El calor no daña el huerto solo por deshidratación. Hay un umbral concreto que explica por qué en pleno agosto una tomatera cargada de flores deja de cuajar de golpe: por encima de unos 35 grados el polen del tomate pierde viabilidad, la flor no se fecunda y cae. Lo mismo le ocurre al pimiento y a la berenjena. Puedes regar todo lo que quieras, que si la planta pasa varios días con esas temperaturas no habrá fruto de esa tanda.
Por eso la estrategia de verano tiene dos frentes distintos: bajar la temperatura y la radiación que reciben las plantas, y asegurar humedad estable en el suelo. Son cosas separadas y hacen falta las dos. Aquí van los recursos concretos y los errores que más caro se pagan en julio y agosto.
Una capa de cañizo fino basta para defender las hortalizas del sol. Las ollas de barro filtran el agua de forma paulatina. Se entierran en el huerto, se llenan de agua y se tapan. Fotos: Hanako y Adobe Stock
Sombrear, pero solo lo que lo necesita
No todo el huerto quiere sombra. El tomate, el pimiento, la berenjena, el calabacín o la sandía necesitan sol y en general solo agradecen protección en las horas centrales de una ola de calor. Los que sufren de verdad son los cultivos de hoja: lechuga, espinaca, acelga, rúcula, canónigos y las brasicáceas, que con calor y día largo suben a flor y amargan.
Mallas de sombreo. Se venden por porcentaje de sombra. Para hortalizas, entre el 35 y el 50 por ciento es lo razonable; por encima del 60 se pierde demasiada luz y la planta se ahíla. El detalle que marca la diferencia es montarlas sobre una estructura, a treinta o cuarenta centímetros por encima del cultivo, no apoyadas sobre las hojas. Así circula el aire por debajo y refresca. Una malla pegada al follaje hace justo lo contrario y acumula calor.
Cañizo. Para sombra parcial es probablemente lo mejor: filtra la luz dejándola difusa en vez de cortarla, aguanta bien el viento y no acumula calor como el plástico. Se coloca en horizontal a modo de techo o en vertical en el lado de poniente, que es de donde llega el sol más castigador de la tarde.
Velos y mallas ligeras. Menos sombra pero protegen además del viento seco, que en verano deshidrata tanto como el sol. En zonas de interior con viento fuerte y aire muy seco, una pantalla cortavientos en el lado dominante cambia bastante las cosas.
Una idea que funciona sin comprar nada: plantar maíz, girasoles o judías en emparrado en el lado sur u oeste del bancal, para que hagan de pantalla viva a los cultivos de hoja que van detrás.
Regar bien, no regar más
La hora importa. Lo mejor es a primera hora de la mañana: el suelo está fresco, la evaporación es mínima y la planta llega hidratada al golpe de calor del mediodía. El riego de última hora de la tarde también evita la evaporación, pero deja el follaje y la superficie húmedos toda la noche, lo que favorece los hongos. Si riegas por goteo directamente al suelo, ese problema desaparece y la tarde es una hora perfectamente válida.
Lo que no se hace nunca es regar a mediodía por encima de las hojas: el agua se evapora antes de llegar a la raíz y las gotas sobre la hoja al sol pueden marcar quemaduras.
Riego por goteo. Es el sistema más eficiente, entrega el agua donde está la raíz y permite regar poco y a menudo, que es exactamente lo que pide el verano. Con un programador sencillo se resuelve además la ausencia en vacaciones.
Ollas de barro. Una técnica antigua y muy eficaz para huertos pequeños. Se entierra una vasija de barro sin vidriar junto a las plantas, dejando fuera solo el cuello, se llena de agua y se tapa. El agua atraviesa lentamente la pared porosa y sale hacia donde el suelo está seco, de modo que la planta va tomando lo que necesita. Se rellena cada pocos días. Como todo el agua va bajo tierra, no hay evaporación y no se moja la superficie.
Alcorques y caballones. Formar una depresión alrededor de cada planta, o un surco a lo largo de la línea, concentra el agua de riego donde interesa y evita que escurra. Va especialmente bien en suelos arenosos que retienen poco.
El acolchado, la medida que más rinde
Si solo pudieras hacer una cosa este verano, sería acolchar. Una capa de cinco a diez centímetros de material vegetal sobre el suelo reduce mucho la evaporación, mantiene la temperatura de la tierra varios grados por debajo de la del suelo desnudo, evita que se forme costra y frena las hierbas que compiten por el agua.
Sirve paja, restos secos de siega, hojarasca, madera triturada o virutas, incluso cartón sin tintas debajo de otro material. Los materiales vegetales tienen la ventaja añadida de que al descomponerse aportan materia orgánica y alimentan la vida del suelo.
Dos precauciones: aplicarlo sobre suelo ya húmedo, nunca sobre tierra seca, porque si no impide que el riego llegue; y dejar unos centímetros libres alrededor del cuello de la planta para que no se mantenga permanentemente húmedo y se pudra.
Errores frecuentes del verano
Regar en exceso. Es contraintuitivo, pero con calor se riega más veces, no más cantidad de golpe. Un encharcamiento en un suelo caliente asfixia la raíz en cuestión de horas, porque el agua desplaza el aire y el oxígeno disuelto disminuye justo cuando la planta más respira. Muchas plantas que parecen secas por falta de agua están en realidad ahogadas.
Deshojar demasiado. Quitar hojas para que el fruto reciba más sol es un error clásico en tomate y pimiento. Sin la sombra de su propio follaje, los frutos sufren el llamado golpe de sol: una mancha blanquecina y hundida en la cara expuesta, que luego se pudre. Se aclara lo justo para ventilar, nunca se pela la planta.
No abonar. En verano los cultivos crecen rápido y consumen mucho, y en maceta cada riego lava nutrientes. Conviene mantener un aporte regular, con abonos orgánicos que además sostengan la vida del suelo. En frutales, hacer el aporte en profundidad con un ahoyador lleva el abono donde está la raíz activa y no en superficie.
Descuidar la vigilancia. El calor seco dispara la araña roja, que decolora las hojas con un punteado fino y aparece antes en las plantas estresadas por sequía. La mosca blanca y el trips también aprovechan. Revisar el envés de las hojas cada pocos días permite actuar cuando el foco es pequeño.
Sembrar fuera de temporada. Empeñarse en tener lechuga en agosto en el interior peninsular es pelear contra el clima. Es mejor cambiar de especie, sembrar en sombra parcial o dejar el hueco para una siembra de finales de agosto que se recogerá en otoño.
Que el invernadero no se convierta en un horno
Un invernadero cerrado en julio alcanza temperaturas que ninguna hortaliza soporta. Tres medidas, por orden de eficacia.
Ventilación cruzada. No basta con abrir la puerta: hace falta que el aire entre por un lado y salga por otro, mejor si hay aberturas altas, porque el aire caliente sube. Un invernadero de verano con las bandas laterales enrolladas funciona mucho mejor que uno con solo la puerta abierta.
Sombreo. Malla de sombreo por encima de la cubierta, o el encalado tradicional, que consiste en blanquear el plástico o el vidrio con una lechada de cal para reflejar parte de la radiación. Es lo que se hace en los invernaderos del sureste peninsular, y se lava al llegar el otoño.
Humedad. Mojar los pasillos y el suelo a primera hora baja la temperatura por evaporación y sube algo la humedad ambiental, que en verano suele estar por los suelos dentro de un invernadero.
En resumen
El calor extremo hace que el tomate, el pimiento y la berenjena dejen de cuajar por encima de unos 35 grados, y que los cultivos de hoja suban a flor. Sombrea con malla del 35 al 50 por ciento montada sobre estructura o con cañizo, y sobre todo en los cultivos de hoja, no en los de fruto.
Riega a primera hora, por goteo o con ollas de barro enterradas, poco y a menudo en vez de mucho de golpe, y acolcha el suelo con cinco a diez centímetros de material vegetal sobre tierra ya húmeda. Evita deshojar de más, mantén el abonado, vigila el envés de las hojas por la araña roja y, en invernadero, ventila en cruz y blanquea la cubierta.