En julio, las vainas aterciopeladas que cuelgan de una glicina adulta se abren con un chasquido seco y disparan las semillas a varios metros del tronco. Esas semillas, y las vainas que las contienen, son la parte peligrosa de una planta por lo demás magnífica: contienen lectinas y el glucósido wisterina, y bastan una o dos para provocar en un niño vómitos, dolor abdominal y diarrea intensa. Conviene saberlo antes de plantar una glicina sobre el arenero o junto a la caseta del perro, porque la floración de abril es tan espectacular que luego cuesta razonar con frialdad sobre ella.

Glicina en flor cubriendo una pérgola

La parte que envenena y la que no

Toda la planta contiene los mismos principios en distinta concentración, pero el riesgo real se concentra en semillas y vainas. Los síntomas aparecen en un plazo de entre veinte minutos y dos horas: náuseas, vómitos repetidos, cólico y diarrea; en casos con varias semillas, deshidratación que puede requerir suero. No es una planta que mate a un adulto sano, pero sí manda a urgencias a un crío de cuatro años y a un perro pequeño con relativa facilidad.

Las medidas sensatas son tres. Retirar las vainas verdes en junio, antes de que sequen y salten, si hay niños o animales en el jardín. No plantarla de modo que las vainas caigan sobre una zona de juego o sobre el comedero. Y ante una ingestión, llamar al Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20, atención permanente) o acudir al centro de salud con una hoja o una vaina para identificar la especie. El polen y el perfume no representan ningún problema, y tocar la planta tampoco: no es una euforbia ni una adelfa, no irrita la piel.

Sinensis, floribunda, brachybotrys: no son intercambiables

La etiqueta del vivero pone muchas veces solo «Wisteria», y la diferencia entre las tres especies comunes decide cuándo florece la planta y cómo se ve el resultado.

Wisteria sinensis, de China, produce racimos de 20 a 30 cm que abren casi todas sus flores a la vez, antes de que broten las hojas o justo cuando empiezan. El efecto es una cortina lila compacta sobre madera desnuda, muy fotogénica y muy breve: diez o doce días. Sus tallos se enroscan en sentido contrario a las agujas del reloj y sus hojas tienen entre siete y trece folíolos.

Wisteria floribunda, japonesa, hace justo lo contrario: racimos más largos —de 30 a 60 cm, y en el cultivar 'Multijuga' (también vendido como 'Macrobotrys') por encima del metro— que abren progresivamente desde la base hacia la punta, con las hojas ya salidas. La floración dura más y se ve mejor desde debajo, por lo que es la especie de los túneles y las pérgolas altas. Se enrosca en el sentido de las agujas del reloj y tiene de once a diecinueve folíolos.

Wisteria brachybotrys, con cultivares como 'Shiro-kapitan' u 'Okayama', da racimos cortos y anchos con el perfume más intenso del género. Es menos frecuente y suele costar más cara.

Queda una cuarta opción que resuelve muchos problemas: Wisteria frutescens, la glicina americana, representada en los viveros por 'Amethyst Falls'. Alcanza tres o cuatro metros en lugar de quince, florece sobre madera del año en mayo-junio y repite en verano. Para un balcón, un porche pequeño o una barandilla, es la elección correcta, y perdona el descuido en la poda.

De semilla no, de injerto o esqueje

Aquí se juega la partida entera. Una glicina obtenida de semilla tarda entre siete y veinte años en florecer, y cuando lo hace suele dar racimos cortos y de color deslavado. Las plantas baratas de gran superficie, sin nombre de cultivar en la etiqueta, son con frecuencia de semilla. El comprador riega, ata, poda y espera una década para nada.

La forma de evitarlo es sencilla: comprar la planta en flor, en abril, o exigir que la etiqueta lleve un nombre de cultivar entre comillas simples ('Prolific', 'Caroline', 'Alba', 'Black Dragon', 'Multijuga'). Un cultivar con nombre procede de esqueje, acodo o injerto, y florece al segundo o tercer año de plantado. Si la planta está injertada, se ve el bulto de la unión a diez o quince centímetros del suelo; ese punto debe quedar por encima de la tierra, y cualquier brote que salga por debajo se elimina, porque es del patrón y acabará dominando.

Dónde plantarla y qué estructura aguanta

Una glicina adulta pesa. El tronco engorda hasta el grosor de un muslo, los brazos principales alcanzan diez o quince metros y ejercen una presión constante sobre lo que sujeta. Una celosía de madera de las que se venden en centros de jardinería dura tres o cuatro años; después revienta. Un canalón de PVC se descuelga. Un bajante se aplasta. Las guías nuevas se meten bajo las tejas y las levantan.

Lo que sí aguanta: cable de acero inoxidable de 3 o 4 mm con tensores, anclado a la fachada con separadores que dejen entre cinco y ocho centímetros de aire respecto al muro, o vigas de madera de escuadría real, de 10x10 cm como mínimo, sobre pies derechos con zapata de hormigón. Una pérgola metálica de perfil tubular fino se deforma; una de perfil cuadrado de 60 mm no.

Sobre la orientación, la regla no admite matices: pleno sol. A media sombra la planta crece con enorme vigor y no florece, y esa combinación es la peor de todas, porque da mucho trabajo de poda sin recompensa. Solana en el norte peninsular; en Andalucía o Murcia, sol de mañana y algo de alivio a mediodía en verano le va mejor, pero nunca sombra completa.

La época de plantación es de octubre a diciembre en la mitad sur y el litoral, para que enraíce con las lluvias de otoño; en la meseta norte y zonas de heladas fuertes, mejor a final de invierno, en febrero o marzo. El hoyo, amplio: 60x60x60 cm, con la tierra del sitio mejorada con compost, sin abonos minerales en el fondo.

Suelo, agua y el amarilleo de las hojas

La glicina tolera casi cualquier suelo profundo y fresco, y lleva mal dos cosas: el encharcamiento y la caliza activa. El encharcamiento la mata por Phytophthora en un par de temporadas, con un decaimiento lento que suele atribuirse erróneamente a falta de riego.

La caliza da otro cuadro, muy reconocible en buena parte de la meseta, el valle del Ebro y el interior levantino: hojas de un amarillo pálido con los nervios marcados en verde, primero en los brotes nuevos. Es clorosis férrica; el hierro está en el suelo pero el pH alto lo bloquea. Añadir sulfato de hierro sirve de poco a pH superior a 7,5 porque se insolubiliza en días. Lo que funciona es el quelato de hierro EDDHA —el único estable en suelos básicos—, del 4,8 o el 6 % de hierro, entre 20 y 50 g por planta adulta disueltos en la regadera y aplicados al suelo en marzo, repitiendo en mayo si el amarilleo persiste. Acompañarlo de una capa de compost o de mantillo ácido cada otoño mejora el resultado a medio plazo.

El riego es exigente los tres primeros años y casi innecesario después en la mitad norte. En el sur y en zonas secas, la planta adulta agradece un riego profundo —cincuenta o sesenta litros de golpe— cada diez o quince días en julio y agosto, mucho mejor que un chorrito diario que solo moja los primeros centímetros.

El abono que impide la floración

La glicina es una leguminosa y fija nitrógeno atmosférico gracias a los rizobios de sus raíces. Se fabrica ella sola el nutriente que más se le suele dar. Un abono rico en nitrógeno —los universales, los de césped, el estiércol fresco— produce brotes de cuatro metros, hojas enormes y ninguna flor. Si hay césped abonado a menos de dos metros del tronco, ahí está la explicación de muchos años sin racimos.

Si algo hace falta, es potasio: un puñado de sulfato potásico en febrero, o un abono de floración con relación NPK del tipo 5-10-20, y nada más en todo el año.

La poda: dos cortes al año, y ninguno improvisado

La glicina florece sobre espolones cortos situados en la madera vieja, no sobre los latigazos largos del año. Todo el sistema de poda consiste en convertir esos latigazos en espolones. Se hace en dos tiempos.

Poda de verano (julio-agosto). Cuando los brotes del año están largos y flexibles, se cortan dejando entre quince y veinte centímetros, o cinco o seis hojas, desde la rama estructural de la que salen. Se dejan solo los pocos brotes que se quieran para prolongar la estructura y atarlos. Este corte de verano es el que induce la formación de las yemas florales para la primavera siguiente; sin él, la planta invierte en madera lo que debería invertir en flor.

Poda de invierno (enero-febrero, con la planta desnuda). Esos mismos muñones se acortan a dos o tres yemas. Sin hojas se distinguen bien: las yemas de flor son gordas, redondeadas y algo peludas; las de hoja, delgadas y puntiagudas. Se aprovecha para eliminar madera muerta, cruces y los rebrotes que salen del pie.

Podar solo en invierno, o recortar la planta a tijera de setos cuando molesta, produce una glicina frondosa que florece poco y mal. Y quien poda tarde, ya en marzo con las yemas hinchadas, se queda directamente sin flor ese año.

Por qué no florece

Cuando una glicina lleva años sin dar racimos, la causa está casi siempre en esta lista corta:

Es de semilla. Con paciencia acabará floreciendo, pero pueden ser quince años. Merece la pena arrancarla y comprar un cultivar injertado.

Sombra. Sin sol directo abundante no hay iniciación floral, y no hay abono que lo compense.

Exceso de nitrógeno. Ver el apartado anterior.

Poda incompleta. Falta el corte de verano.

Heladas tardías. En la meseta y en zonas de interior, una helada de abril quema los botones ya formados y la planta se queda en hojas. No es un fallo de cultivo, es climatología, y al año siguiente vuelve a florecer.

Trasplante o cambio reciente. Una glicina movida de sitio puede tardar dos o tres años en volver a flor.

Como último recurso, en plantas viejas, sanas y obstinadamente vegetativas, existe la poda de raíz: se clava la pala hasta el fondo formando un círculo a sesenta o noventa centímetros del tronco, en otoño, seccionando parte del sistema radicular. El estrés controlado suele empujar a la planta a florecer. Es una intervención de la vieja escuela, no exenta de riesgo, y no tiene sentido probarla antes de haber corregido el sol, el abono y la poda.

Convivir con una planta que estrangula

Los tallos de glicina se enroscan con fuerza sobre cualquier cosa cilíndrica que encuentren, y aprietan más cada año a medida que engordan. Un manzano joven, un ciruelo o un arce vecino terminan con el tronco marcado en espiral y estrangulado en pocas temporadas. Lo mismo le ocurre a un cable eléctrico o a una manguera olvidada. Revisar en verano hacia dónde se han lanzado las guías nuevas y cortar las que se hayan ido a donde no deben es una tarea de diez minutos que evita disgustos.

También rebrota de raíz a varios metros del pie, sobre todo si el sistema radicular ha sido dañado por una zanja o una obra. Esos rebrotes se arrancan de un tirón cuando están tiernos; a machete cuando ya han lignificado.

Fuera de eso, es una planta con pocas plagas. Algo de pulgón en los brotes tiernos de abril, que se marcha solo con la subida de temperatura, y cochinilla algodonosa en climas cálidos y ambientes resguardados, tratable con aceite de parafina en invierno. Bien plantada, una glicina dura más que quien la plantó: ejemplares centenarios cubriendo fachadas enteras son habituales.

La versión en árbol y la versión en maceta

La glicina no tiene por qué trepar. Formada en árbol —un solo tallo atado a un tutor rígido, despuntado a metro y medio o metro ochenta, y una copa construida a base de podas cortas— se convierte en un pequeño ejemplar de porte llorón cargado de racimos, ideal donde no hay muro ni pérgola. El tutor debe permanecer varios años, porque el tallo no se sostiene solo hasta que engorda.

En maceta es posible pero exigente: contenedor de sesenta litros como mínimo, riego diario en verano, sustrato que drene y poda estricta dos veces al año. Para terrazas, la combinación sensata es 'Amethyst Falls' o una glicina ya formada en árbol; una floribunda vigorosa en una maceta de treinta litros vive descontenta y florece a rachas.

En resumen

Las semillas y las vainas de la glicina son tóxicas y provocan cuadros digestivos serios en niños y perros: si el jardín se comparte con ellos, se retiran las vainas en junio. Comprar la planta en flor o con nombre de cultivar en la etiqueta evita la trampa de las plantas de semilla, que tardan más de una década en florecer. Pleno sol, estructura de acero o de madera gruesa —nunca celosía ligera ni canalón—, suelo profundo y bien drenado, y quelato de hierro EDDHA si el agua y la tierra son calizas. Nada de nitrógeno: la planta lo fabrica sola y lo convierte en hojas. Y la poda en dos tiempos, cinco o seis hojas en julio y dos o tres yemas en enero, que es lo que separa una cortina de racimos de un montón de ramas verdes.


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