Dos árboles distintos comparten el nombre común de morera, y solo uno de ellos da un fruto que valga la pena recoger. Morus nigra, la morera negra, se planta por sus moras; Morus alba, la morera blanca, se plantó durante siglos por sus hojas. Confundirlas en el vivero significa esperar seis o siete años para cosechar un fruto blanquecino y soso.
La de la seda es la otra
El gusano de seda, Bombyx mori, come hoja de Morus alba. Es la especie que China domesticó junto con el insecto y la que se difundió por la ruta de la seda hasta llegar a la huerta valenciana, a Murcia y a Granada, donde la sericicultura fue una industria hasta el siglo XIX. Su hoja es fina, tierna, brillante, de digestión fácil para la larva. El fruto —blanco, rosado o casi negro según la variedad— es dulzón y acuoso, sin acidez ni carácter.
Morus nigra procede del suroeste de Asia, de la región del Cáucaso, el norte de Irán y Anatolia, y llegó al Mediterráneo por otra vía y con otro propósito: el fruto. Su hoja es demasiado gruesa y áspera para criar seda con ella.
Distinguirlas en el vivero, con las dos en maceta y sin fruto, es sencillo si se toca la hoja:
Morus alba: hoja lisa y brillante por el haz, lampiña, de tacto suave, con frecuencia lobulada de forma irregular en los brotes jóvenes. Crecimiento rápido y rectilíneo, corteza clara. Es la que se ve en alcorques y plazas, a menudo en la variedad estéril y desmochada cada invierno.
Morus nigra: hoja gruesa, mate, áspera al tacto por las dos caras, de base acorazonada marcada, rara vez lobulada. Brotes con pelo corto. Crecimiento lento, corteza oscura y rugosa, ramificación torcida desde joven.
Hay una razón profunda para que estas dos especies no se mezclen ni en el campo ni en el vivero: Morus nigra es decaploide, con 308 cromosomas, un caso extraordinario entre los árboles cultivados, frente a los 28 de Morus alba y de la americana Morus rubra. Esa barrera cromosómica la mantiene genéticamente aislada, no forma híbridos con las demás y explica por qué la especie ha variado tan poco a lo largo de los siglos.
El fruto y por qué es superior
La mora de Morus nigra es una infrutescencia cilíndrica de 2 a 3 cm, roja oscura casi negra al madurar, muy jugosa y con una acidez que la blanca no tiene. Ese equilibrio entre azúcar y ácido es lo que la convierte en fruta de mesa y no en simple dulzor. Madura escalonadamente entre junio y agosto según la zona, y el árbol da fruto sin necesidad de otro ejemplar cerca: es autofértil y con frecuencia produce por partenocarpia, sin fecundación.
Tiene un inconveniente comercial que explica por qué no se encuentra en fruterías: no aguanta la manipulación. La mora madura se desprende sin pedúnculo limpio, se aplasta entre los dedos y suelta jugo al primer roce. Es una fruta de árbol propio, recogida y comida el mismo día.
La recolección práctica se hace extendiendo una lona o malla bajo la copa y sacudiendo las ramas: cae lo maduro y queda lo verde. Conviene saber que la mora verde y la savia lechosa del árbol contienen látex que irrita la boca y el estómago; se recoge y se come solo el fruto negro y blando, y el problema desaparece.
Lenta y longeva
Quien planta una morera negra debe saber que está plantando para dentro de bastantes años. El crecimiento ronda los 20 a 30 cm anuales, frente al medio metro largo de la blanca. Un ejemplar procedente de estaca o de injerto empieza a producir cosecha apreciable a los cuatro o seis años; uno nacido de semilla puede tardar de ocho a quince. La talla final se queda en 8 a 12 metros, con tronco corto y grueso y copa ancha, redondeada y muy densa.
A cambio dura. Es un árbol de 200 a 300 años con normalidad, y hay ejemplares documentados que superan holgadamente esa cifra, como la morera del Christ's College de Cambridge, plantada hacia 1608 y todavía en pie. Con la edad adopta un porte inclinado y retorcido, las ramas bajas se apoyan en el suelo y, si el terreno está húmedo, arraigan por sí solas y sostienen al árbol: acoda espontáneamente, y una morera vieja acaba siendo un pequeño bosquete del mismo individuo.
Es rústica hasta unos -12 o -15 ºC y tiene una virtud que se agradece en el interior peninsular: brota muy tarde, en abril o incluso mayo, con lo que las heladas tardías la encuentran dormida. Lo que sí le afecta son las heladas tempranas de otoño sobre madera del año todavía sin agostar.
La mancha, y lo que obliga a decidir
El jugo de la mora negra tiñe de morado por sus antocianinas, y en superficies porosas la mancha es prácticamente definitiva. Hormigón impreso, piedra caliza, gres poroso, adoquín, tapicería de coche y ropa quedan marcados. A eso se añade que los pájaros —mirlos, estorninos, currucas— acuden en masa durante seis semanas y reparten el mismo pigmento por todas partes.
La consecuencia práctica es que el emplazamiento no se elige por criterios estéticos sino por esto:
No sobre pavimento, terraza, camino de paso, plaza de aparcamiento ni junto a la piscina. La caída de fruto no es un goteo: durante semanas cae el equivalente a varios cubos.
La zona de caída equivale al radio de la copa, que en un ejemplar adulto son 5 o 6 metros. Y las ramas bajas cargadas se arquean todavía más.
Distancia a la vivienda de 8 a 10 metros, contando con la copa futura y con el hecho de que quien pase por debajo entrará en casa con las suelas moradas.
El sitio ideal es césped, pradera o suelo desnudo, donde el fruto caído se pisa y desaparece sin dejar rastro y donde se puede extender la lona en la recolección.
Un apunte que se descubre tarde: bajo una morera negra adulta no se pone un banco ni una mesa de comer, por acogedora que resulte la sombra en julio, que es exactamente el mes en que el árbol está soltando fruta.
Podar un árbol que sangra
El género Morus pertenece al grupo de árboles que exudan savia abundante por las heridas cuando se podan con el flujo en movimiento, igual que el nogal, el abedul o los arces. Un corte hecho a finales de invierno o al inicio de la primavera puede gotear durante semanas.
El sangrado por sí solo no mata al árbol, pero agota reservas, mantiene la herida permanentemente húmeda —lo que impide la formación del tejido de cicatrización— y atrae avispas y hongos de pudrición. En una especie de madera blanda y cicatrización lenta como Morus nigra, esto tiene consecuencias reales.
Los dos momentos aceptables son:
Final de otoño y principio de invierno, entre la caída de la hoja y el solsticio, con la savia ya retirada y antes de que empiece el movimiento previo a la brotación. En la España peninsular, de noviembre a mediados de diciembre.
Verano, después de la cosecha, en julio o agosto. El árbol está en plena actividad, la savia circula pero a presión baja, cierra las heridas con rapidez y no sangra. Es el momento preferible para cortes de cierto calibre.
Lo que se evita es febrero, marzo y abril, justo cuando la costumbre manda podar los frutales.
Sobre el tipo de poda: la morera negra no pide gran cosa. Formación en los primeros cinco o seis años —elegir tres o cuatro ramas principales bien repartidas, elevar la cruz a la altura que se quiera y eliminar competencias del guía— y a partir de ahí solo limpieza: madera seca, ramas cruzadas, chupones. Fructifica sobre madera del año y sobre dardos de la madera vieja, así que una poda severa elimina la cosecha.
La regla de calibre importa: cortes de más de 5 cm de diámetro cicatrizan mal en esta especie y son puerta de entrada a pudriciones que van vaciando el tronco. Mejor muchas intervenciones pequeñas y frecuentes que una grande cada diez años. El desmoche brutal que se aplica a las moreras de calle es cosa de Morus alba, que lo tolera; aplicárselo a una negra la arruina.
El injerto
Morus nigra enraíza de estaca peor que la blanca —de ahí que el acodo y el injerto sean las vías habituales de multiplicación—, y la semilla, además de tardar una década en dar fruto, no reproduce fielmente el ejemplar de partida.
El injerto se practica de dos maneras:
Púa en hendidura o en corona, a finales de invierno, en febrero o principios de marzo, con la púa recogida en pleno reposo y conservada en frío, y el patrón justo empezando a mover. Con el matiz del sangrado: se elige el momento más temprano posible dentro de esa ventana.
Escudete a yema dormida, en agosto, cuando la corteza del patrón se despega con facilidad. La yema permanece inactiva hasta la primavera siguiente. Es el sistema más limpio en Morus, porque evita heridas grandes y el árbol está en su mejor momento de cicatrización.
Como patrón se usan tanto Morus nigra de semilla como Morus alba. La blanca aporta vigor, rapidez y mejor comportamiento en suelos calizos y secos, pero conviene saber que en esta combinación se han descrito incompatibilidades tardías: uniones que funcionan diez o quince años y luego se debilitan, con engrosamiento desigual sobre la línea de injerto y desprendimiento. Para un árbol al que se le piden dos siglos, el pie de Morus nigra —o directamente una planta autoenraizada de acodo— es la apuesta segura, aunque cueste unos años más.
En resumen
Morus nigra no es la morera del gusano de seda: esa es Morus alba, de hoja lisa y fruto insípido. La negra tiene la hoja gruesa y áspera por ambas caras, es decaploide y genéticamente aislada, y da un fruto jugoso y ácido que no soporta el transporte y que por eso solo se disfruta en el árbol propio. Crece de 20 a 30 cm al año y produce a partir del cuarto o sexto año si viene de injerto, pero vive dos o tres siglos. La mancha morada de su fruto es prácticamente indeleble sobre suelo poroso, y eso decide el emplazamiento: sobre césped, a 8 o 10 metros de la casa y lejos de terrazas, caminos y aparcamientos. Se poda de noviembre a mediados de diciembre o en julio-agosto tras la cosecha, nunca a finales de invierno, porque sangra; y con cortes por debajo de 5 cm. Se multiplica por acodo o injerto —púa en febrero o escudete en agosto—, preferentemente sobre pie de la propia especie.