En la estantería de jardinería de una librería conviven dos géneros que no tienen casi nada que ver entre sí: el álbum de fotografías bonitas y el manual de proyecto. Los dos se venden como «libros de diseño de jardines», los dos cuestan parecido y sirven para cosas distintas. Saber cuál tienes en la mano antes de pagarlo ahorra bastante dinero y unos cuantos fines de semana perdidos replantando.

Esta selección está pensada para alguien que va a diseñar un jardín en España, no para decorar una mesa de centro. Por eso hay un apartado entero dedicado al clima seco: buena parte de la bibliografía traducida al castellano viene de Inglaterra, Alemania o Países Bajos, y sus listas de plantas se hunden en un agosto de Zaragoza.

Libro de diseño de jardines abierto junto a un plano

Qué distingue a un libro que sirve de uno que solo inspira

Un libro útil de diseño te obliga a levantarte de la butaca. Pide medidas, croquis, orientación, un sondeo del suelo, una lista de lo que no puedes mover. Si en las primeras cincuenta páginas no aparece la palabra levantamiento —o su equivalente: medir el solar, situar el norte, marcar dónde da la sombra en diciembre y dónde en julio—, lo que tienes es un catálogo de ideas.

Los tres contenidos que separan a un manual de un álbum son estos:

Análisis previo del emplazamiento. Cotas, pendientes, escorrentía, muros medianeros, vistas que interesa enmarcar y vistas que hay que tapar, el vecino con el aire acondicionado. Un jardín se diseña sobre lo que hay, no sobre lo que uno querría que hubiese.

Composición en planta y en alzado. Proporción entre superficie pavimentada y plantada, anchura mínima de un paso (nunca menos de 1,20 m si dos personas van a cruzarse, 90 cm en un camino secundario), la relación entre la altura de un seto y la distancia desde la que se mira, cómo se cierra una perspectiva. Esto es geometría aplicada y se aprende con ejercicios, no mirando fotos.

Construcción. Drenajes, bases de solera, juntas, riegos enterrados, secciones constructivas. Es el capítulo que se salta al hojear y el que evita que un pavimento reviente al segundo invierno o que un parterre se convierta en balsa cada vez que llueve fuerte.

Los fundamentos: composición del espacio

John Brookes es el punto de partida obvio. The Garden Design Book y The Small Garden tienen edición en castellano y explican el jardín como una sucesión de espacios habitables, con la retícula derivada de la casa como herramienta de proyecto: se toma una dimensión del edificio —el ancho de un vano, el módulo del pavimento de la terraza— y se traza una malla sobre el plano, sobre la que se apoyan luego los bordes de las masas, los caminos y los estanques. Es un truco tonto y funciona: el jardín queda ligado a la arquitectura en lugar de flotar a su lado.

Para la parte técnica seca, Rosemary Alexander, The Essential Garden Design Workbook. Es literalmente un cuaderno de trabajo: escalas de dibujo, simbología de plano, cómo se toman las medidas de una parcela con dos cintas y triangulación, secciones, presupuestos. Poco lírico y muy rentable si vas a dibujar tú los planos.

Y como lectura de otra naturaleza, Russell Page, The Education of a Gardener. No enseña a dibujar nada; enseña a mirar. Page trabajó por toda Europa, incluida España, y sus páginas sobre por qué un jardín en clima seco no puede imitar a uno inglés se escribieron hace más de sesenta años y siguen siendo mejores que la mitad de lo que se publica ahora.

Diseñar con plantas, que es otro oficio

Trazar el espacio y elegir la vegetación son dos habilidades separadas. Un plano impecable con una plantación mediocre da un jardín aburrido; al revés, da un jardín confuso.

Piet Oudolf y Noel Kingsbury, Planting: A New Perspective, es la referencia de la plantación naturalista contemporánea. Lo valioso no son las fotos de praderas de Echinacea, sino el método: pensar en estructura y no en color, valorar las plantas por lo que aguantan en pie una vez secas, componer con porcentajes de matriz y de acentos. Aviso: el repertorio de especies es centroeuropeo y de suelos frescos. Toma el sistema y cambia el elenco.

Thomas Rainer y Claudia West, Planting in a Post-Wild World, es la continuación lógica y quizá el libro más útil que se ha escrito en los últimos quince años sobre plantación. Su idea central —diseñar comunidades vegetales por capas, con una capa cubresuelos que ocupe todo el terreno para que no quede hueco donde germine una mala hierba— se traslada bien al secano peninsular: donde el manual centroeuropeo pone Geranium macrorrhizum, aquí van Teucrium, Thymus o Frankenia, y el principio se mantiene intacto.

Si el proyecto incluye cubiertas vegetales, jardines de lluvia o suelos muy pobres, Nigel Dunnett es la fuente seria sobre ese terreno concreto.

Clima seco: aquí está lo que de verdad hace falta

Este es el apartado que en la mayor parte de las listas de libros de diseño no aparece, y sin él lo demás cojea. En casi toda la Península el factor limitante no es el frío invernal, es la sequía estival combinada con noches cálidas. Un libro que ordena las plantas por rusticidad al hielo y calla sobre cuántos meses aguantan sin agua está resolviendo el problema equivocado.

Olivier Filippi es la referencia. Escribe desde un vivero del Languedoc, con un clima que es casi el nuestro, y su aportación práctica es una escala de resistencia a la sequía —de 0 a 6, según los meses de sequía estival que la especie tolera ya establecida y sin riego— aplicada especie por especie. Eso permite proyectar de verdad: sabes si esa Phlomis vive en Alicante sin gota de agua o si necesita un riego de socorro en agosto. Sus libros sobre el jardín sin riego y sobre las alternativas al césped —tapizantes pisables, praderas mediterráneas— resuelven el mayor consumidor de agua de un jardín español medio.

Heidi Gildemeister lleva décadas jardinando en Mallorca y escribiendo en castellano sobre jardinería mediterránea con criterio de ahorro de agua: acolchados, plantación en otoño, elección de especies, riego de implantación y retirada progresiva. Es el libro que hay que regalar a quien se muda a una casa con jardín en la costa.

Beth Chatto, The Dry Garden y sobre todo Beth Chatto's Gravel Garden, documenta un experimento honesto: un jardín sobre grava, sin riego, en un rincón seco de Essex, con registros de lo que sobrevivió y lo que no. El clima es más suave que el nuestro y la evapotranspiración menor, pero la disciplina de «planta correcta, sitio correcto» y las tablas de fracasos valen su peso.

Color, luz y el problema de copiar paletas inglesas

Gertrude Jekyll, Colour Schemes for the Flower Garden (1908), sigue siendo el tratado de color en jardinería. De ahí vienen las gradaciones frías-cálidas-frías del borde herbáceo y la idea de plantar en manchas alargadas en lugar de en corros redondos.

Christopher Lloyd es el contrapunto: en Colour for Adventurous Gardeners demuele buena parte de las reglas de buen gusto heredadas y defiende las combinaciones estridentes. Se aprende más de una discusión entre estos dos que de cualquier rueda de color.

Y una advertencia sobre traducir esas paletas al sur: la luz peninsular en verano es dura y de alto contraste, y lava los tonos pastel hasta dejarlos sucios. Los malvas, azules y rosas pálidos que en Sussex se ven nacarados aquí se ven descoloridos, salvo a primera hora y al atardecer. Lo que aguanta el mediodía son los grises plateados, los blancos rotundos, los amarillos y los follajes de textura. El color, en un jardín seco, se apoya más en la hoja que en la flor porque la flor dura tres semanas y la hoja doce meses.

Los libros de consulta que sostienen el diseño

Ningún manual de diseño trae suficientes plantas. Hace falta al lado un catálogo grande:

La Enciclopedia de plantas y flores de la Royal Horticultural Society, en su edición en castellano, es el volumen de referencia general: organizada por porte, época y color, con fichas de cultivo. Úsala como diccionario, con el filtro puesto: sus indicaciones de riego y de exposición están calibradas para las Islas Británicas, y «pleno sol» allí es media sombra aquí.

Para la flora propia, Flora iberica (CSIC) es la obra de referencia y está disponible libremente en la web, aunque es material taxonómico, no de jardinería. Más manejable para el proyectista: Ginés López González, Los árboles y arbustos de la Península Ibérica e Islas Baleares, que cubre también las especies ornamentales cultivadas y resuelve muchas identificaciones dudosas de vivero.

Un libro de arbolado urbano que dé porte adulto, sistema radical, sensibilidad a la caliza y comportamiento de la raíz vale más que diez de inspiración: la decisión más irreversible de un jardín es dónde va el árbol.

Jardín diseñado con zonas pavimentadas y masas de vegetación

Qué hacer con los libros de «1000 ideas»

Los volúmenes de mil ideas, mil diseños o mil fotografías tienen su función y conviene entenderla bien. No son manuales: son repertorios visuales. Sirven para tres cosas concretas y para ninguna más.

Primero, ponerle nombre a lo que te gusta. Es difícil pedirle a un paisajista «quiero algo así» sin imágenes de por medio, y este tipo de libro acelera esa conversación.

Segundo, ampliar el repertorio de soluciones constructivas: veinte maneras de resolver un cambio de nivel, quince tratamientos de un muro medianero, el remate de un borde de gravilla contra una pradera.

Tercero, detectar tu propio patrón. Si al marcar cuarenta imágenes que te gustan resulta que en treinta hay agua quieta y simetría, ya sabes bastante sobre el jardín que deberías hacerte.

El problema empieza cuando esas imágenes se copian de una en una. Una fotografía no lleva escrito el clima, ni el pH del suelo, ni el presupuesto, ni el agua que se gasta esa pradera, ni cuántas horas de mantenimiento al mes exige ese seto de boj recortado a plomo. Un jardín compuesto pegando quince fotografías bonitas da un jardín con quince temas distintos, que es exactamente la definición de un jardín sin diseño. Ojo también con el boj en particular: la oruga Cydalima perspectalis lleva años arrasando setos de Buxus en toda la Península, y esas fotos se tomaron antes.

Cómo leerlos para que sirvan de algo

Un libro de diseño leído como una novela no deja nada. Tres hábitos cambian el resultado:

Dibuja los planos que salen en el libro. Cópialos a mano, a escala, encima de papel vegetal. Los ejes, las proporciones y las anchuras de paso se aprenden por el brazo, no por el ojo.

Cambia el elenco de plantas antes de creerte la lámina. Cada vez que aparezca una combinación que te guste, pregúntate qué especie de aquí ocupa ese papel: mismo porte, misma textura, misma época. Una masa de Hosta a media sombra no es replicable en Murcia; una de Acanthus mollis hace un trabajo parecido y es planta nuestra.

Anota el mantenimiento. Al lado de cada idea que te tiente, escribe cuántas veces al año hay que intervenir en ella. Los diseños que se abandonan a los tres años suelen ser los que exigían recortes trimestrales que nadie iba a dar.

Y si vas a comprar solo uno: un manual de proyecto con ejercicios y un libro de plantación para clima seco. Con esos dos y un metro de cinta se diseña un jardín. Con diez tomos de fotografías, no.

En resumen

Separa el manual del álbum antes de comprar. Para los fundamentos de composición, Brookes; para la técnica de plano y obra, el cuaderno de Rosemary Alexander; para leer y aprender a mirar, Russell Page. Para plantación contemporánea, Oudolf y Kingsbury, y sobre todo Rainer y West con su idea de comunidades por capas. Para el clima que tenemos, Filippi y su escala de resistencia a la sequía, Gildemeister desde Mallorca y las tablas de aciertos y fracasos de Beth Chatto. Para el color, Jekyll y Lloyd discutiendo entre ellos, con el filtro de que la luz de aquí apaga los pastel. Y de fondo, un buen catálogo de plantas: la enciclopedia de la RHS leída con criterio, Flora iberica y López González para lo nuestro. Los volúmenes de mil ideas quédatelos como repertorio visual y no como guion. Un jardín se proyecta midiendo el terreno, no hojeando fotos.


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