El kiwi (Actinidia deliciosa) es una trepadora vigorosa, de hoja caduca y crecimiento muy rápido, que puede pasar de los siete u ocho metros si se la deja. Cultivarla en casa es perfectamente posible, pero hay dos condiciones que deciden antes que ninguna otra si merece la pena intentarlo: necesita suelo ácido y necesita dos plantas de distinto sexo.

La primera condición es la que descarta más huertos españoles. El kiwi vive bien entre pH 5,5 y 6,5, y en los suelos calizos que dominan buena parte del este, el centro y el sur peninsular sufre una clorosis férrica severa: hojas amarillas con los nervios verdes, crecimiento detenido y frutos que no llegan. Por eso la producción española está concentrada en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y el norte de Navarra, donde el suelo es ácido y el verano no es seco.

Además de productivo, el kiwi es una trepadora bonita, cuyos jugosos y decorativos frutos penden entre grandes hojas verdes. Foto: Adobe Stock

Macho y hembra: la condición innegociable

El kiwi es una especie dioica. Hay pies con flores masculinas, que solo producen polen, y pies con flores femeninas, que son los que dan fruto. Una planta sola, por bien cuidada que esté, no producirá nunca.

La proporción habitual es un macho por cada cinco o seis hembras, colocado de forma que quede repartido entre ellas y a favor del viento dominante. En un huerto doméstico con dos o tres plantas hembra basta con un macho. Es imprescindible que ambos florezcan a la vez: los viveros emparejan cultivares por eso, y el clásico es 'Hayward' como hembra con 'Tomuri' o 'Matua' como polinizador.

Existen variedades comercializadas como autofértiles, pero la producción que dan y el tamaño de fruto son muy inferiores a los de una polinización cruzada real. Si el espacio da para dos plantas, mejor macho y hembra.

La polinización la hacen sobre todo las abejas, aunque la flor del kiwi no produce néctar y no les resulta especialmente atractiva. Una floración con lluvia continua o con viento fuerte da frutos pequeños y deformes.

Clima: frío suficiente, pero no a destiempo

El kiwi necesita acumular horas de frío invernal para brotar de forma uniforme, en torno a 600 u 800 horas por debajo de 7 grados en los cultivares más habituales. En invierno, en reposo, resiste bien heladas fuertes.

El problema son las heladas fuera de tiempo. El kiwi florece en brotes del año que nacen de las ramas del año anterior, así que una helada tardía de primavera que queme los brotes nuevos se lleva por delante la cosecha entera, y la planta no la recupera emitiendo brotes de reemplazo. Los brotes tiernos se dañan a temperaturas apenas bajo cero. Una helada temprana de otoño, antes de la recolección, estropea los frutos.

El viento es el otro factor limitante y se subestima siempre. Las hojas del kiwi son grandes y se desgarran con facilidad, y el viento seco de verano provoca quemaduras en los bordes. Un seto cortavientos o una pared orientada al norte cambian por completo el resultado.

Suelo, plantación y estructura

Suelo profundo, fértil, rico en materia orgánica, ligeramente ácido y con muy buen drenaje. El kiwi es a la vez muy exigente en agua y muy sensible a la asfixia radicular, una combinación incómoda: quiere el suelo húmedo pero jamás encharcado. En terreno pesado conviene plantar sobre caballón.

La plantación se hace en parada vegetativa, de noviembre a febrero, evitando los días de helada. Deja de 4 a 5 metros entre plantas, que parece exagerado el primer año y se queda corto al cuarto.

La estructura es una inversión que hay que hacer bien desde el principio, porque una planta adulta cargada de fruto pesa mucho y aguantará ahí veinte años. Los dos sistemas habituales son la pérgola (un emparrado horizontal, que es lo que se usa en la cornisa cantábrica y da la mayor producción) y el emparrado en T, con postes rematados en travesaño y tres o cuatro alambres, más barato y más fácil de podar. Postes bien anclados y alambre grueso, no la solución provisional.

Riego

Es de los frutales más exigentes en agua. Las hojas transpiran mucho y la falta de riego se traduce enseguida en bordes de hoja secos, caída de fruto y calibres pequeños. La demanda máxima coincide con julio y agosto, cuando el fruto engorda.

Riego localizado, frecuente, manteniendo el bulbo húmedo de forma constante en lugar de aportes grandes y espaciados. Acolchado generoso bajo la planta, que en verano marca una diferencia enorme. En zonas con agua de riego muy dura y calcárea, el riego prolongado va alcalinizando el suelo alrededor y reaparece la clorosis, aunque el terreno original fuera ácido.

Poda

Es lo que más intimida y en realidad se reduce a una idea: el kiwi fructifica en brotes del año nacidos sobre madera del año anterior. Toda la poda consiste en renovar esa madera.

Formación. Se conduce un solo tronco recto hasta el alambre principal con ayuda de un tutor y allí se despuntan, dejando dos brazos que se dirigen en sentidos opuestos a lo largo del alambre. De esos brazos saldrán los sarmientos productivos.

Poda de invierno. Se hace en pleno reposo, y conviene no dejarla para el final del invierno porque el kiwi "llora" savia abundantemente si se corta cuando ya está movido. Se eliminan los sarmientos que ya fructificaron y se dejan sarmientos jóvenes del año anterior, bien situados, con unas 8 a 12 yemas, a razón de unos tres por metro de brazo.

Poda en verde. A finales de primavera y en verano se despuntan los brotes muy largos, que se enrollan sobre sí mismos, y se aclara el follaje interior para que entre luz y aire. Los pies macho se podan después de la floración, cuando ya han cumplido su función, y con mano firme, porque si no acaban tapando a las hembras.

Aclareo. Quitar los frutos deformes, los mal polinizados y los que van en racimo apretado mejora mucho el calibre del resto.

Recolección y maduración

Las primeras cosechas llegan al tercer o cuarto año, y la plena producción hacia el séptimo u octavo. La recolección se hace de octubre a noviembre, antes de las primeras heladas.

Aquí está el detalle que más confunde a quien empieza: el kiwi no madura en la planta. Se recoge duro, cuando ha completado su desarrollo pero sigue firme, y madura después en almacén. El aspecto exterior no dice nada del punto, y por eso en producción profesional se mide el contenido de azúcar con un refractómetro para decidir la fecha de corte.

En un huerto pequeño, la referencia práctica es el momento en que las semillas del interior han pasado de blancas a negras. Corta entonces, guarda los frutos en cajas, en capa única y sin apilar, en un sitio fresco y oscuro. Se conservan así muchas semanas. Para madurar los que quieras comer, mételos unos días en una bolsa con una manzana o un plátano: el etileno que desprenden acelera el proceso.

El kiwi amarillo y el kiwiño

El kiwi de pulpa amarilla procede de otra especie, Actinidia chinensis, de piel más fina y lisa, casi sin pelo, pulpa dorada y sabor más dulce y aromático. Es un cultivo más delicado: madura antes, es más sensible al frío y sobre todo más susceptible a la bacteriosis del kiwi (Pseudomonas syringae pv. actinidiae), una enfermedad presente en Europa que causa cancros, exudados rojizos y la muerte de plantas enteras.

Para un jardín pequeño hay una alternativa que merece más atención de la que recibe: Actinidia arguta, el kiwi baby o kiwiño. Los frutos son del tamaño de una uva grande, de piel lisa y comestible, y la planta es bastante más resistente al frío que el kiwi común. Sigue siendo dioica, así que también necesita macho y hembra.

En resumen

Antes de plantar kiwi, comprueba dos cosas: que tu suelo no sea calizo, porque en terreno básico la clorosis lo hace inviable, y que tienes sitio para un pie macho además de las hembras. Con eso resuelto, necesita una estructura sólida, protección frente al viento y riego abundante y constante en verano.

La poda es sencilla una vez entendida la regla: fructifica en brotes del año sobre madera del año anterior, así que cada invierno se renueva esa madera. Recolecta en octubre o noviembre con el fruto todavía duro, cuando las semillas se han vuelto negras, y deja que madure fuera de la planta. En clima adecuado, una hembra bien conducida da cosechas muy generosas durante décadas.


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