Un pulgón que aparece en mayo sobre las habas puede acabar de dos maneras distintas según cómo esté montado el jardín. En un huerto donde no hay flor abierta más que la del cultivo, la colonia crece sin freno durante tres semanas hasta que alguien saca el pulverizador. En un huerto con una franja de hinojo y de aliso de mar florecida desde abril, esa misma colonia atrae sírfidos en pocos días, y sus larvas se comen buena parte antes de que el problema sea visible. La diferencia no está en repeler nada: está en tener alimentados de antemano a los depredadores.

Eso es el control biológico por conservación, y a diferencia de casi todo lo que se cuenta sobre plantas y bichos, está bien documentado. La idea es sencilla: los enemigos naturales de las plagas ya viven en la zona, pero necesitan recursos que un jardín ordenado no les da. Si se los damos, se quedan y trabajan.

Hinojo en flor

Qué necesitan los auxiliares que el jardín no suele tener

Aquí hay un punto que cambia la forma de planificar: en la mayoría de estos insectos, el adulto no come lo mismo que la larva. La larva del sírfido es un depredador voraz de pulgón, capaz de consumir varios cientos a lo largo de su desarrollo. El sírfido adulto, en cambio, es una mosca que se alimenta de néctar y polen y que necesita ese aporte de proteína para madurar los huevos. Sin flor accesible, la hembra pone menos huevos o directamente se va a otro sitio.

Con los parasitoides pasa igual. Los micro-himenópteros de las familias Aphidiidae, Braconidae o Ichneumonidae ponen su huevo dentro de la presa; la larva la consume desde dentro y deja esa momia hinchada y ocre que se ve en las colonias de pulgón. Pero el adulto es un animal diminuto que vive días o pocas semanas y que se alimenta de néctar. Su longevidad, y por tanto el número de plagas que llega a parasitar, se multiplica cuando tiene azúcar disponible.

Los recursos que hay que aportar son cuatro:

Néctar accesible. Con la palabra clave en "accesible". El aparato bucal de un sírfido o de una avispilla parasitoide es corto y no llega al fondo de una corola tubular. Necesita flores planas, pequeñas y abiertas.

Polen, como fuente de proteína para la maduración de los huevos.

Presa alternativa. Si en junio no queda un solo pulgón, los depredadores se marchan y en agosto no habrá nadie. Cierta población de plaga tolerada es parte del sistema, no un fallo.

Refugio. Sitio donde pasar el invierno y donde resguardarse del calor y del viento.

Las flores que sirven, y por qué la forma importa

Umbelíferas (familia Apiaceae). El grupo con mejor rendimiento para sírfidos y parasitoides, porque su umbela es un plato de decenas de flores minúsculas con el néctar prácticamente al descubierto. Hinojo (Foeniculum vulgare), eneldo (Anethum graveolens), cilantro (Coriandrum sativum), zanahoria dejada subir a flor (Daucus carota), apio, ammi (Ammi majus). Interesa dejar espigar parte de las hortalizas de esta familia en vez de arrancarlas: una zanahoria en flor es una plataforma de alimentación durante semanas. El hinojo es vivaz y rebrota cada año, aunque siembra con generosidad y hay que controlarlo.

Compuestas (familia Asteraceae). Su capítulo funciona igual: muchas flores diminutas agrupadas. Caléndula (Calendula officinalis), que en clima mediterráneo florece de otoño a primavera y cubre los meses fríos; margarita, milenrama (Achillea millefolium), tanaceto, cosmos, girasol. Elegir variedades simples, no dobles: las flores dobles de vivero han sustituido estambres por pétalos y muchas veces no ofrecen ni polen ni néctar aprovechable. Son bonitas y estériles a efectos de fauna.

Aliso de mar (Lobularia maritima). Probablemente la planta con mejor relación entre esfuerzo y resultado en un huerto español. Es una crucífera de porte bajo, rústica, que florece casi todo el año en zonas templadas y cuyas flores pequeñas y abiertas resultan muy accesibles. Se usa a escala comercial en cultivos hortícolas por su capacidad de sostener poblaciones de sírfido. Se siembra directa, resiste sequía y suelo pobre, y basta recortarla cuando se afea para que rebrote.

Facelia (Phacelia tanacetifolia). Anual de flor azul violácea, gran productora de néctar, muy visitada por abejas, sírfidos y parasitoides. Sirve además como abono verde: se siembra en otoño o a finales de invierno, florece a los dos o tres meses y se siega antes de que grane para incorporarla al suelo. Sembrando en dos o tres tandas separadas por tres semanas se alarga la floración.

Borraja (Borago officinalis). Flor azul colgante, muy nectarífera, imán de abejorros y polinizadores en general. Se resiembra sola año tras año y florece de primavera a principios de verano.

Trigo sarraceno (Fagopyrum esculentum), de floración rapidísima —unas cuatro o cinco semanas desde siembra— y con néctar muy accesible. Útil para tapar un hueco de floración a mitad de temporada.

Aromáticas dejadas florecer. Orégano, tomillo, mejorana, menta, salvia. La costumbre de cortar la flor para conservar el aroma de la hoja tiene sentido en cocina, pero conviene dejar florecer al menos parte de las matas: son estaciones de servicio de julio y agosto, cuando escasea el resto.

La capuchina y el concepto de planta trampa

La capuchina (Tropaeolum majus) juega otro papel, y merece explicarse bien porque se malinterpreta a menudo. No repele el pulgón: lo atrae. Es la planta preferida del pulgón negro (Aphis fabae), que se instala en sus tallos tiernos con preferencia sobre las habas, las alcachofas o los frutales cercanos.

Eso resulta útil por dos motivos. El primero, que concentra la plaga en un punto sacrificable y fuera del cultivo. El segundo, y más importante, que mantiene una reserva de presa con la que se alimentan mariquitas, sírfidos y parasitoides mientras el cultivo está limpio, de modo que la población de auxiliares ya está montada cuando llega la infestación de verdad.

Manejo: sembrar en abril o mayo, en el borde del bancal o en maceta a un par de metros del cultivo a proteger, nunca pegada. Revisarla cada semana. Si se satura, cortar los tallos más infestados y retirarlos, dejando siempre algo de pulgón. No tratarla con insecticida bajo ningún concepto: eso convertiría la trampa en una fuente de muertos entre los auxiliares. Como extra, tapiza bien, florece hasta los primeros fríos y sus hojas y flores son comestibles, con un punto picante.

Otras trampas que funcionan: la ortiga, que hospeda un pulgón específico que no pasa a las hortalizas y que alimenta a las mariquitas en primavera temprana; y una hilera de habas de siembra otoñal, que en marzo concentra pulgón y sirve del mismo modo.

Caléndula en flor

Floración escalonada los doce meses

Un jardín que florece a lo grande de mayo a julio y está pelado el resto del año sostiene auxiliares dos meses y medio. La cadena hay que cerrarla, y en clima español se puede cubrir el año entero:

Invierno y final de invierno (diciembre a marzo). Caléndula, aliso de mar, romero (Salvia rosmarinus), que florece en pleno invierno en el litoral, almendro y otros frutales de flor temprana, viborera. Es el tramo crítico: el auxiliar que sobrevive a marzo es el que arranca la temporada.

Primavera (marzo a junio). Facelia, borraja, cilantro, colinabo y crucíferas subidas a flor, habas, frutales, milenrama.

Verano (junio a septiembre). Hinojo, eneldo, zanahoria espigada, orégano, tomillo, lavanda, cosmos, girasol, trigo sarraceno de siembra escalonada, capuchina.

Otoño (septiembre a noviembre). Aliso de mar en resiembra, caléndula de siembra de finales de verano, sedum de flor tardía, hiedra —cuyo néctar de octubre es un recurso enorme para muchos insectos—, madroño.

La regla práctica: mirar el jardín cada mes y comprobar que hay al menos dos especies con flor pequeña y abierta. Si un mes queda vacío, ahí falta una siembra.

Refugio invernal, la mitad que se olvida

La comida sirve de poco si el auxiliar no tiene dónde pasar el invierno cerca. Las mariquitas hibernan como adultas en grupos, bajo corteza, entre hojarasca, en tallos huecos y en grietas de muro de piedra. Los carábidos, depredadores nocturnos de babosa y de larva de suelo, viven en el mantillo y bajo piedras. Las tijeretas, que comen pulgón, se refugian en cualquier hueco estrecho y seco.

Medidas concretas y baratas:

No dejar el jardín a cero en otoño. Retrasar el corte de los tallos secos de vivaces hasta marzo. Los tallos huecos de hinojo, cardo o girasol albergan insectos todo el invierno; se cortan cuando el tiempo se suaviza.

Mantener una zona sin tocar. Un rincón con hojarasca acumulada, un montón de ramas, un tramo de setos denso, una banda de hierba alta al fondo. La superficie no tiene que ser grande: unos metros cuadrados ya alojan bastante.

Cubrir el suelo con acolchado orgánico de paja, restos de siega o hoja. Amortigua la temperatura, retiene humedad y alberga la fauna del mantillo, que es la base de la cadena.

Setos y bandas florales perennes, que dan continuidad y protección frente al viento. Una banda de aromáticas leñosas en el linde vale por varias macetas sueltas.

Un punto de agua somero, con piedras que sirvan de posadero, para que los insectos beban sin ahogarse.

Los hoteles de insectos comerciales funcionan sobre todo para abejas solitarias, y siempre que estén bien orientados —al sur o sureste, protegidos de la lluvia— y se limpien. Como refugio general para depredadores rinden bastante menos que un montón de ramas y hojarasca.

Por qué un insecticida de amplio espectro deshace la temporada

Este es el motivo por el que el sistema se cae, y merece detalle. Un producto de amplio espectro mata pulgones, sí, y mata también sírfidos, mariquitas, crisopas, parasitoides, arañas y ácaros depredadores. Hasta ahí sería un empate. El problema es lo que viene después.

El pulgón tiene un ciclo cortísimo: en verano se reproduce por partenogénesis, las hembras paren ninfas ya vivas y una generación se completa en menos de dos semanas. Sus depredadores, no. Un sírfido necesita que un adulto encuentre el foco, ponga huevos y esos huevos se desarrollen; el ciclo completo se cuenta en varias semanas. Tras un tratamiento, la plaga rebota antes que sus enemigos, y lo hace sobre un cultivo donde ya no queda nadie que la frene. De ahí que a las dos o tres semanas la infestación vuelva peor, y se entre en una escalera de tratamientos cada vez más seguidos.

Se suma el efecto secundario clásico: eliminar a los ácaros depredadores desata la araña roja (Tetranychus urticae), que estaba controlada y ahora dispone del cultivo entero. Muchos brotes de araña roja en verano son consecuencia directa de un tratamiento previo.

Qué hacer cuando de verdad hace falta intervenir:

Chorro de agua a presión sobre la colonia de pulgón. Barato, inmediato y sin efectos colaterales.

Retirada manual del brote afectado, que suele bastar en un huerto de terraza.

Jabón potásico, que actúa por contacto y no deja residuo persistente. Aplicar al atardecer y solo sobre el foco, no sobre el jardín entero: también daña a los auxiliares que moje.

Productos selectivos como Bacillus thuringiensis para orugas, que no afecta a depredadores ni a polinizadores.

Y, sobre todo, esperar unos días antes de actuar. La respuesta de los auxiliares llega con retraso respecto a la plaga; ese desfase es normal y es justo cuando la impaciencia arruina el trabajo de la temporada.

Cómo montarlo en la práctica

En un huerto pequeño o un bancal urbano, una banda de un metro de ancho en el borde con aliso de mar, caléndula y cilantro, más dos matas de hinojo en una esquina y capuchina en las macetas del extremo, cubre lo esencial. Se siembra en dos tandas, otoño y primavera.

En una terraza, tres o cuatro macetas dedicadas: aliso de mar en jardinera larga, caléndula, orégano dejado florecer y capuchina colgante. No dará el resultado de un jardín, pero cambia bastante lo que pasa en los tomates.

En un jardín mayor, el planteamiento es el linde: seto mixto con aromáticas leñosas, banda floral perenne al pie, montón de ramas en el rincón más discreto, acolchado bajo los frutales y corte de tallos secos aplazado a marzo.

Conviene contar el plazo real. El primer año se nota poco; el segundo, bastante; a partir del tercero el sistema tiene inercia propia y los brotes de plaga se apagan solos con frecuencia. Es una inversión lenta, y ese es su único inconveniente serio.

En resumen

El control biológico por conservación consiste en alimentar y alojar a los enemigos naturales que ya están en la zona. Los adultos de sírfido y de avispilla parasitoide comen néctar y polen, no plagas, y necesitan flores pequeñas y abiertas para llegar al néctar: umbelíferas como hinojo, eneldo y cilantro, compuestas de flor simple como la caléndula, aliso de mar, facelia, borraja y trigo sarraceno. La capuchina funciona como planta trampa que concentra pulgón y mantiene presa disponible para los depredadores. Hace falta floración escalonada los doce meses y refugio invernal —tallos secos sin cortar hasta marzo, hojarasca, acolchado, un rincón sin tocar—. Un insecticida de amplio espectro mata a los auxiliares junto con la plaga, y como el pulgón se recupera mucho antes que sus depredadores, el resultado a las tres semanas es peor que el punto de partida.


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