La akadama es un sustrato mineral japonés, granulado, de color pardo rojizo, que se ha convertido en el material de referencia para el cultivo de bonsáis. Su nombre significa literalmente «bola roja» (aka, rojo; dama, bola) y describe bien lo que es: gránulos redondeados de arcilla volcánica extraídos de depósitos de la región de Kanto, en la isla de Honshu, secados al aire o cocidos a baja temperatura.

No es tierra en el sentido habitual. No lleva materia orgánica, no se descompone como el mantillo y no aporta apenas nutrientes. Lo que aporta es estructura, y ese es exactamente el motivo por el que se usa.

Qué hace especial a la akadama

El problema central del cultivo en maceta es conciliar dos cosas que normalmente se excluyen: retener agua suficiente y mantener aire alrededor de las raíces. Un sustrato que retiene mucha agua suele asfixiar; uno muy drenante obliga a regar tres veces al día.

La akadama resuelve ese conflicto porque cada gránulo es una partícula porosa e individual. El agua se absorbe dentro del gránulo, mientras que los huecos entre gránulos quedan llenos de aire. Es decir, retiene humedad sin encharcar. Un sustrato de akadama puede almacenar en torno a un 30 % de su volumen en agua y mantener a la vez un 25-30 % de porosidad de aire, unos valores difíciles de igualar con turba o mantillo.

A esto se suman otras dos propiedades útiles. Tiene una capacidad de intercambio catiónico apreciable, lo que significa que retiene los nutrientes del abono en lugar de dejarlos escapar con el agua de riego, algo que sí ocurre con materiales inertes como la grava o la perlita. Y su pH está entre 6,5 y 6,9, ligeramente ácido, el rango en el que la mayoría de nutrientes están disponibles.

Hay además una ventaja práctica que se aprecia enseguida: la akadama cambia de color al secarse. Húmeda es marrón oscuro; seca, ocre claro. Es un indicador visual del estado hídrico de la maceta que ahorra muchos disgustos, sobre todo a quien empieza y todavía no sabe interpretar el peso del tiesto.

Akadama seca y húmeda, con la diferencia de color

Calidades y granulometrías

No toda la akadama es igual, y la diferencia de precio responde a una diferencia real de dureza. Se distinguen dos tipos principales:

Akadama estándar, secada al aire. Es la más barata y la más frágil: en un clima con heladas repetidas los gránulos se rompen en un par de temporadas y el sustrato se convierte en barro compacto, perdiendo justo aquello por lo que se compró.

Akadama de doble o triple línea roja (la marca del saco), cocida a mayor temperatura. Aguanta bien tres o cuatro años, resiste las heladas y es la que conviene si vives en la meseta, en zonas de montaña o en cualquier sitio donde el termómetro baje habitualmente de cero.

La granulometría se elige según el tamaño de la maceta y del árbol. El grano fino, de 1 a 3 mm, se usa para semilleros, esquejes, shohin y macetas planas de poco fondo. El medio, de 3 a 6 mm, es el de uso general para bonsáis de tamaño corriente. El grueso, de 6 a 12 mm, se reserva para árboles grandes, para el fondo de macetas profundas y para especies que exigen mucho drenaje.

Antes de usarla, tamiza siempre el saco con una criba fina para eliminar el polvo y las partículas rotas. Ese polvo es el que taponará los huecos entre gránulos y arruinará la aireación. Es un paso que mucha gente se salta y luego no entiende por qué su akadama drena mal desde el primer día.

Cómo se usa: sola o mezclada

En Japón se usa a menudo akadama pura para especies de hoja caduca, con riegos diarios. En el clima peninsular, con veranos secos y calurosos en casi todas partes, la akadama sola se seca demasiado rápido y obliga a regar dos veces al día en julio y agosto. Lo habitual y más sensato es mezclarla.

Las mezclas clásicas son en tercios con kiryuzuna (grava volcánica japonesa) y kanuma (otro material japonés, muy ácido). Dado el precio de importación, en España es perfectamente válido sustituirlas por materiales locales equivalentes: picón o lapilli volcánico canario, pumita (piedra pómez granulada) o zeolita.

Como orientación:

Para coníferas —pinos, enebros, tejos—, que quieren drenaje franco: 50 % akadama, 25 % pumita, 25 % lapilli.

Para caducifolios —arces, olmos, hayas, carpes—, más exigentes en agua: 60-70 % akadama y el resto pumita o lapilli.

Para acidófilas como azaleas satsuki: kanuma pura o mayoritaria, no akadama; su pH de 4,5-5,5 es el que necesitan.

Fuera del bonsái, la akadama funciona muy bien como componente en mezclas para cactus y crasas, en proporciones del 30 al 50 % junto a arena silícea gruesa y algo de sustrato orgánico. También como aditivo para orquídeas terrestres y como cobertura decorativa que además reduce la evaporación.

Lo que la akadama no hace

Aquí conviene corregir una idea que circula mucho: la akadama no alimenta. Su contenido en nitrógeno, fósforo y potasio es despreciable. Quien planta en akadama y no abona verá cómo el ejemplar se estanca en pocos meses. Con sustratos minerales el abonado deja de ser opcional: hay que fertilizar con regularidad durante todo el periodo de crecimiento, ya sea con abonos orgánicos sólidos de liberación lenta puestos sobre la superficie o con fertilizante líquido diluido cada una o dos semanas de marzo a octubre.

Tampoco es un sustrato eterno. Incluso la de buena calidad se degrada, y ese es el motivo por el que los bonsáis se trasplantan cada dos o tres años: no solo por las raíces, también para renovar un material que ya ha perdido estructura.

Y no es imprescindible. Es un sustrato excelente, pero un árbol bien cuidado en una mezcla de pumita, lapilli y corteza compostada puede estar igual de sano. La akadama es una herramienta, no un requisito.

Errores frecuentes

Comprar la calidad barata en zona fría. Se deshace con las heladas y hay que trasplantar de urgencia al año siguiente.

No tamizar. El polvo colmata los poros y el sustrato deja de airear.

Regar con la misma pauta que un sustrato orgánico. La akadama se seca antes; en verano hay que revisar a diario, y el cambio de color ayuda.

Compactarla al trasplantar. Los gránulos se asientan solos con el primer riego; presionar los rompe. Se coloca y se distribuye con un palillo entre las raíces, sin apretar.

Reutilizar la vieja sin cribar. Se puede reaprovechar la fracción que sigue entera, pero hay que lavarla, secarla y tamizarla; la parte convertida en barro va a la basura.

En resumen

La akadama es arcilla granulada japonesa que combina retención de agua, aireación y capacidad de retener nutrientes, con el añadido práctico de indicar por su color cuándo hay que regar. Es el sustrato estándar del bonsái y un buen componente para cactus y crasas. Elige la calidad cocida si en tu zona hiela, tamiza el polvo antes de usarla, mézclala con pumita o lapilli para adaptarla al calor peninsular y no olvides que, al no aportar nutrientes, obliga a abonar con constancia durante toda la temporada de crecimiento.


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