El membrillero (Cydonia oblonga) es uno de los frutales mejor adaptados al clima español y de los menos plantados. Aguanta los inviernos fríos de la meseta, los veranos secos y calurosos, los suelos calizos y la luz intensa, y una vez establecido tolera bien la sequía. Es además pequeño: un arbusto grande o arbolillo de dos a cinco metros, que cabe en un jardín de patio y hasta en un macetón de terraza.

La razón de su escasa presencia es cultural más que agronómica: el membrillo no se come crudo, porque la pulpa es dura y astringente por su contenido en taninos, y todo su uso pasa por la cocina. Quien no vaya a hacer dulce, jalea o guisos con él, no le sacará partido. Quien sí, tiene aquí un frutal bonito todo el año y prácticamente sin exigencias.

En primavera, el membrillero se llena de grandes flores de cinco pétalos entre blancas y rosadas que en otoño se habrán convertido en dorados frutos. Fotos: Hanako, iStock

Cómo es la planta

Es la única especie de su género, rosácea como el manzano y el peral, originaria del Cáucaso, el norte de Irán y Anatolia, y cultivada en el Mediterráneo desde hace milenios. Se ha propuesto incluso que la manzana dorada de varios episodios de la mitología griega fuese en realidad un membrillo, aunque eso pertenece más a la historia de las traducciones que a la botánica.

De porte arbustivo y silueta irregular, con uno o varios troncos según cómo se conduzca. En los primeros años se extiende más en anchura que en altura, y suele mantenerse por debajo de los cuatro metros si se poda pensando en la recolección.

La flor es su mejor baza ornamental: solitaria, de cinco pétalos entre blancos y rosa pálido, notablemente más grande que la de cualquier otro frutal de la familia, y abre entre abril y mayo, después de la brotación, lo que la pone a salvo de las heladas tardías que arruinan las cosechas de almendro y albaricoquero. Es una planta muy visitada por abejas.

La hoja es oval, aterciopelada al brotar, y amarillea de forma limpia en otoño. El fruto es un pomo amarillo dorado, a veces cubierto de una pelusa blanquecina que se frota fácilmente, y extraordinariamente aromático: unos pocos membrillos en una fuente perfuman una habitación durante semanas.

Dónde plantarlo

Pleno sol para dar buena cosecha, aunque acepta algo de sombra parcial a costa de producir menos. Necesita suelo profundo y con buen drenaje, de fertilidad media, y se lleva bien con los suelos ligeramente calizos, con pH en torno a la neutralidad, que es lo habitual en gran parte de la Península. En suelos muy calizos y de pH alto puede aparecer clorosis férrica.

Lo que no tolera es el suelo compactado ni el pavimento sobre sus raíces. Necesita un alcorque amplio y sin solar. Aguanta bien el aire marino y la contaminación urbana.

Es sensible al encharcamiento prolongado, aunque prefiere suelos frescos a suelos secos, y de hecho tradicionalmente se plantaba en linderos de huertas y cerca de acequias.

Plantación

El mejor momento es la parada vegetativa, de noviembre a marzo, con planta de raíz desnuda o en contenedor. En zonas de heladas muy fuertes conviene esperar a febrero.

Abre un hoyo amplio, incorpora materia orgánica bien descompuesta al fondo y cúbrela con una capa de tierra para que las raíces no la toquen directamente. El punto de injerto tiene que quedar claramente por encima del nivel del suelo, unos siete o diez centímetros: si se entierra, la variedad emite raíces propias y se pierde el efecto del patrón.

Forma un alcorque para aprovechar el riego y acolcha la superficie. Los dos primeros años son los que deciden si el árbol se establece bien: riegos poco frecuentes pero largos y profundos, que obliguen a la raíz a bajar. A partir del tercer año se vuelve muy autónomo.

Admite también la conducción en espaldera contra un muro y la formación de setos libres, cosa muy útil en jardines pequeños.

Riego, abonado y poda

Establecido, tolera la sequía, pero la sequía tiene un coste concreto: si le falta agua durante el verano, deja caer los frutos. En clima mediterráneo, un par de riegos largos al mes durante el verano marcan la diferencia entre cosechar y no cosechar.

Con el abonado, poco y en invierno: un aporte de materia orgánica extendido en el alcorque, a cierta distancia del tronco. Evita los fertilizantes ricos en nitrógeno, que provocan brotaciones tiernas, alargadas y muy vulnerables a las enfermedades.

La poda debe ser ligera y hay un motivo técnico. El membrillero fructifica en el extremo de los brotes del año, que nacen sobre madera del año anterior. Si despuntas sistemáticamente todos los brotes, como se haría con otros frutales, eliminas la cosecha. Limítate a retirar ramas secas, cruzadas o mal orientadas, aclarar el centro para que entre luz y quitar los chupones y los rebrotes que salgan del portainjerto por debajo del punto de injerto.

El membrillero como patrón

Un dato que casi nadie asocia con este árbol: el membrillero es el patrón enanizante clásico del peral. Buena parte de los perales de plantación comercial están injertados sobre selecciones de Cydonia oblonga, que reducen el vigor, adelantan la entrada en producción y facilitan la recolección.

Tiene una consecuencia práctica en el huerto doméstico. Si tienes un peral y ves rebrotes que salen del suelo con hojas distintas, más redondeadas y aterciopeladas, son del patrón de membrillero y hay que eliminarlos, porque acabarán compitiendo con la variedad injertada.

Plagas y una enfermedad seria

En general el membrillero no da problemas graves. El pulgón puede afectar a los brotes tiernos en primavera y el moteado provoca manchas oscuras en hojas y frutos en años húmedos, sin comprometer al árbol.

La excepción importante es el fuego bacteriano (Erwinia amylovora), al que el membrillero es especialmente sensible. Se manifiesta como un marchitamiento rápido de brotes, flores y hojas, que se secan pero no caen y adquieren un aspecto quemado, con los extremos de los brotes curvados en forma de cayado.

Es un organismo nocivo regulado en la Unión Europea por el Reglamento (UE) 2016/2031 de sanidad vegetal. Eso significa que no es una plaga de jardín que se trate por cuenta propia: ante una sospecha hay que comunicarlo al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma, que indicará cómo proceder. No podes ni muevas material vegetal sospechoso antes de esa consulta, porque las herramientas y los restos de poda son una vía de dispersión.

Variedades

  • Común. Frutos de tamaño medio, piel amarillo dorado y carne muy aromática. Es el tipo tradicional de los huertos peninsulares.
  • Gigante de Vranja. La más fácil de encontrar en España. Fruto grande, de piel fina y lisa, muy aromático y de buena conservación. Pulpa compacta y ácida, muy apreciada para dulce y confituras.
  • Champion. Obtención antigua, de porte en vaso y ramificación resistente al viento. Frutos grandes cubiertos de pelusa grisácea, muy perfumados y jugosos. Tolera bien las heladas y los suelos calizos.
  • Leskovacka. Ramifica desde la base, con copa redondeada y porte claramente arbustivo, lo que la hace la mejor opción para jardines pequeños. Fruto de tamaño medio.

La mayoría de los cultivares son autofértiles, así que un solo ejemplar da fruto. Aun así, plantar dos variedades distintas mejora el cuajado y aumenta la cosecha.

Conviene no confundirlo con el membrillero japonés (Chaenomeles), un arbusto ornamental de otro género, muy espinoso, que florece en pleno invierno en rojo, rosa o blanco antes de echar la hoja. Sus frutos también son comestibles cocinados, pero son mucho más pequeños y duros, y la planta se cultiva sobre todo por la flor.

En maceta

Es viable, y de los pocos frutales que lo son sin injerto enanizante especial. Necesita un contenedor grande, de al menos 60 u 80 litros, sustrato de calidad con buen drenaje y riego mucho más frecuente que en suelo, porque en verano el cepellón se seca en un día.

La producción será claramente menor que en tierra y habrá que abonar durante la temporada de crecimiento, ya que el sustrato se agota. Cada tres o cuatro años conviene sacar el árbol, recortar el cepellón por los lados y renovar el sustrato. Elige una variedad de porte arbustivo y ramificación baja.

Cosecha y uso

Los frutos toman su color amarillo definitivo y su aroma a finales de septiembre, en los días del llamado veranillo del membrillo, alrededor de San Miguel. La recolección se hace en octubre o noviembre según el cultivar y la zona, cuando el fruto amarillea del todo, la pelusa se desprende con facilidad y el aroma es intenso.

Se manipulan con cuidado porque se golpean y se pardean con facilidad. Aguantan varias semanas en un sitio fresco, seco y ventilado, pero conviene guardarlos aparte de otras frutas: su aroma es tan penetrante que se transmite.

En la cocina, el uso clásico aquí es la carne de membrillo, que cuaja sola sin necesidad de añadir gelificantes porque el fruto es muy rico en pectina. También jaleas, compotas y almíbar. En platos salados acompaña muy bien a las carnes de cerdo y de ave, y es ingrediente habitual de guisos y tajines en la cocina de Oriente Medio y el norte de África.

En resumen

El membrillero es un frutal pequeño, rústico y muy adaptado al clima peninsular: aguanta el frío continental, el verano seco y los suelos calizos, y una vez establecido pide poco más que un par de riegos largos al mes en verano para no dejar caer los frutos. Se planta en parada vegetativa, con el injerto bien por encima del suelo, y se poda poco, porque fructifica en el extremo de los brotes del año.

Su único problema serio es el fuego bacteriano, al que es especialmente sensible y que, por ser un organismo regulado, se comunica al servicio de sanidad vegetal autonómico en lugar de tratarlo por cuenta propia. Por lo demás es un árbol agradecido, de floración grande y otoñada amarilla, que cabe en un jardín pequeño e incluso en un macetón de terraza, siempre que se vaya a cocinar el fruto: crudo no se come.


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