Una hoja que ha amarilleado del todo no vuelve a ponerse verde. Por mucho que se corrija el riego, se abone o se cambie de sitio la planta, ese tejido ya está desmontado y la planta lo va a acabar soltando. Lo que sí se puede hacer es leer a tiempo lo que está pasando, porque la hoja es el primer sitio donde se ve un problema de raíz, de agua o de luz, casi siempre semanas antes de que la planta entera empiece a decaer.

Cuidar las hojas, entonces, es sobre todo saber interpretarlas. Este artículo va de eso: qué significa cada síntoma, qué lo provoca de verdad y qué hacer con él, además de cómo mantener el follaje limpio y sano sin caer en los remedios de toda la vida que no funcionan.

Hojas verdes y sanas de una planta vistas de cerca

Lo primero: mira dónde aparece el síntoma

Antes de decidir qué le pasa a una planta, hay que fijarse en si el daño está en las hojas viejas o en las nuevas. No es un detalle menor: es la mitad del diagnóstico, y se resuelve en diez segundos.

Dentro de la planta hay nutrientes que viajan. El nitrógeno, el fósforo, el potasio y el magnesio son móviles: cuando escasean, la planta los desmonta de las hojas viejas para llevárselos a los brotes nuevos, así que el síntoma aparece abajo, en las hojas más antiguas. En cambio el hierro, el calcio, el azufre y el boro no se mueven una vez depositados; si faltan, la planta no puede reciclarlos y el problema sale arriba, en las hojas jóvenes, mientras las viejas siguen verdes.

Con esa regla, los cuadros más habituales se distinguen bastante bien:

Hojas viejas amarillas de forma uniforme, incluidos los nervios, y planta que crece poco: falta de nitrógeno. Típico de macetas con sustrato agotado que llevan uno o dos años sin abonar.

Hojas viejas amarillas entre los nervios, con los nervios todavía verdes, a menudo empezando por el borde: falta de magnesio. Se ve mucho en tomateras, rosales, vid y cítricos en maceta. Se corrige con sulfato de magnesio (sal de Epsom), en torno a 1 g por litro de agua de riego un par de veces separadas por quince días.

Bordes de las hojas viejas quemados, secos y curvados hacia abajo, con el centro aún verde: carencia de potasio, o bien exceso de sales. Si hay costra blanca en el borde de la maceta, apuesta por lo segundo.

Hojas nuevas amarillas o casi blancas con los nervios marcados en verde: clorosis férrica. Es el problema número uno en media España y merece apartado propio.

Y hay un caso que no es un problema: las hojas más bajas de una planta amarillean y caen de vez en cuando, de una en una, sin más síntomas. Eso es senescencia normal. Una hoja no es eterna; en un Ficus vive dos o tres años, en un potos algo menos. Si ocurre a razón de una hoja cada varias semanas, no hay nada que corregir.

Clorosis férrica: el agua de aquí es el motivo

Las hojas nuevas pálidas con la nerviación dibujada en verde son la imagen clásica de la falta de hierro. Lo importante es entender que casi nunca falta hierro en el suelo: lo que ocurre es que, con un pH por encima de 7,5, el hierro se vuelve insoluble y la raíz no puede absorberlo. En buena parte del territorio peninsular el agua del grifo es dura y el suelo calizo, así que las plantas acidófilas —hortensias, azaleas, camelias, gardenias, arándanos, cítricos, Acer palmatum— acaban clorosadas antes o después.

Echar más abono no lo arregla. Lo que funciona es quelato de hierro EDDHA, que es el único que se mantiene estable a pH alto; los quelatos EDTA y DTPA se degradan en suelo calizo y sirven de poco. Se disuelve en el agua de riego, en la dosis del envase, que en un producto al 6 % suele rondar 1 o 2 g en una maceta mediana y de 20 a 50 g en un árbol adulto. El verdor tarda entre diez días y tres semanas en notarse, y solo en las hojas nuevas: las que ya salieron blancas se quedan así.

A medio plazo conviene atacar la causa: sustrato ácido para las plantas que lo pidan, riego con agua de lluvia si se puede recoger, y acidificar el agua de riego con unas gotas de vinagre o con ácido cítrico hasta bajarla a pH 6-6,5.

Amarilleo por riego: casi siempre sobra agua, no falta

Este es el error más repetido en plantas de interior. Se ven hojas amarillas, se interpreta como sed y se riega más, con lo que la planta se hunde del todo. El exceso de agua asfixia las raíces, la raíz deja de absorber y la planta muestra exactamente los mismos síntomas que si estuviera seca: hojas mustias, amarillas, caída de follaje.

Se distinguen sin dificultad. En una planta encharcada, el sustrato está húmedo y frío al meter el dedo, las hojas amarillean empezando por abajo, están blandas y con frecuencia hay manchas marrones de contorno amarillento; puede oler a cerrado y aparecer mosquitos del sustrato (Bradysia, la llamada mosca del mantillo). En una planta seca, el sustrato está separado de las paredes de la maceta, las hojas están crujientes y los bordes marrones y quebradizos.

La regla práctica sigue siendo la misma que hace cincuenta años: meter el dedo dos o tres centímetros y regar solo si está seco, regar hasta que salga agua por el agujero de drenaje y vaciar el plato a los diez minutos. Una planta que se queda con el plato lleno se pudre por la base sin que se note hasta que ya es tarde.

Puntas y bordes marrones

Las puntas secas tienen tres causas frecuentes y conviene no confundirlas.

Aire seco. En invierno, con calefacción, la humedad relativa de una casa baja a un 25-30 %. Plantas de origen tropical como calateas, marantas, helechos o Fittonia lo acusan con las puntas secas y el borde marrón. Aquí hay un mito que conviene desmontar: pulverizar las hojas no sube la humedad ambiental más que unos minutos, y en cambio deja gotas que favorecen manchas foliares y hongos. Lo que sí funciona es agrupar las plantas, ponerlas sobre una bandeja con grava y agua —sin que la maceta toque el agua— o usar un humidificador.

Sales y flúor del agua. Los géneros Dracaena, Chlorophytum, Spathiphyllum y las palmeras de interior son muy sensibles al flúor y al exceso de sales, y responden con la punta quemada. Otro mito: dejar el agua reposando toda la noche elimina el cloro, pero no el flúor ni la cal, que no se evaporan. Si el agua es muy dura, lo eficaz es alternar con agua de lluvia o filtrada, y lavar el sustrato dos o tres veces al año regando en abundancia hasta que salga bastante agua por abajo.

Exceso de abono. Un fondo de maceta con costra blanca y hojas con el borde quemado es una intoxicación por sales de fertilizante. Se resuelve lavando el cepellón y suspendiendo el abonado un mes.

Cuando el problema es la luz

La luz deja marcas muy reconocibles. Con poca luz, los tallos se estiran, la distancia entre hojas aumenta, las hojas nuevas salen más pequeñas y pálidas, y las plantas variegadas —potos jaspeado, Dieffenbachia, Calathea— pierden el dibujo y se vuelven verdes: sin clorofila suficiente, la planta no puede permitirse zonas blancas.

Con exceso de luz directa, aparecen manchas blanquecinas o marrón claro, secas y con el borde definido, siempre en la cara que da al sol y sin halo amarillo. Es una quemadura, no una enfermedad. Ocurre sobre todo cuando se saca al exterior en mayo una planta que ha pasado el invierno dentro: hay que aclimatarla a la sombra dos semanas antes de darle sol.

Aviso relacionado: no pulverices nada sobre las hojas con sol directo, ni agua ni tratamientos. Las gotas concentran la radiación y, en el caso del azufre o los aceites, arden literalmente. Todo lo foliar se aplica a primera hora de la mañana o al atardecer.

Plagas que se ven en la hoja

La mayor parte de las plagas se instalan en el envés, así que ahí es donde hay que mirar. Revisar el reverso de las hojas una vez por semana detecta casi todo antes de que sea un problema serio.

Araña roja (Tetranychus urticae). Punteado amarillento muy fino en el haz y telarañas finísimas en las axilas. Es un ácaro, no un insecto, y prospera con calor y aire seco: 25-30 °C y humedad baja son sus condiciones ideales, de ahí que estalle en julio y agosto y en habitaciones con calefacción. Se combate con jabón potásico mojando bien el envés, repitiendo cada 5-7 días tres veces seguidas, y subiendo la humedad ambiental. El aceite de neem también funciona. En invernadero o terraza cerrada, el depredador Phytoseiulus persimilis da muy buen resultado.

Cochinillas. La algodonosa (Planococcus citri) forma masas blancas en las axilas; la de escudo o caparreta (Saissetia oleae) son bultitos marrones adheridos al nervio. Ambas segregan melaza, sobre la que crece la negrilla, ese hollín negro que se limpia con un paño húmedo. En pocas plantas basta con alcohol de 70º y un bastoncillo; en más cantidad, jabón potásico mezclado con aceite de parafina, y en cítricos o adelfas del jardín, aplicación de aceite mineral en invierno.

Pulgón. En brotes tiernos y capullos en primavera. Deforma la hoja nueva y la enrolla. Jabón potásico, y paciencia: si hay mariquitas, se resuelve solo en dos semanas.

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci). Nube de moscas blancas al mover la planta y melaza. Trampas cromáticas amarillas para vigilar la población y jabón potásico en el envés, que es donde están las ninfas, que son la fase que hace el daño.

Trips (Frankliniella occidentalis). Hoja con aspecto plateado o bronceado y puntitos negros de excrementos. Trampas azules y limpieza de restos vegetales.

Minadores. Galerías sinuosas blanquecinas dentro de la hoja: Phyllocnistis citrella en cítricos, Tuta absoluta en tomate. Retirar las hojas afectadas es lo primero.

Manchas de hongos

Las enfermedades foliares dependen casi siempre de la humedad sobre la hoja, y por eso la primera medida es la misma en todas: regar al pie y no mojar el follaje, sobre todo por la tarde.

Oídio. Polvo blanco harinoso en el haz. Aparece con temperaturas suaves y humedad ambiental alta, aunque la hoja esté seca; ataca a rosales, calabacín, vid y crasas. Se trata con azufre mojable —nunca por encima de 30 °C, porque quema la hoja— o con bicarbonato potásico, que es más suave y sirve en cultivos que se van a comer.

Mildiu. Manchas de aspecto aceitoso en el haz y un fieltro grisáceo en el envés. Necesita agua líquida sobre la hoja varias horas. Afecta a vid, tomate, patata y cucurbitáceas, y avanza muy rápido tras una primavera lluviosa.

Mancha negra del rosal (Diplocarpon rosae). Manchas negras de borde estrellado con halo amarillo, y defoliación desde abajo. El hongo pasa el invierno en las hojas caídas, así que recogerlas y retirarlas del jardín es la medida que más rinde, más que cualquier tratamiento.

Royas. Pústulas anaranjadas o marrones en el envés, sobre todo en geranios, malvas y judías.

En todos los casos, retirar la hoja afectada frena la epidemia mejor que esperar a que el producto haga efecto, porque un fungicida protege el tejido sano pero no cura el ya infectado.

Limpiar las hojas: lo que sirve y lo que no

El polvo sobre una hoja no es solo estético: reduce la luz que llega al tejido y dificulta el intercambio de gases. En plantas de hoja grande y lisa —Ficus elastica, Monstera, Strelitzia, filodendros— conviene pasar un paño suave húmedo por el haz cada dos o tres semanas, sujetando la hoja por debajo con la otra mano para no forzar el pecíolo. Una ducha tibia de vez en cuando es igual de válida y además arrastra ácaros.

Lo que no hay que usar:

Leche, cerveza o aceite de cocina. Dejan una película que atrapa polvo, fermenta y en el caso del aceite tapa los estomas. El brillo dura tres días y el problema, meses.

Abrillantadores en aerosol. Dan un lustre artificial a base de siliconas o ceras que obstruye la transpiración de la hoja. Si se usan, nunca en hojas jóvenes ni en plantas de hoja vellosa.

Y hay plantas que directamente no se limpian con agua ni se frotan: las de hoja pilosa, como violetas africanas (Saintpaulia), Gynura o begonias rex, en las que el agua sobre el tejido produce manchas permanentes. Ahí, un pincel seco y suave.

Abonar el follaje sin pasarse

Una planta con hojas pálidas por agotamiento del sustrato agradece un abono equilibrado o ligeramente alto en nitrógeno durante el crecimiento, que en clima peninsular va aproximadamente de marzo a octubre. En maceta, un abono líquido cada quince días a la dosis del envase es suficiente; en jardín, un aporte de compost o de fertilizante de liberación lenta en primavera.

Tres cautelas que se olvidan a menudo:

No se abona una planta enferma, recién trasplantada o con el cepellón seco. Sin raíces funcionando, el fertilizante solo aumenta la concentración de sales y quema.

No se abona en pleno invierno a plantas que han parado. Lo que no consumen queda acumulado.

El abonado foliar es un parche rápido, no un sistema. Corrige una carencia visible en pocos días, pero la nutrición de fondo se hace por la raíz.

Qué hacer con las hojas ya dañadas

Una hoja seca del todo se retira: no aporta nada y puede albergar esporas. Si solo tiene la punta marrón y el resto está verde, se puede recortar la parte seca con tijeras limpias dejando un milímetro de tejido muerto, sin cortar en verde, porque si no la herida seguirá secándose hacia dentro. En hojas alargadas queda mejor un corte en punta que siga la forma natural.

Y una advertencia práctica: no se puede quitar más de un tercio del follaje de golpe. La planta necesita hoja para fabricar la energía con la que reconstruir raíz. Si hay muchas hojas feas, se van retirando en varias tandas a lo largo de un mes.

Errores frecuentes

Regar por calendario. Una planta no consume lo mismo en enero que en julio. El riego se decide tocando el sustrato, no mirando el día de la semana.

Trasplantar cada vez que hay un problema. Cambiar de maceta a una planta que ya está sufriendo añade estrés de raíz. Solo se trasplanta si hay pudrición o si el cepellón está totalmente colonizado.

Tratar sin diagnosticar. Aplicar un fungicida a un problema de riego, o un insecticida a una quemadura solar, no arregla nada y descuadra la planta.

Cambiar de sitio una planta cada poco. El Ficus benjamina es el ejemplo clásico: cada mudanza le cuesta una defoliación parcial mientras readapta sus hojas a la nueva luz. Si el sitio es razonable, hay que dejarla quieta y esperar.

En resumen

El follaje se cuida antes con observación que con productos. Mira si el síntoma sale en las hojas viejas o en las nuevas, porque eso separa una carencia de nitrógeno o magnesio de una clorosis férrica. Comprueba el sustrato con el dedo antes de dar por hecho que falta agua, ya que el encharcamiento imita perfectamente a la sequía. Revisa el envés cada semana para pillar araña roja, cochinilla o mosca blanca cuando todavía se resuelven con jabón potásico. Riega al pie y no por encima para no invitar a oídio, mildiu y mancha negra. Limpia el polvo con un paño húmedo y olvida la leche, la cerveza y los abrillantadores. Y asume que lo que ya está amarillo se retira: lo que se salva es lo que viene después.


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