Un emparrado bien plantado resuelve dos problemas a la vez: da sombra densa justo cuando aprieta el calor y la retira en cuanto llega el frío, porque la parra pierde la hoja en otoño. Ninguna estructura fija ni ningún árbol perenne hace eso. En un patio mediterráneo, esa combinación de sombra estival y sol invernal es exactamente lo que se necesita, y encima se come.
Lo que sigue es lo que hay que decidir antes de plantar (sitio, distancia a muros y pavimento, estructura), cómo se forma la planta durante los primeros años y cómo se poda después para que siga dando uva sin comerse el patio. Al final, cuatro variedades de mesa que funcionan bien en la Península.
Con el tiempo, la parra alcanza un peso considerable, lo que aconseja contar con una estructura de emparrado capaz de soportarla, pero también los efectos de la intemperie durante muchos años. Foto: Pamela Carls
Dónde plantarla
La parra (Vitis vinifera) quiere sol directo y resguardo del viento fuerte. En cuanto al suelo es poco exigente: le basta con que drene. Aguanta bien los suelos pobres y los calizos del este y el sur peninsular, que es donde más emparrados hay y no por casualidad. Lo que no le conviene es una tierra demasiado fértil, porque entonces se va en madera y hoja y la uva sale escasa y sin concentrar.
La consecuencia práctica de eso es contraintuitiva: aquí no hay que abonar mucho, sino poco o nada. Y regar lo justo, solo en los meses de calor y con moderación. Una parra bien establecida en clima mediterráneo sobrevive con muy poco riego, porque su raíz profundiza bastante.
El punto que más problemas da a largo plazo es la distancia. Es una planta leñosa y longeva: el tronco engrosa cada año y la raíz se extiende. Plantarla pegada a un muro o al borde de un pavimento acaba en losa levantada o en humedad en la pared. Deja al menos un metro de separación, y si el pavimento es de baldosa sobre arena, mejor más.
La estructura del emparrado
Una parra adulta pesa mucho, sobre todo mojada y cargada de racimos, y la estructura tiene que aguantar eso más veinte o treinta años de intemperie. Es un error frecuente montar una pérgola ligera pensando en la planta del primer año.
Las pérgolas de madera y las metálicas son las opciones clásicas. En madera conviene elegir escuadrías generosas y tratamiento para exterior, y que los postes no queden en contacto directo con el suelo húmedo, sino sobre soportes metálicos anclados a la solera. En metal, galvanizado o pintura de protección, porque la parra tapará el perfil y no volverás a verlo hasta que se oxide del todo.
La altura útil está en torno a los dos metros y medio en el borde. Menos de eso y en cuanto la vegetación cuelgue habrá que agacharse debajo. Sobre la horizontal conviene un enrejado o unos alambres tensados que le den a los sarmientos por dónde agarrarse, porque la parra trepa con zarcillos y necesita algo fino para prender.
Formación en los primeros años
El primer año, después de plantar, se elige el sarmiento más robusto y de crecimiento más vertical. Ese va a ser el tronco. Se ata al tutor definitivo con un cordel flojo, dejando que suba enroscándose alrededor, y se eliminan los demás brotes de la base. Todo lo que salga por debajo de la altura de la pérgola es chupón y se quita.
En los años siguientes se guía esa guía principal hasta la altura de la estructura, y allí se deja ramificar. De ahí salen los brazos, dos o cuatro según la forma del emparrado, que se dirigen sobre la horizontal en la dirección que quieras cubrir. Esos brazos son permanentes: forman el esqueleto y se mantienen toda la vida de la planta.
Sobre los brazos se establecen los puntos de poda, repartidos cada 20 o 30 centímetros. De ahí saldrá cada año la madera nueva. Cubrir una pérgola de tamaño normal lleva entre tres y cinco años; no hay atajo, y forzar la planta a extenderse antes de tiempo suele acabar en un esqueleto débil que luego no aguanta la carga.
La poda de fructificación
Aquí está la clave de todo. La vid produce sus racimos en los brotes verdes del año, y esos brotes salen de las yemas formadas en la madera del año anterior. Por eso hay que podar cada invierno la madera del año pasado: si no se poda, la parra sigue alejando la zona productiva del brazo y en pocos años tienes toda la uva en el extremo y un esqueleto pelado.
La poda se hace con la planta sin hoja y en reposo, entre diciembre y febrero en la mayor parte de la Península, evitando los días de helada fuerte. Se cortan los sarmientos del año dejando en cada punto un trozo corto con dos o tres yemas, lo que se llama pulgar. En variedades cuyas yemas basales son poco fértiles se deja alguna vara más larga, con seis u ocho yemas.
La regla general es que cuantas más yemas dejes más racimos tendrás, y cuantos más racimos, menos calidad en cada uno. Con un emparrado doméstico, donde la uva es para comer, conviene ir corto y luego aclarar racimos en verano si la planta ha cuajado demasiado.
En verano se hacen labores menores: quitar chupones de la base, despuntar los brotes que se disparan más allá de la estructura y, cerca de la maduración, aclarar alguna hoja que tape los racimos para que les llegue algo de sol y aire. Sin pasarse, que la hoja es la que hace el azúcar.
Problemas habituales
Los dos hongos clásicos de la vid son el oídio (Erysiphe necator), que aparece como un polvillo blanco grisáceo sobre hojas y racimos, y el mildiu (Plasmopara viticola), que da manchas aceitosas en el haz y una pelusa blanca en el envés. El oídio se ve favorecido por el calor seco con humedad ambiental, típico del verano mediterráneo; el mildiu necesita lluvia y humedad prolongada, así que aprieta más en primaveras lluviosas y en el norte. El azufre para el oídio y los preparados de cobre para el mildiu son los tratamientos tradicionales, siempre preventivos, porque una vez instalado el hongo el daño ya está hecho.
La ventilación ayuda muchísimo: una parra tupida y sin aclarar es una invitación a los dos. Recoger y retirar la hoja caída en otoño también reduce el inóculo del año siguiente.
Además está la araña roja, que aparece en veranos secos y calurosos y decolora las hojas con un punteado fino. Y sobre todo los pájaros y las avispas, que en cuanto la uva empieza a coger azúcar dan buena cuenta de ella. La solución práctica es física: bolsas de papel o de malla fina sobre los racimos, colocadas en cuanto empiecen a envero. Una malla general sobre toda la pérgola también funciona, pero es incómoda de poner y quitar.
Cuatro variedades de mesa
Moscatel de Alejandría, conocida como moscatel de Málaga. Probablemente la uva de mesa más apreciada en España por su aroma inconfundible. Se da muy bien en las zonas secas y cálidas del sur y el levante, donde madura desde mediados de agosto. Es sensible al oídio y al mildiu, y fuera de su ámbito climático sufre con las heladas.
Cardinal. Grano muy grueso, color granate azulado y maduración precoz, entre la segunda quincena de julio y finales de agosto según zona. Muy productiva, tanto que suele agradecer un aclareo de racimos para que los que queden tengan calidad. Es de las menos sensibles a oídio y mildiu de este grupo.
Rosetti, también llamada Regina. Grano grande, piel fina y aromática, parecida en carácter al moscatel pero más productiva y de maduración más tardía. Su inconveniente es la brotación precoz, que la deja expuesta a las heladas de primavera en zonas de interior.
Red Globe. Grano muy grande, color rojo vistoso y buena resistencia a hongos. Planta vigorosa, lo que en un emparrado doméstico es una ventaja para cubrir rápido. Madura entre finales de agosto y comienzos de septiembre.
En resumen
La parra necesita sol, drenaje, poco abono, poco riego y un metro largo de distancia a muros y pavimentos. La estructura tiene que dimensionarse para la planta adulta, no para la del primer año, con unos dos metros y medio de altura libre y alambres o enrejado arriba para que agarren los zarcillos.
La formación lleva tres o cuatro años: un tronco, unos brazos permanentes sobre la estructura y puntos de poda repartidos cada 20 o 30 centímetros. A partir de ahí, cada invierno se poda la madera del año anterior dejando pulgares cortos, porque el fruto sale de las yemas que esa madera formó. Con eso, ventilación para prevenir oídio y mildiu, y bolsas sobre los racimos cuando empiecen a envero, el emparrado da sombra en agosto y uva en septiembre durante décadas.