Hay bromelias que viven colgadas de la rama de un árbol y hay bromelias que viven clavadas en una ladera pedregosa de los Andes a 3.000 metros, con el sol de la puna encima y la helada nocturna debajo. Las Puya son las segundas. De ahí viene todo lo demás: la roseta rígida y armada, el crecimiento lentísimo, la intolerancia absoluta al agua parada y una de las inflorescencias más raras que se pueden ver en un jardín.

Qué son las Puya

El género Puya agrupa alrededor de 220 especies de bromeliáceas terrestres repartidas por la cordillera andina, desde Colombia y Venezuela hasta el centro de Chile y el noroeste de Argentina. Constituye la subfamilia Puyoideae y se considera uno de los linajes basales dentro de las bromeliáceas, es decir, algo próximo a la forma original de la familia antes de que otras ramas se especializaran en la vida epífita.

La planta es una roseta densa de hojas coriáceas, estrechas y largas, de un verde grisáceo o glauco, con el envés a menudo blanquecino por una capa de escamas. El rasgo que define al género está en el margen: espinas duras y ganchudas, curvadas hacia la base de la hoja, como los dientes de una sierra montada al revés. Entran con facilidad y salen mal, y eso tiene consecuencias que se cuentan más adelante.

De la roseta madura sale un escapo grueso y una inflorescencia en panícula o espiga que en muchas especies supera los dos metros. En las especies chilenas más cultivadas las flores son de un azul verdoso metálico difícil de describir —turquesa apagado, con brillo casi mineral— con anteras de color naranja intenso. Ese contraste es lo que hace memorable una Puya en flor.

Un detalle que suele pasar desapercibido: las ramas de la inflorescencia terminan en un tramo desnudo, sin flores. No es un fallo de diseño, es una percha. Las Puya se polinizan por aves, y esas prolongaciones estériles les dan un sitio donde posarse mientras trabajan la panícula.

Roseta espinosa e inflorescencia de Puya chilensis

Las especies que se ven en cultivo

Puya alpestris y Puya berteroana (a menudo escrita P. berteroniana) son las dos chilenas de flor azul turquesa, y las que se encuentran en viveros de plantas de colección. Se confunden constantemente entre sí, incluso en las etiquetas: P. alpestris es más contenida, con inflorescencia de un metro o metro y medio, mientras que P. berteroana levanta escapos de tres o cuatro metros y forma matas de varios metros de diámetro. Si el interés es un jardín pequeño, importa saber cuál se está plantando.

Puya chilensis es la de mayor porte entre las accesibles: roseta que puede llegar a metro y medio de altura sobre un tallo leñoso, hojas fuertemente armadas y una inflorescencia densa de flores amarillo verdoso, no azules. Es la protagonista de la historia de las ovejas.

Puya coerulea, también chilena, es más pequeña y de flor azul violácea oscura, y Puya mirabilis, boliviana, es la más manejable de todas: roseta de hojas finas casi graminoides, flores blanco verdosas y floración en pocos años, lo que la convierte en la mejor puerta de entrada al género.

Y luego está Puya raimondii, que no es planta de jardín pero explica de qué es capaz el género.

Puya raimondii: décadas para una sola floración

Vive en la puna de Perú y Bolivia, entre 3.200 y 4.800 metros, en poblaciones dispersas y menguantes. Es la mayor bromeliácea del mundo: la roseta alcanza dos o tres metros de diámetro sobre un tronco, y cuando florece emite una inflorescencia de ocho a doce metros con varios miles de flores, la mayor estructura floral no ramificada del reino vegetal.

Lo llamativo es el calendario. La planta pasa décadas creciendo sin florecer —las estimaciones de campo hablan de entre 40 y 80 años, y el ejemplar del jardín botánico de Berkeley que floreció en 1986 tenía 28 años sembrado a nivel del mar—, produce esa única inflorescencia, libera millones de semillas y muere. Es monocárpica estricta: no rebrota, no deja hijuelos, todo su capital se gasta de una vez.

Esa estrategia, que funcionó durante milenios, la deja hoy en una situación delicada. La quema de pastizales, el pastoreo y el cambio en el régimen de heladas afectan a las plántulas, y la especie figura como amenazada en la Lista Roja de la UICN. Cada ejemplar quemado antes de florecer es una descendencia entera que no existirá.

Las especies de jardín son menos dramáticas: también la roseta que florece muere, pero P. chilensis, P. berteroana y P. alpestris producen hijuelos alrededor, de modo que la mata sobrevive y se va desplazando. Aun así, desde semilla hasta la primera flor pasan entre seis y diez años en condiciones buenas.

Puya raimondii con su inflorescencia gigante en la puna andina

La fama de "planta que come ovejas"

Conviene contarlo con precisión, porque circula muy deformado.

Puya chilensis forma matorrales densos de rosetas con las hojas armadas de esas espinas ganchudas orientadas hacia abajo. Una oveja que se mete entre las matas buscando sombra, refugio o hierba, o un ave que se posa mal, queda enganchada por el vellón o por las plumas. Cuanto más forcejea, más se clava, porque los ganchos van en el sentido contrario a la salida. El animal atrapado muere de sed y agotamiento, se descompone al pie de la planta, y esa materia orgánica se mineraliza en un suelo andino extremadamente pobre y acaba siendo absorbida por las raíces de la Puya. Los pastores chilenos han quemado estas matas históricamente por ese motivo.

Ahora la parte que se deforma al repetirla: no es una planta carnívora. Una carnívora en sentido estricto necesita tres cosas —un mecanismo de captura, enzimas digestivas propias o simbiontes que las aporten, y estructuras de absorción de los nutrientes liberados—, y la Puya no tiene ninguna de las tres. No hay trampa activa: hay hojas defensivas que resultan letales por accidente. No hay secreción de enzimas: la descomposición la hacen las bacterias y los hongos del suelo, igual que con cualquier animal muerto en cualquier sitio. Y no hay absorción foliar especializada: el nutriente llega por la raíz, como el de una gallina enterrada bajo un rosal.

Algunos autores han propuesto llamarla protocarnívora o paracarnívora, y es una discusión legítima, pero no está demostrado que la planta obtenga un beneficio nutricional dirigido de esas muertes ni que las espinas hayan evolucionado para causarlas. La explicación más económica es que las espinas son defensa contra herbívoros, y que un herbívoro atrapado es un efecto secundario del que la planta se aprovecha sin haberlo buscado.

La etiqueta se popularizó en 2013, cuando una Puya chilensis floreció en el jardín de Wisley de la Royal Horticultural Society después de quince años y la prensa británica la bautizó como la planta que come ovejas. Es una historia buena; conviene contarla entera.

Cultivo en España

Dónde ponerlas

Pleno sol, sin matices. A media sombra la roseta se abre, se alarga, pierde el tono glauco y no florece nunca. En su medio natural reciben una radiación que ningún jardín español iguala.

El sitio ideal es un talud, una rocalla o el borde de un muro, donde el agua escurra sola. En suelo llano y pesado hay que levantar la zona de plantación 30 o 40 cm con material grueso. Y hay una consideración de seguridad: una Puya adulta es un objeto peligroso a la altura de una cara. Lejos de caminos estrechos, de zonas de juego y de donde pasen perros.

Sustrato y drenaje

Es el punto crítico. Lo que mata a las Puya en España no es el frío, es el agua fría e inmóvil en la corona durante el invierno. Una planta que aguanta -8 ºC en un suelo seco se pudre a 2 ºC con el cuello encharcado.

La mezcla debe ser mayoritariamente mineral: en torno a un 60-70% de árido —grava de 5-10 mm, puzolana, pómice, arena gruesa de río— y el resto tierra franca con muy poca materia orgánica. En maceta, la misma proporción, recipiente ancho, y un acolchado de grava de dos o tres centímetros alrededor de la base para mantener seco el cuello.

Riego

Riego generoso pero espaciado durante el crecimiento, de marzo a octubre, dejando secar bien entre riegos. Un ciclo de mojar a fondo y secar del todo imita la lluvia andina mucho mejor que un goteo constante. En invierno, prácticamente nada: si llueve, mejor que la planta esté en un sitio donde el agua no se acumule; en maceta, bajo alero o con la lluvia excluida.

Frío

Las chilenas comunes —P. chilensis, P. berteroana, P. alpestris, P. coerulea— resisten en torno a -6 a -8 ºC en seco, con daño foliar en el extremo de ese rango. Puya mirabilis es más delicada, en torno a -4 ºC. Esa rusticidad las hace viables en toda la costa mediterránea, en Canarias, en el valle del Guadalquivir y en buena parte del interior de clima seco.

Donde se complican es en la cornisa cantábrica y en Galicia, no por temperatura sino por lluvia invernal continuada; ahí solo funcionan en maceta con cubierta, o en talud rocoso muy inclinado. En el interior con heladas fuertes y prolongadas, cultivo en contenedor y resguardo en invernadero frío o porche cubierto durante el invierno, sin calor y sin riego.

Abonado

Poco y flojo. Un abono mineral equilibrado a media dosis, dos o tres veces entre abril y julio. El exceso de nitrógeno produce hojas blandas, largas y verdes que se hielan y se pudren, exactamente lo contrario de lo que interesa.

Multiplicación

Por semilla, que germina bien y rápido —dos a cuatro semanas a 18-22 ºC— sobre sustrato drenante en superficie, con luz. Es la única vía en P. raimondii y la más habitual en el resto.

Por hijuelos, en las especies que los emiten: se separan en primavera, cuando el hijuelo tiene ya raíces propias y un tercio del tamaño de la madre. Guantes de cuero, manga larga y una hoja bien afilada; el corte se deja secar unos días a la sombra antes de plantar, como con una suculenta.

Manejo

Guantes gruesos y brazos cubiertos siempre. Las espinas ganchudas agarran la ropa y la piel y no se sueltan tirando; hay que retroceder por donde se entró. Para trabajar cerca de una mata grande, algunos cultivadores recortan con tijera las puntas de las hojas de la cara accesible, que es feo pero práctico.

En resumen

Las Puya son bromeliáceas terrestres andinas, de roseta armada con espinas ganchudas y flores que en las especies chilenas alcanzan un azul verdoso metálico poco común. En España se cultivan bien en pleno sol y en sustrato mayoritariamente mineral, resisten hasta unos -6/-8 ºC en seco y mueren por humedad invernal en el cuello mucho antes que por frío. Son lentas: seis a diez años hasta la primera flor en las de jardín, décadas en Puya raimondii, que además muere tras florecer una única vez. Y la fama de comer ovejas de Puya chilensis tiene una base cierta —los animales quedan atrapados en las espinas, mueren y se descomponen al pie, abonando la planta— pero no la convierte en carnívora: no hay trampa activa, no hay enzimas digestivas y no hay absorción foliar.


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