Antes de elegir una sola planta hay dos decisiones que ya han determinado el resultado: qué hay debajo de las piedras y hacia dónde mira el conjunto. Una rocalla bien construida en un sitio equivocado se puede replantar; una rocalla mal construida se deshace en el segundo invierno y hay que levantarla entera. Por ese orden, entonces.
El drenaje: lo que va debajo de las piedras
El fallo que arruina una rocalla es amontonar tierra de jardín, colocar piedras encima y plantar. La tierra vegetal, sobre todo si es franco-arcillosa, retiene agua; en verano el montículo se seca rápido por los lados y en invierno se satura y no drena porque debajo hay más de lo mismo. Las plantas de rocalla, que son en su mayoría especies de suelos esqueléticos y muy porosos, no mueren de frío: mueren de asfixia y podredumbre del cuello con el suelo frío y encharcado entre noviembre y marzo.
La construcción que sí aguanta:
Excavar 40-50 cm y retirar la tierra existente, sobre todo si hay arcilla.
Una capa drenante de 20-25 cm en el fondo: zahorra, grava de 20-40 mm, cascotes limpios de obra o piedra machacada. Su función es dar salida al agua que baje del sustrato. Si el terreno de fondo es arcilla compacta, esa capa por sí sola no basta: hay que sacar el agua por un lateral con un tubo dren o construir toda la rocalla elevada 40-60 cm sobre el nivel del jardín, que es lo que se hace en llano. Un montículo bien alto es en sí mismo el sistema de drenaje.
El sustrato, de 25 a 40 cm de espesor, con una mezcla que parece pobre la primera vez que se ve: 50-60 % de material mineral grueso —gravilla de 3-6 mm, arena de río de 1-3 mm o el propio machaqueo de la piedra que se use—, 25-30 % de tierra franca y 10-20 % de materia orgánica madura (compost, mantillo, nunca estiércol fresco). Ni arena de playa, salada y demasiado fina, ni arena de miga: la arena fina mezclada con arcilla da algo parecido al hormigón.
Un acolchado mineral de 3-5 cm de gravilla del mismo material, extendido por toda la superficie y metido bajo las hojas de cada planta hasta tocar el cuello. Esta capa es más importante de lo que aparenta: mantiene seco el cuello y la base de las rosetas mientras las raíces, más abajo y bajo las piedras, siguen frescas. Es lo que separa una Sempervivum viva de una Sempervivum convertida en papilla en febrero. Además impide el salpicado de barro, frena la germinación de hierbas y refleja luz.
Las piedras: pocas, grandes y medio enterradas
Una rocalla con veinte piedras del mismo tamaño repartidas a intervalos regulares parece un cementerio de mascotas. Con tres o cuatro bloques grandes y un par de acompañantes menores parece un afloramiento.
Enterrar de un tercio a la mitad de cada bloque. Además de estabilidad, eso crea el volumen de suelo fresco y sombreado bajo la piedra donde las raíces se refugian del calor: la roca es, para estas plantas, un dispositivo de riego pasivo que condensa humedad y modera la temperatura.
Alinear las vetas. Si la piedra es estratificada, todas las líneas de estrato en el mismo plano y con la misma inclinación. Una piedra puesta al revés canta desde lejos.
Inclinar ligeramente hacia atrás las caras superiores, para que el agua de lluvia se dirija hacia el interior del talud y no se escurra por fuera.
Usar piedra de la zona. Además de resultar coherente, decide la química del conjunto: una rocalla de caliza tiende a pH alcalino y descarta acidófilas; una de granito, pizarra o arenisca silícea permite plantar brezos, Lavandula stoechas o Erica.
Dejar juntas verticales entre dos bloques contiguos, de uno a tres centímetros, rellenas de la mezcla mineral. Ese es el nicho de grieta, el hábitat más interesante y el que más agradecen las rupícolas ibéricas.
La orientación decide la lista de plantas
En el clima español, la orientación pesa más que la zona de rusticidad. Una solana al sur en Albacete o en Sevilla alcanza en la superficie de la gravilla temperaturas por encima de 50 °C en julio, y ahí solo prosperan xerófitas de verdad. Una umbría al norte, incluso en el sur peninsular, tiene entre tres y cinco horas menos de sol directo y conserva humedad: es otro jardín.
Conviene decir también qué no va a funcionar. El repertorio clásico de las rocallas alpinas centroeuropeas —Gentiana acaulis, muchas Saxifraga de la sección Porphyrion, Dianthus alpinus, Primula de montaña— fracasa en la mayor parte de España, y no por el frío del invierno, que soportan de sobra, sino por las noches cálidas del verano: por encima de 20 °C nocturnos durante semanas, la planta respira más de lo que fotosintetiza y se consume. En el litoral mediterráneo y en el valle del Guadalquivir hay que asumirlo y trabajar con flora mediterránea e ibérica de solana, que es abundante y muy agradecida. En la cornisa cantábrica, en el Pirineo, en el Sistema Central o en cualquier sitio por encima de 900-1.000 m, el repertorio alpino sí es viable.
Solana seca
Cojines y tapizantes. Sedum album, Sedum sediforme y Sedum acre, que colonizan las juntas solos; Delosperma cooperi, de floración magenta larguísima y muy resistente a la sequía, aunque sufre por debajo de −8 °C; Iberis sempervirens, con una masa blanca en marzo y abril y buen porte compacto todo el año; Cerastium tomentosum, gris plateado y muy expansivo, hay que contenerlo; Phlox subulata y Aubrieta deltoidea, espectaculares en primavera, aunque en el interior cálido se apagan en verano y suelen durar cuatro o cinco años; Dianthus gratianopolitanus y Dianthus deltoides, en cojines grises muy duraderos; Thymus serpyllum y Thymus praecox, pisables; Frankenia laevis, ideal para suelos con algo de sal y ambiente litoral.
Ibéricas de solana, que resuelven las situaciones más duras: Lithodora fruticosa, la hierba de las siete sangrías, calcícola y de un azul intenso poco frecuente; Helianthemum nummularium y H. apenninum, jarillas de floración continua en primavera; Teucrium polium, Thymus mastichina y Thymus zygis; Euphorbia rigida y Euphorbia myrsinites, de porte escultórico y hojas azuladas dispuestas en espiral —conviene saber que el látex blanco de las euforbias es irritante para la piel y los ojos, así que se podan con guantes—; Santolina chamaecyparissus y Helichrysum stoechas.
Matas de estructura, para dar volumen y que la rocalla no sea plana: Salvia rosmarinus 'Prostratus', que cae en cascada por un talud; Lavandula angustifolia en suelo calizo y Lavandula stoechas en silíceo; Convolvulus cneorum, de follaje sedoso plateado; Cistus albidus en caliza y Cistus ladanifer o C. salviifolius en suelo ácido; Genista lydia y Erinacea anthyllis, el piorno azul de las montañas béticas e ibéricas, lentísimo y magnífico.
Bulbos. Se plantan entre los cojines y aparecen antes que ellos: Muscari armeniacum, Narcissus bulbocodium y N. jonquilla, Iris lutescens, Tulipa sylvestris y T. clusiana, Allium moly, y para el otoño Sternbergia lutea y Crocus serotinus, que florecen con las primeras lluvias y sorprenden en septiembre.
Umbría fresca
Aquí el drenaje sigue mandando, pero se puede subir la fracción de materia orgánica al 25-30 % y el sustrato retiene más humedad.
Vivaces de sombra. Campanula portenschlagiana y C. poscharskyana, dos de las plantas más fiables que existen para una umbría española: florecen en oleadas azules y se meten entre las piedras solas; Saxifraga × urbium y S. umbrosa, formando alfombras de rosetas; Bergenia cordifolia, de hoja gruesa perenne que enrojece en invierno; Heuchera en variedades de follaje; Ajuga reptans; Vinca minor; Geranium sanguineum y G. macrorrhizum, muy resistentes a la sequía estival en sombra; Helleborus foetidus, ibérico, que florece en enero y se resiembra solo; Pseudofumaria lutea (la antigua Corydalis lutea), que se instala en los muros y florece nueve meses.
Helechos de grieta, la solución para las juntas sombrías estrechas: Asplenium trichomanes, Asplenium ceterach —que se enrolla y parece muerto en verano y revive con la primera lluvia—, Asplenium ruta-muraria, Polypodium cambricum y Dryopteris affinis en las zonas más frescas y húmedas.
Bulbos y geófitas de sombra. Cyclamen hederifolium, que florece en septiembre antes de sacar la hoja y se naturaliza bajo los arbustos, y Cyclamen coum a finales del invierno; Scilla, Anemone blanda, Arisarum vulgare.
Grietas verticales
Es el nicho que da carácter a una rocalla y el que exige más técnica. La regla básica: la grieta se planta mientras se construye. Colocar una piedra, acomodar la planta con las raíces extendidas hacia dentro y rellenar con la mezcla mineral, colocar la siguiente piedra. Meter una planta en una grieta ya cerrada rara vez sale bien.
Se usan plantas jóvenes, en alvéolo o maceta de 7 cm, nunca cepellones grandes que no caben. Y hay que regar con constancia el primer verano, porque una grieta no tiene reserva de agua hasta que la raíz llega al sustrato del interior; a partir del segundo año se olvidan.
Especies para grieta: Ramonda myconi, el clásico endemismo pirenaico, en grieta vertical y umbría, que se deshidrata hasta parecer papel y se recupera al regar; Saxifraga longifolia, monocárpica, con una roseta de decenas de centímetros que tarda años en formarse y florece una vez; Sarcocapnos enneaphylla, colgante de roquedos calizos; Antirrhinum molle y A. sempervirens, bocas de dragón rupícolas del Pirineo calizo; Erinus alpinus, que se resiembra en los muros; Petrocoptis pyrenaica; Chaenorhinum origanifolium; Umbilicus rupestris, el ombligo de Venus, para grietas de umbría húmeda; Sedum dasyphyllum y Sempervivum tectorum o S. arachnoideum en las grietas soleadas.
Riego y mantenimiento
El primer año se riega, después casi no. Riegos espaciados y profundos —una vez por semana en verano, empapando— para que la raíz baje. A partir del segundo o tercer año, las especies de solana se sostienen con lluvia y algún apoyo puntual en olas de calor. Un goteo con emisores separados sirve; el aspersor no, porque moja el follaje de los cojines y ahí es donde empieza la podredumbre.
Nada de acolchado orgánico sobre la superficie: la corteza y el mantillo retienen humedad justo contra el cuello de las plantas, que es lo que hay que evitar. Gravilla, siempre.
Abonado, mínimo. Estas plantas dan lo mejor en suelo pobre. Un exceso de nitrógeno alarga los entrenudos, deshace los cojines, reduce la floración y las hace vulnerables al frío y a los hongos.
Poda de recorte tras la floración en aubretias, arabis, iberis, helianthemum y tomillos: un tijeretazo que quite un tercio mantiene la mata compacta y evita que se abra por el centro y se pele.
Escarda a mano y a tiempo. Es el mantenimiento real de una rocalla y no admite atajos: una vez que una gramínea perenne se instala dentro de un cojín de Dianthus, sale la planta entera o no sale.
Reponer. Aubrietas, helianthemums y algunas dianthus son de vida corta, de cuatro a seis años. Se sustituyen sin dramatismo, y muchas se multiplican por esqueje semileñoso en verano con facilidad.
En resumen
Una rocalla se construye de abajo arriba: 20-25 cm de material drenante, 25-40 cm de sustrato con 50-60 % de árido grueso, y 3-5 cm de gravilla en superficie metida bajo el cuello de cada planta. Amontonar tierra de jardín y colocar piedras encima condena la plantación al primer invierno húmedo, porque estas especies mueren de asfixia, no de frío.
En terreno llano y arcilloso, la solución es elevar el conjunto 40-60 cm. Las piedras van pocas, grandes, enterradas entre un tercio y la mitad, con las vetas alineadas y dejando juntas verticales que serán el mejor hábitat del conjunto.
La orientación selecciona la lista. En solana: sedums, Delosperma, Iberis, Dianthus, tomillos, Lithodora fruticosa, Helianthemum, Euphorbia rigida, romero rastrero, jaras y bulbos mediterráneos. En umbría: Campanula portenschlagiana, saxífragas, Bergenia, geranios vivaces, Helleborus foetidus, helechos de grieta y Cyclamen. En grieta vertical, plantando durante la construcción: Ramonda myconi, Saxifraga longifolia, Sarcocapnos, Erinus alpinus y Sempervivum.
Buena parte del catálogo alpino centroeuropeo no prospera en el interior y el sur peninsulares por las noches cálidas del verano, no por el invierno. Trabajar con flora mediterránea e ibérica de montaña da mejores resultados y menos bajas.
Riego profundo y espaciado el primer año, casi nada después; gravilla en vez de acolchado orgánico; abonado mínimo; y recorte de los cojines tras la floración.