Entre 1.200 y 1.500 especies caben dentro de Solanum, según qué autor haga las cuentas. En ese saco entran la patata, el tomate, la berenjena, un puñado de trepadoras de jardín, varias malas hierbas de ribazo y unas cuantas plantas que conviene no llevarse a la boca. Es un género de botánica movediza: especies que entran, especies que salen y sinónimos que siguen circulando por los viveros treinta años después de haber caducado.
Eso obliga a empezar por una aclaración que ahorra confusiones más adelante: no todo lo que se cuida igual está en el mismo cajón, y no todo lo que lleva la etiqueta Solanum pertenece hoy al género.
Qué es un Solanum y qué dejó de serlo
Solanum es el género tipo de la familia de las solanáceas, con distribución mundial pero con el grueso de la diversidad en América del Sur. Las flores son la mejor pista de campo: cinco pétalos soldados en una estrella, casi siempre blanca, violeta o azulada, y en el centro un cono apretado de anteras amarillas que se abren por un poro apical, no por una hendidura. Ese cono amarillo es la firma del género. El fruto es una baya, jugosa y de tamaño muy variable, con semillas aplanadas en forma de lenteja.
Dos reubicaciones taxonómicas que siguen dando guerra:
El tomate volvió a Solanum. Durante décadas se llamó Lycopersicon esculentum, y así aparece todavía en catálogos de semillas y en etiquetas de vivero. Los estudios moleculares demostraron que el tomate estaba anidado dentro de Solanum, de modo que el nombre válido es Solanum lycopersicum. Quien escriba Lycopersicon no está inventando nada, está usando un nombre antiguo.
El arbusto azul de jardín salió del género. Ese arbusto de flores violetas con centro amarillo que se vende como Solanum rantonnetii es hoy Lycianthes rantonnetii. El cambio no altera sus cuidados, pero explica por qué no lo encuentras en las claves modernas de Solanum. Lo mismo pasa con la trepadora de flor blanca etiquetada como Solanum jasminoides: el nombre correcto es Solanum laxum, y esa sí sigue dentro del género.
Las especies que te vas a encontrar
Solanum tuberosum, la patata. Herbácea perenne cultivada como anual, que acumula reservas en tubérculos subterráneos —tallos engrosados, no raíces—. En la Península se planta de enero-febrero en el litoral sur, de marzo-abril en la meseta y hasta mayo en zonas frías de montaña. Necesita suelo suelto y fresco; en tierra compactada los tubérculos salen deformes.
Solanum lycopersicum, el tomate. Se siembra en semillero protegido de enero a marzo y se trasplanta cuando ha pasado el riesgo de helada, entre abril y mayo según comarca. Distingue entre variedades de crecimiento determinado (mata baja, cosecha concentrada, sin necesidad de entutorar en muchos casos) e indeterminado (crecen indefinidamente, necesitan tutor y despunte).
Solanum melongena, la berenjena. La más friolera de las tres grandes. Germina bien por encima de 24 ºC y se para en seco por debajo de 15 ºC de temperatura nocturna; en clima atlántico o de interior frío no cuaja sin invernadero o sin un buen microclima.
Solanum muricatum, el pepino dulce. Arbusto andino de fruto amarillo con vetas moradas y sabor entre melón y pera. Se multiplica facilísimo por esqueje y se cultiva bien en el litoral mediterráneo y en Canarias, donde no lo alcanzan las heladas.
Solanum betaceum, el tomate de árbol o tamarillo. Arbolillo de vida corta, cinco o seis años productivos, que aguanta mal por debajo de -2 ºC. En el norte de la Península solo prospera resguardado.
Solanum laxum, la falsa jazminoide. Trepadora vigorosa de flor blanca perfumada, casi permanente en clima suave. Aguanta heladas ligeras hasta unos -5 ºC; en zonas continentales pierde la parte aérea y rebrota de cepa si el invierno no se ensaña.
Solanum crispum, sobre todo el clon 'Glasnevin'. Trepadora chilena de flor azul-violeta, bastante más resistente al frío que la anterior. Es la opción sensata para hacer una pared florida en Castilla o en la cornisa cantábrica.
Solanum pseudocapsicum, la cerecilla de Jerusalén. Arbustillo de maceta que se vende en otoño cargado de bayas naranjas o rojas. Ornamental puro: esas bayas son tóxicas y su aspecto de tomate cherry en miniatura las hace peligrosas donde hay niños pequeños.
Solanum nigrum, la hierba mora. Anual arvense, presente en todo el país, de flor blanca y bayas negras. Aparece sola en huertos bien abonados y regados.
Solanum dulcamara, la dulcamara. Trepadora leñosa de ribera, con flores violetas de cono amarillo muy vistoso y bayas rojas brillantes. Rústica, resistente al frío y tóxica en todas sus partes.
Solanum sisymbriifolium. Espinosa hasta lo incómodo, se ha estudiado como cultivo trampa contra nematodos del quiste de la patata: las larvas eclosionan al detectar sus raíces pero no consiguen completar el ciclo en ellas.
Toxicidad: dónde está la línea
Casi todas las partes verdes del género contienen glicoalcaloides —solanina y chaconina, principalmente—, compuestos que a dosis suficientes provocan trastornos digestivos, dolor de cabeza y, en intoxicaciones serias, síntomas neurológicos. La cocción no los destruye de forma apreciable.
Lo que esto significa en la práctica:
Las hojas y tallos de tomate, patata y berenjena no se comen, ni en infusión ni en tortilla ni como verdura. Tampoco se dan al ganado ni a los conejos.
La patata verde o germinada se descarta. El verdeo es clorofila, inofensiva por sí misma, pero delata que el tubérculo estuvo expuesto a la luz, y con la luz sube la solanina. Los brotes concentran todavía más. Pelar y quitar el brote reduce el contenido, no lo elimina; si el tubérculo está muy verde o amarga al probarlo, a la basura. El sabor amargo y el picor en la garganta son la señal de alarma.
Las bayas ornamentales son bayas tóxicas. S. pseudocapsicum, S. dulcamara y las bayas verdes de S. nigrum han causado ingresos hospitalarios en niños. Si tienes cerecilla de Jerusalén en casa, colócala fuera del alcance de crios y de gatos.
Un matiz que conviene tener claro: el tomate verde contiene tomatina, no solanina, y la tomatina es bastante menos tóxica en humanos. Un tomate verde en conserva o frito no es lo mismo que una patata verde. Aun así, la parte foliar de la tomatera sí es material que no debe llegar a la mesa.
Ante cualquier ingestión accidental de bayas ornamentales o de patata muy verde, la consulta es al Servicio de Información Toxicológica o a urgencias, no al foro de jardinería.
Cultivo: lo que comparten todos
Luz. Sol directo, y cuanto más mejor. Con menos de seis horas la tomatera se ahíla, la berenjena no cuaja y la patata hace mata sin engordar tubérculo. Las trepadoras ornamentales aceptan media sombra, pero florecen bastante menos.
Suelo. Franco, profundo, con materia orgánica y —esto es lo determinante— con drenaje. El género no soporta el encharcamiento: la raíz se asfixia en horas y detrás entran hongos de suelo. En terreno pesado, caballones o bancal elevado. El pH cómodo está entre 6 y 7; por encima de 7,5 aparece clorosis férrica en berenjena y tomate.
Riego. Regular y sin oscilaciones bruscas. Alternar sequía y encharcamiento hace más daño que quedarse corto de agua: la piel del tomate deja de estirarse durante la seca, llega el riego abundante y el fruto revienta en anillos. Con la berenjena y el pimiento pasa lo mismo en forma de agrietado. Riego por goteo y acolchado resuelven el problema mejor que cualquier corrección posterior. Y el agua va al suelo, no a la hoja: mojar el follaje al atardecer es abrir la puerta al mildiu.
Abonado. Estiércol bien hecho o compost antes de la plantación, 3-4 kg/m² para los cultivos de fruto. Después, cuando empieza el cuajado, conviene reducir el nitrógeno y subir el potasio. Un exceso de nitrógeno da matas espectaculares y cosechas mediocres: hoja grande, entrenudo largo, flor que se cae y más pulgón, porque la savia rica en aminoácidos libres es un imán para el chupador.
Multiplicación. Por semilla en las hortícolas, con germinación entre 20 y 28 ºC según especie —la berenjena es la más exigente, y en semillero frío simplemente no nace—. Por esqueje en las ornamentales y en el pepino dulce: trozos semileñosos de 10-15 cm en primavera o final de verano, con hormona de enraizamiento y ambiente húmedo, enraízan sin dificultad. La patata, por tubérculo o trozo de tubérculo con al menos dos yemas, dejando cicatrizar el corte un par de días antes de plantar.
Plagas y enfermedades
Escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata). Adulto rayado inconfundible y larva rojiza y jorobada. Defolia una parcela pequeña en días. En huerto familiar el recorrido de puestas —las masas de huevos naranjas en el envés— y su aplastamiento manual controla la primera generación mejor que ningún tratamiento tardío.
Tuta (Tuta absoluta). Microlepidóptero cuya larva mina la hoja dibujando galerías traslúcidas y luego perfora el fruto. Trampas de feromona para el seguimiento, retirada inmediata de hoja y fruto afectados, y Bacillus thuringiensis aplicado cuando la larva es muy joven.
Mosca blanca (Bemisia tabaci, Trialeurodes vaporariorum). El daño directo importa menos que su papel como vector de virosis, entre ellas el virus del rizado amarillo del tomate. Malla en invernadero y control temprano.
Araña roja (Tetranychus urticae). Verano seco y caluroso, punteado amarillento y telilla fina en el envés. Sube la humedad ambiental y baja la población.
Pulgones y trips. Chupadores y, otra vez, vectores de virus.
En enfermedades, el mildiu de la patata y el tomate (Phytophthora infestans) es el que decide cosechas en el norte húmedo: manchas pardas de borde difuso con vello blanquecino en el envés, y colapso en pocos días si el tiempo sigue templado y húmedo. La alternariosis (Alternaria solani) hace manchas pardas con anillos concéntricos que empiezan por las hojas bajas. La verticilosis y la fusariosis son hongos de suelo que amarillean media planta —a veces literalmente un lado sí y otro no— y no se curan una vez instalados.
Frente a todo esto hay una medida que vale más que cualquier tratamiento: rotación de al menos tres o cuatro años sin solanáceas en la misma tierra. Plantar tomate donde había patata, y patata donde había berenjena, es rotar de nombre pero no de familia; los patógenos del suelo no distinguen el cultivo, distinguen la familia botánica.
Y una que no es enfermedad aunque lo parezca: la necrosis apical del tomate y la berenjena, esa mancha negra y hundida en el culo del fruto. Es un problema de calcio, sí, pero rara vez porque falte calcio en el suelo —la mayor parte de los suelos españoles son calizos y van sobrados—. Falla el transporte, y falla porque el riego es irregular o porque un exceso de abono salino dificulta la absorción. Echar cal no lo arregla. Regularizar el riego, sí.
Rusticidad y cómo pasar el invierno
El género se reparte a lo largo de todo el espectro. En la zona friolera, berenjena, pepino dulce y tamarillo, que sufren ya a 2-3 ºC. En el término medio, S. laxum y Lycianthes rantonnetii, que aguantan heladas cortas de -4 o -5 ºC y rebrotan de cepa si el frío no ha bajado más. Bastante más resistentes, S. crispum 'Glasnevin' y, en el extremo, S. dulcamara, especie nativa europea que pasa el invierno sin inmutarse.
Tomate y patata son perennes en su origen andino y anuales aquí por convención: la helada las mata, no el calendario. En el litoral mediterráneo cálido una tomatera puede encadenar dos ciclos si el invierno es benigno, aunque la producción del segundo raramente compensa la sanidad que se pierde por el camino.
Usos: de la maceta al plato
En ornamental, el género da tres registros distintos. Trepadoras de floración larga para pérgola y celosía (S. laxum, S. crispum). Arbustos de flor continua para seto informal o maceta grande (Lycianthes rantonnetii, que forma pie de copa muy agradecido). Y plantas de fruto decorativo para interior en otoño e invierno (S. pseudocapsicum), con la advertencia de toxicidad ya dicha.
En alimentación, el género sostiene una parte enorme de la dieta mundial. La patata es el cuarto cultivo del planeta por volumen. El tomate ordena el recetario mediterráneo entero. La berenjena aparece en toda la cocina del sur peninsular, y la de Almagro tiene su propia Indicación Geográfica Protegida. Frutos menos habituales como el pepino dulce o el tamarillo se venden ya en fruterías especializadas y se cultivan sin problema en el litoral.
Cuando la especie es comestible, lo comestible es el fruto maduro, casi nunca otra parte. Esa regla resuelve el noventa por ciento de las dudas de seguridad en el género.
En resumen
Solanum reúne cultivos de primera necesidad, ornamentales de jardín y plantas silvestres tóxicas bajo un mismo nombre y una misma flor de cono amarillo. Comparten exigencias: sol directo, suelo drenado, riego constante sin altibajos, abonado con menos nitrógeno del que se les suele dar y rotación larga que respete la familia, no solo el cultivo. Se separan en el frío, donde van desde la berenjena, que sufre a 3 ºC, hasta la dulcamara, que ignora el invierno. Y se separan en la mesa: el fruto maduro de las especies comestibles es seguro, las partes verdes no lo son y las bayas ornamentales tampoco. Con esas dos ideas —familia común para las labores, especie concreta para el frío y para la boca— el género deja de ser un lío taxonómico y se maneja bien.