Hacia el 1350 a. C., un pintor egipcio dejó en la capilla funeraria de Nebamun, en Tebas, lo que puede leerse como un plano: un estanque rectangular lleno de peces y patos, bordeado con precisión de sicomoros, palmeras datileras y palmas dum. No hay en esa pintura ni un rincón silvestre. Hay una parcela regada, cercada y ordenada, en un país donde el agua se administra o no hay nada. Esa es, en el fondo, la historia entera de la jardinería: lo que cambia de una época a otra no es tanto el gusto como el modo de traer el agua y de decidir quién puede permitirse gastarla en algo que no se come.

Jardín histórico con setos recortados y paseos

Los jardines colgantes que quizá nunca estuvieron en Babilonia

Conviene empezar deshaciendo el tópico. Los jardines colgantes de Babilonia aparecen en autores griegos y romanos tardíos —Estrabón, Diodoro, Filón— que escriben siglos después de los hechos y ninguno de los cuales pisó la ciudad en su esplendor. En las abundantísimas tablillas cuneiformes babilonias, incluidas las que detallan hasta el último ladrillo de las obras de Nabucodonosor II, no se los menciona. Las excavaciones de Robert Koldewey a principios del siglo XX no encontraron nada concluyente.

La asirióloga Stephanie Dalley propuso una explicación sólida: el jardín existió, pero en Nínive, construido por Senaquerib alrededor del 700 a. C., y llegó a la tradición griega con la ciudad cambiada. A favor de esa hipótesis hay relieves asirios que muestran un jardín en terrazas con árboles, textos que describen un acueducto de piedra de decenas de kilómetros y un tornillo de bronce para elevar agua, y restos arqueológicos del canal de Jerwan. La imagen popular —terrazas escalonadas cubiertas de vegetación colgante— probablemente sea correcta; la dirección postal, no.

El dato que importa para un jardinero es otro: aquel jardín necesitaba una obra hidráulica de escala militar. Se plantaba lo que el agua permitía.

Persia: cuatro cuadros y una palabra que seguimos usando

En Pasargada, hacia el 540 a. C., los jardines de Ciro el Grande dejaron canales de piedra tallada que aún se ven sobre el terreno y que dibujan un rectángulo dividido. De ahí procede el chahar bagh, el jardín de cuatro partes separadas por acequias que se cruzan, con una fuente o un pabellón en el punto de encuentro.

Ese esquema no es un capricho geométrico ni solo un símbolo de los cuatro ríos: es la forma más eficiente de repartir por gravedad un caudal escaso entre cuatro cuadros de cultivo. La geometría es hidráulica antes que estética, y por eso sobrevivió tres mil años y cruzó medio mundo. Los persas lo alimentaban con qanats, galerías subterráneas de kilómetros que traían agua del pie de la montaña con una pendiente mínima, sin bombeo y con pérdidas por evaporación casi nulas.

Los griegos llamaron a aquellos recintos parádeisos, tomándolo del persa antiguo pairidaēza, «recinto amurallado». De ahí viene la palabra paraíso. Durante milenios, el paraíso fue literalmente un huerto vallado con riego.

Grecia y Roma: del huerto útil al patio de recreo

La Grecia clásica cultivaba con fines prácticos y religiosos —bosques sagrados, gimnasios arbolados— más que ornamentales. Roma dio el salto. Las excavaciones de Wilhelmina Jashemski en Pompeya, que consistieron en vaciar con escayola las cavidades dejadas por las raíces bajo la ceniza del 79 d. C., permitieron reconstruir plantaciones casa por casa: viñas en patios traseros, huertos comerciales dentro de la muralla, y los peristilos ajardinados que conocemos por la Casa de los Vetios, con setos bajos, fuentes y esculturas.

Roma aportó además la literatura técnica. Columela dedicó el libro X de De re rustica a la horticultura, y lo escribió en verso; Plinio el Viejo recopiló en su Historia natural cuanto se sabía de plantas cultivadas; Plinio el Joven describió sus villas con un detalle que todavía se usa para reconstruirlas. También nació entonces la topiaria: la tradición atribuye su invención a Cayo Matio, amigo de Augusto, y consistía ya en lo mismo que hoy, recortar boj y ciprés hasta convertirlos en animales, letras y setos arquitectónicos.

Al-Andalus, donde empieza el jardín español

Cuando en la península se habla de jardín tradicional, se está hablando casi siempre de una herencia andalusí. Madinat al-Zahra, fundada por Abd al-Rahman III hacia el 936 junto a Córdoba, organizó sus terrazas en torno a albercas y pabellones con una precisión que aún hoy se aprecia en las excavaciones. La Alhambra y el Generalife, del siglo XIV, llevaron el modelo a su punto más refinado con el Patio de la Acequia.

Dos rasgos técnicos merecen atención. El primero es que el agua se conduce, se remansa y se reparte, pero apenas se derrocha: los surtidores son de chorro corto y bajo, porque un chorro alto se evapora y hace ruido. El segundo es el arriate hundido: en Madinat al-Zahra y en el Patio de los Leones la arqueología ha mostrado que los cuadros de plantación estaban rehundidos entre cincuenta y ochenta centímetros respecto a los andenes, de modo que las copas de arrayanes y rosales quedaban a la altura del paseante y el riego por inundación no desbordaba a los caminos. Los parterres a ras de suelo que hoy vemos en muchos de estos patios son restauraciones modernas.

Al-Andalus produjo también la mejor agronomía de su tiempo. Ibn Bassal dirigió el jardín real de al-Ma'mun en Toledo en el siglo XI y, tras la caída de la ciudad, siguió trabajando en Sevilla; su Kitab al-Filaha describe injertos, abonos y sistemas de riego con criterio experimental. Ibn al-Awwam, sevillano de finales del siglo XII, catalogó en su obra homónima unas 585 plantas y medio centenar de frutales, con instrucciones de cultivo que se siguieron leyendo en España hasta el siglo XIX.

Una precisión sobre un icono: el Patio de los Naranjos de la mezquita de Córdoba se plantó originalmente con olivos, palmeras y cipreses. Las hileras de naranjos que hoy lo definen se documentan a partir del siglo XV. Y el naranjo que llegó con los árabes hacia el siglo X fue el amargo (Citrus × aurantium), ornamental y para azahar; el naranjo dulce de mesa es una incorporación bastante posterior.

El claustro, la botica y la lista de Carlomagno

En la Europa cristiana medieval el jardín se replegó tras los muros del monasterio y se especializó. El plano de Sankt Gallen, dibujado hacia el 820, distingue con toda claridad tres espacios: el herbularius o jardín de simples, con dieciséis bancales de plantas medicinales junto a la enfermería; el hortus de verduras, con dieciocho bancales; y el huerto de frutales, que hacía además de cementerio.

Unas décadas antes, hacia el 795, el Capitulare de villis de Carlomagno había ordenado qué debía cultivarse en las fincas imperiales: cerca de noventa especies entre hierbas y frutales, desde la salvia y el hinojo hasta el membrillo y el níspero. Es la primera lista de plantas de jardín de la Europa posterior a Roma, y buena parte de ella sigue en nuestras huertas.

De ahí procede también el hortus conclusus, el jardín cerrado con pozo o fuente central, banco de césped perimetral y emparrado, que llenó la pintura del gótico tardío y que, sin saberlo, muchos patios vecinales españoles siguen repitiendo.

Italia: el jardín como mirador y como máquina de agua

El Renacimiento italiano sacó el jardín del recinto cerrado y lo abrió al paisaje. Las villas se plantaron en ladera, escalonadas en terrazas unidas por escaleras y rampas, con la casa arriba y la vista organizada hacia el valle. Boboli en Florencia, desde 1550, y Villa Lante en Bagnaia, obra de Vignola en los años sesenta del siglo XVI, fijaron el modelo.

La Villa d'Este de Tívoli, encargada por el cardenal Ippolito II d'Este a Pirro Ligorio a partir de 1560, llevó el asunto al extremo: centenares de surtidores, cascadas, un órgano hidráulico que sonaba solo y autómatas de pájaros que cantaban, todo movido por gravedad con agua desviada del río Aniene, sin una sola bomba. Es ingeniería hidráulica disfrazada de placer, y sigue funcionando con el mismo principio.

Francia y la línea recta

André Le Nôtre trasladó al terreno llano lo que Italia había hecho en pendiente, y lo hizo a otra escala. En Vaux-le-Vicomte, entre 1656 y 1661, y después en Versalles a partir de 1661, organizó ejes de kilómetros con parterres de broderie —dibujos de boj recortado sobre gravas de color, pensados para verse desde el piso principal del palacio—, canales, bosquetes y perspectivas calculadas.

El truco menos conocido de Le Nôtre es la corrección óptica: ensanchaba progresivamente las calles y alargaba los estanques lejanos para que, desde el punto de vista del rey, la perspectiva no se cerrara y el jardín pareciera infinito. Versalles costó además un esfuerzo hidráulico desmedido —la Machine de Marly elevaba agua del Sena para unas fuentes que ni siquiera podían funcionar todas a la vez— y ahí está la lectura útil: el jardín francés clásico es una demostración de poder sobre el territorio, no una solución de cultivo.

Los jardines reales españoles

España fue absorbiendo esas corrientes con su propio calendario. En Aranjuez, el Jardín de la Isla se trazó en tiempos de Felipe II aprovechando un meandro del Tajo, y para él se hicieron traer olmos de Inglaterra; el Jardín del Príncipe, mucho más tardío (desde 1772, bajo la dirección de Pablo Boutelou), ya mezcla el trazado formal con paseos de aire paisajista y una colección notable de árboles exóticos.

La Granja de San Ildefonso, en Segovia, es el encargo de Felipe V a partir de 1721 y la respuesta española a Versalles, con proyecto inicial de René Carlier y ejecución de la saga Boutelou. Sus veintiséis grupos de fuentes funcionan por gravedad desde el estanque de El Mar, situado más alto en la ladera: no hay bombas, y por eso solo se ponen en marcha en días señalados y por turnos.

El Escorial aportó otro registro, el de los jardines de los frailes, sobrios y geométricos, con boj recortado y sin apenas flor, ajustados a la austeridad del conjunto y al clima duro de la sierra.

América cambia el jardín europeo, y Sevilla es la puerta

A partir de 1492 empieza el mayor trasvase de plantas de la historia, y una parte enorme de él pasa por la Casa de Contratación de Sevilla. El tomate, la patata, el pimiento, el maíz, la calabaza, el girasol, el tabaco, la chumbera y el agave entran en Europa por aquí; en sentido contrario viajan el trigo, la vid, el olivo y los cítricos.

La Corona española organizó además una serie de expediciones botánicas de una ambición que hoy sorprende: Ruiz y Pavón a Perú y Chile desde 1777, la Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada dirigida por José Celestino Mutis desde 1783 —que produjo miles de láminas de una calidad excepcional—, Sessé y Mociño a Nueva España desde 1787 y la expedición Malaspina desde 1789.

El destino de aquel material fue el Real Jardín Botánico, fundado por Fernando VI en 1755 en el soto de Migas Calientes y trasladado en 1781 por Carlos III a su emplazamiento actual del Paseo del Prado, con trazado en terrazas de Sabatini y Juan de Villanueva. Allí, en 1791, Antonio José Cavanilles describió y bautizó un género recién llegado de México: Dahlia. La dalia que hoy se planta en cualquier jardín de pueblo pasó primero por Madrid.

Inglaterra inventa lo «natural» (y no lo es)

En el siglo XVIII Inglaterra dio un giro radical. Charles Bridgeman popularizó el ha-ha, la zanja con muro de contención que impide el paso del ganado sin interrumpir la vista, y con ese recurso el jardín dejó de tener valla visible y se fundió con el campo. William Kent introdujo la composición pictórica, y Lancelot «Capability» Brown, entre 1750 y 1783, rediseñó más de un centenar de fincas con su repertorio de praderas onduladas, lagos de perfil serpenteante, grupos de árboles y cinturones arbolados. Humphry Repton lo continuó, atemperado, con sus célebres Red Books de acuarelas antes y después.

Merece la pena decirlo con claridad, porque el malentendido persiste: el jardín paisajista inglés no tiene nada de natural. Brown movió colinas, represó ríos para crear lagos, plantó bosques enteros de golpe y, en varias fincas, hizo demoler y reubicar aldeas que estropeaban la vista. Es tan artificial como Versalles; lo que cambia es que oculta el artificio en lugar de exhibirlo. Comparado con el jardín francés resulta además mucho más barato de mantener, y eso explica buena parte de su éxito posterior.

El siglo XIX: cristal, ferrocarril y parques para todos

Dos inventos cambiaron la jardinería del XIX. Uno fue la caja de Ward: hacia 1829 el médico londinense Nathaniel Bagshaw Ward comprobó que las plantas sobrevivían durante meses dentro de un cajón acristalado y cerrado, y su invento permitió que helechos, orquídeas y árboles del té cruzaran océanos vivos. Antes de él, las plantas embarcadas morían casi todas de sal y sed durante la travesía. El otro fue el vidrio barato, tras la supresión del impuesto británico sobre el vidrio en 1845, que abrió la era de los invernaderos y culminó en el Crystal Palace de Paxton en 1851.

El resultado fue una jardinería de exhibición: macizos de flor de temporada plantados a miles en dibujos geométricos y renovados dos o tres veces al año, con especies tropicales criadas en invernadero. Es un estilo caro, sediento y hoy insostenible, pero de él vienen los parterres de begonias y salvias de tantos ayuntamientos.

Fue también el siglo del parque público. El Retiro madrileño, jardín real desde el siglo XVII, pasó al Ayuntamiento y se abrió a la ciudad en 1868. En Sevilla, los terrenos de San Telmo donados en 1893 por la infanta María Luisa Fernanda fueron reordenados desde 1911 por el paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, que combinó estructura andalusí —azulejo, agua, sombra— con vegetación exuberante, y que dejó también obra en Barcelona, en Montjuïc. Y entre 1900 y 1914 Gaudí construyó el Park Güell, que se adelantó a su tiempo al usar vegetación mediterránea adaptada al terreno seco en lugar de céspedes.

Del jardín silvestre a la pradera de vivaces

La reacción contra los macizos victorianos vino de William Robinson, que en The Wild Garden (1870) defendió naturalizar plantas resistentes y dejarlas competir, y de Gertrude Jekyll, que aplicó al arriate herbáceo su formación de pintora y compuso bordes graduados por color y por textura. La colaboración de Jekyll con el arquitecto Edwin Lutyens definió una fórmula que sigue viva: estructura arquitectónica dura, plantación blanda y desbordada.

En el siglo XX la línea continuó con Karl Foerster en Alemania y Mien Ruys en los Países Bajos, y desembocó en el llamado New Perennial o corriente holandesa, cuyo nombre más conocido es Piet Oudolf: plantaciones de gramíneas y vivaces elegidas tanto por su esqueleto seco en invierno como por su flor, con mantenimiento reducido a una siega anual a final de invierno.

El hito más relevante para el clima español lo puso Beth Chatto, que en 1991 convirtió un antiguo aparcamiento de grava en Essex en un jardín que no se ha regado nunca, plantando solo especies adaptadas a suelo seco y pobre. Su lema —la planta adecuada en el lugar adecuado— resume mejor que cualquier tratado lo que un jardinero peninsular necesita saber hoy.

Lo que el jardín mediterráneo debe a los barcos

Un patio andaluz con buganvilla, geranios y jazmín, y una calle con jacarandas en flor, pasan por ser la estampa más tradicional que existe. Casi todo lo que hay en esa estampa es reciente. La buganvilla (Bougainvillea) se recolectó en Brasil en 1768 durante el viaje de Bougainville y no se generaliza en el Mediterráneo hasta el siglo XIX. Los geranios de balcón son Pelargonium del Cabo de Buena Esperanza, llegados a Europa en el siglo XVII. La jacaranda (Jacaranda mimosifolia) procede del noroeste argentino y de Bolivia y se planta en las ciudades españolas sobre todo a partir del siglo XX. La chumbera (Opuntia ficus-indica) y la pita (Agave americana), que hoy definen el paisaje seco del sureste, son mexicanas y del siglo XVI.

Lo verdaderamente autóctono de ese cuadro es más discreto: el arrayán, el laurel, la adelfa, el lentisco, el romero, la lavanda, el ciprés del Mediterráneo oriental. Reconocerlo no le quita valor a la buganvilla; sirve para entender que el jardín «de toda la vida» es un montaje histórico de aluvión, y que seguir incorporando especies nuevas —ahora, las que aguantan el calor y la sequía— es exactamente lo que se ha hecho siempre.

Qué se queda de todo esto

Los estilos históricos no son solo repertorios decorativos: cada uno resolvió un problema concreto y esos problemas vuelven. El chahar bagh persa y el patio andalusí son respuestas técnicas a la escasez de agua, con sombra, muros que atemperan, riego por gravedad y superficies pequeñas de plantación intensiva; en una España con veranos cada vez más largos, tienen bastante más que enseñar que el césped inglés, que nació en un país donde llueve todo el año.

La lección práctica se puede formular en cuatro puntos. Plantar en otoño, como se hizo siempre antes de que existiera el riego a presión, para que la planta enraíce con las lluvias. Agrupar las plantas por necesidad hídrica en lugar de mezclarlas y regarlo todo igual. Dar sombra antes que agua, porque un árbol bien colocado ahorra más riego que cualquier programador. Y elegir la especie según el sitio, en vez de forzar el sitio para que acepte la especie.

En resumen

La jardinería empieza en Egipto y Mesopotamia como gestión del agua, adquiere en Persia la geometría de los cuatro cuadros que aún usamos, se hace patio y acequia en al-Andalus, se recluye en el claustro medieval, sale al paisaje con el Renacimiento italiano, se convierte en despliegue de poder con Le Nôtre y en falso paisaje natural con Capability Brown. El siglo XIX la industrializa con el vidrio, la caja de Ward y los macizos de temporada, y la abre por primera vez al público en parques como el Retiro. El XX y el XXI vuelven a mirar a la planta adaptada al lugar, de Robinson a Beth Chatto y Oudolf. Los jardines colgantes de Babilonia probablemente estuvieron en Nínive, el jardín inglés es tan artificial como Versalles y el patio mediterráneo «de siempre» está lleno de plantas americanas, sudafricanas y asiáticas llegadas hace dos o tres siglos. Quien plante hoy en España con criterio de clima seco no está rompiendo con la tradición: está haciendo lo mismo que hicieron los persas, los andalusíes y todos los que tuvieron que contar el agua antes de decidir qué sembrar.


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