Un hueso de melocotón Calanda sembrado en una maceta no dará melocotones de Calanda. Dará un melocotonero, sí, pero con fruta distinta a la del árbol madre, casi siempre peor, y tardará seis o siete años en enseñárnosla. Esa es la razón de fondo por la que existe el injerto: los frutales cultivados son híbridos muy seleccionados que no se reproducen fielmente por semilla, y la única forma de conservar una variedad tal cual es multiplicarla por vía vegetativa. El injerto es la manera de hacerlo cuando la estaquilla no arraiga bien, que es lo que ocurre con casi todos los frutales de hueso y pepita.
Injertar consiste en soldar dos plantas distintas: el patrón o portainjerto, que aporta la raíz, y la púa o yema, que aporta la parte aérea y por tanto la variedad y la fruta. Lo que se suelda no es la madera ni la corteza, sino una capa de células de un par de milímetros llamada cámbium, situada justo entre la madera y la corteza. Si esa capa de las dos piezas no queda en contacto, no hay unión posible por muy bien atado que esté todo.
Qué se gana al injertar
La fidelidad varietal es el motivo principal, pero no el único ni siempre el más interesante.
Entrada en producción. Un peral de semilla puede tardar ocho o diez años en florecer. Injertado sobre un patrón adecuado entra en producción en tres o cuatro, porque la púa procede de madera adulta y ya ha pasado la fase juvenil.
Control del tamaño. Los portainjertos enanizantes cambian por completo el manejo de una plantación. Un manzano sobre M9 se queda en dos metros y medio y se poda desde el suelo; el mismo manzano sobre franco de semilla se va a siete metros y exige escalera para todo. El precio del enanizante es que necesita tutor permanente, riego más constante y un suelo mejor, porque el sistema radicular es superficial y frágil.
Adaptación al suelo. Aquí es donde el patrón se gana el sueldo en la península. Buena parte de los suelos españoles son calizos, con pH por encima de 8 y caliza activa alta, y un melocotonero franco en ese terreno amarillea de clorosis férrica hasta morir. Los híbridos almendro × melocotonero del tipo GF-677 aguantan esa caliza sin inmutarse. En el extremo contrario, en suelos pesados y encharcadizos, el ciruelo Mariana 2624 soporta la asfixia radicular que mataría a cualquier patrón de melocotonero.
Resistencia a plagas y enfermedades del suelo. El caso escolar es la vid: la filoxera arrasó el viñedo europeo a finales del siglo XIX y la solución fue —y sigue siendo— injertar las variedades europeas sobre raíces americanas resistentes. Prácticamente toda la viña española está injertada por ese motivo. En frutal de hueso, los patrones seleccionados frente a nematodos del género Meloidogyne permiten replantar parcelas que de otro modo habría que abandonar.
Reconversión de un árbol adulto. Un frutal de quince años con una variedad que no se vende no hay que arrancarlo. Se descabeza y se sobreinjerta con la variedad nueva sobre las ramas principales, y en dos o tres campañas vuelve a producir aprovechando un sistema radicular ya hecho. Arrancar y replantar habría costado seis años.
Polinizadores. Muchos perales, manzanos y cerezos son autoincompatibles y necesitan otra variedad cerca que florezca a la vez. En un jardín pequeño, injertar una o dos ramas de la variedad polinizadora en el propio árbol resuelve el problema sin plantar un segundo pie.
Hasta dónde llega la compatibilidad
Circula la idea de que en un mismo tronco se puede montar cualquier cosa, y de ahí nacen las fotos de árboles que supuestamente dan manzanas y naranjas. No funciona así. La regla práctica es que la afinidad decae al alejarse en el parentesco botánico: dentro de la misma especie el injerto prende casi siempre; dentro del mismo género, con frecuencia; entre géneros distintos de la misma familia, a veces; y entre familias distintas, nunca.
Por eso un melocotonero, un almendro, un ciruelo, un albaricoquero y un cerezo —todos Prunus— admiten combinaciones entre ellos con desigual fortuna, mientras que injertar un cítrico sobre un manzano es sencillamente imposible. Y por eso mismo funciona el clásico árbol de cinco frutas: son cinco Prunus, no cinco familias.
Hay además incompatibilidades finas dentro de un mismo grupo. El peral sobre membrillero es la más conocida: da árboles más pequeños y precoces, pero varias variedades de peral, entre ellas 'Williams', no sueldan bien con el membrillo y acaban partiéndose por el punto de injerto años después. La solución de vivero es intercalar un filtro, un trozo intermedio de una variedad compatible con ambas, normalmente 'Beurré Hardy'. Cuando veas un peral con dos cicatrices de injerto superpuestas, eso es lo que estás mirando.
La incompatibilidad tardía es traicionera precisamente porque tarda. El injerto prende, el árbol crece con normalidad y cinco o siete años después empieza a mostrar hojas rojizas prematuras, un engrosamiento anormal por encima de la unión y, al primer viento fuerte, se descabalga entero. No hay arreglo posible entonces.
Cuándo injertar y en qué estado tienen que estar las plantas
El calendario depende del tipo de injerto, y confundirlos es la vía más rápida a un fracaso completo.
Injertos de púa (hendidura, corona, inglés). Se hacen a finales del invierno o al arrancar la primavera, entre febrero y abril según zona, con el patrón despertando y la púa todavía dormida. Ese desfase es la clave: el patrón tiene que estar empujando savia para alimentar la soldadura, y la púa tiene que llegar sin brotar para no consumirse antes de estar conectada. Por eso la madera de púa se recoge en pleno reposo, en diciembre o enero, y se guarda en el frigorífico entre 2 y 4 ºC, envuelta en papel ligeramente húmedo dentro de una bolsa perforada. Nunca en el congelador, y nunca en una bolsa hermética sin aire, donde se enmohece en tres semanas.
Injertos de yema o escudete. Necesitan que la corteza del patrón despegue, es decir, que haya savia circulando. Se hacen a finales de agosto y en septiembre —el llamado injerto a ojo dormido, que no brota hasta la primavera siguiente— o en abril y mayo, a ojo velando, que brota en la misma temporada. En agosto puedes injertar cítricos, melocotoneros, perales o rosales con corteza que se levanta limpia con la espátula de la navaja; en pleno invierno esa misma corteza no cede y el escudete es imposible.
El injerto de astilla o chip budding es la excepción útil: como no requiere levantar la corteza sino encajar una cuña de madera con yema, sirve en épocas en las que el patrón no está en plena actividad, y es el que mejor funciona en cerezo y en ciruelo.
Sobre la madera de púa: ramos del año anterior, bien agostados, del grosor de un lápiz, con entrenudos cortos y yemas de la parte media del ramo. Las yemas de la punta son inmaduras y las de la base, poco fértiles. Descarta los chupones verticales de crecimiento explosivo: tienen madera esponjosa y muchas yemas de madera, no de fruto.
Los tipos que de verdad vas a usar
Hay descritos decenas de injertos, pero con cuatro se cubre casi todo lo que un aficionado necesita.
Injerto inglés de lengüeta. Para patrón y púa del mismo diámetro, entre uno y dos centímetros. Dos cortes en bisel largo, una lengüeta en cada pieza y encaje a presión. Es el que ofrece mayor superficie de contacto cambial y el de mejor prendimiento, con la ventaja de que se sujeta solo mientras atas. Exige el mismo grosor en ambas piezas: si difieren, se alinea un solo lado y se acepta que el contacto sea parcial.
Injerto de hendidura. Para cuando el patrón es mucho más grueso que la púa, típicamente al reinjertar un árbol adulto. Se corta el tronco o la rama, se hiende por el centro y se meten una o dos púas en cuña en los extremos de la hendidura, cuidando de alinear el cámbium de la púa con el del patrón: no en el centro del corte, sino en el borde, un par de milímetros hacia dentro respecto de la corteza. Es el injerto más brusco y el que más superficie de herida deja, así que hay que sellar todo el corte con mástic.
Injerto de escudete en T. El más económico en material: una sola yema por injerto. Corte en forma de T en la corteza del patrón, se levantan las solapas y se desliza dentro el escudete con la yema. Ata por encima y por debajo dejando la yema al descubierto. Es el estándar en cítricos, rosales y frutal de hueso en vivero.
Injerto de aproximación. Las dos plantas siguen con sus propias raíces mientras se sueldan, y solo después se corta lo que sobra. Es lento y ocupa espacio, pero prácticamente no falla, y es la única salida para especies difíciles. En su variante de puente salva a un árbol al que los roedores o una desbrozadora le han anillado la corteza en la base: se colocan varias varas verticales que unen la parte sana de abajo con la de arriba, y restablecen el paso de savia elaborada.
Ejecución: lo que decide entre prender y pudrirse
Filo. Una navaja de injertar afilada corta las células; una desafilada las aplasta. Un corte machacado se necrosa y no suelda. La hoja tiene que rasurar el pelo del antebrazo, y el corte del bisel se hace de una sola pasada, no serrando.
Rapidez. Entre que haces el corte y cierras la unión no deberían pasar más de treinta o cuarenta segundos. Las superficies expuestas se oxidan y se secan a ojos vista, sobre todo con sol y viento de poniente.
Higiene. Desinfecta la hoja al pasar de un árbol a otro con alcohol de 70º o lejía diluida. Enfermedades como la sharka en frutal de hueso o la tristeza de los cítricos viajan en el material vegetal y en las herramientas, y no hay tratamiento curativo para ninguna de las dos. En zonas con sharka declarada, además, mover púas de un huerto a otro no solo es mala idea, está regulado.
Atado y sellado. Cinta de injertar elástica, tensa pero sin estrangular. Todo lo que sea herida abierta se sella con mástic; la yema, si es de escudete, se deja fuera. Y el atado hay que aflojarlo o retirarlo a las seis u ocho semanas: una cinta no biodegradable olvidada un año entero deja un estrangulamiento que rompe la rama por ahí cuando el árbol ya tiene fruta encima.
Después del injerto: el año en que se pierden la mitad
Prender no es lo mismo que salir adelante. El patrón, al verse descabezado, responde emitiendo brotes propios por debajo de la unión, y esos brotes tienen todas las ventajas: raíz directa, madera adulta, vigor. Si no los eliminas cada dos o tres semanas durante toda la primavera, se comen la savia y la púa se queda parada hasta secarse. Es una tarea aburrida y es la que decide el resultado.
El brote nuevo también hay que sujetarlo. Una púa que crece medio metro en su primer verano está unida al patrón por un tejido de cicatrización todavía tierno, y una racha de viento la arranca limpiamente. Un tutor atado al tronco y sujeción del brote cada veinte centímetros durante las dos primeras temporadas.
Y el detalle que estropea plantaciones enteras: el punto de injerto va por encima del nivel del suelo, unos diez o quince centímetros. Si al plantar lo entierras, o si con el tiempo lo cubres con acolchado y tierra arrastrada, la variedad emite raíces propias, deja de depender del patrón y pierdes de golpe el enanismo, la tolerancia a la caliza o la resistencia a nematodos por los que habías pagado. El árbol se dispara en tamaño tres años después, la fruta queda fuera del alcance y el marco de plantación se queda corto.
Un apunte legal que conviene conocer
Las variedades modernas de manzana, cereza, nectarina o uva de mesa suelen estar protegidas por derechos de obtentor, un régimen equiparable a una patente y vigente en España y en toda la Unión Europea. Multiplicar por injerto una variedad protegida para venderla, o incluso para plantar una parcela comercial, requiere licencia del obtentor. Injertar una rama en el frutal del jardín para consumo propio está en otra escala, pero conviene saber que la etiqueta de "variedad protegida" del vivero no es decorativa. Las variedades tradicionales y las de dominio público no tienen esa restricción, y ahí es donde el aficionado tiene todo el campo abierto para conservar perales o manzanos locales que el mercado ha dejado de plantar.
En resumen
Injertar es unir el cámbium de dos plantas afines para que la raíz de una alimente a la variedad de otra. Se hace porque los frutales no salen fieles de semilla, y de paso permite elegir raíz según el suelo, adelantar la cosecha, controlar el tamaño del árbol y cambiar de variedad sin arrancar nada. La compatibilidad manda: dentro del género casi siempre, entre familias jamás. Los injertos de púa van a finales de invierno con la púa dormida y el patrón despertando; los de yema, en agosto o en primavera, cuando la corteza despega. Y la diferencia entre prender y perder el trabajo suele estar en cuatro cosas nada espectaculares: una navaja afilada, cámbiums bien alineados, el atado retirado a tiempo y los brotes del patrón eliminados cada dos semanas durante el primer verano. El punto de injerto, siempre visible por encima de la tierra.