Regar una planta marchita puede rematarla. Suena contradictorio, pero un arbusto con las hojas caídas y el suelo empapado no tiene sed: tiene las raíces asfixiadas y ha dejado de absorber agua. El síntoma de encharcamiento y el de sequía son casi idénticos por fuera, y confundirlos cuesta la planta. Detrás de esa confusión está el drenaje, que es probablemente la propiedad del suelo que más plantas mata en los jardines españoles y la que menos se comprueba antes de plantar.
Qué es realmente el drenaje
El drenaje no es "que el agua se vaya", sino la velocidad a la que el agua gravitacional abandona el suelo y deja sitio al aire. Un suelo sano tiene en torno a un 50 % de volumen sólido y un 50 % de poros, y esos poros no son todos iguales. Los macroporos, los huecos grandes entre agregados, se vacían por gravedad en unas horas y se llenan de aire. Los microporos retienen agua por capilaridad y la ponen a disposición de la raíz durante días.
Con eso se entienden tres conceptos que se usan a diario sin nombrarlos. La capacidad de campo es la humedad que queda cuando ha drenado el agua libre: es el estado ideal, agua en los microporos y aire en los macroporos. El punto de marchitez permanente es la humedad a la que la raíz ya no puede extraer agua aunque el suelo no esté seco al tacto. Entre ambos está el agua útil, la única que le sirve a la planta.
Un suelo mal drenado es aquel en el que el agua ocupa también los macroporos durante demasiado tiempo. Y ahí empieza el problema, porque las raíces respiran. Absorber agua y nutrientes es un proceso activo que consume oxígeno; sin oxígeno, en menos de 24-48 horas los pelos absorbentes empiezan a morir. La planta cierra estomas, amarillea desde las hojas bajas y se marchita con el suelo mojado.
Textura y estructura no son lo mismo
La textura es la proporción de arena, limo y arcilla, y no se puede cambiar de forma práctica en un jardín. Un suelo arenoso drena rápido y retiene poco; uno arcilloso, con partículas de menos de 0,002 mm, retiene mucha agua y libera poca.
La estructura sí se puede mejorar, y es la forma en que esas partículas se agrupan en agregados. Un suelo arcilloso con buena estructura, con agregados estables sostenidos por materia orgánica, hongos y lombrices, drena razonablemente bien pese a la textura. El mismo suelo compactado por pisadas, maquinaria o labores en húmedo se convierte en una masa continua sin macroporos.
Hay una consecuencia importante: los suelos arcillosos no son malos por definición. Son los que más agua y nutrientes retienen, y muchos de los mejores suelos agrícolas peninsulares son arcillosos. Lo que los arruina es la compactación y el manejo en condiciones húmedas. Pasar el motocultor sobre un suelo arcilloso mojado destruye la estructura y crea una suela de labor, una capa endurecida a 20-25 cm de profundidad que impide que el agua baje y que las raíces atraviesen.
Cómo medirlo antes de plantar
La prueba de percolación se hace en veinte minutos y ahorra disgustos. Cava un hoyo de unos 30 cm de lado y 30 de profundidad en el sitio donde piensas plantar. Llénalo de agua y deja que se vacíe: eso satura el terreno de alrededor. Vuelve a llenarlo y mide cuánto baja el nivel por hora.
Por debajo de 2,5 cm por hora el drenaje es deficiente y hay que intervenir. Entre 2,5 y 10 cm por hora es aceptable para la mayor parte de arbustos y árboles. Por encima de 15-20 cm por hora el suelo es tan suelto que el problema será el contrario: se secará muy rápido y necesitará materia orgánica y acolchado. Si al cabo de 12 horas sigue habiendo agua en el hoyo, ahí no se planta ni una lavanda.
Hay señales que también hablan sin necesidad de prueba. Charcos que duran más de 24 horas después de la lluvia. Musgo, juncos o Equisetum instalados solos. Olor a huevos podridos al remover la tierra, señal de condiciones anaerobias y de sulfuros. Y un indicador muy fiable: los colores grises azulados o los moteados anaranjados en el perfil, que son hierro reducido y delatan un suelo que pasa buena parte del año saturado.
Lo que le pasa a una raíz sin oxígeno
El daño no viene solo de la asfixia. En suelo saturado el potencial redox baja y aparecen compuestos tóxicos para la raíz: sulfuros, hierro y manganeso reducidos, etanol por fermentación en los tejidos. A la vez, las bacterias desnitrificantes convierten el nitrato en nitrógeno gaseoso que se pierde a la atmósfera, así que a la clorosis por raíz dañada se le suma un déficit real de nitrógeno.
Y luego están los hongos. Phytophthora y Pythium son oomicetos que producen zoosporas móviles: necesitan agua libre en el suelo para nadar hasta la raíz. Sin encharcamiento no hay infección masiva; con encharcamiento repetido, sí. Phytophthora cinnamomi está detrás de la muerte de encinas y alcornoques en dehesas del suroeste, de la podredumbre de raíz del aguacate y de bajas frecuentes en cipreses, brezos y coníferas de jardín. Cuando alguien dice que "se le murió el ciprés de golpe en septiembre", detrás suele haber un riego generoso de agosto sobre un suelo que no drena.
Especies mediterráneas de suelo pobre y pedregoso —lavanda, romero, tomillo, jara, olivo, adelfa— son especialmente sensibles: en su hábitat el agua nunca se queda parada. Una lavanda muere antes por un invierno lluvioso en suelo pesado que por dos meses de sequía.
Cómo mejorar un suelo que no drena
Materia orgánica, en cantidad y en toda la superficie. Es la herramienta principal. Compost maduro, estiércol bien hecho, restos vegetales: dos o tres centímetros al año sobre el terreno, incorporados superficialmente o dejados como acolchado, mejoran la agregación, alimentan a la fauna del suelo y abren macroporos. No es un efecto instantáneo, pero es el único duradero.
Plantar en montículo o en caballón. Elevar la zona de plantación entre 20 y 40 cm saca el cuello de la raíz de la zona saturada. Es la solución más eficaz y más barata en terrenos pesados, y funciona igual de bien para un frutal que para un macizo de aromáticas. Los bancales elevados aplican la misma idea a la huerta.
Romper la compactación. Con horca de doble mango o laya, levantando sin voltear, o con una descompactación profunda si hay suela de labor. Y después, evitar pisar la zona cultivada: definir caminos fijos conserva la estructura.
Drenaje enterrado, si el agua tiene adónde ir. Un tubo dren corrugado envuelto en geotextil y rodeado de grava, con pendiente mínima del 1 %, conduce el agua a un punto de salida. Sin salida real —una cuneta, un pozo, una zona más baja— el dren solo traslada el charco.
Elegir plantas que toleren el terreno. Si el agua se queda, aprovecha: Taxodium distichum, Salix, Fraxinus angustifolia, Populus alba, Cornus sanguinea, Viburnum opulus, Iris pseudacorus o Lythrum salicaria viven bien con humedad. Un jardín de lluvia bien diseñado convierte el punto bajo de la parcela en la mejor zona, en lugar de en el cementerio de arbustos.
Tres remedios populares que empeoran las cosas
La capa de grava en el fondo de la maceta. Es el consejo de jardinería que más se repite y es falso. El agua no pasa libremente de un material fino a uno grueso: la diferencia de tamaño de poro crea una tensión capilar que la retiene. El sustrato de encima tiene que saturarse antes de que el agua empiece a bajar a la grava, de modo que la capa de piedras sube la zona encharcada hacia las raíces y además roba volumen útil. Lo que funciona es un sustrato de buena estructura en toda la maceta, agujeros suficientes y no dejar el plato lleno de agua. Vale la pena saber además que el agua colgada —esa lámina saturada que queda en el fondo de cualquier contenedor— tiene un espesor fijo que depende del sustrato, no de la altura del tiesto: por eso una jardinera baja y ancha se encharca proporcionalmente mucho más que una maceta alta con el mismo sustrato.
Echar arena a un suelo arcilloso. Con dosis pequeñas ocurre justo lo contrario de lo que se busca: la arena queda embebida en la matriz de arcilla y produce un material más denso, parecido al mortero. Para modificar de verdad la textura harían falta proporciones enormes de arena gruesa, del orden de la mitad del volumen, algo inviable en un jardín. Materia orgánica sí; arena de construcción, no.
Enmendar solo el hoyo de plantación. Cavar un hoyo en arcilla, rellenarlo de sustrato esponjoso y plantar dentro crea una bañera: el agua entra fácil, llega a las paredes compactadas y se queda. Las raíces, además, tienden a girar dentro del hoyo confortable en lugar de salir. En suelo pesado, el hoyo debe ser ancho y poco profundo, con las paredes rascadas para romper el alisado de la pala, y el relleno debe ser el propio suelo del sitio, no un sustrato distinto.
El drenaje y el riego se leen juntos
Un suelo puede drenar perfectamente y aun así estar encharcado si se riega todos los días. Y un suelo pesado puede funcionar si se riega poco y espaciado. La regla práctica es regar en profundidad y con menos frecuencia: obliga a la raíz a bajar y deja que el perfil se airee entre riegos.
Antes de regar, comprueba. Mete el dedo o una varilla cinco centímetros en la tierra; si sale húmeda y fría, espera. En maceta, el peso del tiesto es el mejor indicador que existe: levántalo recién regado y vuelve a levantarlo tres días después, y aprenderás a distinguirlo en dos semanas. En invierno, con la planta parada y la evaporación mínima, la frecuencia de riego debe caer drásticamente; los daños por encharcamiento se concentran entre noviembre y marzo, no en verano.
El acolchado ayuda a las dos partes de la ecuación: reduce la evaporación, amortigua la temperatura del suelo, evita que la lluvia golpee y selle la superficie, y alimenta la vida que mantiene los agregados. Cinco centímetros de corteza, restos de poda triturados o paja, sin apoyarlo contra el tronco.
En resumen
Un buen suelo de jardín retiene agua en los poros finos y aire en los gruesos, y esa combinación depende más de la estructura que de la textura. Comprueba el drenaje con una prueba de percolación antes de plantar y toma en serio los resultados: por debajo de 2,5 cm por hora hay que plantar en montículo, elegir especies tolerantes o resolver la salida del agua. Olvida la grava en el fondo de la maceta y la arena sobre la arcilla, no enmiendes solo el hoyo, y añade materia orgánica de forma sostenida. Y ante una planta marchita con la tierra húmeda, no riegues: escarba un poco y mira las raíces.