Bajo un metro cuadrado de pradera bien llevada trabajan entre cien y cuatrocientas lombrices, con una biomasa de 30 a 150 gramos. Bajo un metro cuadrado del mismo suelo pasado a rotovator todos los años quedan menos de veinte. Esa diferencia no es un detalle de naturalista: se traduce en agua que se infiltra o que escurre, en materia orgánica que baja o que se queda en la superficie, y en un suelo que se trabaja fácil o que se abre en costra.
Qué son y cuántas hay
Las lombrices de tierra son anélidos oligoquetos; en Europa, casi todas las que interesan al jardín pertenecen a la familia Lumbricidae. Se reconocen por el clitelo, el engrosamiento en forma de anillo del tercio anterior, que solo aparece en los adultos y es el órgano que fabrica el capullo donde se depositan los huevos. Son hermafroditas, pero necesitan aparearse: dos individuos intercambian esperma y ambos ponen.
Se han descrito unas 3.000 especies en el mundo y del orden de 300 en la península ibérica, con un porcentaje alto de endemismos, sobre todo en el noroeste y en las cordilleras. Ese detalle importa por una razón práctica: la fauna que ya vive en un jardín español está adaptada a su clima y a su suelo mucho mejor que cualquier cosa que se pueda comprar.
Lo que hacen de verdad en el suelo
Galerías. Las especies que excavan verticalmente construyen conductos continuos de uno a tres metros de profundidad que atraviesan capas compactadas. Un macroporo así conduce el agua a una velocidad de uno a dos órdenes de magnitud superior a la de la matriz del suelo. La consecuencia visible es que un suelo con población alta de lombrices absorbe una tormenta que en el de al lado se va ladera abajo, y de paso airea el perfil hasta profundidades que ninguna labor alcanza sin destrozar la estructura.
Drilosfera. Es el nombre del manguito de dos a cinco milímetros de suelo que rodea cada galería, tapizado con mucus y con deyecciones. Ahí la actividad microbiana y enzimática multiplica por varias veces la del suelo circundante, y ahí es donde las raíces prefieren crecer: encuentran un camino ya abierto, aireado y con nutrientes disponibles. Una raíz que aprovecha una galería vieja llega al agua profunda sin gastar energía en abrirse paso.
Deyecciones. Lo que sale por el extremo posterior de una lombriz no es la misma tierra que entró. Ha pasado por una molleja, se ha mezclado con carbonato cálcico procedente de las glándulas calcíferas, con mucus y con una carga microbiana intensa. El resultado tiene más nitrógeno mineral, fósforo y potasio asimilables y más calcio que el suelo de origen, y sobre todo forma agregados estables al agua: gránulos que no se deshacen con la lluvia. Eso es, literalmente, estructura de suelo fabricada por un animal.
Mezcla. Las hojas, la paja o la hierba segada que quedan arriba las arrastran hacia dentro las especies excavadoras, y las que comen tierra reparten esa materia orgánica por el perfil. Sin ellas, la materia orgánica se queda en superficie y se mineraliza al sol.
El volumen del trabajo, para dar escala: una población sana puede procesar del orden de 10 a 50 toneladas de suelo por hectárea y año y depositar buena parte en superficie en forma de las pequeñas torretas que aparecen en el césped tras las lluvias de otoño.
Los tres grupos ecológicos
La clasificación funcional que propuso Marcel Bouché en 1977 sigue siendo la herramienta más útil para entender qué hace cada lombriz, y es la clave para no equivocarse al comprar.
Epigeas. Viven en la capa de hojarasca o en un montón de materia orgánica en descomposición, no excavan galerías en el suelo mineral y ni siquiera lo comen. Son pequeñas, de vida corta, con pigmentación roja o parda intensa que las protege de la luz porque están expuestas, y con una reproducción muy rápida. Aquí están Eisenia fetida, Eisenia andrei, Dendrobaena veneta y, a caballo entre grupos, Lumbricus rubellus. Necesitan materia orgánica fresca, concentrada y continua.
Anécicas. Son las grandes constructoras. Excavan una galería vertical permanente, de la que salen de noche a la superficie para arrastrar hojas hacia dentro, y depositan sus deyecciones arriba. Lumbricus terrestris, Aporrectodea longa y varias especies ibéricas del género Scherotheca. Tienen el extremo anterior oscuro y la cola más pálida y aplanada. Se reproducen despacio, viven años y son las que más aportan al drenaje y a la mezcla, y también las más frágiles ante cualquier labor, porque su galería fija es su casa y su refugio.
Endogeas. Viven dentro del suelo mineral, en galerías horizontales y temporales que van rellenando a su paso, y se alimentan de la materia orgánica ya incorporada al suelo. Son pálidas, poco o nada pigmentadas, porque nunca ven la luz. Aporrectodea caliginosa, Aporrectodea rosea, Allolobophora chlorotica, Octolasion cyaneum. Suelen ser el grupo más numeroso en un suelo cultivado y son las responsables de buena parte de la agregación del horizonte superficial.
Por qué Eisenia fetida no se suelta en el jardín
Eisenia fetida —la lombriz roja, a menudo llamada californiana por su origen comercial— es una especie epigea, y ahí está todo explicado. Su nicho es un montón de estiércol, una cama de compost o un vermicompostador: un medio con un 70-85 % de humedad, entre 15 y 25 °C, con veinte o treinta centímetros de materia orgánica fresca en descomposición permanente. En esas condiciones es imbatible, porque come su propio peso al día y se multiplica en semanas.
Echada sobre el suelo mineral de un arriate, la misma lombriz se encuentra sin nada que comer, sin capacidad para excavar una galería que la proteja y expuesta a la desecación y a los mirlos. Se dispersa buscando materia orgánica o muere en pocos días. Comprar un kilo de lombriz roja para «mejorar el jardín» es tirar el dinero: no colonizará el terreno, no dejará descendencia estable y, aunque lo hiciera, no construye las galerías verticales que dan drenaje, porque no es lo que sabe hacer.
Dicho al revés: en un vermicompostador Eisenia es exactamente la especie correcta, y una anécica como Lumbricus terrestris sería exactamente la equivocada, porque en una caja sin profundidad no puede construir su galería y muere. Cada grupo funciona en su sitio.
Para el vermicompostador, los parámetros que lo sostienen son sencillos: un kilo de lombrices procesa en torno a medio kilo de residuo al día en condiciones óptimas; el cajón va a la sombra y resguardado de heladas; la humedad debe ser la de una esponja escurrida; y quedan fuera la carne, el pescado, los lácteos, el exceso de cítricos y cebolla, y cualquier cosa salada o aceitosa.
Cómo favorecerlas sin comprar ninguna
Si el suelo tiene condiciones, las lombrices llegan solas o ya están; lo que hay que hacer es ponerles comida y dejar de molestarlas.
Acolchar. Es la medida que más cambia las cosas. Una capa de 5 a 10 cm de hojas, hierba segada, paja o restos de poda triturados sobre el suelo cumple tres funciones a la vez: alimenta a las anécicas, que la arrastran hacia sus galerías; mantiene la humedad; y amortigua la temperatura de los primeros centímetros, que es donde se juega la supervivencia en agosto. Se renueva conforme desaparece, y su desaparición es precisamente la señal de que el trabajo se está haciendo.
Compost en superficie. Aportar 2 a 4 litros por metro cuadrado y año extendidos por encima, sin enterrar. Las lombrices lo incorporan mejor y más despacio que una laya, y de paso el suelo no se altera.
No dejar el suelo desnudo. Un suelo descubierto en un verano español alcanza 45-50 °C en superficie y pierde toda la humedad de los primeros centímetros. Las lombrices se retiran hacia abajo, se enrollan en una cámara y entran en quiescencia o diapausa: dejan de trabajar. Cubrirlo con acolchado, con cubierta vegetal o con cultivo mantiene la actividad muchas más semanas al año. En invierno, la cubierta protege igualmente del hielo.
Regar con cabeza. El calendario de actividad en clima mediterráneo es otoño, invierno y primavera; en julio y agosto están inactivas por sequía y calor. Buscarlas cavando en pleno agosto y no encontrarlas no significa que el suelo esté muerto. Un riego que mantenga el perfil cerca de capacidad de campo en primavera y otoño alarga la temporada de trabajo.
Corregir la acidez extrema. Por debajo de pH 4,5-5 la mayoría de las especies no prospera. En suelos ácidos de Galicia, Asturias o la sierra, un encalado moderado con caliza molida o dolomía sube la población de manera clara.
Evitar la compactación. Pasar con maquinaria o pisar repetidamente sobre suelo mojado cierra los poros y aplasta las galerías. En un huerto, definir pasillos fijos y no pisar nunca los bancales resuelve el problema por completo.
Prácticas que las destruyen
El laboreo, y en particular el motocultor. Es el factor que más pesa. Cada pasada de rotovator mata directamente entre un 10 y un 25 % de los individuos por corte y aplastamiento, destruye las galerías permanentes que costaron años, expone a los supervivientes a las aves y acelera la mineralización de la materia orgánica, con lo que además las deja sin comida. Las anécicas son las primeras en desaparecer y las últimas en volver. Un huerto labrado a fondo cada temporada mantiene una población pobre indefinidamente; el mismo huerto en siembra directa o con laboreo mínimo y acolchado recupera densidades altas en tres o cuatro años.
Determinados productos fitosanitarios. No todos son iguales, y conviene distinguir. Los fungicidas del grupo de los bencimidazoles —carbendazima, benomilo— fueron históricamente los más letales para las lombrices, hasta el punto de usarse como lombricidas; están retirados en la UE. Algunos insecticidas organofosforados y carbamatos aplicados al suelo tienen también toxicidad alta. El cobre merece mención aparte: se usa de forma habitual en cultivo ecológico, no se degrada y se acumula en el suelo, y en viñedos y frutales con décadas de tratamientos alcanza concentraciones que reducen de forma medible las poblaciones de lombriz. Entre los cebos antilimacos, los de fosfato férrico son bastante más benignos que los de metaldehído, aunque la aplicación repetida tampoco es inocua. Regla general para un jardín: aplicar solo cuando hay un problema identificado, respetar dosis y no tratar el suelo de forma preventiva.
Los abonos muy salinos y acidificantes aplicados año tras año, en particular el sulfato amónico, bajan el pH y aumentan la conductividad de la solución del suelo, dos cosas que las lombrices llevan mal.
Retirar todos los restos vegetales. Recoger la hojarasca hasta dejar el suelo limpio, llevarse la hierba segada y quemar los restos de poda equivale a vaciar la despensa. Es una decisión de mantenimiento que se toma por estética y que descapitaliza el suelo.
Dos observaciones que conviene interpretar bien
Las lombrices que salen a la acera cuando llueve. La explicación habitual es que se ahogan en las galerías inundadas, y no encaja con los hechos: intercambian gases a través de la piel y sobreviven sumergidas bastante tiempo en agua oxigenada. Lo que ocurre es que la superficie mojada les permite desplazarse largas distancias sin desecarse, algo imposible en un día seco, y aprovechan para migrar y dispersarse. Además, la vibración de la lluvia sobre el suelo se parece a la de un topo excavando, y hay especies que responden a esa señal saliendo a la superficie.
Las torretas en el césped. Los montoncitos de tierra que aparecen en otoño y primavera son deyecciones de especies anécicas y son un indicador de suelo vivo. Estropean el aspecto de un césped fino y se resuelven barriéndolos en seco con un cepillo o con el rastrillo cuando la torreta está seca, nunca pisándolos húmedos ni tratando el suelo para eliminar las lombrices, que es cambiar un problema estético menor por un suelo compactado.
Cómo saber si el suelo va bien
La prueba se hace en otoño o primavera, con el suelo húmedo y templado, nunca en verano. Se excava un bloque de 20 × 20 × 20 cm, se desmenuza sobre un plástico y se cuentan los individuos, incluidos los pequeños.
Menos de 4 lombrices en ese bloque señalan un suelo empobrecido o maltratado. Entre 4 y 10 indica una situación aceptable. Más de 10 —lo que equivale a más de 250 por metro cuadrado— corresponde a un suelo con buena estructura y buen contenido de materia orgánica. Repetir el conteo en el mismo punto cada año es la forma más barata que existe de comprobar si un cambio de manejo está funcionando.
En resumen
Las lombrices de tierra construyen galerías que conducen el agua y el aire al perfil profundo, generan alrededor de ellas una drilosfera con actividad biológica muy superior a la del suelo circundante, y transforman la tierra que ingieren en agregados estables y ricos en nutrientes asimilables. Ese trabajo es estructura de suelo, y no hay laboreo que lo sustituya.
Los tres grupos ecológicos hacen cosas distintas: las epigeas viven en la materia orgánica y no excavan, las anécicas construyen galerías verticales permanentes y arrastran la hojarasca hacia dentro, y las endogeas remueven el suelo mineral en horizontal.
Eisenia fetida es epigea, y por eso es la lombriz del vermicompostador y no una lombriz para soltar en el jardín: en suelo mineral no tiene qué comer, no excava y desaparece. Las lombrices que mejoran un terreno son las que ya viven allí.
Favorecerlas es cuestión de dos decisiones: dejar de labrar y mantener el suelo cubierto con 5-10 cm de acolchado, con compost aportado en superficie y sin fitosanitarios preventivos. Lo que las destruye es el motocultor anual, el suelo desnudo en agosto, la acumulación de cobre y la retirada sistemática de todo resto vegetal.
Un bloque de 20 × 20 × 20 cm excavado en otoño y con más de diez lombrices dentro es la señal de que el manejo va por buen camino.