Una pareja de carbonero común (Parus major) cebando pollos entra y sale del nido cada pocos minutos durante quince días seguidos, y lo que lleva en el pico son orugas: varios cientos al día. Ese trabajo no se factura, no se compra en el centro de jardinería y solo ocurre si el jardín le ofrece al carbonero un sitio donde criar y orugas que capturar. La jardinería ecológica consiste, básicamente, en no destruir ese servicio y en montar las condiciones para que se instale.
No es una cuestión sentimental. Un jardín con fauna auxiliar establecida gasta menos agua, menos abono y prácticamente ningún insecticida, porque los problemas se frenan antes de convertirse en plaga. Lo que sigue es cómo se llega ahí, y también qué prácticas presuntamente ecológicas no ayudan tanto como se cree.
Qué cambia de verdad respecto a un jardín convencional
La diferencia no está solo en el bote que se deja de comprar. Un jardín convencional se gestiona por sustitución: falta nitrógeno, se echa nitrógeno; aparece un pulgón, se pulveriza. Un jardín ecológico se gestiona por sistema: se alimenta el suelo para que el suelo alimente a la planta, y se mantiene una comunidad de bichos para que unos controlen a otros.
Eso obliga a aceptar algo incómodo: el objetivo no es cero plagas. Una crisopa (Chrysoperla carnea) pone huevos donde hay pulgón; si se pulveriza al ver los primeros diez pulgones, la crisopa no encuentra motivo para quedarse y en junio habrá que pulverizar otra vez. Un rodal tolerable de pulgón en abril es la despensa que sostiene a los depredadores del resto del verano. La tolerancia no es dejadez, es la condición técnica para que el control biológico funcione.
El segundo cambio es estructural. La biodiversidad responde más a la variedad de refugios que a la lista de especies plantadas: un muro de piedra seca, un montón de leña sin tratar en una esquina de sombra, un rincón sin segar, hojarasca bajo los arbustos y un poco de suelo desnudo y soleado para las abejas que anidan en tierra. Un jardín impecable, con todo el suelo cubierto de corteza triturada y el seto recortado a escuadra, puede tener cien especies de plantas y muy poca fauna.
Empezar por el suelo, que es donde vive casi todo
En un suelo de jardín sano hay más organismos bajo un metro cuadrado que vertebrados en toda la finca. Lombrices, colémbolos, ácaros, nematodos, bacterias y hongos micorrícicos hacen el trabajo que en el jardín convencional se paga en sacos.
Tres prácticas concretas, por orden de impacto:
Dejar de voltear la tierra. Cavar a dos palas rompe las galerías, expone la materia orgánica al aire y la mineraliza de golpe: hay un subidón de fertilidad y luego un empobrecimiento. Para descompactar basta un laya o una horca de doble mango, clavada y basculada sin dar la vuelta al terrón.
Acolchar. Cinco a siete centímetros de restos de poda triturados, paja o compost grueso sobre el suelo desnudo. En el interior peninsular, con veranos de 38 °C y lluvia nula de junio a septiembre, el acolchado reduce el riego de forma muy notable y mantiene la temperatura del suelo por debajo del umbral en el que la fauna edáfica se retira a un palmo de profundidad. Regla que no conviene saltarse: el acolchado no toca el cuello de la planta. Amontonado contra el tronco de un rosal o un frutal, mantiene la corteza húmeda y aparece la podredumbre del cuello.
Compostar en casa. Dos partes de material seco y pardo (hojas, cartón, poda triturada) por una de verde y húmedo (siega, restos de cocina vegetales), volteado cada tres o cuatro semanas. En un compostador cerrado y a la sombra tarda entre cuatro y ocho meses en el clima peninsular. Un jardín mediano con acolchado y dos aportes anuales de compost no necesita fertilizante mineral.
Los abonos verdes cierran el círculo en las zonas de huerto o en un arriate que quede vacío: veza (Vicia sativa) con avena sembrada en octubre, o facelia (Phacelia tanacetifolia) en febrero-marzo, segada antes de que grane. La facelia además florece en seis u ocho semanas y atrae sírfidos como pocas plantas.
Flor continua, y sobre todo en los meses en que no hay
Los polinizadores no necesitan un pico de floración en mayo: eso lo tiene cualquier jardín. Necesitan que no haya huecos. En España peninsular los dos huecos serios son el final del invierno (enero-febrero) y el bajón de julio-agosto en el interior, cuando la sequía apaga la floración silvestre.
Para el hueco invernal: romero (Salvia rosmarinus), que florece de noviembre a marzo y es el comedero de las abejas en pleno invierno mediterráneo; almendro (Prunus dulcis) en febrero; Viburnum tinus, Mahonia, Erica. Para el hueco estival: orégano (Origanum vulgare), lavandas (Lavandula angustifolia y L. stoechas), tomillo, salvia, Perovskia, Echinops, Eryngium, Verbena bonariensis. Y para el otoño tardío, la hiedra (Hedera helix) adulta: florece en octubre y noviembre y es la última fuente masiva de néctar del año, además de dar bayas al mirlo en enero. Un seto de hiedra sin recortar vale más que un hotel de insectos.
Las umbelíferas merecen mención aparte porque alimentan a lo que no se ve: hinojo (Foeniculum vulgare), cilantro, eneldo y zanahoria dejada espigar producen flores diminutas y accesibles para avispas parasitoides y sírfidos adultos, cuyas larvas son las que después devoran pulgón. Dejar espigar cuatro plantas de cilantro es una medida fitosanitaria, aunque no lo parezca.
Una advertencia sobre las variedades de flor doble: en una rosa o una dalia de flor doble, los estambres se han transformado en pétalos. Son bonitas y no dan ni polen ni néctar accesibles. Si se plantan, que no sean el único recurso del jardín.
Insectos auxiliares: quién hace qué
Conviene saber a quién se está alojando, porque cada uno pide cosas distintas.
Mariquitas (Coccinella septempunctata, Adalia bipunctata): la larva, que parece un caimán gris y naranja y acaba aplastada por confundirse con una plaga, come más pulgón que el adulto. Invernan bajo hojarasca y en tallos secos, motivo suficiente para no dejar el jardín pelado en noviembre.
Sírfidos (Episyrphus balteatus y otros): moscas rayadas de amarillo y negro que vuelan quietas en el aire. Adultos comen polen y néctar; las larvas, ciegas y con aspecto de babosilla, se meten en la colonia de pulgón y la vacían.
Crisopas (Chrysoperla carnea): huevos colgados de un pedúnculo fino, larva voraz de pulgón, ácaro y huevos de lepidóptero.
Tijeretas (Forficula auricularia): mala fama injusta. Comen pulgón, psila y huevos en frutales. Sí pueden picar fruta madura y flores de dalia, así que en un jardín ornamental son un aliado con matices.
Abejas solitarias (Osmia, Andrena, Halictus): no producen miel, no defienden colonia, no pican en la práctica y polinizan más eficazmente que la abeja de la miel planta por planta. La mayor parte anida en el suelo, no en cañas: un talud soleado de tierra suelta y sin acolchar les sirve más que cualquier caja comprada.
Sobre los hoteles de insectos: funcionan si están bien hechos y se mantienen. Cañas de 6 a 10 mm de diámetro interior, al menos 15 cm de fondo, cerradas por detrás, cortadas por el nudo para que no queden ásperas, orientadas al sureste y a cubierto de lluvia. Y hay que renovar los tubos cada uno o dos años: si se dejan, acumulan ácaros, hongos y parasitoides, y la caja pasa de guardería a trampa. Los tarros con piñas y los tubos de 2 cm de diámetro que vienen en los modelos decorativos no los usa casi nada.
Y una compra que conviene no hacer: mariquitas por internet. Buena parte de lo que circula es Harmonia axyridis, la mariquita asiática, especie invasora ya establecida en España que desplaza a las autóctonas y se come sus larvas. Con flores y sin insecticidas, las mariquitas del país vienen solas.
Pájaros, murciélagos y el resto de la nómina
Las cajas nido funcionan y son baratas, pero el diámetro del agujero decide quién entra. Para herrerillo común (Cyanistes caeruleus), 26-28 mm; para carbonero común (Parus major), 32 mm; por encima de 34 mm entra el gorrión y desplaza a los páridos. Colocar a 2-4 metros de altura, con la entrada orientada al norte o noreste para que el sol de la tarde no cueza la nidada —en el centro y sur peninsular esto no es un detalle— y lejos de ramas desde las que un gato pueda abordarla. Limpiar en otoño, una vez, sin desinfectantes.
Los murciélagos comunes (Pipistrellus pipistrellus) cazan miles de insectos pequeños cada noche, polilla y mosquito incluidos. Una caja refugio en fachada, a más de 4 metros y sin farola apuntándola, puede ocuparse. Lo que más ayuda a los murciélagos y a las polillas nocturnas —que son polinizadores serios— es apagar el foco del jardín o cambiarlo por luz ámbar cálida por debajo de 2700 K, con el haz dirigido al suelo. La iluminación decorativa nocturna vacía de insectos un jardín más deprisa que un tratamiento.
El erizo europeo (Erinaceus europaeus) come caracoles, babosas y larvas. Necesita poder entrar: un hueco de 13 x 13 cm en la base del vallado basta. Y necesita no morir dentro, así que las piscinas y estanques de paredes verticales deben tener una rampa o una tabla que permita salir. Las lagartijas (Podarcis) piden lo contrario que el orden: piedras al sol y grietas.
Agua: lo que más rinde por metro cuadrado
Si solo se pudiera hacer una cosa por la fauna del jardín, sería una charca pequeña. Dos metros cuadrados, sin peces —los peces se comen larvas de anfibio y de libélula—, con una orilla en pendiente muy suave para que todo lo que caiga pueda salir, y plantas oxigenadoras sumergidas. En pocas temporadas aparecen libélulas, chinches de agua, y en zonas con población cercana, sapos y ranas comunes que trabajan de noche contra babosas e insectos.
Sin sitio para charca, un plato ancho con piedras que sobresalgan del agua sirve de bebedero seguro para abejas y avispas en agosto, cuando el problema real de un jardín seco no es la comida sino la sed. Renovarlo cada dos o tres días evita criar mosquito tigre.
Lo "natural" también mata: los productos autorizados en ecológico
Circula una idea que conviene desmontar: que un producto de origen natural, o admitido en agricultura ecológica, es inocuo. No lo es. Autorizado significa que su balance riesgo-beneficio se considera aceptable bajo ciertas condiciones de uso, no que se pueda pulverizar alegremente.
Cobre (caldo bordelés, oxicloruro): fungicida autorizado en ecológico y un metal pesado que no se degrada. Se acumula en el suelo, es tóxico para lombrices y microfauna, y por eso la Unión Europea limita su uso a 4 kg de cobre por hectárea y año. En un jardín particular, tratar por rutina cada primavera "por si acaso" es contaminar el propio suelo sin necesidad.
Piretrinas naturales: extraídas del crisantemo, autorizadas y de las más tóxicas para abejas que existen. Matan por contacto todo insecto que tocan, incluidos los auxiliares que uno lleva dos años atrayendo. Se degradan con la luz en pocas horas, lo que permite algo: si hay que usarlas, al anochecer y solo sobre la planta afectada, nunca en floración.
Aceite de neem (azadiractina): útil contra pulgón y mosca blanca, pero también afecta a larvas de auxiliares y a abejas en contacto directo. Mismas reglas: puntual, al atardecer, fuera de floración.
Jabón potásico: es lo más benigno de la lista y funciona por asfixia mecánica sobre insectos de cuerpo blando. Sin efecto residual, así que hay que repetirlo. Es el primer recurso razonable, no el último.
Molusquicidas: el metaldehído está fuera del mercado europeo. Los cebos de fosfato férrico son la alternativa admitida en ecológico, pero conviene dosificar poco: una babosa muerta es una comida menos para el erizo y el mirlo.
En el otro extremo hay preparados caseros con respaldo legal: bicarbonato sódico, extracto de cola de caballo (Equisetum arvense), extracto de ortiga (Urtica spp.) y otras figuran en la lista europea de sustancias básicas, precisamente porque su perfil de riesgo es bajo. No hacen milagros y funcionan mejor como preventivos que como remedios.
Lo que no debería entrar por la puerta
Un jardín también puede restar biodiversidad, y la vía más directa es plantar especies invasoras. El Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013) prohíbe la venta, posesión y transporte de varias plantas que aún se ven en jardines: el plumero de la pampa (Cortaderia selloana), la uña de gato (Carpobrotus edulis), el ailanto (Ailanthus altissima), la mimosa (Acacia dealbata) o el rabo de gato (Pennisetum setaceum). No es una recomendación estética: son ilegales, y sus semillas salen del jardín.
Los restos también viajan. Tirar poda o restos de acuario al monte o a un arroyo es la vía habitual de escape de Eichhornia crassipes y compañía. Al compostador o al punto limpio.
Y un apunte sobre el césped clásico: una superficie de gramínea única, segada a 3 cm cada semana, regada a diario en verano y tratada contra dicotiledóneas es lo menos biodiverso que se puede instalar en un jardín. No hace falta arrancarlo entero. Subir la altura de corte a 6-8 cm, espaciar las siegas a tres o cuatro semanas y dejar sin segar una franja perimetral hasta septiembre multiplica los insectos que se ven en él, y de paso el césped resiste mejor el calor porque la raíz crece proporcional a la parte aérea.
El año, mes a mes, sin complicarse
Otoño (octubre-noviembre): plantar árboles y arbustos —es la mejor época en clima mediterráneo, con el suelo aún templado y las lluvias por llegar—, sembrar abono verde, limpiar cajas nido, y no recoger la hojarasca de debajo de los setos.
Invierno: no tocar los tallos secos de vivaces ni las cabezas de Echinacea, cardos o hinojo. Dentro invernan larvas y adultos, y las semillas alimentan a jilgueros y verderones. Podar frutales en reposo, revisar el acolchado.
Primavera: retirar los tallos secos ya en marzo o abril, no en enero. Aportar compost. Vigilar sin intervenir las primeras colonias de pulgón: hay que darles dos o tres semanas para que lleguen los depredadores antes de decidir nada.
Verano: riego por goteo a primera hora, acolchado repuesto, bebedero limpio, siega espaciada. Y aceptar que algunas plantas se agosten: en el clima peninsular eso es normal, no un fallo de cultivo.
En resumen
Un jardín ecológico no se define por lo que se compra sino por lo que se deja funcionar. Suelo sin voltear, acolchado y compost para sostener la vida subterránea; floración continua con la hiedra y el romero cubriendo los meses vacíos; tolerancia a un nivel bajo de plaga para que crisopas, sírfidos y mariquitas tengan de qué vivir; cajas nido con el agujero del diámetro correcto y una charca sin peces; y prudencia con los productos autorizados en ecológico, porque las piretrinas matan abejas y el cobre se queda en el suelo para siempre. Las decisiones que más biodiversidad aportan cuestan cero euros: segar menos, apagar la luz del jardín, dejar los tallos secos hasta marzo y abrir un hueco de 13 centímetros en la valla.