La palabra chupón se usa para dos cosas que no tienen nada que ver, y confundirlas cuesta caro en direcciones opuestas: hay chupones que si se dejan acaban con el árbol que teníamos, y rebrotes que si se quitan por sistema dejan un árbol peor del que había. Distinguirlos lleva medio minuto y se hace mirando de dónde sale el brote.
El nombre viene de la idea de que estos brotes "chupan" savia a costa del resto. Es cierto solo a medias, pero funciona como recordatorio: son brotes de crecimiento explosivo, con entrenudos largos, madera blanda y esponjosa, hojas grandes y ninguna intención de dar fruto en los primeros años.
Dos brotes distintos con el mismo nombre
El chupón del patrón nace por debajo del punto de injerto: en el trozo de tronco que queda entre el suelo y la cicatriz, en el cuello, o directamente del suelo a partir de una raíz. Pertenece genéticamente al portainjerto, no a la variedad que compramos. Este se elimina siempre.
El rebrote vertical de la copa nace por encima del injerto, en el tronco alto o sobre las ramas principales, y es de la variedad. Aparece como respuesta a una poda severa, a una herida o a un estrés, y no siempre estorba: en determinadas situaciones es exactamente lo que el árbol necesita, y hay que saber leerlo antes de cortarlo.
La frontera es el punto de injerto, esa cicatriz engrosada, a veces torcida, que queda a diez o quince centímetros del suelo en un frutal, o a un metro largo en un rosal de pie alto o en un árbol llorón. Todo lo que salga por debajo es del patrón. Todo lo que salga por encima es del árbol que queríamos.
El chupón del patrón: por qué se quita siempre
El portainjerto suele elegirse por ser rústico, vigoroso y resistente, y esas mismas cualidades juegan en su contra cuando brota. Sus brotes tienen acceso directo a la raíz, sin pasar por la unión del injerto, que siempre ofrece cierta resistencia al paso del agua. Crecen por tanto más deprisa que la copa injertada, y al crecer más deprisa producen más auxina, atraen más savia y acaban desviando hacia ellos una parte creciente de los recursos.
El desenlace es previsible. La variedad se debilita, brota menos cada primavera, adelanta la caída de hoja y se va secando por arriba mientras por abajo prospera un arbolito vigoroso. Al cabo de unos años lo que queda vivo es el patrón, y el patrón no es lo que se plantó: en un frutal, un pie de ciruelo o un híbrido de almendro que da fruta pequeña, ácida o directamente incomible; en un cítrico, un naranjo amargo o un trifoliado espinoso; en un rosal, una Rosa canina con flores sencillas de cinco pétalos y una sola floración al año.
En los árboles ornamentales injertados en alto el efecto es todavía más rápido de ver. Una morera llorona o un sauce de flor son variedades sin dominancia apical: sus ramas cuelgan y no pueden levantar un eje. El patrón, en cambio, sí puede. Un solo brote del pie, dejado un par de temporadas, sube recto por encima de la copa colgante, la sombrea y la mata. La forma del árbol se pierde y no se recupera.
Cómo se reconoce un brote del patrón
La posición es el criterio principal, pero el aspecto confirma:
Sale por debajo de la cicatriz de injerto, del cuello o del suelo, incluso a uno o dos metros del tronco si procede de una raíz superficial.
Crece recto y vertical, con entrenudos largos y un vigor que desentona con el resto del árbol.
La hoja es distinta. En rosal, siete foliolos en lugar de cinco, más pequeños y de verde más apagado. En cítricos, hoja trifoliada y espinas largas si el patrón es Poncirus trifoliata, o espinas fuertes y hoja de peciolo alado si es naranjo amargo. En frutales de hueso, hoja más estrecha o más lanceolada, y a veces pubescencia distinta.
La corteza y las espinas no coinciden con las del tronco por encima de la unión: otro color, otra rugosidad, otra disposición de yemas.
El calendario tampoco coincide. El patrón suele brotar antes en primavera y perder la hoja después en otoño, porque su fenología es la de la especie silvestre.
En un árbol de pie franco —sin injerto— no hay chupones de patrón, por definición. Los brotes que salgan del cuello o de las raíces son de la misma planta, y ahí la decisión es estética o de manejo, no de supervivencia de la variedad. Es lo que ocurre en olivos, granados, lilos, avellanos, robinias o ailantos, especies que rebrotan de raíz con enorme facilidad.
El rebrote vertical de la copa: de dónde sale
Un árbol lleva bajo su corteza una reserva de yemas latentes que quedaron enterradas al engrosar el tronco, y conserva además la capacidad de generar yemas adventicias nuevas en tejido de cicatrización. Todas ellas están frenadas por la auxina que baja desde los ápices en crecimiento. Es la dominancia apical: mientras la punta manda, lo de abajo no se mueve.
Cuando esa señal se interrumpe, las yemas latentes se liberan de golpe. Las causas habituales son:
Poda severa o terciado. Retirar de una vez una parte grande de la copa elimina la fuente de auxina y deja al árbol con una raíz dimensionada para una copa que ya no existe. La respuesta es una explosión de brotes verticales en la zona de corte, muchos, muy juntos y muy vigorosos, unidos al tronco por una base débil.
Pérdida de la guía. Un eje roto por el viento o por la nieve, o una rama principal desgajada, provoca lo mismo a escala local.
Exposición súbita del tronco al sol. Al desnudar una copa, la corteza que llevaba décadas a la sombra recibe insolación directa. El árbol responde emitiendo brotes que le hagan sombra: son los llamados brotes de protección, y tienen una función clara.
Estrés general. Sequía prolongada, encharcamiento, daño en las raíces por una zanja o por el paso de maquinaria, compactación del suelo, salinidad o una enfermedad vascular. El árbol que se siente amenazado en su copa activa las reservas de abajo. Un tronco que de repente se llena de brotes sin que nadie lo haya podado es una señal para investigar la raíz, no solo para coger la tijera.
Vejez y decaimiento. En árboles viejos el rebrote basal es parte del proceso natural de renovación, y en especies como el olivo es el mecanismo que les permite vivir siglos.
Cuándo conviene conservar un rebrote de copa
Aquí es donde la eliminación automática hace daño. Un rebrote de la variedad, bien situado, puede ser útil:
Para reconstruir una copa mutilada. Tras un terciado o un daño de temporal, esos brotes son la única vía que tiene el árbol para volver a tener hojas. Eliminarlos todos lo condena. Lo que procede es seleccionar: dejar uno o dos por zona, bien orientados y bien insertados, y quitar el resto durante dos o tres temporadas hasta que los elegidos engrosen y formen una unión sólida. Un rebrote seleccionado y despuntado se convierte en una rama de verdad en tres o cuatro años.
Para sustituir una guía perdida. El brote más vertical y mejor colocado bajo la rotura se entutora y se convierte en el nuevo eje; los competidores se despuntan, no se arrancan de golpe, para que el elegido se imponga sin dejar al árbol sin hoja.
Para dar sombra al tronco. Los brotes que aparecen en la cara sur de un tronco recién descubierto protegen la corteza de las quemaduras solares, que en un frutal joven o en un arce provocan grietas longitudinales y puerta de entrada a barrenillos. Se toleran una o dos temporadas y se van retirando conforme la copa vuelve a dar sombra.
Para renovar madera productiva. En el olivo, en el granado o en la higuera, ciertos brotes vigorosos del interior se conducen para sustituir ramas agotadas. Es poda de renovación, no limpieza.
El rebrote que sí conviene quitar es el que crece hacia el interior de la copa, el que se cruza con ramas existentes, el que sale en racimo apretado de un mismo punto de corte y el que compite directamente con una rama principal sana. Y siempre, los que salen del tronco liso en un árbol que no ha sufrido nada: ahí solo restan luz y ventilación.
Cómo se eliminan: arrancados mejor que cortados
La diferencia entre arrancar y cortar decide si el brote vuelve multiplicado o no vuelve.
Cuando se corta con tijera se deja un tocón, por corto que sea, y en la base de ese tocón hay un anillo de yemas latentes que quedan libres de la dominancia del brote suprimido. La primavera siguiente salen tres o cuatro donde había uno. El árbol acaba con una escoba en el mismo punto, año tras año.
Cuando se arranca de cuajo, el desgarro se lleva consigo ese anillo basal de yemas junto con el tejido meristemático del punto de inserción. Del mismo sitio no vuelve a salir nada, o sale mucho menos.
El momento importa. Se arranca en primavera o principios de verano, con el brote todavía herbáceo o semileñoso y de veinte a cuarenta centímetros. Se sujeta por la base con la mano enguantada y se da un tirón seco hacia abajo y hacia fuera, en el sentido en que el brote se separa del tronco. Sale limpio, con un pequeño trozo de corteza de la base. Un tirón hacia arriba, en cambio, puede levantar una tira de corteza del tronco hacia arriba, y eso sí es una herida seria.
Si ya está lignificado —dos o tres años, grosor de dedo— arrancarlo desgarra demasiado. Entonces se corta a ras, con serrucho o tijera de dos manos, respetando el rodete de la base y sin dejar tocón, y se acepta que probablemente rebrote.
Los brotes de raíz no se siegan ni se cortan a ras de suelo: eso los multiplica. Hay que descalzar la tierra hasta encontrar el punto en que el brote nace de la raíz y arrancarlo desde ahí. Con robinias, ailantos, lilos o ciruelos es un trabajo repetido, porque cada raíz herida genera nuevos brotes.
La frecuencia. En un árbol recién injertado o recién plantado hay que revisar cada dos o tres semanas durante toda la primavera y el verano. Un patrón que se deja crecer un mes ya ha empezado a robar savia, y arrancarlo cuando tiene un centímetro de grosor deja una herida mucho mayor.
Sobre las heridas de un arranque limpio no hace falta sellador: son pequeñas y el árbol las compartimenta bien. Los cortes de motosierra en tronco, sí conviene dejarlos limpios y sin muñón, porque un muñón se pudre hacia el interior.
Cómo se previenen
El punto de injerto, siempre por encima del suelo. De diez a quince centímetros, visible. Si se entierra al plantar, o si con el tiempo lo cubre el acolchado y la tierra arrastrada, la variedad emite raíces propias y se pierden las ventajas del patrón; y la zona enterrada, húmeda y oscura, es precisamente donde el patrón brota con más facilidad.
No dañar las raíces. El golpe de desbrozadora contra el cuello, el paso de un motocultor cerca del tronco o una zanja abierta a dos metros son detonantes directos de brotes de raíz. Un alcorque con acolchado alrededor del tronco mantiene la desbrozadora lejos y evita el problema de raíz.
Podar con moderación. Retirar más de un cuarto de la copa en una sola temporada garantiza una respuesta de rebrotes. Repartir la intervención en dos o tres años produce un árbol mejor y mucho menos trabajo de limpieza después. El terciado —cortar todas las ramas a la misma altura— es la práctica que más chupones genera y la que más daña la estructura del árbol.
Cortar bien. Los cortes respetando el rodete o collar de la rama cicatrizan de forma correcta; los cortes a media rama, dejando un tocón, se pudren y generan un ramillete de brotes adventicios en el extremo.
Riego y suelo estables. Un árbol que alterna sequía severa y encharcamiento rebrota por estrés. Acolchado, riego regular y suelo sin compactar reducen mucho el problema.
Proteger el tronco expuesto. Tras una poda que deje el tronco al sol, una malla de sombreo o un encalado protector evitan la quemadura y con ella la respuesta de brotes de protección.
Elegir bien el patrón. Algunos portainjertos tienen fama merecida de emitir brotes de raíz sin parar y otros apenas lo hacen. En una plantación pequeña esa diferencia se nota durante veinte años.
En resumen
Bajo la palabra chupón conviven dos brotes distintos y la frontera entre ellos es el punto de injerto. Lo que sale por debajo pertenece al patrón, crece con acceso directo a la raíz, supera en vigor a la variedad y termina desplazándola: el árbol acaba siendo un ciruelo silvestre, un naranjo amargo o un escaramujo, y en un llorón injertado en alto destruye además la forma en dos temporadas. Ese se elimina siempre y se revisa cada dos o tres semanas en primavera y verano. Lo que sale por encima es de la variedad, y aparece por poda severa, pérdida de la guía, insolación del tronco o estrés de raíz; ahí la decisión no es automática, porque esos rebrotes son la vía que tiene el árbol para reconstruir una copa mutilada, sustituir un eje roto, dar sombra a una corteza expuesta o renovar madera productiva. En ese caso se selecciona uno o dos y se conducen durante tres o cuatro años. La eliminación se hace arrancando de cuajo, con el brote aún tierno y de un tirón hacia abajo, porque el corte deja un anillo de yemas latentes que devuelve tres brotes donde había uno; los brotes de raíz se descalzan hasta su origen en lugar de segarse. Y se previene con el punto de injerto siempre visible sobre el suelo, sin heridas de desbrozadora en el cuello, con podas repartidas que no pasen de un cuarto de la copa y con cortes hechos en el rodete.