Arranca con cuidado una plántula de lechuga de un semillero, sacúdele la tierra y mírala a contraluz. Ese vello blanco y finísimo que rodea la parte alta de la raicilla no es sustrato pegado: son los pelos absorbentes, y ahí ocurre prácticamente toda la entrada de agua y de sales minerales de la planta. Si al sacarla los has arrancado, la lechuga tardará una semana en volver a fabricarlos y durante ese tiempo se marchitará con cualquier sol de mediodía.
La raíz se suele resumir como «lo que sujeta la planta y chupa agua», y esa descripción se queda muy corta. Es un órgano con zonas anatómicamente distintas, cada una con una función y cada una con una sensibilidad diferente a lo que hacemos en el jardín. Entender ese reparto explica de golpe muchas cosas: por qué regar pegado al tronco de un árbol adulto sirve de poco, por qué las zanahorias salen bifurcadas, por qué un rosal injertado se pierde si le enterramos el cuello, o por qué una maceta encharcada mata igual que una seca.
Qué hace la raíz, además de sujetar
Las funciones son cuatro y conviene tenerlas separadas en la cabeza, porque no todas ocurren en el mismo sitio de la raíz.
Anclaje. Lo aporta sobre todo el sistema leñoso y viejo, el que ya no absorbe nada. En un árbol adulto, la resistencia al vuelco depende de las raíces estructurales gruesas de los primeros 50 cm y de las que se extienden lateralmente, no de una supuesta raíz profunda tipo ancla, que en la mayoría de las especies deja de crecer pronto.
Absorción de agua y de nutrientes disueltos. Ocurre casi exclusivamente en los milímetros finales de las raicillas jóvenes, en la zona de los pelos absorbentes. Todo lo demás es tubería.
Conducción. El agua sube por el xilema hasta las hojas y los azúcares fabricados arriba bajan por el floema para alimentar a la propia raíz, que no fotosintetiza y depende por completo de la parte aérea.
Reserva. Muchas especies engordan la raíz con almidón para pasar el invierno o la sequía y rebrotar después: la zanahoria (Daucus carota), la remolacha (Beta vulgaris), el boniato (Ipomoea batatas) o las dalias son ejemplos de huerto y jardín.
Hay una quinta que se olvida: la raíz respira. Consume oxígeno igual que nosotros, y lo toma del aire que ocupa los poros del suelo. En un suelo saturado de agua ese oxígeno se agota en cuestión de horas. Por eso una planta encharcada se marchita: las raíces asfixiadas dejan de absorber, y una vez debilitadas entran hongos de suelo como Phytophthora y Pythium, que rematan la faena. El agua no ahoga a la planta por estar de más, la ahoga por desplazar al aire.
De la punta hacia arriba: las zonas de una raíz
Si recorremos una raicilla desde el extremo hasta el cuello, encontramos cinco tramos sucesivos.
La cofia o caliptra. Un dedal de células que protege la punta mientras esta se abre paso entre las partículas del suelo. Sus células exteriores se descaman continuamente y liberan un mucílago que lubrica el avance. Dentro de la cofia hay unos granos de almidón muy densos, los estatolitos, que caen por gravedad y le indican a la raíz dónde está el abajo: ese es el mecanismo del geotropismo positivo, la razón de que una semilla plantada del revés acabe orientando bien la raíz.
La zona meristemática. Justo detrás, unas décimas de milímetro de células que se dividen sin parar. Es el motor de crecimiento. Cuando arrancamos una planta a lo bruto, la mayor parte de estas puntas queda en el suelo.
La zona de elongación. Unos pocos milímetros donde las células recién fabricadas se estiran y empujan la punta hacia delante. Aquí es donde la raíz gana longitud de verdad; el crecimiento diario de una raicilla activa puede ir de unos pocos milímetros a más de un centímetro según especie, temperatura y humedad.
La zona pilífera. El tramo clave. La epidermis emite pelos absorbentes, prolongaciones unicelulares de menos de un milímetro que multiplican por muchísimo la superficie de contacto con las partículas de suelo y con la película de agua que las rodea. Son extraordinariamente frágiles y de vida corta: se forman, funcionan unos días o unas pocas semanas y se sustituyen por otros más adelante, siguiendo a la punta que avanza. Esto tiene una consecuencia directa: la zona que absorbe se va desplazando, y donde absorbía la raíz el mes pasado hoy ya no absorbe nada.
La zona de ramificación o suberificada. A partir de ahí la raíz se engrosa, se recubre de suberina, pierde los pelos y se dedica a conducir y sostener. De este tramo salen las raíces laterales, que no brotan de fuera hacia dentro sino al revés: nacen en el periciclo, en pleno interior, y se abren camino atravesando la corteza.
Por último, el cuello, la transición entre raíz y tallo. No es una parte más: es la zona más delicada de la planta en cuanto a sanidad. Enterrarlo, amontonarle mantillo encima o dejar que el riego lo mantenga húmedo de forma permanente provoca podredumbres de cuello que no tienen remedio una vez avanzadas.
Por dentro: corteza, endodermis y cilindro central
Un corte transversal por la zona pilífera muestra tres anillos concéntricos.
Fuera, la epidermis (rizodermis), de una sola capa de células, es la que emite los pelos. Debajo, la corteza ocupa la mayor parte del grosor: es tejido de relleno que almacena reservas y por el que el agua circula entre células con bastante libertad. En especies de suelos inundados, la corteza desarrolla cámaras de aire llamadas aerénquima, que conducen oxígeno desde la parte aérea hasta las raíces sumergidas; es lo que permite al arroz o a los juncos vivir con los pies en el agua mientras un romero se muere en el mismo sitio en tres semanas.
El borde interno de la corteza es la endodermis, una capa única de células con un cinturón impermeable de suberina y lignina, la banda de Caspary. Ahí se acaba la circulación libre: para entrar en el centro de la raíz, el agua y los iones tienen que atravesar obligatoriamente la membrana de una célula viva. Esto convierte a la endodermis en un filtro y en una aduana selectiva, y explica por qué la planta puede rechazar parcialmente ciertos iones y concentrar otros, en lugar de absorber cualquier cosa que haya en la disolución del suelo. También explica por qué la salinidad hace tanto daño: si el agua del suelo está más concentrada que el interior de la raíz, el flujo se invierte y la planta se deshidrata rodeada de agua.
Dentro de la endodermis está el cilindro central: el periciclo, que fabrica las raíces laterales, y los haces de xilema y floema. En las dicotiledóneas el xilema se dispone en forma de estrella con el floema entre los brazos, y el conjunto puede engrosar con el tiempo formando madera. En las monocotiledóneas los haces se disponen en anillo alrededor de una médula central y no hay crecimiento en grosor: por eso las raíces de una palmera nacen todas del tronco con su diámetro definitivo y nunca engordan.
Sistemas radiculares: pivotante, fasciculado y lo que hay entre medias
El sistema axonomorfo o pivotante es el típico de las dicotiledóneas: la raíz de la semilla, la radícula, se mantiene como eje principal dominante y de ella salen laterales de menor rango. Encinas, almendros, zanahorias, adormideras, altramuces o amapolas lo tienen. Ventaja: alcanza humedad profunda y ancla muy bien. Inconveniente práctico: si se corta o se dobla, la planta responde emitiendo varias raíces de sustitución. Una zanahoria trasplantada, o sembrada sobre un suelo con una piedra a diez centímetros, sale bifurcada y retorcida. Por eso las umbelíferas de raíz (zanahoria, chirivía) y las rabanetas se siembran siempre a golpe definitivo y no se repican.
El sistema fasciculado es el de las gramíneas y las monocotiledóneas en general: la radícula muere pronto y la planta emite un manojo de raíces adventicias equivalentes desde la base del tallo. Trigo, cebada, césped, cebolla, puerro, gramíneas ornamentales. Es un sistema denso, superficial y magnífico para sujetar el suelo y para explotar la capa fértil, pero muy vulnerable a la sequía porque explora poca profundidad. Un césped bien establecido tiene la mayoría de sus raíces en los primeros 15-20 cm.
Entre ambos hay muchos matices, y aquí conviene deshacer una idea muy repetida: se dice que las raíces de un árbol reproducen bajo tierra la forma de la copa. No es así. En un árbol adulto en suelo normal, alrededor del 90 % de las raíces absorbentes está en los primeros 40-60 cm de profundidad, y el sistema se extiende lateralmente hasta dos o tres veces el radio de la copa. La forma real se parece más a un plato ancho y poco hondo que a un espejo de las ramas. De ahí que verter el agua junto al tronco de un olivo o de un frutal adulto sea casi tirarla: ahí solo hay raíces leñosas de anclaje. El riego hay que llevarlo a la franja que va desde media copa hasta más allá del borde exterior.
Raíces que no parecen raíces
La evolución ha reciclado el órgano varias veces, y en el jardín se ven casi todas las variantes.
Adventicias. Las que nacen de un tallo o incluso de una hoja en lugar de otra raíz. Son la base de todo el enraizamiento de esquejes: cuando ponemos a enraizar un tallo de geranio o de hortensia, lo que emite son raíces adventicias. También las de la hiedra (Hedera helix) que se agarran a los muros, que no son parásitas ni absorben nada, solo fijan.
Tuberosas. Engrosadas como despensa de almidón: dalia, batata, remolacha, nabo.
Aéreas. Las de muchas orquídeas epífitas están recubiertas por un tejido esponjoso y blanquecino, el velamen, que absorbe agua de lluvia y humedad ambiental y que contiene clorofila (por eso verdean al mojarse). Cortar las raíces aéreas de una Phalaenopsis porque «quedan feas» le quita superficie de absorción a la planta. Los ficus tropicales, con sus raíces columnares colgantes, y el Monstera deliciosa hacen algo parecido.
Neumatóforos. Raíces que crecen hacia arriba para tomar aire en suelos anegados, como las del ciprés de los pantanos (Taxodium distichum), esas rodillas de madera que emergen alrededor del tronco cuando está plantado junto al agua.
Contráctiles. Muchos bulbos y rizomas emiten raíces capaces de acortarse y tirar del bulbo hacia abajo hasta situarlo a la profundidad correcta. Es la razón de que un narciso plantado algo somero acabe corrigiendo su posición solo.
La rizosfera y las micorrizas
La raíz no vive sola. Libera por la punta exudados —azúcares, aminoácidos, ácidos orgánicos— que alimentan una población bacteriana y fúngica densísima en el milímetro de suelo que la rodea, la rizosfera. Parte de esos ácidos sirven además para acidificar localmente el entorno y solubilizar hierro, fósforo y manganeso, que en suelos calizos peninsulares están presentes pero bloqueados. La clorosis férrica tan común en cítricos, hortensias y rosales sobre suelo calizo no es falta de hierro en el suelo: es hierro que la raíz no consigue poner en disolución a pH alto.
Más del 80 % de las plantas terrestres forman micorrizas, una asociación en la que un hongo coloniza la corteza de la raíz y extiende sus hifas por el suelo, entregando agua y fósforo a cambio de azúcares. Las hifas son mucho más finas que un pelo absorbente y llegan a poros que la raíz no puede explorar. En jardinería doméstica esto se traduce en dos cosas concretas: los abonados fosfatados masivos reducen la colonización micorrícica, y los fungicidas de suelo aplicados sin motivo también.
Qué cambia todo esto en la práctica
Riega mojando ancho y hondo, no a menudo. Si la absorción se concentra en las puntas jóvenes, y las puntas crecen hacia donde hay agua y aire a la vez, un riego frecuente y corto mantiene el sistema radicular arracimado en los tres primeros centímetros, justo donde el suelo se seca antes y se calienta más. Riegos más espaciados y con volumen suficiente para empapar 30-40 cm producen raíces profundas y plantas que aguantan un agosto peninsular sin colapsar.
Trasplanta cuando la raíz pueda rehacerse. Las leñosas caducifolias a raíz desnuda se mueven en reposo vegetativo, de noviembre a febrero según zona, nunca en brotación. Las de hoja perenne y las plantadas en contenedor exigen cepellón intacto: si se desmorona, se rompen las raicillas absorbentes y la planta pasa meses en deuda hídrica. Y el clásico de podar la parte aérea al plantar «para compensar» tiene sentido solo en árboles a raíz desnuda muy despuntados; en una planta con cepellón entero es contraproducente, porque las hojas son las que fabrican los azúcares que financian las raíces nuevas.
Vigila el espiralado en maceta. Cuando la punta topa con la pared del contenedor, la raíz gira y sigue creciendo en círculo. Si se planta así, ese anillo se engrosa con los años y puede llegar a estrangular al propio tronco. Al sacar la planta del tiesto, corta o desenreda con los dedos las raíces circulares del fondo y de los laterales; parece una brutalidad y es exactamente lo contrario. Los contenedores de aire-poda evitan el problema porque la punta se deseca al llegar al aire y la raíz ramifica en lugar de girar.
Deja el cuello al aire. En rosales y frutales injertados, el punto de injerto va por encima del nivel del suelo (salvo instrucción concreta del vivero para climas muy fríos). En cítricos, enterrar el cuello es lo que abre la puerta a la gomosis por Phytophthora. Y al acolchar con corteza o paja, deja siempre un anillo libre de unos centímetros alrededor del tronco.
Cuenta con el frío del sustrato. Las raíces son bastante menos resistentes a la helada que la parte aérea, y en maceta están expuestas por los cuatro costados. Un arbusto que en pleno suelo pasa un invierno de la meseta sin despeinarse puede perder el sistema radicular en un tiesto de terraza a la misma temperatura. Agrupar las macetas, envolverlas o hundirlas en el suelo durante las semanas frías resuelve más que cualquier protección de la copa. En el otro extremo, por debajo de unos 6-8 °C de temperatura de suelo la mayoría de las raíces de nuestras plantas de jardín crecen muy despacio o directamente se paran: abonar en pleno enero es tirar el abono.
En resumen
La raíz no es una pieza uniforme, sino una sucesión de zonas: cofia protectora, meristemo que fabrica células, zona de elongación que empuja, zona pilífera que absorbe casi todo, y zona suberificada que conduce, ancla y emite laterales. Por dentro, la endodermis con su banda de Caspary hace de aduana entre el suelo y el cilindro vascular. Los sistemas pivotantes exploran en profundidad y los fasciculados en superficie, y las variantes tuberosas, aéreas, adventicias o contráctiles resuelven problemas concretos de cada especie.
Para el jardinero, lo operativo es esto: la absorción ocurre en las puntas y estas se desplazan, la raíz necesita oxígeno tanto como agua, el sistema de un árbol es ancho y superficial más que profundo, y el cuello quiere estar seco y a la vista. Riega ancho y espaciado, mueve las plantas en su momento y respeta el cepellón, deshaz el espiralado antes de plantar y protege el sustrato del frío. Casi todos los desastres de jardín que parecen problemas de hoja empiezan, en realidad, veinte centímetros por debajo.