Casi toda la viña española crece sobre raíces americanas. No es una excentricidad de bodeguero: es lo que quedó después de que un insecto llegado de Norteamérica arrasara el viñedo europeo entre 1870 y 1900, y la única solución que funcionó fue soldar las variedades de siempre sobre pies que el insecto no podía matar. Ese es el injerto llevado a su consecuencia más extrema, y explica de golpe para qué sirve.

Injertar consiste en unir dos plantas para que vivan como una sola: el patrón o portainjerto pone las raíces y el arranque del tronco, y la púa o variedad pone la parte aérea, las hojas, las flores y el fruto. El árbol resultante tiene dos genomas distintos, uno por debajo de la unión y otro por encima, y cada uno conserva sus propiedades: el patrón no transmite su fruta a la variedad, y la variedad no transmite su sensibilidad a la raíz.

Injerto de yema recién colocado en el patrón

Qué ocurre exactamente en la unión

Lo que suelda no es la madera, ni la corteza, ni la savia. Es una lámina de células vivas de uno o dos milímetros de espesor situada entre la madera y la corteza: el cámbium vascular. Es el único tejido del tronco capaz de dividirse, y es el que fabrica madera hacia dentro y corteza hacia fuera. Si el cámbium del patrón y el de la púa no quedan en contacto, no hay unión posible por muy apretada que sea la atadura.

La soldadura ocurre en cuatro pasos.

1. La capa necrótica. Al cortar se destruyen células, y sus restos forman una película parda entre las dos superficies. Es inevitable y no impide nada mientras sea delgada. Un corte hecho con una hoja desafilada aplasta las células en lugar de seccionarlas y engrosa esa capa hasta convertirla en una barrera que el tejido nuevo no puede atravesar.

2. El callo. Detrás de esa capa, las células de parénquima de ambas plantas empiezan a dividirse a los tres o cinco días y producen una masa blanquecina y blanda que rellena todos los huecos del encaje. El callo procede de las dos partes por igual y se entremezcla; ahí, y solo ahí, se hace posible el paso siguiente.

3. El puente cambial. Dentro de esa masa de callo, en la línea que une el cámbium del patrón con el de la púa, algunas células se diferencian en cámbium nuevo. Suele completarse entre la segunda y la tercera semana. A partir de ese momento existe un anillo continuo de tejido generador que atraviesa la unión.

4. La continuidad vascular. Ese cámbium nuevo empieza a producir vasos de xilema hacia el interior y floema hacia el exterior. Cuando los vasos de una parte y de la otra conectan, el agua y las sales suben de la raíz a las hojas y los azúcares bajan de las hojas a la raíz. Entre cuatro y ocho semanas el injerto es funcional; que sea sólido mecánicamente lleva más, y por eso el brote nuevo necesita tutor durante un par de temporadas.

Todo ese proceso pide condiciones concretas: temperatura moderada, entre 15 y 25 °C según especie; humedad alta en la zona de unión, que es lo que consigue la cinta y el mástic; oxígeno, porque las células que se dividen respiran; y presión constante y sin movimiento, porque cualquier vaivén rompe el callo tierno una y otra vez.

Afinidad: hasta dónde se pueden unir dos plantas

Que dos cámbiums se toquen no garantiza que se acepten. La afinidad decae conforme se alejan botánicamente: dentro de la misma especie el injerto prende de forma sistemática, dentro del mismo género con frecuencia, entre géneros próximos de la misma familia a veces, y entre familias distintas nunca. El limonero sobre el manzano no existe ni existirá, y las fotografías de árboles que dan naranjas y manzanas a la vez son montajes.

La incompatibilidad tiene dos formas y no se parecen. La localizada se manifiesta pronto: el callo se forma mal, quedan capas de corteza atrapadas dentro de la unión, aparecen fisuras y el conjunto se rompe con facilidad al primer viento. La traslocada es más sutil y actúa en el sistema conductor: los azúcares no bajan bien de la copa a la raíz, se acumulan por encima de la unión y la raíz se va quedando sin alimento.

La incompatibilidad tardía, la que se cobra el árbol a los diez años

Es traicionera precisamente porque tarda. El injerto prende, el árbol crece con normalidad, da fruta y nada hace sospechar. Y entre el quinto y el décimo año empiezan los síntomas: hojas que enrojecen y caen semanas antes que las del resto del huerto, brotación débil, cosecha que se adelanta y se queda pequeña, y un engrosamiento anormal justo por encima de la unión, que queda como un collarín encima de un patrón más delgado. Un día de viento fuerte el árbol se descabalga entero por el punto de injerto, y la superficie de rotura aparece lisa, casi pulida, sin fibras arrancadas: señal de que esa unión llevaba años sin ser una unión de verdad.

Cuando eso ocurre no hay arreglo. El caso conocido en frutal es el peral sobre membrillero, una combinación que interesa porque enanice y adelante la cosecha pero que varias variedades de peral no toleran; el vivero lo resuelve intercalando un tercer trozo, un filtro de variedad compatible con ambos. Un peral con dos cicatrices superpuestas en el tronco es exactamente eso.

Se explica en buena medida por la química: en algunas combinaciones el patrón degrada glucósidos fenólicos que llegan de la púa y libera compuestos que envenenan las células del cámbium en la zona de contacto. La lección práctica para quien planta es sencilla: la combinación patrón-variedad no se improvisa, se consulta, porque las incompatibilidades conocidas están documentadas variedad por variedad.

Por qué se injerta: controlar el vigor y el tamaño

La raíz decide cuánto crece la copa. Un manzano de la misma variedad alcanza siete u ocho metros sobre un patrón franco de semilla, cinco sobre MM106, tres sobre M9 y poco más de metro y medio sobre M27. La fruta es la misma; lo que cambia es el árbol.

El mecanismo no está cerrado del todo, pero apunta a una mayor resistencia hidráulica en la zona de unión —menos vasos y más estrechos—, a un menor envío de citoquininas y giberelinas desde la raíz hacia la copa, y a una relación distinta entre la hormona que sube y la que baja. El efecto es medible y constante, y ha cambiado la fruticultura entera: los patrones enanizantes permitieron pasar de doscientos árboles por hectárea a más de tres mil, podar desde el suelo y recolectar sin escalera.

Tiene contrapartida. Un patrón enanizante hace un sistema radicular superficial y frágil, necesita tutor permanente durante toda la vida del árbol, riego más frecuente y un suelo mejor. En un jardín sin riego automático, un manzano sobre M9 lo pasa peor que uno sobre MM106.

La misma lógica gobierna otras especies: en cerezo, del vigoroso Santa Lucía 64 al enanizante Gisela 5; en peral, del franco al membrillero EMC; en cítricos, del citrange Carrizo al mandarino Cleopatra o el naranjo trifoliado Poncirus trifoliata.

Por qué se injerta: plantar donde la variedad no aguanta

Buena parte de los suelos españoles son calizos, con pH por encima de 8 y caliza activa alta. En esas condiciones el hierro precipita y la planta no puede absorberlo: aparece la clorosis férrica, hojas amarillas con los nervios verdes, y el árbol se apaga. Un melocotonero de pie franco no lo supera; el mismo melocotonero injertado sobre un híbrido almendro × melocotonero del tipo GF-677 lo ignora.

En el extremo contrario, suelos pesados y con mal drenaje donde el agua se queda: la raíz se asfixia y muere. Los patrones de ciruelo, como Mariana 2624 o Marianna GF 8-1, toleran esa falta de oxígeno mucho mejor que cualquier patrón de melocotonero.

Y están las plagas del suelo, que no se ven y no se tratan. Los nematodos del género Meloidogyne forman agallas en las raíces y hacen inviable replantar una parcela; patrones seleccionados frente a ellos, del tipo Nemaguard o la serie Garnem, permiten volver a plantar donde de otro modo habría que abandonar. En cítricos, el naranjo amargo (Citrus aurantium) fue durante siglos el patrón español por su resistencia a la gomosis por Phytophthora y su tolerancia a la caliza, hasta que la llegada del virus de la tristeza, al que es muy sensible, obligó a sustituirlo masivamente por citranges y mandarino Cleopatra a partir de los años setenta. Cambió el patrón, no la variedad.

Por qué se injerta: la filoxera y el pie americano

La filoxera (Daktulosphaira vitifoliae) es un pulgón diminuto originario del este de Norteamérica. Llegó a Europa hacia 1863 con material vegetal importado, y en el viñedo europeo encontró una especie que no había convivido nunca con él: Vitis vinifera. Sus formas radicícolas pican las raíces, provocan nudosidades y tuberosidades que se necrosan y abren paso a hongos, y la cepa muere en tres o cuatro años.

Entró en España por Málaga en 1878 y por Girona en 1879, y en tres décadas devastó la mayor parte del viñedo peninsular. Se probó de todo —inundación de las parcelas, sulfuro de carbono, arranque y cuarentena— y nada detuvo el avance.

La solución vino de la propia Norteamérica. Las vides americanas —Vitis riparia, Vitis rupestris, Vitis berlandieri— habían coevolucionado con el insecto y toleran sus picaduras sin morir. Injertando la variedad europea sobre raíz americana se conserva la uva de siempre y se sostiene la planta. De esos tres se derivan los patrones que hoy se usan: 110 Richter y 140 Ruggeri para secano, 41 B para suelos muy calizos, SO4 y 161-49 C para condiciones más frescas. La reconstrucción del viñedo español sobre pie americano ocupó las primeras décadas del siglo XX y cambió el mapa: muchas comarcas replantaron con variedades distintas de las que tenían.

Queda una excepción que se explica sola: en arenas puras el insecto no puede desplazarse, y allí sobreviven viñedos de pie franco. Es el caso de algunas parcelas costeras y, sobre todo, de Canarias, adonde la filoxera nunca llegó y donde se cultivan a pie franco variedades prefiloxéricas como el listán negro o la malvasía volcánica.

Por qué se injerta: conservar una variedad que no sale de semilla

Un hueso de cereza picota no da un cerezo picota. Los frutales cultivados son híbridos muy heterocigotos: al formar semilla, sus caracteres se recombinan y la descendencia se parece a la variedad madre lo que un hijo se parece a su padre, es decir, algo y no lo mismo. Una pepita de manzana reineta dará un manzano, y su fruta será distinta, casi siempre peor, y tardará ocho o diez años en enseñarla.

Conservar una variedad exige por tanto multiplicación vegetativa, y ahí caben el esqueje, el acodo y el injerto. El injerto entra cuando los dos primeros fallan, que es lo que ocurre con casi todos los frutales de hueso y de pepita: sus estaquillas no arraigan de forma fiable, y el acodo es lento y da pocas unidades.

Hay un matiz elegante en cítricos. Muchas de sus semillas son poliembriónicas y producen embriones nucelares, genéticamente idénticos a la madre, de modo que un naranjo sí podría reproducirse fiel por semilla. No se hace, por dos razones: la planta nucelar pasa una fase juvenil larga, espinosa y sin fruto durante ocho o diez años, y además renuncia a todo lo que aporta el patrón —tolerancia a la caliza, a la tristeza, al frío o a la salinidad—.

Por qué se injerta: cambiar la variedad de un árbol adulto

Un árbol de quince años tiene un sistema radicular que ha costado quince años construir. Si la variedad no interesa —porque no se vende, porque el fruto no gusta, porque el vivero se equivocó de etiqueta— arrancarlo significa tirar ese capital y empezar de cero.

El sobreinjerto resuelve eso: se descabeza el árbol o se recortan sus ramas principales y se injerta sobre ellas la variedad nueva, que dispone de inmediato de toda la raíz existente. En dos o tres campañas vuelve a producir. Es una operación agresiva que deja al árbol sin hojas de golpe y expone el tronco al sol, así que se hace por fases y protegiendo la corteza, pero ahorra media década.

El injerto ornamental: llorones, coníferas enanas y cactus de colores

Fuera del frutal, el injerto sostiene formas de jardín que sencillamente no podrían existir por sí solas.

Árboles llorones. Las variedades péndulas han perdido la dominancia apical: sus ramas cuelgan y no son capaces de levantar un tronco. Si se plantaran de raíz propia serían arbustos rastreros. La solución es injertarlas a uno o dos metros de altura sobre un tronco recto de la especie, que es el que aporta el porte. Ocurre con la morera llorona (Morus alba 'Pendula'), el sauce de flor (Salix caprea 'Kilmarnock'), el olmo llorón (Ulmus glabra 'Camperdownii'), el cerezo japonés llorón o la sófora péndula. La consecuencia práctica es que la altura del árbol queda fijada para siempre en el punto de injerto: nunca crecerá más alto, solo más ancho. Y cualquier brote que salga por debajo de esa unión será recto y vigoroso, y si no se elimina se comerá la copa colgante en dos temporadas.

Coníferas enanas, azules y de forma extraña. Muchos cultivares proceden de mutaciones aparecidas en una rama concreta de un árbol normal —las llamadas escobas de bruja— o de plántulas con color anómalo. No se reproducen fieles por semilla y sus estaquillas arraigan mal o nada, así que se multiplican por injerto lateral de púa en invierno, bajo cristal y a temperatura controlada. Picea pungens 'Glauca Globosa', Cedrus atlantica 'Glauca Pendula' o los cultivares compactos de Chamaecyparis llegan al jardín por esa vía. Como en los llorones, el patrón es una conífera de la especie tipo y sus brotes, si aparecen, tienen aspecto y vigor completamente distintos.

Cactus de colores. La bola roja, naranja o amarilla que aparece encima de un cactus verde en cualquier centro de jardinería es Gymnocalycium mihanovichii en una mutación sin clorofila. Ese color es literalmente la ausencia del pigmento que permite fotosintetizar, de modo que la planta no puede alimentarse: sobrevive únicamente porque está injertada sobre un patrón verde, normalmente Hylocereus undatus, que fabrica los azúcares por ella. Conviene saberlo al comprarla, porque explica su fama de planta que dura poco: el patrón es tropical, sufre por debajo de 8 o 10 °C y se pudre con facilidad en interiores fríos, y cuando el patrón muere la bola de color no tiene ninguna posibilidad de vivir por su cuenta. El injerto en cactus se usa además para acelerar plántulas de crecimiento lentísimo y para sostener formas crestadas y monstruosas, igual de incapaces de mantenerse solas.

Rosales. Casi todo el rosal comercial va injertado en escudete sobre pie de Rosa canina o selecciones suyas, que aportan rusticidad y raíz potente. Y los rosales de pie alto y los rosales llorones son injertos hechos a un metro o más de altura sobre un vástago recto de canina. Un brote que salga por debajo de esa unión se reconoce enseguida: hoja más pequeña, siete foliolos en lugar de cinco, espinas distintas y flor sencilla de cinco pétalos. Si no se arranca, el pie recupera la planta y la variedad desaparece.

En resumen

Un injerto es la unión de dos plantas que siguen siendo genéticamente distintas: el patrón pone la raíz y la variedad pone la copa. Lo que suelda es el cámbium, esa lámina de un par de milímetros entre madera y corteza, y la soldadura pasa por una capa necrótica fina, un callo que rellena los huecos, un puente de cámbium nuevo hacia la tercera semana y la reconexión de vasos entre la cuarta y la octava. La afinidad manda: dentro del género casi siempre, entre familias jamás, y hay incompatibilidades tardías que dejan morir un árbol a los diez años con un engrosamiento sobre la unión y una rotura lisa el día de viento. Se injerta para fijar el tamaño del árbol mediante el patrón, para plantar en suelos calizos o asfixiantes que la variedad no toleraría, para esquivar plagas del suelo —la filoxera y el pie americano de la vid es el caso que salvó el viñedo europeo—, para conservar variedades que no salen fieles de semilla y para cambiar la variedad de un árbol adulto sin renunciar a su raíz. Y en ornamental sostiene lo que no se sostiene solo: llorones que sin un tronco injertado serían rastreros, coníferas enanas que no arraigan de estaca y cactus de color que no tienen clorofila con la que alimentarse. En todos ellos, el brote que aparece por debajo de la unión pertenece al patrón y hay que quitarlo.


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