Un suelo erosionado no se arregla con las medidas que lo habrían salvado. Prevenir la erosión consiste en proteger un suelo que todavía existe; recuperarlo consiste en fabricar uno donde ya no queda, y eso es un problema distinto, más caro y mucho más lento. Cuando la capa fértil se ha ido ladera abajo, lo que queda en superficie no es «tierra pobre»: suele ser subsuelo, o directamente la roca alterada, un material que nunca ha sido suelo y al que le faltan las tres cosas que definen a uno —estructura, materia orgánica y vida—, además del banco de semillas que permitiría que se recolonizase solo.
Este artículo trata de esa segunda situación. Si el suelo aún está en su sitio y lo que quieres es que no se vaya, el sitio al que ir es el artículo sobre prevenir la erosión del suelo en pendiente.
Qué queda realmente cuando el suelo se ha ido
Un suelo completo tiene un horizonte superficial, el horizonte A, oscuro por la materia orgánica, poroso, con agregados que resisten el agua y con la mayor parte de las raíces y de los microorganismos. Bajo él está el horizonte B, más compacto y más pobre, y bajo ese el C, roca meteorizada. La erosión se lleva el A, que es el más delgado y el único que tarda siglos en formarse, y deja al descubierto los de abajo.
Lo que aparece en superficie después de años de pérdida tiene unas características bastante constantes:
Materia orgánica por debajo del 0,5 %. Un horizonte A de secano mediterráneo suele moverse entre el 1 y el 2 %; uno de prado atlántico, entre el 4 y el 8 %. Un subsuelo expuesto está en la décima parte de eso, y a menudo por debajo del límite en que un análisis de laboratorio lo distingue de cero.
Sin estructura. Sin materia orgánica no hay agregados estables. El material se dispersa con la primera lluvia, forma costra al secarse y se compacta con el paso. La densidad aparente sube de los 1,1-1,3 g/cm³ de un suelo sano a 1,6-1,8, valores en los que la raíz de la mayoría de las especies ya no penetra.
Infiltración mínima. Consecuencia de lo anterior. El agua no entra, corre, y la erosión continúa. Es el círculo que hay que romper primero.
Sin banco de semillas. Las semillas viables están en los primeros centímetros. Si esos centímetros se han ido, no hay nada esperando a germinar. Una parcela erosionada puede quedarse desnuda indefinidamente aunque nadie la toque, y esto sorprende a quien espera que «la naturaleza lo arregle sola».
Sin vida del suelo. Bacterias, hongos, lombrices y, muy en particular, las esporas de hongos micorrícicos. Sin ellos, la raíz de una planta explora un volumen mucho menor y capta mucho peor el fósforo.
Química a menudo extrema. En media España el material que aflora es margoso o calizo, con pH de 8 a 8,5, carbonato libre abundante y fósforo bloqueado. En Galicia y la cornisa cantábrica ocurre lo contrario: el subsuelo expuesto es ácido, con pH por debajo de 5 y aluminio intercambiable en cantidad tóxica para la raíz. Y en zonas áridas con antiguos riegos puede haber además sales o sodio.
Cómo evaluar lo que tienes antes de gastar un euro
La recuperación se planifica sobre datos, porque las cantidades de material que se manejan son grandes y equivocarse sale caro. Cuatro comprobaciones bastan.
1. ¿Sigue perdiéndose suelo?
Es la pregunta que ordena todo lo demás. Señales de erosión activa: regueros con el fondo limpio y las paredes frescas, sin vegetación; abanicos de sedimento fino al pie de la pendiente o en los caminos; raíces de arbustos al aire, descalzadas; y sobre todo los pedestales, esas columnitas de tierra que quedan bajo una piedra o bajo una mata mientras el terreno de alrededor baja. La altura del pedestal mide directamente cuánto se ha perdido desde que esa piedra está ahí. Un pavimento de gravas en superficie —todas las piedras juntas, sin tierra fina entre ellas— indica que las partículas finas ya se marcharon.
2. ¿Cuánto material aprovechable queda?
Se abre una cata con la azada hasta los 50-60 cm, o varias repartidas por la parcela. Interesa el espesor de material de color oscuro, si es que hay alguno; a qué profundidad aparece la roca; y si hay una capa endurecida intermedia. Un centímetro de tierra oscura sobre roca no es lo mismo que treinta centímetros de material pardo compacto: el segundo caso se recupera, el primero se cubre.
3. ¿Está compactado y hasta dónde?
Una varilla metálica de 6-8 mm empujada con la mano a suelo húmedo sirve de penetrómetro casero. Se anota a qué profundidad se para. Si se detiene a 10 cm en toda la parcela, hay una suela endurecida y ninguna plantación va a prosperar por encima de ella sin romperla antes.
4. pH, carbonatos y textura
Un kit de pH cuesta poco y cambia por completo la lista de especies. Unas gotas de vinagre fuerte sobre el material seco: si efervece, hay caliza libre y hay que trabajar con plantas calcícolas y olvidarse de acidificar. La textura se estima con la prueba del rollo. Y si la parcela es grande o el proyecto caro, un análisis de laboratorio con materia orgánica, pH, caliza activa, fósforo, potasio y conductividad eléctrica cuesta unas decenas de euros y evita errores de cientos.
Por qué sembrar césped o plantar árboles directamente suele fracasar
Es la reacción inmediata ante una ladera pelada y termina casi siempre igual.
El césped. Una mezcla de Festuca arundinacea, Lolium o Cynodon necesita un lecho de siembra mullido, entre 15 y 20 cm de suelo con capacidad de retención, riego constante y una nutrición que un subsuelo no da. Sobre material compacto la semilla germina con las primeras lluvias —hay humedad superficial suficiente para eso— y muere en la primera racha seca, porque la raíz no ha podido bajar. Además, el riego necesario para sostenerlo sobre una pendiente desnuda genera escorrentía y agrava la erosión mientras la cubierta no cierra. Y aunque prendiera, un césped tiene raíz somera y no repara la estructura de los 40 cm de abajo.
Los árboles. Plantar encinas, pinos o frutales en un suelo erosionado es la operación con la tasa de fracaso más alta de todas. Los motivos se acumulan: el hoyo abierto en material compacto se comporta como una maceta enterrada —la raíz da vueltas dentro del hoyo relleno y no atraviesa la pared endurecida—; en invierno ese hoyo acumula agua y asfixia, y en verano se seca antes que el terreno de alrededor; no hay micorrizas; no hay reserva de agua en el perfil para llegar a septiembre; y no hay ninguna planta alrededor que dé sombra al suelo ni que amortigüe el viento. En repoblaciones sobre terrenos degradados del interior y del sureste peninsular son habituales supervivencias del 20 al 40 % a los tres años sin preparación previa del terreno, y prácticamente nulas en los años secos.
El error de fondo es el mismo en los dos casos: se está intentando instalar la última etapa de la sucesión vegetal en un sitio que está en la primera.
La secuencia de recuperación
Etapa 0. Frenar la pérdida activa
Mientras siga yéndose material, cualquier aporte que hagas se va con él. Esta etapa es obra, no jardinería, y es la única que tiene plazo corto: se hace en una temporada, antes del otoño.
Lo primero es cortarle el agua por arriba: una zanja o un caballón de desvío en la cabecera que conduzca la escorrentía de la ladera a un punto de descarga estable. Después, romper la pendiente con obras transversales pequeñas y repetidas —albarradas de piedra, fajinas de ramas, mantas orgánicas de coco o esparto grapadas al talud—, y descompactar donde se vaya a plantar. En parcelas de cierto tamaño esa descompactación se hace con subsolador siguiendo las curvas de nivel y en suelo seco, a 40-50 cm; en jardín, con horca de doble mango o abriendo microcuencas a mano. Las técnicas concretas están detalladas en el artículo de prevención.
Una precisión sobre el subsolado: se hace en seco. Pasar un apero pesado por un suelo húmedo compacta más de lo que afloja y crea justo la suela que se quería romper.
Etapa 1. Colonizadoras y leguminosas fijadoras
El primer objetivo no es tener plantas bonitas, sino tener el suelo tapado y empezar a fabricar materia orgánica in situ, que es la única forma barata de conseguirla. Se siembran especies que toleran suelo pobre, compacto y seco, con germinación rápida y con raíz abundante.
En la mezcla conviene combinar gramíneas anuales de nascencia rápida —Lolium rigidum, Hordeum murinum, cebada o avena, que cubren el primer invierno— con leguminosas, que son la pieza clave porque fijan nitrógeno atmosférico y no dependen del que no hay en el suelo. Para suelo calizo pobre funcionan bien la esparceta (Onobrychis viciifolia), el meliloto (Melilotus officinalis, con raíz pivotante potente que perfora horizontes duros), la veza (Vicia sativa), Medicago anuales y el trébol subterráneo (Trifolium subterraneum) donde hay algo más de humedad. En suelos ácidos del norte, Lotus corniculatus y Trifolium repens.
Un detalle que se pasa por alto: en un subsuelo estéril pueden faltar las bacterias Rhizobium específicas de cada leguminosa. Sin ellas no hay nódulos y no hay fijación de nitrógeno, y la siembra se comporta como una hierba cualquiera. La semilla inoculada, o una inoculación en el momento de sembrar, cuesta poco y resuelve el problema.
Estas siembras no se retiran. Se siegan y se dejan encima. Todo lo que se lleva de la parcela es materia orgánica que luego habrá que comprar.
En pendientes fuertes o en clima muy seco, donde una siembra herbácea no agarra, se recurre a matorral pionero plantado: Retama sphaerocarpa, Genista scorpius, Spartium junceum, Anthyllis cytisoides y Atriplex halimus en el sureste, todos ellos con capacidad de vivir en material sin suelo, y los cuatro primeros además fijadores de nitrógeno. Lygeum spartum y Stipa tenacissima soportan los sitios más duros del semiárido.
Etapa 2. Aporte de materia orgánica, y lo que cuesta de verdad
Aquí conviene hacer números, porque es donde se descubre la escala real del trabajo.
Los primeros 20 cm de una hectárea, con una densidad aparente de 1,3 g/cm³, pesan unas 2.600 toneladas. Subir su contenido de materia orgánica un solo punto porcentual significa incorporar 26 toneladas de materia orgánica estable. Pero un compost maduro tiene entre un 30 y un 40 % de materia orgánica sobre materia seca, y de eso solo una fracción —el coeficiente de humificación, del orden de 0,3 a 0,4— permanece en el suelo; el resto se mineraliza en pocos años. Haciendo la cuenta, ganar ese punto porcentual pide del orden de 150 a 250 toneladas de compost por hectárea, es decir, entre 15 y 25 kg por metro cuadrado.
Traducido a dinero: el compost a granel de planta de tratamiento suele moverse entre 15 y 40 €/t puesto en obra, según distancia, más el extendido. Una hectárea sale, por tanto, en varios miles de euros solo en material, y eso para subir un punto. En un jardín de 300 m² de talud, el equivalente son 5 a 7 toneladas, unos cuantos camiones pequeños.
De ahí salen tres conclusiones prácticas. La primera, que esto se hace por tandas: 4 o 5 kg/m² al año durante varios años rinde más que un aporte enorme de una vez, que en pendiente además se pierde. La segunda, que la materia orgánica que se produce en la parcela —siegas, restos de poda triturados, abonos verdes enterrados o dejados en superficie— es la única vía económicamente viable a gran escala; el aporte comprado sirve para arrancar el proceso, no para sostenerlo. Y la tercera, que en pendiente el material se extiende en superficie, como acolchado, y no se incorpora: enterrarlo exige laboreo, y el laboreo reactiva la erosión que acabas de frenar.
Sobre el material: compost maduro o estiércol bien compostado, nunca fresco. En un suelo sin vida microbiana, un material inmaduro con relación carbono/nitrógeno alta —serrín, triturado de poda reciente— inmoviliza el poco nitrógeno disponible y deja las siembras amarillas justo el primer año, que es el que no puedes perder.
Etapa 3. Devolver la vida: micorrizas
Más del 80 % de las plantas terrestres viven asociadas a hongos micorrícicos, que extienden por el suelo una red de hifas mucho más fina que cualquier raíz y le entregan a la planta agua, fósforo y micronutrientes a cambio de azúcares. En un subsuelo desnudo esas esporas son escasas o no están, y su ausencia explica buena parte de la mortalidad de las plantaciones sobre terreno degradado.
Hay dos grandes tipos y no son intercambiables. Las micorrizas arbusculares (hongos del grupo Glomeromycota, como Rhizophagus irregularis) acompañan a la mayoría de herbáceas, arbustos mediterráneos y frutales. Las ectomicorrizas son las de Quercus, Pinus, Castanea, Cistus, y son otro conjunto de hongos.
Sobre los inoculantes comerciales conviene ser honesto: la calidad es muy desigual, el número de propágulos viables por gramo varía enormemente entre productos y los resultados en campo son irregulares. Dos alternativas suelen funcionar mejor y cuestan menos. Una es el trasplante de suelo: llevar unos litros de tierra superficial de un encinar, pinar o matorral sano de la zona y echar un puñado en cada hoyo de plantación; con la tierra viajan esporas, bacterias y fauna adaptadas al lugar, aunque hay que asegurarse de no traer también semillas de especies invasoras. La otra son las plantas nodriza micorrizadas: las jaras (Cistus albidus, Cistus ladanifer) y el romero son enormes productores de inóculo, y una vez instalados micorrizan el terreno de alrededor por sí solos.
Etapa 4. La sucesión vegetal como herramienta
La sucesión es la secuencia por la que una comunidad vegetal se sustituye a sí misma: herbáceas pioneras, matorral, arbustos altos, arbolado. Cada etapa modifica el sitio de manera que la siguiente pueda entrar —da sombra, baja la temperatura del suelo, deja hojarasca, aporta micorrizas, sube la infiltración—, y ninguna se puede saltar impunemente.
La consecuencia práctica es directa: se planta la etapa que toca, no el bosque final. En una ladera caliza del interior peninsular recién estabilizada, la etapa que toca es matorral: Rosmarinus officinalis, Thymus vulgaris, Lavandula latifolia, Cistus, Genista, Retama, y algo más adelante Rhamnus lycioides, Pistacia lentiscus, Quercus coccifera. No la encina.
El mecanismo por el que esto funciona tiene nombre en restauración —facilitación— y está bien documentado en clima mediterráneo: una plántula de Quercus ilex plantada a pleno sol sobre suelo desnudo tiene una supervivencia baja, mientras que la misma plántula colocada bajo la sombra lateral de un matorral ya instalado sobrevive mucho mejor, porque recibe menos radiación en las horas centrales, el suelo bajo la mata está más fresco y más húmedo y ya tiene hojarasca y micorrizas. Es decir: el matorral que a primera vista «estorba» es la infraestructura del árbol.
Cuando llegue el momento del arbolado, en suelos calizos pobres funcionan especies frugales como Cercis siliquastrum, Celtis australis, Pinus halepensis, Quercus ilex subsp. ballota, Ceratonia siliqua y Olea europaea var. sylvestris. Y la plantación se hace en otoño temprano —de octubre a diciembre en la mayor parte de España—, con planta pequeña de contenedor forestal en lugar de ejemplares grandes, porque la planta joven arraiga y adelanta a la grande en tres o cuatro años, con microcuenca para recoger la escorrentía y con protector si hay conejo o ganado.
Los plazos, sin adornos
Este es el punto donde más expectativas se rompen, así que conviene decirlo con números.
Frenar la erosión activa: una temporada, si la obra está bien hecha. Es lo único rápido.
Cubierta herbácea que cierre el suelo: de uno a tres años, y en secano puede hacer falta resembrar tras un año seco.
Matorral instalado y autosuficiente: de tres a ocho años desde la plantación.
Subir la materia orgánica de un 0,3 % a un 2 %: de diez a veinte años con aportes anuales sostenidos. No hay atajo, porque la materia orgánica que se incorpora se mineraliza y solo una fracción queda.
Un horizonte A reconocible, oscuro, con agregados estables y lombrices: de quince a treinta años en clima atlántico, bastante más en el mediterráneo seco, donde la descomposición se detiene medio año por falta de agua.
Formar suelo nuevo a partir de la roca: las cifras habituales son de 100 a 400 años por centímetro. Por eso lo que se ha perdido no se «devuelve»: se sustituye por materia orgánica traída o producida encima.
La forma sana de plantearlo es que en tres años se ve la ladera verde y estable, en diez se ve un matorral hecho, y el suelo propiamente dicho lo verá la generación siguiente. Quien busque un resultado en una temporada acabará gastando en césped que se muere.
Errores que alargan el proceso
Aportar tierra vegetal comprada como solución única. Extender 10 cm de tierra vegetal sobre un subsuelo compactado en pendiente crea una capa despegada que, sin contacto ni continuidad de poros con lo de abajo, se desliza en la primera tormenta. Si se aporta, se mezcla con el material existente en los primeros centímetros y se protege de inmediato.
Abonar mucho al principio. Un mineral soluble sobre un suelo sin capacidad de retención se lava en la primera lluvia, va al agua de abajo y no deja nada. Lo que falta en un suelo erosionado no es una dosis de nitrógeno, es el complejo que lo retiene.
Labrar para «airear». Cada labor mineraliza materia orgánica y deja el material suelto y expuesto. Se labra una sola vez, si hace falta, para romper la compactación y establecer la cubierta; después no se vuelve a labrar.
Segar y retirar. Todo lo que sale de la parcela hay que volver a comprarlo.
Plantar en primavera. Una plantación de marzo o abril en secano español llega al verano con la raíz sin explorar el terreno. Otoño.
Impacientarse y saltarse al bosque. Es el mismo fallo que sembrar césped, con árboles más caros.
En resumen
Recuperar un suelo erosionado es fabricar suelo, no mejorarlo. Lo que queda tras la pérdida suele ser subsuelo o roca alterada: menos del 0,5 % de materia orgánica, sin estructura, compactado, sin micorrizas y sin banco de semillas, con lo que no se recoloniza solo. Antes de gastar, comprueba si la erosión sigue activa —pedestales, regueros frescos, raíces descalzadas—, cuánto material queda en una cata, a qué profundidad se para una varilla y qué dicen el pH y el vinagre. La secuencia es siempre la misma: primero cortar el agua de cabecera y estabilizar con obras transversales y descompactación en seco; después colonizadoras y leguminosas inoculadas que tapen el suelo y fabriquen nitrógeno; después materia orgánica en tandas de 4-5 kg/m² al año, sabiendo que subir un punto de materia orgánica pide del orden de 15 a 25 kg/m² y varios miles de euros por hectárea, y que la vía barata es producirla en la propia parcela; después devolver la vida con tierra de un monte cercano o con jaras y romero como nodrizas; y por último plantar la etapa de la sucesión que toca, que es matorral y no encinar. Sembrar césped o plantar árboles directamente fracasa porque instala la última etapa en un sitio que está en la primera. Los plazos son de una temporada para frenar la pérdida, de uno a tres años para cerrar la cubierta, de diez a veinte para levantar la materia orgánica y de décadas para un horizonte A digno de ese nombre.