Repicar es el paso que convierte un semillero lleno de plántulas apretadas en un lote de plantas con raíz propia. Consiste en sacar cada plántula de la bandeja de siembra y trasplantarla a un alvéolo o a una maceta individual, y no es un trámite: hecho en el momento justo mejora la raíz de manera permanente, y hecho mal o a destiempo arruina el semillero entero. La palabra viene del francés repiquer y en el vivero convive con un segundo significado, el repicado de raíz de los árboles, que se explica más abajo.
Qué es exactamente y por qué se hace
Una siembra en bandeja o en semillero se hace densa a propósito, porque la germinación nunca es del 100 % y porque en poco espacio se pueden controlar bien la temperatura y la humedad. El resultado es una alfombra de plántulas que a los pocos días empieza a estorbarse a sí misma. El repicado deshace esa densidad y, de paso, consigue cuatro cosas.
1. Espacio, luz y aire
Las plántulas apiñadas compiten por la luz y responden alargando el tallo desmesuradamente: es el ahilado o etiolación, y produce plantas larguiruchas, de tallo fino y débil, que se tumban al primer riego y no se recuperan nunca del todo. La aireación también importa: un semillero denso mantiene la humedad en el cuello de las plántulas y ahí prospera el damping-off, la caída de plántulas causada por hongos de suelo como Pythium, Rhizoctonia solani y Fusarium, que estrangulan el tallo a ras de sustrato y arrasan en un día. Repicar corta ese avance por la vía más directa, que es separar los individuos.
2. Ramificar la raíz
Este es el efecto menos visible y el más valioso. Muchas plántulas desarrollan primero una raíz pivotante: un eje único que baja recto y en cuya punta se produce auxina. Esa auxina, transportada hacia arriba, inhibe la formación de raíces laterales, igual que la yema apical de un tallo inhibe las yemas de abajo. Cuando durante el repicado se pierde o se pinza la punta de esa raíz, desaparece la fuente de inhibición y la plántula responde emitiendo raíces secundarias por todo el eje.
El resultado es un sistema radicular fasciculado y compacto en lugar de un eje solitario. Y eso se traduce en algo muy concreto: un cepellón que se sostiene al sacarlo de la maceta, que absorbe agua desde el primer día en su sitio definitivo y que arraiga sin parón de trasplante. Una plántula con un único pivote largo, en cambio, llega al terreno con casi toda su capacidad de absorción en unos pocos centímetros que casi siempre se rompen al plantar.
3. Seleccionar
En la bandeja están todas las plántulas juntas y se comparan de un vistazo. El repicado es el momento de quedarse con las de tallo corto y grueso, hojas de buen color y raíz bien formada, y descartar las alargadas, las de color pálido, las de cotiledones deformes y las retrasadas. Cuidar durante tres meses una planta que ya nació mediocre cuesta lo mismo que cuidar una buena.
4. Dar sustrato con nutrientes
Un sustrato de siembra es deliberadamente pobre y fino, porque una semilla lleva sus propias reservas y el exceso de sales perjudica la germinación. En cuanto la plántula empieza a fotosintetizar necesita nutrición, y el repicado la pasa a un sustrato con algo de fertilizante.
El momento exacto: las primeras hojas verdaderas
La regla es que se repica cuando la plántula tiene el primer par de hojas verdaderas, o como mucho el segundo. Ni antes, con solo cotiledones, ni mucho después.
Los cotiledones son las hojas embrionarias que venían dentro de la semilla; suelen ser redondeados, gruesos, iguales entre sí y sin la forma característica de la especie. Las hojas verdaderas aparecen después, en el centro, y ya tienen la silueta y el nervio propios de la planta: dentadas y peludas en el tomate, lobuladas en la calabaza, lanceoladas en el pimiento.
Por qué no antes. Mientras la plántula solo tiene cotiledones vive de las reservas de la semilla y su raíz es una radícula fina y única, sin apenas capacidad de regeneración. Manipularla en ese estado significa una rotura de la que no se recupera, o una recuperación tan lenta que la planta se queda atrás. Además, con dos cotiledones y nada más, la superficie fotosintética es mínima y no hay energía para reconstruir raíces.
Por qué no después. Pasadas dos o tres semanas, las raíces de las plántulas vecinas se entrelazan entre sí en la bandeja. Separarlas ya no es sacar una planta, es desgarrar una maraña, y cada plántula sale con la mitad de su raíz rota y la otra mitad enredada en la de al lado. A eso se suma que para entonces las plantas ya se estarán ahilando.
En términos de calendario, ese punto llega entre 10 y 20 días después de la nascencia en la mayoría de las hortalizas de verano sembradas en semillero protegido a 20-24 °C. Tomate, pimiento y berenjena sembrados en febrero o marzo se repican en marzo o abril; las coles de otoño, sembradas en junio o julio, se repican tres semanas después.
Cómo se repica, paso a paso
Riega la bandeja unas horas antes. El sustrato debe estar húmedo pero no encharcado: húmedo se desprende de la raíz sin arrastrarla, y seco la rompe. Prepara antes los alvéolos o macetas con el sustrato nuevo, ya humedecido y con el agujero hecho, para que la plántula pase de un sitio a otro en segundos. Una raicilla expuesta al aire seco se deshidrata en pocos minutos.
Levanta desde abajo, nunca tires desde arriba. Con un repicador, un palillo grueso, el mango de una cucharilla o un lápiz se hunde por debajo del cepellón y se hace palanca para elevar la plántula con la tierra que lleva pegada. Tirar del tallo arranca la planta y deja la raíz en la bandeja.
Sujétala por una hoja o por un cotiledón, jamás por el tallo. Esta es la regla que más se incumple y la que más plantas mata. El tallo de una plántula es un cilindro de tejidos jóvenes con el xilema y el floema justo bajo la epidermis; una presión con los dedos que ni siquiera se nota los aplasta, la lesión no se ve, y la planta se marchita tres o cuatro días después sin causa aparente. Ese daño no se regenera. Una hoja arrancada, en cambio, se sustituye: la planta pierde una hoja y sigue.
Pinza el pivote si es muy largo. Si la raíz principal sale con más de 4 o 5 cm, se recorta con la uña o con una tijera dejando en torno a un tercio de su longitud. Es lo que fuerza la ramificación descrita antes. No es obligatorio y no todas las especies lo agradecen, pero en tomate, col, lechuga y ornamentales de flor da resultado.
Colócala a la profundidad correcta. Se hace un agujero suficientemente hondo para que la raíz entre recta y sin doblarse hacia arriba —una raíz en «J» condena a la planta—, y se entierra hasta justo por debajo de los cotiledones. Aquí hay una excepción importante: el tomate emite raíces adventicias en el tallo enterrado, así que se puede plantar más profundo, incluso hundiendo parte del tallo si se ha ahilado, y agradece el sistema radicular extra. La mayoría de las demás especies no lo toleran: enterrar el cuello de una col, de una lechuga o de una calabaza favorece la podredumbre del cuello. Y en ningún caso se entierra el punto de crecimiento central.
Asienta el sustrato con agua, no apretando. Se presiona ligerísimamente alrededor y se riega con regadera de lluvia fina o por inmersión de la base del alvéolo. El agua es lo que hace que el sustrato entre en contacto con las raicillas, y hacerlo apretando con el dedo compacta y rompe.
Dale dos o tres días de convalecencia. Sombra o luz tamizada, sin sol directo, sin corrientes de aire, con humedad ambiental alta y temperatura estable de 18 a 22 °C. La plántula acaba de perder parte de su capacidad de absorción y, si transpira a pleno sol, se marchita. Pasados esos días vuelve a la luz plena de manera gradual. Nada de abono en la primera semana.
Sobre el sustrato y el recipiente
Para el repicado sirve un sustrato ligero, con buena retención y con una fertilización de arranque suave. Una mezcla habitual es sustrato universal aligerado con perlita o fibra de coco en torno a un 20-30 %, o directamente un sustrato de semillero mezclado con algo de compost tamizado.
El recipiente conviene que sea pequeño. Alvéolos de 4 a 6 cm de lado para hortícolas, macetas de 7 a 9 cm para plantas que vayan a estar más tiempo. Repicar directamente a una maceta de 15 cm es contraproducente: el volumen de sustrato que la raíz no ocupa se mantiene húmedo mucho tiempo, se queda sin oxígeno y favorece la asfixia y la podredumbre. Es preferible repicar a poco y trasplantar de nuevo cuando el cepellón esté hecho.
El repicado de raíz en vivero de árboles
En el vivero forestal y frutal, «repicar» significa además otra cosa: cortar deliberadamente la raíz pivotante de las plantas jóvenes, sin cambiarlas de sitio.
Se hace pasando una cuchilla horizontal por debajo de las líneas de plantas, a 15 o 20 cm de profundidad, o levantando y replantando la planta en un bancal nuevo tras el primer o segundo año. El efecto es el mismo que en la plántula de semillero, pero a otra escala: la planta pierde el eje profundo y desarrolla una cabellera densa de raíces en los primeros 20-30 cm. Con ella, la planta soporta el arranque y el trasplante a raíz desnuda, que de otro modo la mataría, porque un pivote de un metro se corta inevitablemente al sacarla y con él se va casi todo lo que absorbía.
Ese beneficio tiene una contrapartida que conviene conocer antes de comprar planta. Un árbol repicado nunca recupera del todo la raíz profunda que habría tenido de semilla en su sitio. En un jardín con riego, la diferencia es irrelevante. En una plantación de secano en clima mediterráneo, donde la supervivencia del verano depende de alcanzar agua a un metro de profundidad, sí importa: por eso en restauración se prefiere planta de contenedor forestal, sembrada directamente en un envase profundo y trasplantada sin tocar la raíz, frente a la planta de vivero a raíz desnuda repicada.
La versión moderna de esta idea es el autorrepicado por aire: contenedores con aberturas laterales y fondo abierto en los que la punta de la raíz, al asomar, se deshidrata y se detiene sola, con lo que la planta ramifica sin ninguna intervención y sin herida. Los envases forestales con costillas verticales antienrollamiento hacen algo parecido en el plano horizontal, evitando el espiralado de raíces que arrastran de por vida las plantas criadas en macetas lisas.
Las especies que no se repican
Hay plantas cuya raíz no tolera que se la toque, porque su capacidad de emitir raíces nuevas tras una rotura es baja o porque su pivote es la planta misma. En estas, el repicado a raíz desnuda produce plantas paradas, deformes o muertas, y la solución es siempre la misma: sembrar directamente en su sitio, o sembrar de una en una en un alvéolo o en una maceta biodegradable —turba prensada, papel, fibra— que se planta entera sin desmoldar.
Umbelíferas. Zanahoria (Daucus carota), chirivía (Pastinaca sativa), perejil, eneldo (Anethum graveolens), cilantro, hinojo. En las de raíz comestible el asunto es terminante: cualquier daño en el pivote produce raíces bifurcadas y retorcidas. Siembra directa siempre.
Cucurbitáceas. Melón, sandía, pepino, calabaza, calabacín. Se pueden criar en semillero, pero de una en una en su propio alvéolo y trasplantando muy pronto, con dos hojas verdaderas, sin deshacer el cepellón. Repicar a raíz desnuda las retrasa semanas.
Leguminosas. Guisante, judía, haba, altramuz, garbanzo. Germinan rápido y no compensan el semillero. Siembra directa.
Raíces y bulbos de consumo. Rábano, nabo, remolacha, colinabo, ajo, cebolla de siembra directa. Misma razón que la zanahoria.
Ornamentales de pivote. Amapolas (Papaver), Eschscholzia, Nigella, Lupinus, capuchina (Tropaeolum majus), borraja, girasol (Helianthus annuus) y Consolida. Todas prefieren nacer donde van a vivir.
Árboles de raíz pivotante potente. Encina y demás Quercus, nogal (Juglans regia), castaño, pino piñonero, algarrobo. Se siembran directamente en contenedor profundo, uno por envase, y no se repican nunca a raíz desnuda si el destino es secano.
Y una precisión sobre el vocabulario, que se usa con holgura: repicar es el paso del semillero al recipiente individual, trasplantar es el paso al lugar definitivo, y entutorar, aclarar o endurecer son operaciones distintas. El endurecimiento o aclimatación —sacar las plantas al exterior progresivamente durante siete a diez días antes del trasplante final— no sustituye al repicado ni al revés, y saltárselo produce quemaduras de sol y paradas de crecimiento en plantas que venían perfectas del invernadero.
En resumen
Repicar es trasplantar cada plántula del semillero denso a un alvéolo o maceta individual. Con ello se evita el ahilado y el damping-off, se seleccionan las mejores plantas, se pasa a un sustrato con nutrientes y, sobre todo, se rompe o se pinza la punta de la raíz pivotante, que es la que produce la auxina que inhibe las raíces laterales: al perderla, la plántula ramifica y forma un cepellón compacto que arraiga sin parón. El momento es el primer par de hojas verdaderas —no los cotiledones, porque en esa fase la radícula es única y no se regenera; y no más tarde, porque las raíces vecinas se enredan—, unos 10 a 20 días tras la nascencia. La técnica: regar unas horas antes, levantar por debajo con un repicador, sujetar la plántula por una hoja o por un cotiledón y nunca por el tallo, cuyos vasos se aplastan sin dejar marca y matan la planta días después, plantar sin doblar la raíz y hasta debajo de los cotiledones —más profundo solo en tomate—, asentar con agua y dar dos o tres días de sombra. En vivero de árboles el repicado de raíz consigue una cabellera densa que permite el trasplante a raíz desnuda, a costa de perder para siempre la raíz profunda, lo que importa en plantaciones de secano. Y no se repican las umbelíferas, las cucurbitáceas, las leguminosas, las raíces de consumo, las ornamentales de pivote como amapola, lupino o girasol, ni las bellotas y nueces: esas se siembran directamente en su sitio o en envase individual.