Una noche a −4 °C deja un tomate de árbol adulto con las hojas negras y la madera reventada. Ese dato manda por encima de cualquier otro a la hora de decidir si merece la pena plantarlo, porque condiciona la zona, la orientación y hasta el tipo de maceta. Con esa condición resuelta, lo demás es un arbusto agradecido que en dos años empieza a dar frutos ovoides de pulpa naranja, agridulces, que no se parecen a nada de lo que hay en el huerto.
Su nombre botánico es Solanum betaceum Cav., antes clasificado como Cyphomandra betacea. Es una solánacea andina, pariente del tomate, la berenjena y el pimiento, pero no una variedad de tomate ni nada que se le parezca: es un arbusto leñoso de vida corta que llega a los tres o cuatro metros. En Nueva Zelanda le pusieron el nombre comercial de tamarillo en 1967, precisamente para que en el mercado nadie lo confundiera con el tomate de ensalada.
Qué planta es realmente
Crece rápido y de forma desordenada: un tronco único que sube derecho hasta que se ramifica, madera blanda y quebradiza, y hojas enormes, acorazonadas, de 15 a 35 centímetros, que al frotarlas sueltan un olor fuerte y resinoso. Esa combinación de hoja grande, madera frágil y raíz superficial explica la mayoría de los desastres: un golpe de viento de poniente con la planta cargada de fruta la tumba entera con el cepellón fuera.
Las flores son pequeñas, rosadas o blanquecinas, perfumadas, agrupadas en racimos colgantes. Se autopolinizan en buena medida, aunque la visita de abejorros y abejas mejora el cuaje. Del racimo salen entre tres y doce frutos: bayas ovoides de 4 a 10 centímetros y 50 a 100 gramos, con la piel lisa y brillante en rojo, naranja o amarillo según el tipo, y una pulpa naranja con semillas planas envueltas en un gel ácido.
Es una planta de vida corta. Empieza a producir a los dieciocho o veinticuatro meses desde semilla, alcanza su mejor momento entre el tercer y el sexto año, y a partir del octavo la cosecha decae y la madera se llena de heridas. Plantearlo como un frutal para toda la vida lleva a la decepción; lo sensato es tener siempre un relevo joven criado de semilla o de esqueje.
Dónde funciona en España y dónde no
Viene de los valles andinos entre 1.500 y 3.000 metros de altitud, y de ahí sale una idea equivocada muy repetida: como es una planta de montaña, aguantará el frío. No es así. Esos valles son templados todo el año, sin heladas y sin calores extremos, con temperaturas que oscilan poco entre el día y la noche. Lo que el tomate de árbol tolera es el fresco constante, no el hielo.
En cifras: su óptimo está entre 15 y 22 °C. A −1 o −2 °C quema las hojas y los brotes tiernos. A partir de −3 °C pierde la parte aérea, y si el frío llega a la base, muere. Por arriba también tiene límite: por encima de 30 °C sostenidos aborta flores, y el sol directo del verano interior le provoca quemaduras en el fruto y en la corteza, porque la hoja andina no está hecha para esa radiación.
Con eso, el mapa queda bastante claro. Va bien en las medianías de Canarias, que es donde mejor se comporta; en el litoral mediterráneo templado y en la costa de Málaga y Granada; y en zonas de la cornisa cantábrica y de las Rías Baixas con abrigo, donde el problema no es el frío sino la falta de calor para madurar. En el interior peninsular —Madrid, Castilla, Aragón, Extremadura— se puede cultivar, pero en maceta y entrando la planta a un porche o invernadero frío de noviembre a marzo.
Semilla o esqueje
Las dos vías funcionan y dan plantas distintas, cosa que conviene saber antes de elegir.
La semilla germina bien y rápido: se extrae de un fruto maduro, se lava el gel que la rodea frotándola en un colador, se seca y se siembra a 1 centímetro de profundidad con el sustrato a 20-25 °C. En España la época natural es de febrero a abril en semillero protegido. Nace en dos o tres semanas. La planta resultante desarrolla un eje central con raíces más profundas, aguanta mejor el viento y vive más años, pero tarda cerca de dos años en dar fruto y no es idéntica a la madre: si el fruto del que salió era bueno, el hijo puede no serlo tanto.
El esqueje semileñoso, de rama del año anterior y unos 30-45 centímetros, tomado a finales de invierno, enraíza sin dificultad y produce en doce o dieciocho meses. Sale una planta más baja y más ramificada, cómoda para recolectar, y clon exacto de la madre. A cambio la raíz es más somera y necesita tutor durante más tiempo. Para maceta, el esqueje suele ser la mejor opción.
Suelo, plantación y riego
Quiere un suelo suelto, con materia orgánica y, sobre todo, drenaje impecable. Un pH ligeramente ácido, entre 5,5 y 6,5, es lo ideal; en suelos calizos del centro y el este peninsular tiende a la clorosis férrica, con hojas amarillas y nervios verdes. El agua estancada alrededor del cuello es fatal: Phytophthora entra por ahí y la planta se seca de golpe cuando ya no hay remedio. Plantar sobre un caballete de 20 centímetros en terrenos pesados resuelve el problema.
La plantación va de marzo a mayo, con la tierra ya templada. Deja al menos 2 metros entre plantas y busca un sitio a resguardo del viento dominante, con sol de mañana y algo de sombra en las horas centrales si el verano aprieta. Pon el tutor el mismo día de plantar, una caña o poste sólido de dos metros, y no lo retires hasta el tercer año.
El riego tiene que ser regular. La planta transpira mucho por esas hojas grandes y responde mal a los altibajos: un secarral seguido de un riego copioso provoca caída masiva de flores y de frutos recién cuajados. En verano, en litoral mediterráneo, eso significa riego por goteo cada dos o tres días, y a diario en maceta. Un acolchado de paja o corteza de cinco centímetros ahorra agua, mantiene la temperatura de la raíz estable y evita que la azada dañe raíces que están a diez centímetros de la superficie.
En abonado es exigente. Materia orgánica bien hecha en otoño y, durante la fructificación, aportes ricos en potasio. Cargar de nitrógeno da una planta espectacular de hoja, ramas blandas que se parten con el primer racimo cargado y poca fruta.
La poda, que es lo que decide la cosecha
Fructifica en la madera del año, en los brotes nuevos. De ahí sale toda la lógica de la poda: sin renovación anual, la producción se aleja hacia las puntas, las ramas se alargan, se vencen con el peso y acaban partiendo por la base.
La formación se hace el primer año: despunta el eje a 1-1,2 metros de altura para forzar la salida de tres o cuatro ramas principales. Si lo dejas crecer libre, el tronco sube dos metros antes de ramificar y toda la fruta te queda fuera del alcance.
La poda de producción se hace cada año al terminar la cosecha, en invierno en zonas sin heladas o a la salida del invierno donde las haya. Se acortan las ramas que ya fructificaron a unos 30-40 centímetros, se eliminan las que crecen hacia dentro y las que se cruzan, y se aclara para que entre luz. Parece una poda dura y lo es, pero de cada corte salen brotes vigorosos que serán la cosecha siguiente. Una planta sin podar tres años seguidos da fruta pequeña, mal coloreada y en lo alto de ramas rotas.
Cultivo en maceta
Es la solución para el interior peninsular y para quien no tenga suelo. Necesita un contenedor grande de verdad: 50 a 70 litros como mínimo para una planta adulta, con sustrato de textura gruesa —turba o fibra de coco con perlita y compost— y agujeros amplios. En maceta la planta se queda en dos metros, lo que facilita la protección invernal.
El invierno se resuelve metiendo la maceta en un porche cerrado, un garaje con luz o un invernadero frío donde no baje de 3-5 °C. Perderá parte de la hoja y no importa. Riega poco durante esos meses, lo justo para que el cepellón no se seque del todo, y no abones hasta que rebrote en marzo. Sacarla demasiado pronto a la calle, en un marzo que aún guarda una helada tardía, cuesta la planta entera.
Plagas y problemas frecuentes
Al ser solánacea, comparte enemigos con el tomate y la berenjena. El pulgón es el más serio, no tanto por el daño directo como porque transmite virus —CMV, PVY— que deforman la hoja y arruinan la planta sin vuelta atrás. Mosca blanca y trips aparecen en verano; los trips traen el virus del bronceado (TSWV). Los nematodos del nudo (Meloidogyne) son un problema real en suelos arenosos del sur y del levante: si la planta se marchita al mediodía con la tierra húmeda, arranca una y mira las raíces en busca de abultamientos.
En hongos, la antracnosis (Colletotrichum) mancha los frutos en otoños húmedos, y el oídio cubre las hojas de polvo blanco en verano. La ventilación y no mojar el follaje resuelven bastante. Los caracoles se ceban con las plantas jóvenes, que tienen la hoja tierna.
Un síntoma que confunde: hojas grandes colgando flácidas a media tarde en pleno agosto. No siempre es sed. Con calor extremo la planta cierra estomas y se deja caer para protegerse, y por la noche se recupera. Regar por ese síntoma, con el sustrato ya húmedo, es lo que termina asfixiando la raíz.
Recolección, consumo y una advertencia
Desde la flor abierta hasta el fruto maduro pasan entre veinte y veinticinco semanas, es decir, cinco o seis meses largos. Con floración de primavera, la cosecha en España cae en otoño y principios de invierno, que es justo cuando el frío amenaza en las zonas límite: ahí está la dificultad de cultivarlo fuera de la franja templada.
El fruto se recoge cuando tiene el color pleno de su tipo y cede ligeramente a la presión, cortándolo con un trozo de pedúnculo. Sigue madurando fuera de la planta, así que si viene una helada anunciada conviene recolectar todo lo que esté hecho aunque no esté a punto.
La piel es amarga y astringente y no se come: se descarta siempre, ya sea escaldando el fruto treinta segundos y pelándolo, ya sea partiendo por la mitad y sacando la pulpa con una cuchara. La pulpa madura es comestible y buena, agridulce, rica en vitamina C y en carotenos, y se usa tanto en dulce —mermeladas, batidos— como en salsas picantes.
Ahora la parte que conviene decir clara y sin adornos: como toda solánacea, las hojas y los frutos verdes contienen alcaloides esteroidales y no deben comerse. Los frutos inmaduros son amargos y sientan mal; las hojas no son comida ni para personas ni para ganado, y tampoco deben acabar en el forraje de conejos o cabras. El fruto maduro y pelado, en cambio, no plantea ningún problema para consumo normal.
En resumen
Solanum betaceum es un arbusto andino de vida corta que da fruta excelente si se le da un clima sin heladas, sin calor extremo y sin viento. La helada por debajo de −3 °C lo mata; el viento lo tumba porque tiene la raíz somera y la madera frágil; los altibajos de riego le tiran la flor. Plántalo en suelo suelto y bien drenado, ligeramente ácido, con tutor desde el primer día y acolchado; dále potasio en fructificación y no lo cebes de nitrógeno; pódalo cada año tras la cosecha porque solo produce en madera nueva. Fuera del litoral templado y de Canarias, cultívalo en maceta de 50 litros y resúguardalo de noviembre a marzo. Come solo la pulpa madura: la piel amarga se tira y las hojas y los frutos verdes, con alcaloides, no se comen.