El palo de canela del bote de las especias es corteza muerta y desecada: no enraíza, no germina y no hay manera de sacar de ahí una planta. La canela sale de un árbol tropical concreto, Cinnamomum verum, que en la Península solo prospera en maceta y bajo techo la mitad del año.

Conviene saberlo antes de comprar, porque el canelo es una planta agradecida en cuanto se le da calor y humedad, y absolutamente intransigente con el frío. Un par de noches de helada bastan para llevárselo por delante.

El árbol que hay detrás de la especia

Cinnamomum verum (sinónimo antiguo C. zeylanicum) pertenece a las lauráceas, la familia del laurel y del aguacate. Es originario de Sri Lanka y del suroeste de la India, y en libertad forma un árbol perennifolio de entre 8 y 15 metros. En cultivo comercial jamás se le deja llegar ahí: se recepa cada pocos años para obligarlo a emitir varas rectas desde la cepa, y el aspecto es más el de un matorral denso de tallos jóvenes que el de un árbol.

Las hojas son la mejor señal de identidad. Miden entre 7 y 18 centímetros, son ovado-lanceoladas, coriáceas, brillantes por el haz, y muestran tres nervios longitudinales muy marcados que arrancan casi desde la base y recorren toda la lámina. Esa nerviación trinervada es rara en las lauráceas mediterráneas y sirve para reconocer al canelo de un vistazo. Los brotes nuevos salen de color rojizo o bronce y van virando a verde oscuro conforme endurecen; ese contraste es, en la práctica, su mayor valor ornamental.

Frotando una hoja se percibe un aroma que recuerda al clavo más que a la canela: la hoja produce sobre todo eugenol, mientras que el cinamaldehído, responsable del olor de la especia, se concentra en la corteza. Las flores, en panículas axilares y terminales, son diminutas, de un amarillo verdoso apagado, y despiden un olor francamente desagradable. El fruto es una drupa ovoide de aproximadamente un centímetro, morada oscura al madurar, asentada sobre la copita del perianto persistente.

Hojas de la planta de la canela con sus tres nervios longitudinales

Ceilán y cassia no son el mismo árbol

Aquí hay una diferencia que afecta a la salud y que rara vez aparece en la etiqueta. La canela de Ceilán procede de Cinnamomum verum. La canela cassia procede de otras especies del mismo género: Cinnamomum cassia (china), C. burmannii (indonesia) y C. loureiroi (de Vietnam). Buena parte de la canela molida barata del supermercado europeo es cassia, y la normativa permite venderla simplemente como «canela».

Distinguirlas en rama es sencillo. La de Ceilán forma un canuto fino, claro, con muchas capas enrolladas una dentro de otra, que se rompe entre los dedos y se muele con un molinillo doméstico. La cassia es una lámina gruesa, dura, de color pardo rojizo intenso, enrollada sobre sí misma en una o dos capas, y resiste al molinillo.

La cuestión de fondo es la cumarina. La cassia contiene cantidades apreciables de este compuesto, mientras que en la de Ceilán aparece solo como trazas. La cumarina resulta hepatotóxica en personas sensibles cuando se consume de forma sostenida, y por eso la EFSA fijó una ingesta diaria tolerable de 0,1 mg por kilo de peso corporal. Para un uso de cocina normal, unas pizcas en un arroz con leche, esto no supone problema alguno. Sí importa en quien toma canela molida a cucharadas a diario por una supuesta acción sobre el azúcar en sangre: en ese patrón de consumo, elegir Ceilán tiene sentido. Y dicho sea de paso, la evidencia clínica sobre la canela y el control glucémico es débil e inconsistente; no sustituye a ningún tratamiento.

Frío: el límite que decide todo lo demás

El canelo es tropical estricto. Vegeta bien entre 20 y 30 °C, se para por debajo de 15 °C y empieza a sufrir daño en el follaje cerca de los 5 °C. Una helada, aunque sea corta y ligera, lo mata o lo deja tan tocado que no rebrota.

Traducido al mapa español: en el interior peninsular, en la meseta, en el valle del Ebro o en cualquier sitio con heladas invernales, solo cabe cultivarlo en maceta y entrarlo a un invernadero templado o a una habitación luminosa entre octubre y abril. En la franja litoral más suave —Costa Tropical de Granada, sur de Alicante, algunos rincones de Málaga— puede pasar el invierno fuera en un lugar muy resguardado, pero seguirá creciendo poco porque le falta la humedad ambiental de su tierra. Donde de verdad se comporta como un árbol es en las Islas Canarias, en zonas costeras y de medianías sin frío nocturno.

El otro factor limitante, y se subestima, es el aire seco. Con humedad relativa por debajo del 40 % las hojas se abarquillan, los bordes se secan y la araña roja aparece en cuestión de semanas. Un canelo junto a un radiador en enero pierde media copa antes de febrero.

Sustrato, riego y abonado en maceta

Quiere un sustrato ácido o ligeramente ácido, entre pH 5,5 y 6,5, rico en materia orgánica y con drenaje franco. Una mezcla que funciona: dos partes de sustrato para plantas acidófilas o turba rubia, una parte de fibra de coco y una parte de perlita gruesa o arena silícea lavada. Maceta con agujeros amplios y nada de plato con agua estancada debajo.

El riego busca un punto medio incómodo de mantener: humedad constante sin encharcamiento. En verano, sobre una maceta de 30 cm al exterior, eso suele significar regar cada dos o tres días; en invierno, dentro de casa y con la planta parada, cada diez o doce, y comprobando siempre los primeros centímetros del sustrato con el dedo antes de mojar. Regar en enero como se riega en julio pudre las raíces y el árbol se viene abajo de golpe cuando ya no hay remedio.

El agua importa tanto como la frecuencia. Buena parte del agua de grifo española es muy calcárea, y el canelo responde al calcio acumulado con clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios todavía verdes. Con agua de lluvia, o al menos con agua de ósmosis o mezclada, el problema no aparece. Si ya ha aparecido, un quelato de hierro EDDHA corrige el síntoma, pero la causa es el agua y volverá.

De abril a septiembre conviene un abono equilibrado para plantas verdes o uno de acidófilas, quincenal y a mitad de dosis de la que indica el envase. De octubre a marzo, nada: alimentar a una planta que no está creciendo solo acumula sales en el cepellón.

Luz y plagas

De joven agradece la media sombra, que es lo que tiene bajo el dosel en su hábitat. Ya adulto tolera el sol directo, aunque en un julio de Sevilla o Zaragoza el sol de mediodía sobre una maceta le quema las hojas y le calienta el cepellón hasta cocerle las raíces. Sombra de las horas centrales y buena luz el resto del día es la combinación que le sienta bien. Dentro de casa, junto a una ventana orientada al este o al sur pero sin cristal ardiendo encima.

Las plagas que dan guerra son tres. La araña roja (Tetranychus urticae) llega con el aire seco de la calefacción y deja punteado amarillento y telarañas finas en el envés; se combate subiendo la humedad, pulverizando el envés con agua y, si hace falta, con jabón potásico o aceite de neem. La cochinilla algodonosa se instala en las axilas de las hojas y en los brotes tiernos. Las cochinillas de escudo, pardas y adheridas al nervio central, pasan desapercibidas hasta que la hoja se pone pegajosa por la melaza. Revisar el envés una vez al mes evita las tres.

Multiplicación

La semilla de canelo es recalcitrante: no soporta la desecación y pierde la viabilidad en cuestión de días o pocas semanas. Un sobre comprado por internet que lleva meses viajando casi nunca germina, y ese es el motivo, no la técnica de siembra. Si se consigue fruto fresco, hay que despulparlo y sembrarlo enseguida en sustrato húmedo a 25-30 °C; nace en tres o cuatro semanas.

Lo práctico en casa es el esqueje semileñoso de unos 10-15 cm tomado a finales de primavera, con dos o tres hojas recortadas a la mitad, hormona de enraizamiento, sustrato ligero, campana de plástico y calor de fondo entre 24 y 28 °C. También funcionan el acodo aéreo y la separación de los rebrotes que emite la cepa cuando el árbol se ha recepado.

De la corteza a la rama de canela

En plantación comercial, el árbol se recepa a ras de suelo a los dos o tres años y a partir de ahí se cosechan las varas jóvenes que emite la cepa, de entre uno y dos años de edad y del grosor de un dedo. La corteza se separa en la estación húmeda, cuando la savia circula y se despega con facilidad; se raspa la capa externa, se extrae la corteza interna y al secarse se enrolla sola formando los canutos.

En una maceta en Madrid o en Valencia esto no va a suceder. Un canelo de terraza tarda años en dar varas de grosor suficiente y su corteza, formada a trompicones entre inviernos dentro de casa, tiene poco aroma. Merece la pena tenerlo por el follaje y por el olor de las hojas al frotarlas; esperar cosecha de especia lleva a la decepción.

Plantas que se confunden con el canelo

Tres nombres se solapan en los viveros españoles y conviene tenerlos separados:

Drimys winteri se etiqueta como «canelo» sin más aclaración, y con razón: así se llama en Chile, de donde procede. Pertenece a las winteráceas, no tiene nada que ver con Cinnamomum y su corteza no es la especia. La diferencia que le importa al comprador es que este sí resiste el frío —aguanta heladas suaves y vive bien en el norte húmedo peninsular—, así que quien busque un árbol de jardín para Galicia o Cantabria acertará con él, y quien busque canela para el arroz con leche se habrá equivocado de planta.

Cinnamomum camphora, el alcanforero, es pariente cercano y se planta como árbol de sombra en calles del sur y del levante. Sus hojas huelen intensamente a alcanfor, no a canela, y su corteza no sirve como especia.

Ocotea y otras lauráceas americanas circulan a veces como «canela silvestre». Ninguna produce la corteza comercial.

Árbol de la canela en cultivo

En resumen

La canela procede de Cinnamomum verum, un árbol tropical de las lauráceas con hojas trinervadas y brotes rojizos, cuya corteza interna se enrolla al secarse formando los canutos. En España es planta de maceta: quiere sustrato ácido, agua sin cal, humedad ambiental alta, media sombra y refugio en cuanto el termómetro se acerca a los 5 °C. El aire seco de la calefacción y el riego invernal excesivo son las dos causas habituales de fracaso. A la hora de comprar la especia, la de Ceilán y la cassia no son intercambiables: la segunda aporta cumarina y solo conviene en cantidades de cocina, no en consumo diario. Y ningún palo de canela seco va a echar raíces, por mucho que se plante.


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