander), durillo (Viburnum tinus), retamas (Retama sphaerocarpa, Spartium junceum) y jaras. La adelfa es la más agradecida de todas en carretera y en costa, y también es tóxica en todas sus partes por los glucósidos cardíacos que contiene; conviene saberlo antes de plantarla donde hay niños o animales, y no quemar sus restos de poda.
En trepadoras, para muro soleado: buganvilla (Bougainvillea glabra, solo en litoral sin heladas), jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum), falso jazmín (Trachelospermum jasminoides), Solanum jasminoides, madreselva (Lonicera implexa) y la propia parra, que además da sombra caducifolia: tapa en verano y deja pasar el sol en invierno, que es exactamente lo que se necesita sobre una pérgola.
Para la flor de temporada, lo lógico es plantar el ciclo mediterráneo y no el centroeuropeo: siembra en otoño y floración de marzo a mayo. Dimorfotecas, gazanias, calendulas, amapolas de California, Linaria, Lobularia maritima y Gaura lindheimeri cubren esa ventana. Después llega el verano y el jardín cambia de registro; forzarlo es de donde vienen los problemas.
Palmeras, cícadas y suculentas
El palmito (Chamaerops humilis) es la única palmera nativa de Europa continental, resiste hasta unos -10 °C y no necesita riego. La palmera datilera (Phoenix dactylifera) y Brahea armata funcionan bien en el sureste. Conviene recordar que el picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) sigue activo y que plantar Phoenix canariensis hoy implica asumir un tratamiento preventivo continuado.
La cica (Cycas revoluta) no es una palmera sino una cícada, un linaje anterior a las plantas con flor. Tolera el sol y la sequía, y sus semillas y su tronco contienen cicasina, tóxica por ingestión para personas y perros. Se planta por su forma, no se toca su fruto.
Entre las suculentas, Sedum sediforme, Hylotelephium spectabile, Aloe arborescens, Crassula ovata, Delosperma y los Echinopsis resuelven taludes y macetas expuestas con un riego cada tres o cuatro semanas. Dos cautelas con base legal: Carpobrotus edulis y Cortaderia selloana figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y su plantación está prohibida; el Agave americana, aunque muy usado, se comporta como invasora en el litoral. Y la chumbera (Opuntia ficus-indica) está siendo arrasada en el sur peninsular por la cochinilla Dactylopius opuntiae, así que plantarla hoy es apostar por una planta con un problema sanitario abierto.
El riego de verano: pelearse con el clima
Aquí está el fondo del asunto. Regar un jardín mediterráneo en julio y agosto para que se mantenga verde es intentar convertirlo en un jardín atlántico, y sale caro en agua, en dinero y en plantas muertas.
Las razones son concretas. Primera: el agua tibia en suelo caliente y compactado es el escenario ideal para Phytophthora cinnamomi y Armillaria, y buena parte de las muertes de encinas, madroños, jaras y Ceanothus en jardines regados son podredumbres de cuello, no sequía. Segunda: el riego frecuente y superficial mantiene el sistema radicular en los primeros 15 cm, justo la capa que se seca antes; una planta acostumbrada a eso no sobrevive a una semana sin riego. Tercera: las geófitas en reposo se pudren si el bulbo recibe agua en su parada estival.
El manejo que sí funciona es distinto. Riego de implantación durante los dos o tres primeros veranos, generoso y espaciado —del orden de 20 a 40 litros por planta cada 10 o 15 días en arbustos, mejor de madrugada— para forzar a la raíz a bajar. A partir del tercer año, riego de socorro o ninguno. Acolchado mineral de grava o zahorra de 5 a 8 cm, que baja mucho la evaporación y no favorece las podredumbres de cuello como hace la materia orgánica apoyada en el tronco. Grupos de riego separados: si algo exige agua en verano —el huerto, un limonero, unas macetas—, va en su propio sector y no arrastra al resto del jardín.
Y una aceptación estética: entre julio y septiembre el jardín mediterráneo no está en su mejor momento y no tiene por qué estarlo. Su temporada alta es de marzo a mayo y otra vez en octubre. Un césped verde en agosto en Alicante cuesta entre 6 y 8 litros por metro cuadrado y día. Una pradera de gramíneas mediterráneas agostada, o una superficie de grava con lentiscos y santolinas, cuesta cero y en octubre vuelve sola.
En resumen
El clima mediterráneo se define por una sequía de verano que coincide con el máximo de calor y radiación, algo poco frecuente en el mundo y letal para plantas venidas de climas de lluvia estival. Las especies adaptadas resuelven ese verano con hoja esclerófila, tomento gris, aceites esenciales, bulbos que desaparecen bajo tierra o cambio de hoja en junio, y elegir por esas estrategias es más fiable que elegir por catálogo. Las otras cuatro regiones mediterráneas —Cabo, Australia, California y Chile central— amplían enormemente la paleta, con la salvedad de las proteáceas, que no toleran la caliza ni el fósforo, y de la flora californiana, que no tolera el riego estival. Se planta en otoño, se riega para implantar durante dos o tres veranos y después se deja. Mantener el jardín artificialmente verde en agosto no es cuidarlo: es discutir con el clima, y el clima no cede.