La maceta roja del balcón y la mata de flores malvas que aparece sola bajo un fresno pertenecen a dos géneros botánicos distintos, aunque el idioma llame geranio a las dos. El primero es un Pelargonium; el segundo, un Geranium. No es una sutileza de etiqueta: cambian la flor, el fruto, el porte, la resistencia al frío y, en consecuencia, todo lo que hay que hacer con la planta. Este artículo se ocupa de esa separación y de qué grupos hay dentro de cada género.
Dos géneros, una misma familia
Geranium y Pelargonium son géneros hermanos dentro de la familia Geraniaceae, en la que también están Erodium (los alfileres de pastor) y Monsonia. Comparten el rasgo que dio nombre a todo el grupo: un fruto alargado, con forma de pico de ave, que al madurar se abre de una manera muy característica.
Ahí acaba el parecido cómodo. Geranium reúne unas 430 especies repartidas por las zonas templadas de los dos hemisferios y por las montañas tropicales, con un buen puñado de ellas en la península ibérica. Pelargonium agrupa alrededor de 280, y la inmensa mayoría son sudafricanas, concentradas en la región del Cabo, con un clima de inviernos suaves y húmedos y veranos secos. Ese origen explica por sí solo la diferencia práctica más importante: las especies de Geranium del hemisferio norte aguantan heladas fuertes y pasan el invierno bajo tierra, mientras que un Pelargonium empieza a sufrir daños en los tejidos por debajo de 0 ºC y se pierde con una helada de −3 o −4 ºC.
La flor: simetría y nectarios
El carácter que separa los dos géneros de forma limpia es la simetría floral.
La flor de Geranium es actinomorfa: radial, con cinco pétalos iguales entre sí, del mismo tamaño y la misma forma, dispuestos como los radios de una rueda. Se puede cortar por cualquier plano que pase por el centro y quedan dos mitades iguales. Tiene diez estambres fértiles y cinco nectarios independientes, uno por cada sépalo, en la base de la flor.
La flor de Pelargonium es zigomorfa: bilateral, con un solo plano de simetría. Los dos pétalos superiores son distintos de los tres inferiores, casi siempre más anchos, más erguidos y con manchas o venas oscuras que funcionan como guías de néctar para el insecto. Los estambres fértiles no son diez, sino un número menor y variable, habitualmente entre dos y siete, y el resto quedan reducidos a estaminodios estériles.
Y hay un detalle que zanja cualquier duda en el balcón: el Pelargonium tiene un solo nectario, y está escondido. En lugar de cinco glándulas visibles, la flor forma un tubo nectarífero largo que corre soldado al pedicelo, por debajo del sépalo superior. A contraluz se ve como una línea fina que recorre el tallito de la flor. Ese tubo puede medir desde un par de milímetros hasta más de cuatro centímetros según la especie, y su longitud está ajustada a la lengua o al pico del polinizador que la visita en Sudáfrica. En un Geranium no existe: si se mira el pedicelo, no hay tal conducto.
Para el aficionado, la regla rápida funciona bien: flor simétrica como una rueda, con los cinco pétalos idénticos, es Geranium; flor con dos pétalos arriba distintos de los tres de abajo, y con una línea soldada al pedúnculo, es Pelargonium.
El pico: cómo se dispersa cada uno
Los nombres vienen todos de aves zancudas, por la forma del fruto inmaduro. Geranium procede del griego géranos, grulla. Pelargonium, de pelargós, cigüeña. Erodium, de erodiós, garza. En castellano se ha usado «pico de cigüeña» para varias de estas plantas, y de nuevo la etiqueta no coincide con la botánica.
El fruto es un esquizocarpo: una columna central seca de la que cuelgan cinco piezas, los mericarpos, cada una con una semilla y una arista larga pegada al eje. Al secarse, la arista se despega de abajo arriba y ahí es donde los tres géneros se separan.
En Geranium la arista funciona como una catapulta. Se separa de golpe, se enrolla hacia arriba y proyecta la semilla a varios metros. La semilla sale limpia, sin la arista, que se queda colgando arriba del eje formando esa figura de candelabro que se ve en cualquier ribazo en junio.
En Erodium la arista no se suelta de la semilla: se separa entera, con la semilla en la punta, y es higroscópica. Se enrolla en espiral al secarse y se desenrolla al humedecerse, de modo que la unidad gira sobre sí misma con cada cambio de humedad y va enterrando la semilla en el suelo como un tornillo. Es el mecanismo que hace que un alfiler de pastor se retuerza si se le echa el aliento encima.
En Pelargonium la arista también se separa con la semilla y también es higroscópica, pero además va cubierta de pelos largos en la cara interna, con lo que la pieza se comporta primero como una pluma que se dispersa con el viento y luego, en el suelo, como una barrena. Es una combinación de las dos estrategias anteriores. En los cultivares dobles de balcón esto no llega a verse, porque la flor doble suele ser estéril o produce muy pocas semillas.
Por qué se lían los dos nombres
La confusión no es un error moderno de vivero: viene de Linneo. En Species Plantarum (1753) metió en un único género Geranium a todas las plantas de la familia, incluidas las sudafricanas que empezaban a llegar a los jardines europeos. Las primeras que se cultivaron en Holanda e Inglaterra en el siglo XVII entraron ya con el nombre de geranio, y así se quedó en el habla.
Fue Charles Louis L'Héritier de Brutelle quien, a finales de la década de 1780, separó el material sudafricano en el género Pelargonium por la simetría de la flor y el tubo nectarífero, y también segregó Erodium. La botánica aceptó la división enseguida. El comercio y el idioma cotidiano, no: para entonces la planta llevaba un siglo llamándose geranio en los jardines y ya no había vuelta atrás.
El resultado es que hoy en España «geranio» designa en la práctica a un Pelargonium zonal, «gitanilla» a un Pelargonium peltatum, y el género Geranium se vende en vivero especializado bajo su nombre científico o como «geranio vivaz». Conviene saberlo antes de comprar, porque quien pide un geranio pensando en una vivaz de sombra y se lleva un zonal de sol acaba con una planta que no funciona donde la quería poner.
Los grupos de Pelargonium cultivados
Casi todo lo que se cultiva son híbridos complejos, no especies puras. Se ordenan en cuatro grandes grupos hortícolas más uno abierto.
Zonales. Pelargonium × hortorum, resultado del cruce antiguo de P. zonale con P. inquinans y otras especies. Es el geranio de maceta por antonomasia. Su seña de identidad es la zona: una banda circular más oscura, en herradura, marcada sobre el limbo redondeado de la hoja, muy visible en unas variedades y apenas insinuada en otras. Porte erguido y sufruticoso, tallos que lignifican con los años, flores agrupadas en umbelas sobre un pedúnculo largo.
De hiedra o gitanillas. Pelargonium peltatum y sus híbridos. La hoja es peltada —el pecíolo se inserta dentro del limbo, no en el borde—, gruesa, cerosa y de tacto casi suculento, con cinco lóbulos poco marcados que recuerdan a la hiedra. Los tallos son flexibles y colgantes, de hasta metro y medio, y no lignifican como los del zonal. Esa hoja cerosa retiene agua y hace a la planta bastante más resistente a la sequía que un zonal.
De pensamiento o regios. Pelargonium × domesticum, procedente del grupo antes llamado P. grandiflorum. Flor mucho mayor, de pétalos ondulados y con manchas oscuras que le dan el aire de pensamiento del que toma el nombre. Hoja no zonada, de borde dentado y áspera al tacto. Es el grupo con el ciclo más marcado: necesita un periodo de noches frescas, por debajo de unos 12 o 13 ºC, para inducir la floración, y por eso florece en primavera y se para cuando llega el calor fuerte.
Aromáticos. Un conjunto de especies y cultivares cuyo interés está en la hoja, no en la flor, que suele ser pequeña. Pelargonium graveolens y P. capitatum huelen a rosa, P. crispum a limón, P. tomentosum a menta, P. odoratissimum a manzana, P. quercifolium a bálsamo. El olor sale de tricomas glandulares de la superficie de la hoja y solo se libera al rozarla. De P. graveolens se destila el aceite esencial de geranio, rico en geraniol y citronelol, que se usa en perfumería.
Sobre estos aromáticos circula una atribución que conviene acotar. La tradición les da fama de repeler mosquitos, y esa fama sostiene la venta de la llamada «planta antimosquitos», Pelargonium citrosum. La evidencia no acompaña: los ensayos con la planta viva colocada junto a las personas no han mostrado reducción apreciable de picaduras, porque la planta intacta no emite cantidad suficiente de compuestos volátiles. Otra cosa son los aceites esenciales concentrados, que son un producto distinto. Si alguien busca protección real frente a insectos, o si piensa en cualquier uso interno de estas plantas, la consulta corresponde al médico o al farmacéutico, no al vivero.
Queda fuera de estos cuatro grupos un quinto conjunto, el de los pelargonios de especie, que reúne plantas de coleccionista: formas tuberosas y suculentas de reposo estival como P. triste o P. carnosum, y curiosidades como P. sidoides, de flor casi negra.
Un apunte de seguridad, sin alarma: las hojas y los tallos de Pelargonium contienen geraniol y linalol, que resultan tóxicos para perros y gatos si los mastican, con vómitos, apatía y dermatitis de contacto. En personas el riesgo se reduce a irritación cutánea en manipulaciones prolongadas.
Los Geranium: vivaces de jardín e ibéricos
El género Geranium se divide en la práctica en dos bloques con usos muy distintos.
Las vivaces de jardín son plantas herbáceas perennes que rebrotan cada primavera de un rizoma o de una cepa leñosa subterránea, forman matas densas y cubren el suelo. Son plantas de media sombra o de sol suave, rústicas hasta −20 ºC en muchos casos, y de vida larga sin apenas atención. Las que sostienen el grupo en jardinería son Geranium macrorrhizum, de rizoma superficial grueso y hoja aromática persistente, tolerante a la sombra seca bajo árboles; Geranium sanguineum, de mata baja y flor magenta intensa, que en su forma striatum aparece en el norte peninsular; Geranium sylvaticum, de hayedos y prados de montaña; y Geranium phaeum, de flor oscura y sombra profunda. A ellas se suman los híbridos modernos de floración larguísima.
Los ibéricos silvestres son mayoritariamente anuales o bienales pequeños, plantas de ribazo, cuneta y claro de bosque que se comportan como arvenses. Geranium robertianum, la hierba de San Roberto, de tallos rojizos y olor fuerte al frotarla, coloniza muros y sotobosque húmedo. Geranium purpureum es su pariente más mediterráneo, de flor menor. Geranium molle y Geranium rotundifolium son las dos más frecuentes en suelos removidos, herbazales y jardines descuidados de media España. Geranium dissectum se reconoce por la hoja profundamente partida en segmentos estrechos. Geranium lucidum tiene la hoja redondeada, brillante y con frecuencia teñida de rojo, y vive en repisas de roca sombreada. Geranium pyrenaicum es de bordes de camino de montaña, pese al nombre, y no se limita a los Pirineos. Y en el sudeste peninsular aparece Geranium malviflorum, tuberoso, que florece en primavera y desaparece en verano.
Ninguno de estos ibéricos es planta de maceta de balcón. Su papel en jardinería es otro: cubierta viva bajo arbolado, borde naturalista y refugio para polinizadores en primavera temprana. Y saber reconocerlos evita arrancar como mala hierba lo que en realidad está tapando el suelo mejor que una corteza.
En resumen
Bajo la palabra geranio conviven dos géneros que la botánica separó hace más de dos siglos. Pelargonium es sudafricano, de flor bilateral con dos pétalos superiores distintos y un tubo nectarífero soldado al pedicelo, sufruticoso, de hoja persistente y sensible a la helada; a él pertenecen los zonales, las gitanillas, los de pensamiento y los aromáticos que llenan los balcones. Geranium es de zonas templadas, con flor radial de cinco pétalos iguales, diez estambres y cinco nectarios, herbáceo, rústico y en muchos casos ibérico; a él pertenecen las vivaces de sombra del jardín y las especies silvestres de nuestros ribazos. La simetría de la flor, el tubo del pedicelo y el modo en que el fruto lanza o entierra la semilla bastan para distinguirlos sin microscopio. Y una vez distinguidos, cada uno pide un sitio y un manejo que no se parecen en nada.