El bulbo de la cebolla no engorda cuando le apetece: espera a que el día alcance una duración concreta, y solo entonces la planta deja de fabricar hojas y empieza a acumular reservas en la base. Ese detalle, el fotoperiodo, explica por qué una semilla comprada en un catálogo holandés puede dar bulbos del tamaño de una nuez en Sevilla, y por qué la clasificación por colores que se ve en el mercado —blanca, amarilla, roja— cuenta solo la mitad de la historia.

Todas las cebollas de consumo pertenecen a Allium cepa, una única especie con muchísima variabilidad interna. Lo que cambia entre una babosa de primavera y una valenciana de guarda no es el género ni la especie, sino el grupo varietal, el momento de siembra y la respuesta a la luz.

Varias cebollas de distintos tamaños y colores sobre una mesa de madera

Una especie, varios parientes que se confunden con ella

Antes de entrar en variedades conviene separar lo que es cebolla de lo que solo se le parece:

Allium cepa var. cepa. La cebolla común, la que forma un bulbo único a partir de semilla. Aquí entran las amarillas, blancas, rojas y dulces.

Allium cepa grupo Aggregatum. La chalota o escaloña, y también la llamada cebolla patata. En vez de un bulbo grande produce un racimo de bulbillos, y tradicionalmente se propaga plantando esos bulbillos, no sembrando. Durante décadas se la llamó Allium ascalonicum; la genética la devolvió a A. cepa.

Allium fistulosum. La cebolleta japonesa o cebolla de invierno. Es una especie distinta, perenne, con hojas huecas y cilíndricas, que no forma bulbo verdadero: engrosa un poco la base y ahí se queda. Aguanta el frío mucho mejor que la cebolla común y se puede dividir por la mata año tras año.

Allium × proliferum. La cebolla egipcia o de árbol, un híbrido curioso que produce bulbillos en lo alto del tallo floral en lugar de flores fértiles. Cae por su propio peso y se replanta sola.

Y el puerro, Allium porrum (o A. ampeloprasum grupo Porrum), no es una cebolla alargada: es otra cosa.

El fotoperiodo: lo que decide si tendrás cebollas o cebollines

Las variedades se agrupan en tres bloques según las horas de luz que necesitan para bulbificar:

Día corto: arrancan a formar bulbo con unas 11-12 horas de luz. En la Península se siembran a final de verano, se trasplantan en otoño o principios de invierno y se recolectan entre abril y junio. Son las cebollas tempranas, jugosas y de conservación corta.

Día intermedio: necesitan entre 12 y 14 horas. Siembra a finales de invierno, recolección en pleno verano.

Día largo: piden 14-16 horas. Son las típicas del norte de Europa y del norte peninsular, se siembran a final de invierno o inicio de primavera y se recogen en verano tardío u otoño. Son las que mejor se guardan.

Aquí está el fallo que deja una parcela llena de bulbos minúsculos: plantar una variedad de día largo en Andalucía o en Murcia. En Cádiz, a 36º de latitud, el día más largo del año se queda alrededor de las catorce horas y media; una variedad que exija dieciséis nunca recibirá la señal, seguirá haciendo hojas hasta que el calor la pare y producirá un bulbito que no compensa el riego. Al revés también pasa: una variedad de día corto sembrada en primavera en Galicia o en Navarra recibe la señal enseguida, bulbifica con la planta aún pequeña y da cebollas de poco peso porque no le ha dado tiempo a montar hojas suficientes. Cada hoja alimenta una capa del bulbo, así que el tamaño final se decide antes de que empiece a engordar.

Cebollas amarillas: las de guardar

Piel dorada o cobriza, carne blanca, sabor con cuerpo y un picor que se domestica al cocinarlas. Son las que sostienen el sofrito, el caldo y el guiso, y las que aguantan meses en la despensa: la piel seca es más gruesa y las capas contienen menos agua y más compuestos azufrados, que también actúan como conservantes naturales.

En España, el bloque de conservación lo forman variedades de ciclo tardío como Valenciana Tardía, Recas o los tipos Grano de Oro, sembradas de diciembre a febrero y recolectadas entre agosto y septiembre. Bien curadas se comen hasta la primavera siguiente. Si vas a cultivar una sola cebolla y quieres despensa, es esta.

Cebollas blancas y cebollas tiernas

La cebolla blanca tiene piel fina y papelosa, carne muy jugosa y un picor limpio que se nota más en crudo que el de la amarilla. Se conserva bastante peor: más agua dentro y menos túnicas secas fuera. En la Península, el tipo Babosa es el ejemplo clásico de cebolla blanca de día corto: siembra en agosto o septiembre, trasplante en noviembre y diciembre, cosecha en abril y mayo. Es la primera del año y hay que consumirla en semanas, no en meses.

Manojo de cebolletas frescas con las hojas verdes

Con la cebolleta hay un lío de nombres que conviene deshacer. En España, lo que el frutero vende como cebolleta o cebolla tierna es Allium cepa corriente arrancada joven, antes de que el bulbo engorde y con las hojas todavía verdes y tiernas. No es una especie aparte: es la misma cebolla cosechada antes de tiempo. Existe además la cebolleta verdadera, Allium fistulosum, que se vende en semilla como cebolla de invierno o japonesa, no llega a formar bulbo y rebrota año tras año. Si en tu bandeja de semillero pone fistulosum, no esperes bulbos por mucho que la dejes: no es su trabajo.

Y los calçots son otro caso distinto todavía. Se obtienen replantando en verano una cebolla ya formada de tipo blanco tardío; la planta rebrota emitiendo varios tallos que se van aporcando con tierra para blanquearlos. No es una variedad concreta, es una técnica de cultivo aplicada a un bulbo del año anterior.

Cebollas rojas y moradas

El color viene de antocianinas acumuladas en las capas externas, los mismos pigmentos de la col lombarda o la uva tinta. En crudo son crujientes y de sabor menos agresivo que una amarilla de guarda, por eso mandan en ensaladas, escabeches y encurtidos. En vinagre el rojo se aviva y vira a rosa fuerte, porque las antocianinas son más estables y más brillantes en medio ácido.

Al cocerlas largo rato, en cambio, el pigmento se disuelve en el caldo y tiñe todo el guiso de un gris azulado poco apetecible, sobre todo si el agua es dura. Para pochar, mejor una amarilla.

En la Península hay tradición de rojas en Cataluña, con los tipos de Figueres, de piel rosada y sabor suave, y en el norte con las moradas del entorno de Zalla, en Bizkaia. Su conservación es intermedia: mejor que una blanca, peor que una valenciana tardía.

Cebollas dulces: qué son de verdad y qué pinta la Vidalia

Una cebolla dulce no lleva mucho más azúcar que una picante. Lo que tiene es menos compuestos azufrados, y como el picor deja de tapar el dulzor, el paladar interpreta el resultado como azúcar. La diferencia se mide en laboratorio por el ácido pirúvico que libera la cebolla al cortarla: las dulces se mueven en valores bajos y las de guarda, en valores altos.

Y ese contenido azufrado no depende solo de la variedad: depende del azufre disponible en el suelo. La misma semilla plantada en un terreno rico en sulfatos sale bastante más picante que en un suelo pobre en azufre. De ahí la fama de zonas concretas.

Es exactamente el caso de la Vidalia. No es una variedad botánica, sino una denominación estadounidense protegida por ley desde los años ochenta: solo puede llamarse Vidalia la cebolla de tipo Granex, de día corto, cultivada en un puñado de condados del sureste de Georgia, donde los suelos arenosos son notablemente pobres en azufre. Fuera de esa zona la misma semilla da una cebolla correcta pero sin esa suavidad. En España no vas a encontrarlas en el mercado, y comprar semilla de Granex tampoco reproduce la Vidalia: reproduce la variedad, no el suelo.

La buena noticia es que aquí tenemos equivalentes propios y mejores para nuestro clima. La cebolla de Fuentes de Ebro, en Zaragoza, cuenta con denominación de origen protegida y es de las más suaves que se cultivan en Europa: carne muy tierna, apenas pica y se come cruda sin repetir. La cebolla de Amposta, en el Delta del Ebro, va por el mismo camino. Ambas comparten el punto débil de todas las dulces: se conservan mal. Mucha agua, poco azufre, poca defensa frente a los hongos. Se compran para comerlas en semanas.

Cebolla roja partida por la mitad sobre una tabla de madera

Chalotas, perlas y cebollitas de encurtir

La chalota forma un racimo de tres a seis bulbillos alargados, de piel cobriza o violácea y carne fina y aromática. Se planta el bulbillo, no la semilla, entre noviembre y febrero según zona, enterrado hasta que asome la punta, y se recoge en verano. Aguanta bien guardada y en cocina aporta un sabor más delicado y menos agresivo que la cebolla común, motivo por el que manda en salsas de vino y vinagretas.

Las cebollitas perla o francesas, esas que van enteras en el escabeche o en el guiso, no son una especie enana. Son variedades de bulbo pequeño sembradas muy densas y recolectadas pronto: la competencia entre plantas limita el tamaño a propósito.

Por qué llora al cortarla

Las células de la cebolla guardan compuestos azufrados inofensivos separados de la enzima que los transforma. Al cortar rompes esa separación y en segundos se genera un gas volátil que, al llegar al ojo, reacciona con la humedad de la córnea y produce una irritación ácida. El lagrimeo es la respuesta de defensa.

Lo que funciona de verdad: cuchillo bien afilado, que aplasta menos células; cebolla fría de nevera, porque el gas se volatiliza más despacio; y ventilación o extractor, para que la nube no te llegue a la cara. Encender una vela o morder pan no hace nada medible. Y las lentillas o unas gafas de natación, aunque den risa, sí funcionan por razones obvias.

Cosecha, curado y conservación

El momento de arrancar llega cuando el cuello se ablanda y las hojas se doblan solas en más o menos la mitad de las plantas. Doblar tú los tallos a mano para "adelantar" la maduración es contraproducente: interrumpe el llenado del bulbo y abre una herida por la que entra la podredumbre del cuello.

Deja de regar en cuanto empiecen a tumbarse. Un riego en esa fase es la puerta de entrada de Botrytis, el hongo que provoca la podredumbre del cuello y que no se manifiesta hasta que la cebolla lleva un mes en el almacén y aparece blanda por arriba.

Después toca curar: entre dos y tres semanas a la sombra, en sitio ventilado y seco, hasta que las capas externas suenen a papel y el cuello quede completamente seco al apretarlo. Solo entonces se cortan las hojas dejando tres o cuatro centímetros, o se trenzan enteras para colgar la ristra.

Para guardar, el rango de temperatura importa más de lo que parece. Las cebollas brotan con ganas entre unos 5 y 15 ºC, justo la temperatura de muchas despensas en otoño. Se conservan mejor bien frías, cerca de 0-2 ºC con humedad baja, o en un local seco y fresco por encima de esos 15 ºC. Nunca en bolsa de plástico ni al lado de las patatas: la humedad que sueltan las patatas les acelera la brotación y la putrefacción.

Fallos que arruinan una cosecha

Trasplantar plantel demasiado grueso. Si el cuello del plantel supera el grosor de un lápiz y luego pasa varias semanas por debajo de 10 ºC, la planta interpreta que ya ha vivido un invierno completo y sube a flor en primavera. Esa cebolla espigada tiene el corazón leñoso, no engorda y no se guarda. Plantel fino en frío, plantel grueso solo si vas a plantarlo con temperaturas suaves.

Pasarse de nitrógeno. Abonar tarde con estiércol fresco o con nitrogenado da hojas espléndidas, cuellos gruesos que no cierran y bulbos que se pudren en el almacén. El aporte de nitrógeno se corta unas tres o cuatro semanas antes de la recolección.

Enterrar el bulbo. La cebolla se planta con el cuello a ras de suelo, apenas cubriendo las raíces. Hundida, se asfixia y se pudre.

Amontonar las plantas. Diez o doce centímetros entre plantas y unos veinticinco entre líneas. Más juntas dan bulbos pequeños; más separadas, bulbos grandes que a veces se abren y se conservan peor.

Confundir el mildiu con la sed. Manchas ovaladas grisáceas con aspecto aterciopelado en las hojas, en primaveras húmedas, son Peronospora destructor. Regar más solo empeora la situación: riego a pie de planta, nunca por aspersión, y aireación entre líneas.

Un aviso sobre perros y gatos

La cebolla —y el ajo, el puerro y la cebolleta— es tóxica para perros y gatos. Los compuestos azufrados que a nosotros nos dan sabor les dañan los glóbulos rojos y pueden provocar una anemia hemolítica, con debilidad, encías pálidas y orina oscura, a veces días después de la ingestión. Los gatos son especialmente sensibles. No sirve que esté cocinada, ni deshidratada, ni en polvo: en polvo es incluso más concentrada, y muchas sobras de guiso y caldos comerciales la llevan. Si tu animal se ha comido cebolla, llama al veterinario en vez de esperar a ver qué pasa.

En resumen

Los colores del mercado sirven en la cocina, pero en el huerto lo que manda es el fotoperiodo: elige día corto en el sur y en siembra de otoño, día largo en el norte y en siembra de final de invierno, y acertarás con el tamaño del bulbo antes de tocar el riego. Las amarillas tardías son las que llenan la despensa; las blancas y las dulces, como Fuentes de Ebro o Amposta, se comen pronto porque no se guardan; las rojas mandan en crudo y en encurtido. La cebolleta del frutero suele ser cebolla común arrancada joven, no una especie distinta, y la Vidalia es una denominación de Georgia que depende de un suelo pobre en azufre, no de una variedad que puedas replicar aquí. Corta el riego cuando las hojas se tumben, cura tres semanas y guarda en frío o en seco, lejos de las patatas. Y ten en cuenta que lo que a ti te hace llorar, a tu perro puede mandarlo al veterinario.


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