Que un fruto sea exótico no lo convierte en inofensivo, y conviene empezar por ahí. La carambola, esa estrella amarilla que decora los postres de hotel, ha provocado intoxicaciones neurológicas graves en personas con insuficiencia renal, y en algunos hospitales figura como alimento desaconsejado en las dietas de diálisis. El resto de la lista que viene a continuación es de trato mucho más amable, pero el dato sirve para fijar el tono: aquí se habla de botánica y de cultivo, no de curiosidades de feria.
Lo que sigue es un recorrido por frutos que rompen las expectativas de quien está acostumbrado a manzanas y naranjas, con una pregunta añadida que casi nunca se responde en este tipo de listas: cuáles de ellos pueden llegar a cultivarse en España y cuáles no pasan de la fantasía.
Salak, el fruto con piel de serpiente
Salacca zalacca es una palmera del sotobosque de Java y Sumatra, sin tronco aéreo visible, armada con espinas de veinte o treinta centímetros en los pecíolos. Los frutos nacen apiñados a ras de suelo, entre las bases de las hojas, y su piel es lo que le ha dado el nombre: escamas marrones superpuestas, brillantes, idénticas a las de una serpiente. Se pela presionando la punta hasta que la cáscara se abre como una cáscara de huevo cocido.
Dentro hay dos o tres gajos de carne blanquecina, seca, crujiente, con una pepita grande y leñosa. El sabor está entre la piña, el plátano y una nota resinosa; la variedad 'Pondoh' es la que se exporta y la menos astringente. Los ejemplares menos maduros dejan la boca áspera por los taninos.
Cultivarlo aquí no es realista. Es una especie dioica, con pies macho y pies hembra separados, lo que obliga a tener los dos y a polinizar a mano en cultivo comercial; necesita sombra parcial permanente, humedad ambiental muy alta y temperaturas que no bajen de los 20 ºC. Ni el litoral más benigno de la península ofrece eso.
Carambolo: la estrella con letra pequeña
Averrhoa carambola pertenece a las oxalidáceas, la familia de los tréboles de la suerte, y eso ya adelanta parte del problema: su fruto es rico en oxalatos. Es un arbolillo de cinco a ocho metros, de hojas compuestas que se pliegan al anochecer, con flores rosadas pequeñas y frutos de cinco costillas que al cortarse en rodajas dan la estrella.
Hay dos grupos varietales: los ácidos, de alto contenido en ácido oxálico, y los dulces, tipo 'Arkin' o 'Fwang Tung', que son los que se comen en fresco. La pulpa es jugosa y refrescante, con más textura que sabor.
La advertencia es real y está bien documentada. La carambola contiene caramboxina, una neurotoxina que un riñón sano elimina sin dificultad. En personas con insuficiencia renal crónica, y de forma especial en pacientes en diálisis, esa sustancia se acumula y puede provocar hipo persistente, confusión, agitación, convulsiones y casos mortales, a veces tras consumir apenas un vaso de zumo. Si hay enfermedad renal de por medio, la carambola no se come, y la decisión no es de sentido común doméstico sino del nefrólogo. La carga de oxalatos también aconseja prudencia a quien forma cálculos renales de oxalato cálcico.
En España se cultiva en Canarias y de forma testimonial en la Costa Tropical de Granada y Málaga. Es sensible al frío: por debajo de 0 ºC se dañan las ramas jóvenes, y un árbol adulto aguanta a duras penas heladas cortas de −2 ºC. En el resto de la península solo tiene sentido en invernadero o como planta de maceta con invernada bajo cubierta.
Durián, la fruta que no se deja llevar en autobús
Durio zibethinus es un árbol enorme, de hasta cuarenta metros en su Borneo natal, que produce frutos de dos a cuatro kilos cubiertos de espinas piramidales duras. Cae desde veinte metros de altura sin avisar, lo que lo convierte además en un peligro físico serio bajo la copa.
Su fama se la debe al olor, producido por una mezcla de compuestos azufrados volátiles que recuerdan a cebolla podrida, gas y queso curado, todo a la vez. La pulpa, en cambio, es cremosa, dulce y con textura de natillas, y en el sudeste asiático se la considera la mejor fruta que existe. Singapur prohíbe transportarla en el metro, y numerosos hoteles de Malasia y Tailandia la vetan en las habitaciones, con carteles explícitos en el vestíbulo.
Hay una precaución que sí conviene tomar en serio: comer durián y beber alcohol en la misma sobremesa suele terminar en rubor, taquicardia, sudoración y náuseas. La explicación más aceptada es que sus compuestos de azufre interfieren con la enzima que degrada el acetaldehído, de forma parecida a como actúa el disulfiram. No es un mito de guía turística.
Como cultivo, es estrictamente tropical: exige más de 22 ºC de media constante, sin estación seca marcada y con humedad muy alta. Fuera de un invernadero tropical de colección, en España no hay nada que hacer.
Jabuticaba, el árbol que fructifica en el tronco
Myrciaria cauliflora —también citada como Plinia cauliflora— es de las pocas plantas que impresionan de verdad al verlas en carne y hueso. Las flores blancas y después los frutos, negros y del tamaño de una uva, brotan directamente del tronco y de las ramas gruesas, desde la base hasta arriba, cubriendo la madera por completo. Ese fenómeno se llama caulifloria y es una adaptación de sotobosque tropical: pone el fruto al alcance de animales que no trepan.
Sabe a uva moscatel con un fondo resinoso limpio, tiene piel gruesa y astringente y se estropea en tres o cuatro días, lo que explica que no la veas nunca en una frutería europea. En Brasil se consume en el árbol, en zumo o fermentada.
Es la única de esta lista que un aficionado español puede plantearse en serio, y con condiciones. Es subtropical, no tropical: un ejemplar adulto y bien establecido tolera heladas breves de −2 o −3 ºC, así que en el litoral mediterráneo y en el suroeste peninsular puede vivir al aire libre. El obstáculo no es el frío, es la cal. Es una mirtácea acidófila que exige pH entre 5,5 y 6,5, y en el suelo calizo y con el agua dura habituales en media España amarillea de clorosis férrica de forma crónica. En maceta grande con sustrato ácido y riego con agua de lluvia funciona; plantada directamente en un jardín de Castilla o Levante, se arrastra durante años y muere.
El otro obstáculo es la paciencia. De semilla tarda entre ocho y quince años en dar el primer fruto. Los ejemplares injertados o acodados adelantan bastante esa espera, y merece la pena pagar la diferencia.
Rambután, el pariente peludo del lichi
Nephelium lappaceum es una sapindácea, de la misma familia que el lichi y el longan, y las tres se confunden con frecuencia en el mostrador. La diferencia salta a la vista: el rambután va cubierto de apéndices carnosos flexibles de un par de centímetros —el nombre viene del malayo rambut, pelo—, mientras que el lichi tiene una cáscara rugosa y roja pero lisa, y el longan es marrón y liso del todo. Dentro, las tres esconden un arilo blanco traslúcido que envuelve una única semilla; el del rambután es más firme y menos perfumado que el del lichi.
Es un árbol de veinte metros, predominantemente dioico en estado natural, aunque las variedades comerciales seleccionadas producen flores hermafroditas funcionalmente femeninas con algunas masculinas, lo que permite plantar un solo clon. La semilla no se come cruda: contiene saponinas y compuestos que la hacen indigesta, y en la práctica se descarta siempre.
Tropical húmedo estricto. Por debajo de 10 ºC sostenidos sufre daños graves y una helada lo mata. En España solo prospera en invernadero cálido, y ni siquiera en Canarias es un cultivo cómodo.
Un fruto raro que sí crece aquí, y que no se come
La Maclura pomifera, naranjo de los osages, produce una de las cosas más desconcertantes que uno puede encontrarse en un parque español: una bola verde rugosa de diez a quince centímetros, pesada, con aspecto de cerebro y con látex blanco pegajoso. Es una morácea, pariente de la morera y de la higuera, plantada en su día en setos defensivos por sus ramas espinosas y usada como árbol de alineación.
No es comestible. La pulpa es fibrosa, amarga e incomible, y el látex irrita la piel y las mucosas; conviene manipular los frutos con guantes y mantener a los niños alejados de la tentación de abrirlos. Tampoco funciona lo que dice la creencia más repetida sobre esta especie: colocar los frutos por la casa no ahuyenta arañas ni cucarachas. Se han aislado compuestos de su látex con cierta actividad repelente en ensayos de laboratorio, pero la concentración que emite un fruto entero puesto en un rincón del salón no repele nada. Es una decoración otoñal curiosa y poco más.
A cambio, el árbol es durísimo: soporta −25 ºC, sequía, suelo pobre y contaminación urbana, y su madera es la más elástica que se conoce entre las norteamericanas, tradicionalmente empleada para arcos. Es dioico, así que si te molestan esas bolas cayendo sobre el coche, la solución es plantar un pie macho.
Cómo interpretar estas listas
Dos ideas para cerrar. La primera es que la rareza depende del sitio: el durián es tan cotidiano en Kuala Lumpur como la naranja en Valencia, y el níspero japonés, que aquí llena mercados en abril, resulta exótico en medio mundo. Lo que llamamos fruto raro suele ser simplemente un fruto que no soporta el transporte: la jabuticaba dura tres días y el mangostán se estropea en una semana, y esa fragilidad, no su sabor, es lo que los mantiene fuera de nuestras fruterías.
La segunda es que la tentación de comprar la semilla por internet y sembrarla acaba casi siempre en un tiesto con tierra y nada dentro. Las semillas de sapindáceas y de Durio son recalcitrantes: pierden la viabilidad en cuestión de días o semanas si se secan, y las que llegan por correo desde el otro lado del mundo ya están muertas cuando abres el sobre. Si quieres cultivar alguno de estos frutales, el punto de partida es una planta viva de vivero especializado y un análisis honesto de tu clima invernal. Con eso, la jabuticaba en maceta ácida y el carambolo en el litoral sur son objetivos alcanzables; el resto, mejor probarlos en su país.
En resumen
El salak sorprende por su piel escamosa y por nacer al pie de una palmera espinosa; la carambola da la rodaja en estrella pero está contraindicada en insuficiencia renal por su caramboxina y sus oxalatos; el durián reúne el peor olor y una de las mejores pulpas del trópico, y no conviene mezclarlo con alcohol; la jabuticaba cubre el tronco de frutos y es la única realmente cultivable aquí, siempre en sustrato ácido y con agua blanda; el rambután es un lichi peludo que exige trópico húmedo permanente. Y la Maclura pomifera, que sí resiste el invierno español, no se come ni espanta arañas. Antes de encargar semillas exóticas, comprueba dos cosas: la temperatura mínima que aguanta la especie y si su semilla soporta el secado. Casi siempre, esas dos preguntas ya deciden el asunto.